Fotos por el autor.

¿Los japoneses la tienen pequeña? Fui a Tokio para averiguarlo

Visité el 24 Kaikan, uno de los lugares de sexo más underground de Tokio.

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may. 11 2018, 3:30pm

Fotos por el autor.

“Visitar otro país y no comer carne local es como no haber ido”, me dijo un amigo hace años, cuando hice mi primer viaje internacional. Por supuesto, se refería a tener sexo con las personas del país visitado. Según su teoría, al tener sexo con locales puedes saber mucho de su manera de conducirse en lo público y en lo privado. Así, gracias a mi amigo, fue que me inicié en el bello arte de encamarme con extranjeros durante mis viajes. Ya saben, por pura curiosidad científica y como experimento antropológico.

Hace unas semanas viajé a Japón. Desde que comencé a planear el viaje, mis amigos morbosos —que nunca faltan— me sugirieron: “ahí te echas algunos y compruebas si es cierto que la tienen chiquita”. Como buen investigador social, acepté el reto.

Apenas me instalé en Tokio, procedí a hacer lo que cualquier gay sensato haría: abrir Grindr. Ese fue el primer gran chasco que me llevé con respecto al ligue homosexual en tierras niponas: prácticamente nadie usa la app que según yo es un referente mundial en cuanto a sexo casual se refiere. Un usuario a 500 metros, otro a 950, otro a dos kilómetros. ¿De verdad? ¿No se supone que acababa de llegar a una de las ciudades más cosmopolitas y con mayor auge tecnológico en mundo?

“Tal vez no estoy en la app correcta”, fue lo primero que me vino a la mente. Descargué Hornet, me metí a Scruff. Prácticamente lo mismo. Había una escasez de usuarios y los pocos que habían resultaban ser extranjeros que, como yo, aprovechaban sus vacaciones para cachondear con el mercado local. Tuve que preguntarle a un amigo mexicano que actualmente vive en Japón qué diablos estaba pasando. “Así son ellos, es parte de su cultura. Tienen muy arraigada la idea de que el sexo es algo que está casi siempre asociado a una pareja estable o al matrimonio”. Vaya frustración. Mi plan de tener sexo con un montón de japoneses para desmontar —o reafirmar— la idea colectiva que su escasa dotación se estaba yendo al carajo por un conservadurismo inesperado.

¿Qué correspondía hacer? Recurrir a la vieja confiable: un lugar de encuentros sexuales. “Dudo que encuentres un lugar así en Tokio”, me desanimó mi amigo, “ya te dije que lo suyo no es el sexo”. Pero no me dejé abatir y lo tomé como reto personal. No tardé mucho tiempo en que mis investigaciones dieran resultado: existía un sauna gay en Shinjuku, el barrio conocido por albergar los escasos bares LGBT+ en la capital nipona.

24 Kaikan: ocho pisos dedicados al placer entre hombres

24 Kaikan es, según San Google y de acuerdo a los pocos locales con los que pude entablar conversación, el lugar por excelencia cuando se busca sexo anónimo entre hombres en la capital japonesa. Se encuentra a sólo tres minutos caminando de la estación de metro Shinjuku-sanchome. Distinguirlo de otras construcciones no es sencillo, y esto es porque el lugar apela a la “discreción” de los usuarios. Sólo un modesto letrero luminoso con el número 24 y el nombre “Kaikan” escrito en kanji anuncia la llegado. Apenas atravesé la puerta, me topé con ese primer requisito protocolario que revela que es un lugar realmente japonés: se me pide amablemente retirarme los zapatos y ponerlos en la zona destinada especialmente para ellos.

Foto por el autor.

Mientras en el exterior este sitio trata de pasar lo más desapercibido posible, en el interior bastan unos vistazos para constatar que se trata de un sitio dedicado al sexo: así, de zopetón, hay un anaquel enorme que oferta lubricantes, DVDs con diferentes temáticas y fetiches, dildos de tamaño descomunal y una gran variedad de cockrings. Estos anillos de acero o caucho parecen ser los consentidos del público nipón: incluso en las paredes hay manuales de cómo usarlos correctamente para mantener erecciones más prolongadas y dar mayor firmeza al pene.

El “cover” de entrada es de 2,500 yenes, o sea, unos 430 pesos mexicanos. Esta admisión te da derecho a utilizar las instalaciones generales y permanecer en este sitio hasta por 12 horas. Y es que el nombre de 24 Kaikan (que puede traducirse como “rush de placer”) no es gratuito: el “24” se debe a que el sitio se encuentra abierto las 24 horas del día, los siete días de la semana, los 365 días del año. Es gracias a la magnífica organización japonesa que logran mantenerlo siempre abierto y disponible para beneplácito de sus calientes parroquianos.

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Lo más impresionante de 24 Kaikan son sus instalaciones. Desde afuera parece un edificio departamental cualquiera, pero por dentro hay ocho pisos de opciones para darle rienda suelta al placer, la convivencia y la relajación. A diferencia de la mayoría de los lugares del mundo donde está prohibido introducir celulares, aquí no tienen problemas con que uses tu teléfono móvil: incluso cuentan con WiFi gratuito de alta velocidad por si no quieres gastar tus datos. Como en un videojuego donde la dificultad asciende mientras vas subiendo de nivel, aquí el tono de la experiencia erótica se incrementa mientras asciendes piso a piso, hasta llegar al último.

Después de una infinita zona de lockers en el primer piso, en el segundo hay una sala de cine. Sí: una sala de cine. Y no se proyectan ahí películas eróticas, sino películas de todo género. De no ser porque no se ve ninguna mujer en la sala, y porque todos los asistentes están en toalla, parecería que estamos en cualquier cine comercial de la ciudad. Ya en el tercer piso comienza el erotismo: ahí hay un sauna seco, uno de vapor (ambos casi totalmente a oscuras) y una zona de jacuzzis.

Foto por el autor.

Es gracias al amparo de la oscuridad que se ven los primeros connatos de ligue. Es tal y como mi amigo me lo había vaticinado: “no esperes que sean unas bestias sexuales. Los japoneses no son así”. Y tuve que verlo para comprobarlo. En otros lugares —México incluido— estas penumbras hubiesen bastado para que alguna mano ávida masturbara un pene al alcance, o que alguna boca apetente se aplicara para devorar la carne erecta del sujeto de junto. Aquí los japoneses tímidamente apenas se rozan las manos y los más aventurados, ya en el límite de la osadía, tocan los pezones del otro, provocando unos gemidos casi teatrales y desproporcionados para la acción cometida.

En el cuarto piso es donde está la zona de sexo, donde hay una buena cantidad de literas y camastros. En esta zona, también prácticamente a oscuras, escucho los primeros sonidos inequívocos que delatan a dos hombres teniendo sexo. “Vaya“, exclamo para mí, “ya comenzaba a pensar que estos orientales no tienen instinto sexual”. Pero me duró muy poco el gusto: la pareja que estaba en plena cópula no era de japoneses, sino de alemanes. Muy rico y todo, pero yo no venía a eso: quería ver miembros japoneses en acción y parecía que iba a quedarme con las ganas, pues ninguno de los asistentes parecía tener ganas de quitarse las toallas.

Foto por el autor.

Di una, dos, tres vueltas a la zona de camastros. Sólo los alemanes seguían en el alegre mete y saca. Fui a otra zona donde se proyectaban otros videos, estos sí eróticos y al fin pude ver los primeros miembros asiáticos, aunque fuese en formato multimedia. Resultó que el porno que más les prende a los japoneses no tiene que ver con penetración: prefieren ver a chicos muy jóvenes masturbarse en diferentes situaciones. Los videos mostraban a efebos tocándose en hoteles cápsula, en el tren bala y en baños de centros comerciales. Son muy adeptos al porno amateur pero no penetrativo, sino en solitario y de preferencia exhibicionista.

Los pisos quinto, sexto y séptimo son habitaciones privadas acondicionadas para todo tipo de fetichismos. Desde habitaciones con tinas sencillas para practicar lluvia dorada (sexo con orines) hasta las habitaciones más raras, que son las dispuestas para un filia que cobra cada vez más auge: el scat. Los precios de las habitaciones con estas amenidades van desde los 3,800 yenes (655 pesos) hasta 21,000 yenes (3,623 pesos), dependiendo del tamaño de la habitación y de los equipamientos extras. Tristemente, casi todas estas habitaciones estaban sin ocuparse: parece que de extremos y fetichistas, los japoneses sólo tienen la fama.

Ya casi me disponía a irme cuando, como quien no quiere la cosa, regresé a la zona de los camastros. Ahí me topé con un jovencito, casi adolescente y muy delgado, que me miraba con timidez. Toda una fantasía oriental que lucía dispuesta a caer en mis fauces. “Cuando se trata de ligue, ellos siempre esperan que tú des el primer paso”, me advirtió también mi amigo. Así que le hice caso. Me acerqué a él y sin mayor ceremonia, lo tomé de la brevísima cintura y comencé a besarlo. Sólo un rato después ya éramos algo así como el show interracial del lugar. Yo, un latino moreno y lleno de tatuajes y él, el jovencito casi virginal y piel de porcelana, nos decíamos todo con el cuerpo, en el lenguaje universal del deseo.

Cuando levanté la mirada pude contar al menos una decena de nipones que, si bien no se atrevían a unirse, sí estaban masturbándose a nuestro alrededor. “¡Ahora es cuando”, pensé, mientras intentaba que mis ojos registraran los tamaños de esa docena de falos japoneses que, involuntariamente y sin saberlo, se estaban convirtiendo en mi focus group.

Tuve 13 penes japoneses a la vista y de ellos, sólo 2 tenían un tamaño regular. Los otros, tristemente, sí eran pequeños. Casi todos tenían cockrings, el viejo truco de las casas productoras de porno para hacer ver los miembros de un tamaño mayor. El misterio estaba resuelto y mi investigación en 24 Kaikan había concluido: sí, los penes de los asiáticos son de menor tamaño a los del resto del mundo. Y miren que he visto penes de muchas latitudes, tamaños y colores. Así que créanme: aunque suene muy golfo, soy suficientemente experimentado y sé de lo que les hablo.

@PaveloRockstar

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