Drogas

Así se hace cannabis medicinal en Colombia

“La capacidad productiva de esta bodega es de 4.500 kilos de flores de cannabis secas por año, cultivadas bajo los más estrictos parámetros de control”.

por Pedro Nicoletti Motta (Nico Malazartes)
30 Abril 2019, 2:00pm

En una tarde soleada de abril estamos en un patio de bodegas en la zona industrial cerca de Bogotá esperando la llegada de un grupo de visitantes. Son la tercera comitiva de extranjeros. Sumadas al del equipo director del instituto de investigación agropecuaria del Estado, y la de los magistrados de una universidad, van cinco visitas esta semana a las que nos toca recibir. Hay semanas más agitadas que otras... De discurso afinado, con los tatuajes cubiertos por las mangas de los trajes, guiamos al grupo por el recurrido a las instalaciones de la primera operación industrial de cultivo indoor de Colombia. Si no fuese por mis rastas, bien peinadas y apropiadamente atadas, no habría señal aparente de que todo esto se trata de marihuana.

Ya van más de tres años desde el decreto expedido por el gobierno que puso las reglas sobre la mesa para quienes quisiesen emprender en la naciente industria del cannabis del país. En ese entonces significaba que decenas de empresas que ya comerciaban productos, manejándose en una especie de “zona gris jurídica” bajo varias inseguridades, pudiesen hacerlo de manera legal y reglamentada. Pero este sueño no es para cualquiera: exigentes protocolos de seguridad y especificaciones técnicas provocaron una lenta marcha burocrática que sacó de la cancha a los pequeños emprendimientos y a los campesinos que históricamente trabajaban de manera ilegal; y arrastraron a los emprendedores finalistas en procesos de adecuación y obtención de licencias hasta hace muy poco. A pesar de la algazara en los medios de comunicación, actualmente las iniciativas más avanzadas apenas arrancan con su producción y muchas enfrentan dificultades…

A medida que caminamos por el corredor que conectaba los cuartos de una bodega de 1200 metros cuadrados, mientras decenas de trabajadores ajustaban motores de ascensores, regulaban pistones hidráulicos, y terminaban de tapar los últimos circuitos eléctricos, Denis Contri, nuestro mastergrower, le explicaba a la comitiva visitante: “esta es la primera fase de desinfección. Siguen cuatro otras para que el funcionario este apto para ingresar. Todo lo que ingresa a la bodega tiene que ser esterilizado”, produciendo expresiones de sorpresa en los rostros visitantes que no esperaban tales estándares de asepsia.

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En la jerga cannábica, mastergrower es una persona con muchos años de experiencia en cultivo, normalmente habiendo comandado elaboradas operaciones agronómicas de cannabis. No son muchos en el mundo, y en Colombia son muy pocos. Denis llegó aquí en 2012 desde Italia, con su compañera colombiana, planeando estar por una temporada de seis meses. Cuando se dio cuenta de que había oportunidad para trabajar legalmente con cannabis decidió quedarse, junto con Pilar Sanchez y Camilo Cruz emprendió la primera farmacia de cannabis legal del país, bautizada “Ganjka Farm”, o granja de ganja. Montaron un cuarto de cultivo indoor en el centro de la ciudad, donde llegaban pacientes con todo tipo de enfermedad, de todas clases sociales —incluyendo políticos prominentes—, a adquirir productos que les transformaba la vida al reverter cánceres, minimizar dolores, controlar epilepsias, entre tantas otras. Desde unas dos cuadras de distancia se distinguía un olor peculiar, y al entrar al local se vislumbraba por una ventanilla las 19 plantas legalizadas por la ley 30 de 1986 que determinaba tal número para que el ciudadano se pudiese autoabastecer con fines medicinales. Ellos usaron ese argumento para abrir una brecha legal, y con tal jardín —explorando variables orgánicas que aumentaban la productividad de resina— llegaron a ayudar a más de 1000 pacientes.

La bulla que se generó fue grande. Otras iniciativas le siguieron. La presión aumentó, hasta que el gobierno de entonces se despertó al hecho y expidió por fin las reglamentaciones ya mencionadas, a fines de 2015, con desdoblamientos reglamentarios para el año de 2016. Siguió una marcha burocrática para obtención de distintas licencias relativas a diferentes procesos relacionados con la planta, como producción de cannabis psicoactivo; producción de cannabis no-psicoactivo; producción de semillas; transformación de derivados; investigación; y comercialización. También se determinó que empresas ya constituidas no podrían obtener licencias, y ese fue el fin de Ganja Farm como tal. Surgió Pideka SAS y allí fue cuando yo y otros aficionados y profesionales nos unimos al equipo, aunque los acompañara desde mucho antes.

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La mayor parte de las 67 empresas detentoras de las cerca de 140 licencias expedidas por el gobierno actualmente que lograron llegar al punto de conformidad legislativa tienen un perfil parecido: industriales floricultores ya establecidos en el mercado, asociados a grandes inversionistas extranjeros, que aterrizaron en el tema sin antes haber tocado a una planta de cannabis. Guiados por la meta de reducción de gastos y competitividad por precio en oposición a calidad en el mercado internacional, acaban por adoptar un modelo de producción extensivo, adaptado de un cultivo como el de rosas, normalmente bajo invernaderos con techo de plástico sostenido por pilastras de madera o bambú. Muchos de ellos creyendo que el clima de Colombia es ideal para el cultivo de cannabis, e ignorando que la humedad generalizada pudre las flores y que la incidencia ultravioleta de esta latitud altera las composiciones químicas de las genéticas que se traen de Europa o Estados Unidos. Una creencia que, pese a lo equivocado, atrae mucha gente a Colombia, inclusive a los visitantes del presente artículo.

Ninguna de las visitas que recibimos semanalmente sabe que esperar antes de llegar. El ambiente de cultivo indoor es prácticamente desconocido afuera del nicho de los cultivadores de cannabis aficionados. Su versión industrial hecha en serio para fines medicinales deja a la gente atónita, sean millonarios extranjeros, PhD´s en ingenierías, o jefes de laboratorios de investigación agrícola de procesos de punta.

Pasamos de la entrada de la bodega a los cuartos de cultivo. Del cuarto de plantas madre a los cuartos de vegetación, pasando por el cuarto de clones. La reproducción es asexuada para permitir la manutención de las exactas mismas genéticas de selectas plantas “campeonas”, y de sus compuestos curativos. Pero la parte que más impresiona son los cuartos de floración, dónde las plantas fructifican y generan la resina que tanto deseamos. Allí es donde está el mayor despliegue tecnológico: 96KiloWatts de bombillos de última generación, sostenidas por pistones hidráulicos que suben y bajan conforme la altura de las plantas, dispuestas en hileras intercaladas por pasillos, cercados por decenas de ventiladores que aseguran la circulación del aire, enriquecido con gases, filtrados y purificados, que estimulan el crecimiento de las plantas y regulan las condiciones ambientales con el máximo rigor.

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Una leyenda de origen cuenta que un pescador cierta vez sostuvo el habito de cultivar tomates en su barco para complementar su alimentación. Cuando lo estacionó en un puerto, bajo un poste de luz por un largo periodo de tiempo, se inquietó con el hecho de que su planta no echaba flores ni frutos, pero seguía creciendo sin parar. La leyenda termina allí, pero el uso de del bombillo como fuente lumínica para cultivos siguió desarrollándose, probablemente por los holandeses, a través de la necesidad de obtener alimentos en condiciones adversas como periodos de invierno muy largos y rigurosos. Eso permitió encerrar el cultivo entre cuatro paredes y un techo, lo que inauguró una nueva modalidad agronómica: el indoor, independiente de condiciones externas. Aparte las controversias de origen, esa modalidad encontró su par perfecto con la marihuana: se podía cultivar lejos de los ojos de la ley que la prohibía. Esa fue la primera gran ventaja de una serie de simbiosis técnica-planta que permitió desarrollar ambas a un nivel extraordinario, con serios desdoblamientos para lo que actualmente exige el cultivo a rigor para usos medicinales. No solo en términos de asepsia, la estabilidad del ambiente de cultivo juega un papel fundamental en la estandarización de los productos hechos de una planta que tiene mucho más de 300 compuestos distintos, que se pueden combinar en diferentes proporciones con millones de posibles combinaciones que generan efectos completamente diferentes en el organismo del que lo consume.

“La capacidad productiva de esta bodega es de 4.500 kilos de flores de cannabis secas por año, cultivadas bajo los más estrictos parámetros de control. Estas flores se transformarán en 450 litros de extracto medicinal padronizado”, sigue explicando Denis. Pasamos por la sala de manicura, en la que las flores son preparadas para la siguiente etapa. El consumo de las flores de cannabis es más común en el “universo del consumo recreativo” en los tradicionales porros, y aunque también se pueden usar directamente para el consumo medicinal, ingiriéndose, o vaporizándose con la ayuda de aparatos, desde estas instalaciones ninguna flor sale como tal. El gobierno colombiano no permite la venta directa de flores de marihuana. Por esta y otras razones la resina se separa de la parte vegetal de las flores en un proceso de extracción.

Trending topic en el mundo marihuanero, las extracciones son esenciales para obtener un producto purificado, compuesto casi exclusivamente de las moléculas que nos importan en cuanto medicina. Hay decenas de técnicas de extracción de resina de cannabis, algunas consisten en lavar las flores con algún solvente que disuelve la resina para después recuperarla evaporando el solvente, mientras otras usan la fricción mecánica para separar la resina físicamente. En nuestro caso decidimos usar dos procesos diferentes, uno con uso del solvente etanol (o alcohol etílico) y otro usando la fricción provocada por el movimiento del hielo y agua. Los laboratorios donde eso ocurre son las últimas atracciones de nuestro tour y la parte final de una bodega autosuficiente, en la que entran insumos, como tierra, y salen productos finales hechos de cannabis. Allí mismo la resina pura se transforma en productos como aceites, cápsulas, cremas…


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Entre los visitantes una química farmacéutica levanta la mano y pregunta “¿Quién fue el ingeniero civil que les preparó este sistema?” Sin hablar apunto a Denis, quien de ingeniero no tiene nada, pero usó su experiencia de trabajo en un laboratorio farmacéutico aliado a su experiencia de cultivo, y sucesivas visitas a operaciones similares en Canadá, para proyectar esta bodega. “Pasé una década de mi vida soñando con este proyecto, los últimos cinco años asentando sus fundaciones, y el último año proyectándolo, con la ayuda de este equipo lo hicimos real. Y ahora vamos por otras cinco como estas”, explicó con una amplia sonrisa.

Cruzamos el patio de bodegas y entramos a una sala para encerrar la visita proyectando en una pantalla la historia del camino recorrido antes de llegar aquí, que hizo cruzar los pasos de diferentes jóvenes que conquistaron este espacio a través del conocimiento de causa y del esfuerzo sólido, mucho más allá del lucro líquido —intersticial— que usualmente figura como personaje principal en las historias que habitúa sustentar el titular de las grandes noticias.

Nos despedimos de la comitiva con todas las formalidades, conscientes de la importancia de su presencia para realizar lo que podría ser solo sueño, pero convictos de que ser lo que somos fue lo que nos trajo aquí, y que en cuanto las formas no alteren el contenido seguiremos cambiando la historia, en vez de solo figurar en de ella.