Testimonios

“Putear y cobrar con piedra es lo peor”: testimonios de mujeres anexadas

Entre aplausos y miradas desencajadas, los espectadores se ven reflejados,​ disfrutan la puesta en escena que se presenta, son familiares de las adictas que se reúnen para visitarlas.

por Natalia Escobar
21 Enero 2019, 6:50pm

Fotografías: Blake Reyes

Artículo publicado por VICE México.

El abuso en el consumo de cocaína, heroína, morfina, alcohol, piedra y otras sustancias llevaron a la fundadora de “Mujeres en superación”, un anexo en Iztapalapa, a una fuerte adicción. Se llama Berenice, es conocida como “La madrina” y lleva 5 años sin consumir alguna sustancia. En los anexos, los padrinos y madrinas son personas que han cumplido satisfactoriamente su estancia para rehabilitarse y que ahora auxilian a otros adictos.

En “Mujeres en superación” buscan rehabilitar a las anexadas con actividades diversas para hacer del encierro un momento más llevadero, ofrecen terapia espiritual, box, talleres de manualidades y un espacio obligado de liberación catártica, que son una serie de juntas donde las mujeres suben a la tribuna para contar su experiencia con la drogas —y una que otra vez a maldecir por el motivo que las llevó al anexo—. Su fundadora asegura que las anexadas son apoyadas dejando de lado “la terapia cavernícola”, que se basa en maltratos y mentadas de madre.

Entre aplausos y miradas desencajadas, los espectadores se ven reflejados, disfrutan la puesta en escena que se presenta, son familiares de las adictas que se reúnen para visitarlas y recaudar fondos para “Mujeres en superación” un anexo femenil al que VICE tuvo acceso para platicar con algunas de las mujeres que siguen en la lucha por disolver sus adicciones.

Conversamos con ellas sobre su experiencia de vida, sus sueños y cómo ha sido vivir en estos sitios, lee sus historias abajo.


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Berenice, 41 años

Fundé "Mujeres en superación", pero antes lo que más me gustaba era la piedra, aunque cuando ya estás en la mediocridad cualquier cosa te agrada. Empecé a consumir a los 16 años. Cuando era muy adicta viví en las calles de la Plaza de la Iglesia de la Soledad. Montaba mi casa con hules y cartón, había días en los que no comía, no dormía, sólo me drogaba estaba descalza y con un mecate como mi cinturón, nadie daba ni un peso por mí. Al llegar a la mayoría de edad el gasto por las adicciones incremento y cómo bailarina de un table dance encontré la manera de solventar el vicio.

Antes de estar anexada estuve en hospitales psiquiátricos, me internaron en el Fray Bernardino y en Santa Catarina, ahí siempre estaba enchochada, en mi alucine, y no sirvió para nada, al contrario se me agravó el asma. Las instalaciones eran muy frías.

Al primer anexo que llegue me metió mi mamá, era un grupo mixto, pero ahí yo veía mucha deshonestidad, cuando ya empiezan a recuperarse no falta quien te echa el ojo. En abril del 2018 decidí fundar mi propio anexo en el lugar donde vivo, mi mayor motivo es que no encontraba un grupo solo para mujeres. Una vez me dijeron: “Si quieres cambiar las cosas hazlas por tu cuenta”, y aquí estoy.


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Damaris, 24 años

Probé el alcohol y el activo a los 15 años. Pasaba días debajo de un puente. Una vez amanecí sin saber que había sido de mí, tenía chupetones y la ropa desaliñada, no supe si me violaron. Llevaba días sin comer, la calle era mi refugio.

Mis padres decidieron anexarme, me sentía rara. La idea de imaginarme encerrada no me gustaba. Ahora llevo tres meses en el anexo “Mujeres en superación”. Soy media luz —anexadas que pueden entrar y salir— me puedo ir y solo regresar a mis juntas pero he decidido seguir viviendo aquí, salgo a trabajar medio tiempo y regresó con mis compañeras. Lo que más necesitamos es ser escuchadas.

Yo empecé a drogarme siendo una niña, no es bueno sacar el dolor de esa forma, dejando que la curiosidad te lleve a enviciarte. Aún hay cosas que me gustaría hacer, como estudiar para cultora de belleza.


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Monserrat, 41 años

Siempre he usado y abusado de las drogas, pero mi derrumbe y fracaso fue la piedra, ella está arrasando con todas las clases sociales. Mi adicción deshizo mi familia, me drogaba con mi hija y eso me parecía normal, hoy ella también está anexada. Desde los 11 años empecé a consumir, primero fue marihuana, pero he probado todas las drogas. Llevo varios anexos, en algunos me trataron de la chingada y en otros no tanto.

En este anexo me gusta estar porque me dejan escribir, es mi terapia, redactar pensamientos, lo que siento y hasta poemas. Me puedo parar en la madrugada y agarrar una pluma, en otros centros eso era rebeldía y se castigaba. En anexos mixtos he estado con 70 hombres y 10 mujeres, entre tanta gente te acaloras y a veces ni puedes hacer del baño.



Para conseguir las drogas empecé a robar y a denigrarme como mujer para obtenerlas. Fui trabajadora sexual, el trabajo aunque se haga con lo de abajo, es trabajo. Pero putear y cobrar con piedra es lo peor, a veces terminas el servicio y no te pagan, y al final ni siquiera era dinero el pago, sino droga.

En la calle era conocida como “la Trevi” por violeta, y en algún momento fui parte del Escuadrón de la Muerte —drogadictos en situación de calle que forman comunidades de apoyo—. También rentaba mis puños para sacar dinero. Durante todos mis años como adicta solo he dejado las drogas por 1 año y 8 meses. La droga es bien rica, me fascina, pero me gusta más vivir. Hoy quiero aprender a vivir y dejar de ser despiadada conmigo.


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Liliana, 38 años

De niña veía cómo mis tíos preparaban la cocaína, y a los 16 años la curiosidad me ganó y la probé. Al poco tiempo empecé a consumir piedra y a los 18 años llegue a mi primer anexo. Nunca me gusto estar ahí, era un grupo mixto, pero yo era la única mujer, me encerraron un mes, había golpes a los anexados y nos daban “caldo de oso” —verduras echadas a perder y tortillas enlamadas—.

Mi ex pareja se drogaba conmigo y nuestra casa era un hotel. Tenía dos hijos y aún así seguía consumiendo. A los 23 años me fui con mi pareja a Estados Unidos, allá dure 15 años sin probar drogas, regresé a México y al enterarme que mi esposo me había engañado, agarré la piedra. Combine la depresión, la soledad y el engaño con las drogas, empecé a vender mis cosas para comprar mi vicio.

Mi hermano, el que más se droga, fue quien me propuso anexarme en “Mujeres en superación”. Fueron por mí los padrinos, me decían que ahí no me iban a tratar mal y aunque no quería quedarme acepte.

En este anexo puedes ser libre. Me gusta mucho el deporte, aquí practico box y yoga. La madrina Berenice me consiguió trabajo como seguridad privada y aunque me puedo salir, me gusta estar aquí. Quiero ahorrar e irme a Estados Unidos a ver a mis hijos.


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Beatriz, 53 años

Fui trabajadora sexual durante 30 años, de eso no me arrepiento, me fue bien, saqué mis gastos adelante. Pero ahí empecé a consumir droga, a los 18 años solo fumaba marihuana, me gustaba porque me relajaba. Años más adelante mi madre se enfermó, los gastos se incrementaron, tenía que trabajar, estar en la casa y cuidarla. Para aguantar mi rutina del día agarré la piedra y el perico, duraba hasta ocho o 15 días sin dormir, consumía puro alcohol droga y cigarrillo.

A los 39 años murió mi madre, me aislé, según yo para vivir mi duelo. Deje a mi familia y llegué a la calle, termine durmiendo entre casas de cartón, levantaba la comida del suelo y me sabia riquísima. Seguía en el trabajo sexual y aunque todos los días me bañaba, me ponía el mismo vestido y calzón, no me importaba mi persona, además dejaron de acercarse los clientes. Toque fondo después de tres pasones —sobredosis de drogas— en el último casi me muero de un infarto, hoy tengo una arritmia en el corazón. Un cliente me ayudó y me llevó al grupo de “Drogadictos anónimos”, es un lugar mixto hay 37 grupos en todo el país y cuatros en Estados Unidos.

En el grupo me enseñaron a controlar mis emociones, me gusta porque trabajan mucho la espiritualidad, la modalidad es no estar encerrada, puedes entrar y salir cuando lo decidas, lo que es igual son las juntas donde platicamos como ha sido nuestra vida como adictos. Pero deje de ir 13 años. Mi drogadicción va de la mano con mi estado de ánimo y en el 2018 recaí tras la muerte de mi hermano.



Esta ocasión estuve cuatro meses en “Drogadictos anónimos”, siento que es un buen grupo porque he visto a varios que si se recuperan, además, hay visitas de defensores de derechos humanos para verificar que a los internos se les trate dignamente.

Pasé por varios anexos, pero el peor fue “Fuera de serie”. Los tratamientos ahí se basan en el maltrato: Cuando estaba viviendo en la calle la gente me tachaba de apestosa, y a veces querían robarme las pocas pertenencias que tenía, entre ellas la droga. En ese entonces tenía una pareja que también se drogaba, el grupo me ayudó a dejar de drogarme, pero yo salí enojada y resentida.

En “Fuera de serie” había maltratos, humillaciones, baños con agua fría, el guía se masturbaba con mi ropa interior, cuando me bañaba me observaban, me tenían sentada hasta 72 horas y no me dejaban dormir. Mi comida siempre estaba echada a perder. ¡Imagínate! Estás jodida y te madrean, esos grupos no sirven, lo único que estás dejando es de drogarte, pero acumulas odio y resentimiento hacia la persona que te llevó. En ese lugar agarras mañas, aprendes de más drogas y quieres probarlas.

Influye mucho donde te lleven, pero creo que hay que dejar al adicto que toque fondo, sino nunca va a cambiar. Los programas deben de ser de prevención, pero los familiares tienen que investigar a donde van a llevar a su paciente antes de anexarlos y aceptar que la drogadicción es una enfermedad.

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