Drogas

Cómo la estigmatización social dio origen al problema oculto de drogas en Japón

En Japón hay una condena social extrema en torno al consumo de drogas; sin embargo, la escena clandestina de las drogas está prosperando en Tokio.
12 Mayo 2020, 1:54pm
5_7_2020_STIGMA_JAPANS_HIDDEN_DRUG_PROBLEM_CV_RATIO
Imagen: Cathryn Virginia

Artículo publicado originalmente por VICE Estados Unidos.

En febrero, la actriz japonesa Erika Sawajiri fue condenada por poseer una pequeña cantidad de MDMA en polvo y LSD líquido. Le dieron una pena de 18 meses con libertad condicional, en la que tuvo que apegarse a reglas estrictas o corría el riesgo de ir a prisión.

Sin embargo, Tokio no es como Los Ángeles, y el verdadero castigo de Sawajiri fue impuesto por la opinión pública. Antes de que se presentara cualquier tipo de evidencia ante un juez en la corte, Sawajiri ya había sido eliminada por completo de la escena pública. Perdió su empleo, se vio obligada a declarar que nunca volvería a trabajar como actriz y fue avergonzada en los medios de comunicación. En su página de Wikipedia es descrita como una "ex actriz", y apenas acaba de cumplir 34 años.

Japón, ciertamente, no es una de las naciones más punitivas del mundo en cuanto a delitos relacionados con las drogas. Su sentencia máxima de cinco años por posesión de cannabis es, por ejemplo, igual que la del Reino Unido. Sin embargo, en un momento en que en Occidente la exposición del consumo de drogas de una celebridad ya es en gran medida algo del pasado, debido a que el uso recreativo de las drogas se ha normalizado, Japón aún trata a las superestrellas que atrapan con droga como parias. Cuando otra actriz, Saya Takagi, fue arrestada por posesión de cannabis en 2016, la carrera que tanto esfuerzo le había costado forjarse se terminó prácticamente de la noche a la mañana. Las emisiones de las series de televisión en que aparecía salieron del aire, los DVD de sus programas fueron retirados del mercado y una canción muy popular que había coescrito para la televisión fue remplazada con otra.

En Japón, la condena pública y el estigma que pesa sobre quienes se sospecha que consumen drogas se ha convertido en una herramienta útil para que las autoridades les recuerden a los ciudadanos el estricto código moral del país con respecto al consumo de drogas: si te drogas, no solo te defraudas a ti mismo, también defraudas a la sociedad. Para algunos activistas antidrogas de Occidente que se oponen a la reforma de las leyes relacionadas con las drogas, Japón es un ejemplo brillante de cómo las leyes antidrogas estrictamente aplicadas y una actitud de tolerancia cero hacia los consumidores conducen a niveles mínimos de uso, adicción y delitos asociados. Sin embargo, las cosas no son exactamente lo que parecen.

Es cierto que los datos muestran que el consumo de drogas en Japón es mucho menor que en la mayor parte del resto del mundo. Las cifras gubernamentales más recientes muestran que en 2017, 1.3 millones de adultos, en un país con una población de 126 millones de personas, admitieron haber probado alguna droga ilegal al menos una vez en su vida, siendo las más comunes el cannabis y los inhalantes, como los diluyentes de pintura y el pegamento. Esta es una proporción mucho menor que en Occidente, donde la mitad de los estadounidenses y un tercio de los británicos admiten haber usado drogas ilegales. Hay una diferencia similar en el caso de los adolescentes, ya que solo el 0.5 por ciento de los japoneses de entre 15 y 18 años admite haber consumido drogas en 2018, a diferencia del tercio o la mitad de la población adolescente estadounidense.

Pero estos números probablemente subestiman la realidad, según David Brewster, criminólogo del Centro de Investigación en Criminología de la Universidad Ryukoku en Kyoto. Los datos sobre la prevalencia de las drogas se recopilan a través de encuestas anónimas voluntarias que se envían a los funcionarios gubernamentales o que son llenadas por unos niños dentro de unas aulas, y aunque las encuestas son anónimas, en un país con actitudes estrictas contra las drogas y donde los funcionarios están obligados a reportar a los usuarios de éstas, es probable que tales cifras subestimen significativamente los niveles reales de consumo de drogas del país.

Mika se droga al menos dos veces por semana, con una mezcla de marihuana, LSD, MDMA y cocaína.

Japón está lejos de ser una nación libre de drogas, especialmente cuando profundizas en ciertas subculturas. La investigación llevada a cabo por académicos entre 300 personas asiduas a los raves en Tokio reveló que casi una de cada 10 dijo que había consumido MDMA, esto en comparación con el 0.2 por ciento de la población general. Por supuesto, las personas que asisten a los raves tienen más probabilidades de usar MDMA que el resto de la población, pero esta investigación muestra también que la gente se sienten más cómoda respondiendo con honestidad cuando no son los funcionarios del gobierno quienes hacen las preguntas.

Detrás de los pomposos estudios y las estadísticas oficiales, ¿qué está pasando realmente en la escena de las drogas del país? ¿Se encuentra tan estrictamente vigilada como las autoridades y los medios de comunicación lo hacen parecer? ¿Y cuál es la verdadera razón de que los japoneses sean mucho más ambivalentes que los occidentales con respecto al consumo de drogas ilegales?

Image: Tanja Houwerzijl

Mika / Image: Tanja Houwerzijl

Antes del brote de coronavirus y el estado de emergencia en Japón, que llevó al cierre de todos los clubes y bares de Tokio el 8 de abril, salí de fiesta en Tokio con Mika*, una DJ que conoce todos los rincones de la escena de la música dance en su ciudad natal. Ella me dijo que la escena de las drogas en Tokio es mucho más grande de lo que el gobierno quisiera admitir. "Tengo muchos amigos a quienes les gusta drogarse con coca, LSD, marihuana, o lo que se te ocurra. Todo el mundo es un poco reservado al respecto, por lo que la gente no sabe mucho de ello, incluso los japoneses".

Mientras caminábamos bajo la lluvia nocturna en el distrito de Shibuya hacia un club, Mika me dijo que la vida nocturna de Japón es tranquila en comparación con la de otras grandes ciudades asiáticas, como Seúl o Shangai. Las personas prefieren beber alcohol, generalmente durante la cena, y luego tomar el último tren a casa. La mayoría de la gente caminaba en dirección opuesta a nosotros, hacia la estación del metro para ir a sus hogares. Algunos de ellos estaban realmente borrachos.

Mika se describió a sí misma como una mujer atípicamente japonesa, porque le gusta estar de fiesta toda la noche. Me dijo que se droga al menos dos veces por semana, con una mezcla de marihuana, LSD, MDMA y cocaína. De camino al club, recogimos a su amiga Yumi*, luego nos paramos frente a la entrada de un edificio mientras Yumi sostenía un paraguas y Mika encendía un porro que había preparado previamente.

Debido a que ambas estaban temblando por el viento helado y la lluvia, mencioné que no era la situación más relajada para consumir drogas. "Sí, y la policía patrulla las calles aquí en Shibuya, así que no es fácil", dijo Mika. ¿Alguna vez consume drogas en su casa? "Sí, en casa está bien, pero afuera es necesario tener más cuidado".

Entramos al club y los guardias de seguridad no nos registraron, por lo que no encontraron la marihuana y el LSD que Mika llevaba en su bolso. Le pregunté al gerente del lugar si creía que la gente consumía drogas en su club, y dijo: "de ninguna manera". Me dijo que era "antidrogas" y que nadie en su personal consumía drogas.

Mika me envió una foto de ellas fumándose otro porro allí y, luego, una foto donde estaban tomando un poco de ácido.

Pero sus clientes eran otra historia, algunos de ellos parecían estar bastante drogados. Logré entablar conversación con un chico. Hablamos mientras los altavoces sonaban a todo volumen. Me dijo que fumaba marihuana, pero admitió que a pesar de que estaba hablando conmigo, "hablar de eso es difícil, no creo que la gente admita que está drogada, pero puedo garantizarte que la mitad de la gente aquí tomó alguna droga".

Un estudiante universitario con rastas me dijo que la gente se pone paranoica cuando está drogada, por lo que "debes ser discreto". Me explicó que él consumiría drogas de no ser por el riesgo de ser descubierto. "Simplemente no quiero llevarlas conmigo. La gente como yo", dijo, señalando sus rastas, "suele ser detenida e inspeccionada por la policía todo el tiempo. Tengo que elegir entre este cabello o las drogas".

Mika y Yumi habían estado en el baño durante unos 15 minutos. Mika me envió una foto de ellas fumándose otro porro allí y, luego, una foto donde estaban tomando un poco de ácido. Un chico que las vio salir completamente drogadas del baño se echó a reír y me dijo "¡shouganai!" (Es inevitable). Las chicas se quedaron junto a la cabina del DJ toda la noche, los ojos se les cerraban con frecuencia, se abrazaban y bailaban. La gente no les prestaba atención, porque su comportamiento no sobresalía, pues muchas personas en la pista de baile parecían estar drogadas también. Terminamos quedándonos en el club hasta la hora en que empiezan a pasar de nuevo los trenes para ir a casa, las 6 am.

Después, esa misma semana, hablé con Hiko*, un profesional de unos 20 años, sobre los riesgos de que te atrapen con drogas en Tokio. "Sí, debes tener cuidado. Trato de vestirme bien para no atraer la atención de la policía", me dijo mientras fumaba marihuana en su porche. Sin embargo, a Hiko parecía molestarle más el precio de la marihuana que la posibilidad de ser arrestado. "Es un pasatiempo caro, 5,000 yenes ($47 dólares) por un gramo de hierba".

Una semana después, Mika me llevó de fiesta de nuevo, esta vez a un lugar más secreto en Tokio. La fiesta no había sido promocionada por el lugar, tenías que mostrar un volante en línea y conocer a alguien en la lista de invitados para poder entrar.

Dentro del pequeño club, un hombre en el final de sus veintes, que usaba una mascarilla quirúrgica porque estaba resfriado, me dijo que vivía a dos horas de Tokio, pero que venía aquí todos los fines de semana para drogarse. Cuando le pregunté si ya se había drogado, me dijo que la mayor parte del tiempo consume marihuana. Solía consumir cocaína, la cual dijo que le encantaba, pero que era "demasiado costosa". Pagaba $223 dólares por un gramo y por eso la dejó.

DJ Tanja Houwerzijl

Una DJ en uno de los clubes que visitó el autor del artículo / Imagen: Tanja Houwerzijl

Una amiga de Mika con la que hablé en el bar —los dos se habían conocido solo unas semanas antes— me dijo que le sorprendía que Mika fuera una consumidora habitual de drogas. Ella rara vez consumía drogas y recordó haberse drogado una vez en un viaje a los Estados Unidos. "La mayoría de mis amigos no frecuentan este tipo de clubes, pero a mí realmente me gusta la música y la gente de aquí", dijo. Mika me dijo que la mayor parte de su familia y de las personas que la conocen y no pertenecen a la escena de los clubes nocturnos no saben que consume drogas. "No es algo de lo que hables con orgullo aquí en Japón", dijo.

El consumo de drogas conlleva un fuerte estigma en todo el mundo. Pero en Japón parece que ese estigma es particularmente poderoso, más aun en lo referente al uso de la metanfetamina. Esto se debe a la experiencia traumática del país con esa droga durante y después de la Segunda Guerra Mundial.

"Durante la guerra, el estado japonés alentó el uso de la metanfetamina para mejorar la productividad de los trabajadores de las fábricas e inculcar el deber nacional de luchar en las batallas", dijo Brewster. Después de ser derrotados, el uso de la droga se convirtió en una epidemia. El acto de elegir consumir drogas ilegales se empezó a considerar innatamente egoísta, además de social y moralmente contaminante.

Debido a que el uso de drogas está fuertemente asociado a la estigmatización, es más difícil para las personas admitir que tienen un problema y buscar ayuda.

Miriam Kingsberg, especialista en historia japonesa de la Universidad de Colorado, escribió en 2013 que esta ola de adicción a la metanfetamina "llegó a simbolizar una identidad colectiva de derrota, desesperación y dependencia... para recuperar verdaderamente la soberanía, Japón tenía que quedar libre de drogas". La epidemia de adicción a la metanfetamina del Japón de la posguerra, y las dos oleadas de adicción posteriores vinculadas a las recesiones económicas de los años setenta y noventa, condujeron a que se impusieran penas severas a quienes descubrían consumiendo esa droga y a la creación de un grupo de agentes especializados en el control de drogas.

"Si bien la sociedad japonesa ha cambiado enormemente, persiste una fuerte aversión social contra el consumo de drogas ilegales", dijo Brewster. El uso de las drogas entendido como una falla moral individual se extendió al cannabis en la década de 1970, cuando las autoridades japonesas tomaron medidas drásticas contra los mensajes contraculturales de 'corrupción' procedentes de Occidente. En 1987, se estableció el Centro de Prevención del Abuso de Drogas para difundir el mensaje antidrogas. Su Dama, Zettai ['No, definitivamente no'] reflejaba la campaña Just say no [Sólo di no] de Nancy Reagan.

Desde entonces, los niños japoneses han sido inundados con carteles, medios digitales, folletos e incluso autos de relaciones públicas que transmiten en altavoces mensajes sobre que el cannabis conduce a la destrucción y que los usuarios de la metanfetamina son inhumanos. Cuando Canadá legalizó la marihuana en 2018, el gobierno japonés advirtió a sus ciudadanos que si fumaban marihuana estando allá, serían castigados al regresar a casa.

"El estigma social, la tendencia cultural a la obediencia, la aceptación de la autoridad por parte de la juventud y la dura presión para estudiar mucho y progresar realizando estudios universitarios", son factores importantes para mantener un bajo consumo de drogas entre los jóvenes de Japón, según Brewster. "El tiempo y la vida de los jóvenes están muy estrictamente regulados, simplemente tener tiempo para 'divertirse' y ser una persona joven es un lujo que la mayoría no tiene".

Sin embargo, la actitud de tolerancia cero de Japón hacia las drogas tiene un costo. Debido a que el uso de drogas está fuertemente asociado a la estigmatización, es más difícil para las personas admitir que tienen un problema y buscar ayuda. Y mientras menos personas busquen ayuda, menos tratamientos debe brindar el gobierno y menor es el número de adictos o usuarios de drogas registrados. Este estigma también se refleja en las casi inexistentes estadísticas de muertes por drogas de Japón, donde las sobredosis son etiquetadas cortésmente como 'insuficiencias cardíacas' y las autopsias se realizan solo en una pequeña proporción de muertes, aquellas que son sospechosas y los suicidios.

Este estigma también ha creado un clima de miedo en torno a quién podría o no estar consumiendo drogas dentro de una comunidad.

Según Goro Koto, un trabajador social en Tokio que también está involucrado en la reducción de daños por drogas para una organización benéfica llamada Apari, los funcionarios públicos y los médicos están obligados a informar a la policía cuando encuentran a alguien que usa o posee drogas. En algunos casos, amigos y familiares han informado sobre sus seres queridos con problemas de drogas. Algunos médicos reportan a los usuarios de drogas ilegales ante las autoridades policiales si durante el tratamiento médico encuentran pruebas de que consumen drogas. Toda esta información es recopilada no solo por los individuos sino también por los grupos comunitarios, como la red de organizaciones voluntarias de Japón para la Patrulla de Prevención del Delito.

El 80 por ciento de los arrestos relacionados con drogas en Japón está vinculado a la metanfetamina, a pesar de que el cannabis es una droga tres veces más frecuente.

A pesar del aislamiento en Japón por el coronavirus, Mika me dijo que sí ha logrado conseguir marihuana y MDMA, a través de su novio y otras personas que conoce. No ha asistido a clubes o fiesta durante el periodo de aislamiento, pero ha tenido algunas pequeñas "fiestas caseras". En lugar de salir, está "produciendo música, corriendo y practicando yoga".

La metanfetamina todavía atormenta a Japón; pero su mayor problema de drogas es con las drogas legales. No es de extrañar que si las personas son disuadidas con tanto ahínco de consumir drogas ilegales recurrirán, ya sea por diversión o para lidiar con el dolor, a formas legales de darle la vuelta a tales prohibiciones.

El país tiene un problema con los medicamentos de venta libre y de receta. Koto dijo que los jóvenes están usando cada vez con más frecuencia los medicamentos como los supresores de la tos y remedios para el resfriado, así como el gas butano, para drogarse. Cuando la mefedrona legal llegó a la escena de las drogas en Japón en la primera mitad de la década de 2010, se volvió muy popular entre los jóvenes, antes de que esta nueva oferta fuera descartada por las nuevas leyes antidrogas de 2014.

Los datos oficiales muestran que el 64 por ciento de la población usa medicamentos de prescripción médica como analgésicos, tranquilizantes y medicamentos para dormir. En las salas psiquiátricas de Japón, las pastillas para dormir y los tranquilizantes como las benzodiacepinas ocupan el segundo lugar, después de la metanfetamina, entre las drogas que más consumen los pacientes que padecen alguna adicción.

La embriaguez en público es común entre los oficinistas. El fotógrafo Pawel Jaszczuk publicó un libro completo, High Fashion, que consta de fotografías de hombres de negocios completamente borrachos y dormidos en las calles de Tokio, una ciudad donde la bebida nacional, el sake, está disponible las 24 horas del día, los 7 días de la semana, en máquinas expendedoras.

Japón es tan tolerante con la intoxicación alcohólica como es intolerante con la intoxicación ilícita. Una de las desventajas de esto es que el alcoholismo es un problema que no se está tratando. Un estudio encontró que del más de un millón de japoneses diagnosticados con trastorno por consumo de alcohol, solo 80,000 estaban recibiendo tratamiento.

El número de personas arrestadas por delitos de drogas ilegales en Japón —14 755 en 2018— también es bajo en comparación con el de Estados Unidos y Gran Bretaña. Pero Brewster dijo que este bajo número realmente no es un indicador de la baja incidencia de este tipo de delitos, sino de la naturaleza secreta del uso de drogas en Japón, y de las prioridades de la policía. Dijo que los escuadrones de policía en Japón se concentran en el crimen organizado y la metanfetamina, razón por la cual el 80 por ciento de los arrestos relacionados con drogas en Japón está vinculado a la metanfetamina, a pesar de que el cannabis es una droga tres veces más frecuente.

Las incautaciones de drogas ilegales por las fuerzas fronterizas de Japón, que suelen estar destinadas a la distribución por parte de la mafia japonesa, la Yakuza, son mucho más pequeñas que en Occidente. Sin embargo, las estadísticas oficiales muestran que la cantidad de drogas incautadas, principalmente metanfetamina, ha aumentado a una cifra récord en los últimos cuatro años. Una encuesta hecha en 246 unidades psiquiátricas en 2018 encontró que de los pacientes que habían ingresado con problemas de drogas a la unidad, más de la mitad dijo que la metanfetamina era su principal adicción. Esto se reflejó en una encuesta realizada el año pasado a 695 pacientes en 46 programas de rehabilitación. Nuevamente, la metanfetamina fue la droga de dependencia más frecuente, con 43 por ciento de los pacientes en rehabilitación por adicción a la metanfetamina en comparación con 24 por ciento de ellos en rehabilitación por alcoholismo.

Como era de esperar, la industria de la rehabilitación de Japón se maneja con mucha reserva. Es supervisada por algunas ONG, pero silenciosamente está subsidiada por un gobierno que no está muy interesado en gastar dinero público en drogadictos. La mayor de estas ONG es el DARC (Centro de rehabilitación para la drogadicción), que administra 60 clínicas y atiende a 1200 personas en todo Japón.

Cuando fui a visitar una de estas clínicas, ubicada en un vecindario de Tokio cerca de la estación de tren Nishi Nippori, me resultó difícil encontrarla. Nada alrededor del edificio indicaba que era una clínica de rehabilitación. No había letreros o señalamientos. La entrada estaba situada en la parte de atrás, porque los gerentes no quieren que se corra la voz de que se trata de una clínica de rehabilitación. "Si atraemos demasiada atención, los vecinos podrían molestarse y comenzar a hacer campaña en contra de que estemos aquí", me dijo un miembro del personal cuando entré.

Este es otro de los inconvenientes de la arraigada estigmatización del consumo de drogas y la adicción a las drogas en la cultura japonesa. Si bien el establecimiento de clínicas de rehabilitación y tratamiento por uso de drogas a menudo provoca la oposición de los residentes en los Estados Unidos y Europa, en Japón esta oposición es particularmente feroz. Por ejemplo, cuando el DARC quería construir una nueva clínica de rehabilitación en Kyoto hace dos años, después de haber comprado el terreno, recibió una petición con 14,000 firmas. Los activistas contra los centros de rehabilitación afirmaron que todos los drogadictos son delincuentes peligrosos y que cualquier residente que no se opusiera a la clínica de rehabilitación debería ser condenado al ostracismo. Al final, la construcción se detuvo. La locación alternativa de la clínica también se ha encontrado con una gran oposición por parte de los residentes locales.

"Estaba deprimido", dijo, "y me enganché con la efedrina".

Como resultado del temor que el público le tiene a las personas que están tratando de dejar las drogas, el DARC no solo tiene que trabajar en lugares pequeños y deteriorados que suelen ser más difíciles de encontrar que el centro local de operaciones de la Yakuza (la cual en algunas áreas es parte de las campañas antirehabilitación), sino que además el personal del DARC y sus pacientes se sienten preocupados por la posibilidad de ser acosados y agredidos por los residentes locales.

Todo en esta clínica cercana a la estación de Nishi Nippori, los muebles, los aparatos y la decoración, es viejo, incluidas las credenciales de identificación pegadas en la pared de los antiguos residentes. Yuzuru Mazaki, un ex adicto, dirige este lugar. Él dijo que la mayoría de las personas de ahí son adictas a la metanfetamina o a los medicamentos de prescripción. El lugar proporciona rehabilitación para hasta 10 residentes a la vez, más servicio de guardería y reuniones grupales nocturnas para los ex adictos. Durante el aislameinto a causa del coronavirus, las clínicas de rehabilitación permanecen abiertas, aunque han tenido que reducir la participación de la comunidad.

Mazaki era adicto a la efedrina, un medicamento estimulante utilizado para tratar el asma, que también se usaba para producir metanfetamina. Mazaki me dijo que tuvo una infancia infeliz. Su padre era alcohólico, y tampoco recibió mucho afecto de su madre. Era algo solitario y se aisló completamente de la sociedad, un fenómeno llamado hikikomori. "Estaba deprimido", dijo, "y me enganché con la efedrina".

Mientras esperábamos que comenzara una sesión de conversación terapéutica, Hayato, de unos 50 años, me dijo que hasta hace un año era adicto a la metanfetamina. Tenía un buen trabajo en una famosa empresa automovilística japonesa y se las había arreglado para ocultarle su adicción a su círculo social, incluidos su esposa e hijos.

Se rió al recordar los días en que todavía la consumía. “No dormía en ese tiempo. Trabaja días completos, iba de fiesta, usaba la metanfetamina y me iba a la oficina. Nadie se daba cuenta de nada". Eso continuó hasta que fue arrestado por usar fondos de la compañía para mantener su adicción a las drogas. Su esposa no tuvo más opción que dejarlo.

Hayato no tenía problemas morales con su uso de drogas. "No dormía mucho, pero no creo que me estuviera dañando. No vi una razón para dejar de consumirla más allá del hecho de que es ilegal en Japón. Si la metanfetamina fuera legal, la volvería a consumir mañana mismo, y creo que lo mismo harían todos en esta clínica", dijo, mientras Mazaki lo miraba con desaprobación. "La disfruté".

Más tarde, Hayato me dijo que estaba resignado a no ver a su familia hasta que dejara las drogas por completo. "No quiero verlos ahora, no así", dijo. "Quiero estar completamente limpio, tener un trabajo, para que puedan sentirse orgullosos de mí y no avergonzados".