El número de Poder y Privilegio

La brecha salarial sigue afectando a la sociedad en la actualidad

Las formas del patriarcado están tan enraizadas en la conciencia colectiva, que aún nos cuesta trabajo, en la práctica, entender qué es lo que constituye el abuso de poder y el acoso laboral.

por Andrea Salgado; ilustración de Kitron Neuschatz
06 Marzo 2019, 4:00pm

Ilustración por Kitron Neuschatz

Artículo publicado originalmente en el número Poder y Privilegio de la Revista VICE México.

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Pay Gap. La traducción al español del término es brecha o diferencia salarial de género. Este tipo de eufemismos técnicos tienen la capacidad de desinfectarlo todo. O de especializarlo hasta tal punto que el hecho de que a las mujeres se les paga menos que a los hombres por realizar los mismos trabajos, se convierte en una gráfica comparativa que nada dice de la situación de los individuos.

El DANE (Departamento Administrativo Nacional de Estadística) en Colombia dice que las asalariadas ganan un 7% menos que los hombres y las independientes un 35% menos. En Colombia la independencia se castiga con pobreza.

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“Nunca dependa de un hombre”, me dijo mamá. “Usted puede hacer todo lo que hace un hombre”, dijo papá. Ilusoria transmutación: nuestra hija, carne de nuestra carne, romperá la dependencia.

Hay una forma facilista de describir al patriarcado: los hombres históricamente han ejercido, como villanos de una sola cara, un ejercicio de opresión hacia la mujer.

Hay una forma más compleja de describirlo: los hombres también son víctimas del papel opresivo que protagonizan. Mientras mamá dependía económicamente de papá, él estaba atado a ella porque debía mantenerla. El sagrado vínculo del matrimonio: un purgatorio de transacciones económicas.

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Papá pagó por mis estudios durante años, dos en Estados Unidos antes del pregrado para que aprendiera inglés, cinco años de carrera universitaria, tres de maestría. Y entonces me dejó sola.

Conseguí un trabajo bien pagado y una habitación propia en la cual me iba a dedicar a escribir novelas, y durante un par de meses viví con la ilusión de ser exactamente lo que mamá y papá me dijeron: una mujer que no depende de un hombre, que hace exactamente lo que quiere como lo hace un hombre.

La panorámica de la brecha salarial muestra una extensión de tierra con dos ecosistemas diferentes separados por un cañón. A un lado, un paraíso verde habitado por hombres, al otro, un desierto habitado por mujeres que no dependen de nadie.

Nadie nunca después de papá se ha ocupado de mis gastos, pero mi ascenso económico y laboral ha sido una constante transacción, no con un hombre en particular, no con los hombres, sino con un sistema construido para que los hombres provean y las mujeres dependan. De la habilidad de jugar en este escenario ha dependido mi independencia económica. De mi incapacidad de jugar en él han dependido todas mis crisis económicas.

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La voz de la prosperidad dice:

“Las emociones mantenlas siempre en el sano medio, es más, un poquito más abajo, si ahí, rayando en la insensibilidad, que nada se vea, ni las alegrías ni las penas, ni la euforia ni la desazón, así que vamos, fluye en esa frigidez, elimina tu carácter fluctuante, tu honestidad vital, no rías ni llores, óyeme bien que nadie tenga pruebas de tu existencia hormonal, que nadie pueda llamarte emotiva, apasionada, sensible, intensa, porque esos adjetivos, prueba de que la sangre corre por tus venas, se convertirán en tu principal obstáculo. Idónea, esa palabra desinfectada, es el adjetivo al que debes aspirar. Así que déjate ya de tanta vida y asume tu condición de máquina”.

La voz de la pobreza, que es la misma de Bartleby el escribiente me dice: “Preferiría no hacerlo”, “Preferiría no hacerlo”, “Preferiría no hacerlo”, una y otra vez hasta que el halo de la perfección, aquel que mantiene oculta la verdad, se retira y la realidad se expone en toda su mediocridad. Ahí está ella, una vez más, subyugada como todos. “Preferiría no hacerlo”, “Preferiría no hacerlo”, hasta que no queda otra opción que la renuncia. Bartleby se dejó morir de hambre. Ella lo hará por un rato.

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La panorámica de la brecha salarial muestra una extensión de tierra con dos ecosistemas diferentes separados por un cañón. A un lado, un paraíso verde habitado por hombres, al otro, un desierto habitado por mujeres que no dependen de nadie. El actual gobierno colombiano se aseguró de que su equipo de ministros estuviera dividido equitativamente: 50% mujeres y 50% hombres, pero los números no garantizan nada. La brecha no se cierra con números sino con el lenguaje, uno que construya una nueva realidad.

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Las formas del patriarcado están tan enraizadas en la conciencia colectiva, que aún nos cuesta trabajo, en la práctica, entender qué es lo que en realidad constituye el abuso de poder y el acoso laboral. Si hay algo evidenció el movimiento #MeToo en Colombia es que continuamos siendo una sociedad machista sin intenciones de transformación, pero al mismo tiempo nos hizo entender que no hay manera ya de detener el cambio. Hay cosas que huelen a rancio: los piropos en la calle, los concursos de belleza, los chistes sexistas, la infantilización de la mujer y un largo etcétera. Que a nadie se le ocurra decirnos niñas porque conocerán nuestra furia. Ahí, en aquello que parece insignificante, en ese activismo cotidiano, permanente y radical, es donde comenzamos a cerrar la brecha.

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