Comida

¿Cuántos shawarmas puede soportar un estómago humano en 20 minutos?

Participamos en un concurso cuyo protagonista absoluto fue este manjar de Medio Oriente que se ha convertido en el bocadillo preferido de la noche porteña.

por Cristian Calavia
28 Enero 2019, 3:30pm

Fotos de Cristian

Artículo publicado por VICE Argentina

Se acercaba fin de año y con algunos compañeros de trabajo decidimos ir cortar la semana a un lugar especializado en shawarmas por el barrio de Palermo. Terminamos de cenar y nos quedamos un buen rato conversando sobre temas tan variopintos como carentes de sentido. Debatimos —un poco en chiste, un poco en serio— qué superpoder tenía cada uno que no servía para nada.

Aquella capacidad distintiva a la que nunca le habían podido sacar ningún provecho. Cuando tocó mi turno conté que siempre me había costado reconocer la sensación de saciedad, algo que me hacía capaz de comer de manera casi ilimitada. Incluso, recordé que eso me había traído algunos problemas años atrás, como la vez que llegué a aumentar 11 kilos en unas vacaciones de 20 días.

Los gestos de mis colegas fueron de sorpresa, pero también de escepticismo. La estábamos pasando tan bien que fuimos a pedir una ronda más de pintas. Al llegar a la barra, nos quedamos atónitos frente a un cartel que anunciaba una inminente competencia de comer shawarma. Sin pensarlo dos veces, me inscribí y comencé a prepararme física y psicológicamente para el desafío. Por supuesto VICE sería mi voz para contarlo.


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Finalmente había llegado la tan esperada noche. Apenas 20 minutos habían pasado de las 9 pm y decidí mitigar la calurosa espera con una cerveza bien fría. No había tomado muchos recaudos para llegar en óptimas condiciones al torneo. De hecho, al mediodía había almorzado una suculenta milanesa de pollo con puré de papas y había merendado unas tostadas con manteca acompañadas de café con leche. Las brasas que cocinaban la carne de manera vertical daban a la calle, mientras los asadores afilaban los cuchillos que deslizarían una y otra vez sobre el lomo, el pollo y el cerdo a lo largo de la velada.

En una de las mesas ubicadas frente al local, se encontraban los otros cinco competidores chicaneándose de forma cómplice. Ahí caí en la cuenta de que era el villano de la historia. En caso de ganar cualquiera de ellos, se repartirían de manera equitativa los mil pesos de premio en consumiciones. En conclusión, lo único que los separaba de una jornada memorable entre amigos era una hipotética victoria mía. Las estadísticas no estaban a mi favor.

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El lugar comenzaba a llenarse de clientes cuando el dueño se acercó para informarnos las reglas del juego: quien comiera más shawarmas en un intervalo de 20 minutos sería el campeón y tendría toda la noche para disfrutar del motín de la barra libre. Por más que estaba confiado, temía que el factor temporal me jugara una mala pasada.

El shawarma es una comida tradicional de Medio Oriente que hace varios años fue adoptada como una nueva propuesta gastronómica de comida rápida en Argentina. Un verdadero manjar de finas tiras de carne depositadas en pan pita. Ideal para comer al paso, acompañado por diversos tipos de verduras, salsas y condimentos a gusto. No obstante, no era el placer lo que estaba en juego en esta oportunidad, sino el honor. Mis cinco contrincantes se mostraban confiados y pidieron agua para beber durante el duelo. El momento de la verdad se acercaba y los seis ya estábamos ubicados en la mesa.


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Cada dos participantes había una bandeja con cuatro shawarmas que se iba renovando a medida que se vaciaban. De un lado, una persona llevaba la cuenta de los competidores del lado izquierdo y, del otro, otra que hacía lo mismo del lado derecho. Frente a nosotros, la community manager del lugar se encargaba de registrar el minuto a minuto y cronometrar el juego. Los shawarmas eran básicos, pero de tamaño contundente. Carne de lomo, tomate, lechuga y mayonesa con ajo.

Ni bien se anunció el inicio del certamen, ingerí dos al hilo con la esperanza de sacar uno de ventaja y poder ir tanteando el tiempo. Al terminar el segundo, tomé un trago de cerveza y agarré el tercero. En ese momento me di cuenta que el rival que tenía frente a mi estaba en la misma situación. Mientras él y yo comenzábamos a reconocernos el uno al otro como los contrincantes a vencer, uno de cada lado se rindió.

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La dinámica era simple: quien no pudiera comer más, debía abandonar la mesa rápidamente. Ya quedábamos cuatro. Cada uno había ingerido dos shawarmas y tomamos el tercero casi al unísono. Los comentarios picantes y jocosos de la primera parte habían sido reemplazados por un ambiente tenso.

Hubo dos desertores más. El primero desistió al terminar el tercero, mientras que el otro ni siquiera pudo terminarlo. Habían pasado más de diez minutos y con mi némesis estábamos cabeza a cabeza. Además, se había establecido un pacto de caballeros implícito por el cual no nos mirábamos a los ojos. Mientras él masticaba y observaba la pantalla del televisor, yo me dedicaba a comer y a contemplar la carta de tragos que estaba frente a mí. Ya casi me la sabía de memoria. La competencia no daba tregua y lo más desesperante era que mi competidor no mostraba ninguna señal de debilidad. Sin embargo, cuando el empate técnico parecía inevitable, todo cambió.


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Hubo una milésima de segundo, una fracción casi imperceptible de tiempo, en el que advertí su duda. Todavía quedaban siete minutos cuando ambos empuñamos el cuarto shawarma. Sin embargo, antes de comenzar a devorarlo, decidió tomar un trago de agua. Mientras el líquido bajaba por su garganta, noté que su seño se frunció sutilmente con el mismo pesar de quien se aguanta un eructo en una reunión formal. Ahí supe que era momento de dejarlo todo y me acabé el cuarto en tres bocados.

Él también lo logró, pero el subibaja de su mandíbula ya era diferente. Había perdido el fuego sagrado y a mí se me había activado el ojo del tigre. Entendí que para alcanzar la victoria era necesario el sacrificio absoluto, la entrega máxima. Así fue que tomé el quinto con la mirada clavada en mi rival y comí la mitad en tres mordiscos. Él replicó cada uno de mis movimientos, pero su templanza ya no era la misma y su cuerpo comenzaba a zigzaguear como si fuera un personaje de Mortal Kombat al que le estaban por propinar una fatality.

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Abrí bien la boca para estacionar el último tramo de alimento. Inmediatamente, mi competidor soltó el bocado que le quedaba en sus manos y levantó los brazos como señal de rendición. El público estalló en aplausos. Todo había terminado. A pesar de eso, le pregunté a la chica del cronómetro cuánto tiempo restaba. “Todavía quedan dos minutos para los 20”, me contestó. No era mi intención mofarme de los rivales, pero quería que la victoria fuera contundente así que dediqué cada uno de esos segundos para degustar el sexto y último shawarma de la jornada.

Luego de las felicitaciones, las declaraciones para las redes sociales del lugar, y el saludo con el resto del público, comenzaron los festejos. Claro, la velada todavía era joven y el premio sólo se podía canjear esa misma noche. Así fue que, mientras el DJ hacía sonar “We are the champions” de Queen en loop, me dediqué a disfrutar de la vez que fui el campeón indiscutido de la ingesta de shawarmas.

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