Identidad

Tomarse nudes es una práctica emancipatoria

Nuestros cuerpos no pueden ser motivo ni de vergüenza ni de castigo ni de chantaje. Nuestros cuerpos son una herramienta de placer. Y que se jodan.

por María del Mar Ramón
18 Septiembre 2019, 9:39pm

Ilustración por: Lenny Nuñez

Hasta hace muy poco tiempo, los medios para retratar y registrar personas a través de imágenes fotográficas siempre estuvieron en manos de las clases más altas y los varones. La idea de que para existir un retrato estaba mediado por otra persona hacía que el ejercicio de la imagen propia tuviera como condición necesaria la curaduría de un ojo ajeno. La democratización del retrato a través de la tecnología es un fenómeno fascinante. La autonomía sobre el autorretrato al alcance de un clic es un ejercicio en sí mismo revolucionario y emancipatorio. Que la posibilidad de retratarse esté cada vez en más manos (y cada vez más desprovista de una condición de clase que no le fue ajena durante mucho tiempo) rompe el paradigma sobre el retrato y lo acerca, también, a la voluntad y al deseo propio. No tenemos que vernos a nosotras mismas como a alguien le parece que nos vemos mejor. La forma en la que nosotras decidimos exhibirnos al mundo en las plataformas de exposición que son las redes sociales, en las que tenemos la última palabra sobre la curaduría de nuestro cuerpo, es, cuanto menos, un ejercicio interesante y en cierto modo subversivo.

La primera cámara digital llegó a mi casa de la mano de mi papá. Debía rondar el año 2005 y todavía no estaban tan de moda en mi círculo de amistades escolares. Eran unos aparatos que, comparados con sus predecesoras, las cámaras de rollo, parecían increíblemente modernos. De colores plateados, con bordes refinados y la promesa de sacar fotos en dos, tres, cuatro megapíxeles y estar ahí, a la velocidad de un clic y de un cable para pasarlas al computador. Esa posibilidad para nosotras era impensable. Éramos de la época, todavía muy privilegiada, de las cámaras de rollo que tenían 36 fotos contadas, con lo cual había que ser cuidadosas. Además, después requerían el trámite de ir a Foto Japón o a algún lugar de revelado para que, pasados unos días, las fotos llegaran a las manos ansiosas de quien esperaba verse retratado.

Ese trámite no solo demandaba tiempo, plata (porque revelar fotos no era para nada barato), sino que también requería intermediarios: necesariamente la imagen la iban a ver las personas que se dedicaran a llevarla del negativo al papel, con lo que la idea de la intimidad de un retrato estaba relegada solo a las personas que contaban con los medios y los conocimientos para revelarlas en algún cuarto oscuro improvisado curiosamente, casi siempre en el del servicio.

La cámara plateada de mi papá era un objeto de lujo para ese entonces, así que solo podía ser administrada por él para fotografiar a su criterio las reuniones familiares y viajes. La tecnología evolucionó a gran velocidad y para mis 13 años algunas de mis amistades privilegiadas del colegio tenían su propia cámara digital, que sus papás les habían comprado en algún viaje a Estados Unidos o Panamá, donde estos aparatos eran más baratos que en Colombia. Llegaban al colegio con las cámaras entre manos y nos dedicábamos a registrar sin ningún cuidado las situaciones cotidianas de la escolaridad. Todas las fotos estaban movidas, o eran de bordes, con mesas, con una parte del piso que no tenía ningún sentido poético o estético. Fotos a los profesores, a las personas caminando. Sentíamos una voracidad por crear imágenes y no tener que pensarlas demasiado porque, si se acababa la memoria, podíamos borrar algunas que nos parecieran irrelevantes y continuar con el registro.

Las fotos que nos tomábamos en el colegio, con las cámaras de mis amigas más pudientes, además de ser absurdos encuadres de objetos, contenían nuestra primera forma de autorretrato: fotos de todas nosotras mirándonos a un espejo en una pose similar y con el flash de la cámara rebotando como una explosión de alguna galaxia. Mis amigas me invitaban a participar de una de esas fotos, en uno de los baños de mi colegio, siempre con iluminación precaria, las baldosas de un verde opaco y los cubículos de metal atrás. Todas con el mismo corte de pelo, que se parecía al de los integrantes de Mötley Crüe, pero sin haber pasado por el secador, y en lugar de tener un flequillo corto y uniforme, que nos bordeara la frente, todas lo usábamos del lado hacia el que nos acompañaría a la mayoría por casi toda la vida. Ese aspecto, bordeando la tendencia emo, pero sin asumir una postura política o una declaración constante sobre nuestro estado de ánimo, era el mandato estético de la época.

El pelo lo más liso posible, prolijamente planchado para que no se formara ninguna onda: peinadas por elección con una similitud tan radical como la que nos daba usar por obligación el uniforme del colegio. Pero eso no importaba. Era nuestro primer descubrimiento de que nosotras podíamos elegir cómo representarnos en una imagen, cómo posar, cómo vernos y cómo registrarnos a la medida de nuestro deseo: siempre atravesado, por supuesto, por las expectativas de los demás.

A los 14 años me fui de viaje con mi papá a un pueblito colombiano. Era nuestro primer viaje juntos y solos; teníamos largos diálogos y silencios durante la experiencia de recorrer juntos una porción del país. Mi papá llevaba su cámara plateada. En los ratos libres, ante la ausencia de internet y los tiempos muertos en los que no estábamos leyendo o charlando, me tomaba fotos frenéticamente con la cámara. Hacía experimentos, poses, luces, escenarios. La cámara no tenía un visor que me permitiera ver el gesto o el encuadre que estaba haciendo apenas quedaba registrado, así que había un instante de incertidumbre entre el clic de la cámara y darle vuelta para chequear lo que había quedado. Durante esos ocho días de viaje aprendí de mi papá, de su vida, leí Siddhartha, aprendí de plantas de la selva colombiana, de paisajes y, paradójicamente, también de mí: de cómo me veía hacia afuera, cómo me veía retratada por mí, cuál era mi versión más amable, cuál era mi representación voluntaria.

Tomarme fotos con la cámara gris de mi papá, y con una parecida que un tiempo después compró mi mamá para su casa, implicaba el ejercicio vergonzoso de esperar a que alguno de los dos las bajara en el computador de su respectivo hogar. En mi generación no se usaba la tenencia compartida 50/50, por eso vivía la mayoría del tiempo en la casa de mi mamá. Esto reafirmaba la idea de que la mamá estaba naturalmente más capacitada para la cotidianidad con los hijos, mientras el papá daba amor y fines de semana divertidos y hacía presencia en alguna entrega de notas del colegio, o se materializaba en los regaños más importantes, o en forma de amenaza de mayor gravedad. Descargar las fotos al computador de la casa requería mucha prudencia. Había un computador para toda la familia donde mi hermano y yo hacíamos tareas, yo chateaba por Messenger mientras mi hermano, que era mayor, tenía una novia de carne y hueso con la que pasaban largas horas encerrados en su cuarto, y mi mamá también trabajaba en ese mismo aparato fijo, pesado, de pantalla cuadrada y pensado para todo menos para la intimidad.

Sin embargo, la idea de esa representación autónoma, bajo mis términos, según mis reglas, me divertía y me alucinaba. También funcionaba como un paliativo muy eficiente ante los problemas de autoestima que ya cargaba sobre la espalda. A los 15 años, con la cámara de mi mamá, decidí hacer un primer experimento autoerótico. Una noche de viernes, cuando mi hermano estaba en el cuarto con su novia, o en la casa de ella, y cuando mi mamá ya se había ido a dormir, llevé una serie de instrumentos a mi cuarto: una sábana blanca, una lámpara de mesa de noche, libros y un termo de ice tea. Allí orquesté mi primer foto estudio erótico, algo así como una proto nude sin desnudez. Dispuse los libros a manera de trípode y realicé varios experimentos con la lámpara: primero a un lado, después al otro, después atrás, hasta que descubrí que lo más favorecedor era que estuviera atrás de la cámara y que la luz me rebotara en la cara.

Puse una sábana blanca a manera de fondo, pegada de los dos extremos con cinta de enmascarar y preparé dos opciones de vestuario distintas. Unos calzones negros que me había comprado mi mamá y que por ser negros me gustaban mucho, porque me hacían sentir sexy. Una camisa blanca, también de mi mamá, que sentía que imitaba las escenas de las películas y de las novelas en las que las actrices terminaban de coger y se ponían la camisa de sus novios (blanca, enorme). Una camiseta sin mangas negra, que me hacía pensar en los looks de Paris Hilton y los referentes sexys de la época: siempre con una de esas camisetas, los jeans bajitos (que en este caso son solo los calzones negros) y dejando una franja mínima arriba del pubis; que me favorecía, porque a mí la panza me salía más arriba.

Puse la cámara sobre la colección de libros de pasta dura de Oveja Negra y sobre una enciclopedia gruesísima que había en mi casa, ya obsoleta por la llegada de Encarta y del buscador de Yahoo! Me hice al frente de la escenografía de la sábana, con la camisa blanca y empecé a ensayar poses de lo que consideraba sexy, de cómo me sentía sexy. Poses prestadas de la televisión y de lo que me dijeron que era sexualizable, pero encarnarlo, intentarlo, hacer como si me hiciera sentir sexy a mí. El ejercicio performativo de actuar frente a esa cámara, solo con el termo de ice tea y la lámpara como testigos, me generó una nueva forma de validación y de erotismo. Le puse a la cámara el timer en diez segundos. Presioné el botón para obturar. Me puse de rodillas en la sábana. No me interesaba la desnudez. No quería salir sin ropa en mis propias fotos, no entendía eso como una opción y en ese punto ya era más pudorosa que curiosa: lo que quería era buscar la pose, el ángulo, el gesto que definiera para mí lo sexy, el deseo, la forma del cuerpo, la materialización.

Tomé las 63 fotos disponibles en la memoria. A cada intento me levantaba de la cuclilla en la que estaba en el piso y salía del personaje para ver la foto, corregir la postura, observarme y volver a posar. Como a la quinta foto estaba tan absorta en el ejercicio, que incluso olvidé lo ridículo que me resultaba a mí misma.

Terminé después de una hora de sesión. Tenía las piernas cansadas de pararme y arrodillarme y sentía llenura y éxtasis: como si me hubiera emborrachado. Descubrí el lado de mi cara que me resultaba más atractivo a mí, la pose de los brazos. Descubrí cómo me veía cuando hacía ciertos movimientos, cómo quedaba cuadro a cuadro registrada en ciertos gestos. Me documenté y aprendí con una dedicación etnográfica y también hice mi propia curaduría, que no estaba desprovista de un ideal de belleza que tenía programado en la cabeza, pero que al menos era mi propia imitación.

Nunca podremos entender la mirada ajena. Nunca tendremos la fidelidad de cómo nos están viendo los demás. Pero la distancia que nos permiten los autorretratos, las selfis, y la urgencia por el registro autónomo nos da un marco que a mi juicio es constructivo y suficiente: somos para nuestra propia mirada una versión de la que tenemos cierto conocimiento, decisión y curaduría.

Guardé la cámara y al otro día, cuando ni mi mamá ni mi hermano estaban en la casa, las subí con pudor y a escondidas a mi carpeta del computador compartido y las borré de la cámara familiar. Me dio vergüenza la idea del retrato erótico, que ni siquiera era un desnudo, pero sí posar de sexy. Las fotos no iban a ningún lugar, porque no existían las redes sociales y porque no tenía un interés en mostrarlas: las tomé para mí, para verme. Debe ser de las únicas cosas que hice durante mi adolescencia que partían de una voluntad libre, propia y personal.

Un tiempo después llegaron las redes sociales y con ellas un giro a nuestras dinámicas de vida. Asumir que la vida pública se disputa también en un escenario virtual y digital en el que creamos perfiles, curamos nuestras existencias, opinamos, nos relacionamos y juzgamos por cómo se muestran los demás en ellas. Las fotos, la proliferación de las selfis y el avance tecnológico de esas cámaras digitales, que todavía requerían tomar la foto y después bajarla, a directamente sacarla con el teléfono y subirla a la distancia de un clic, hacían que también se reafirmaran ciertos prejuicios vetustos sobre la legitimidad de esos relatos. La idea de que las selfis no tienen valor fotográfico o artístico, que son un dispositivo egocéntrico y que la facilidad las hace ordinarias, desconoce que el valor artístico de una imagen no es exclusivamente el medio con el que se realizó. Pensar eso nos devuelve a la noción de que las únicas miradas que valen la pena de nosotras mismas son a través de los ojos de alguien más. No olvidemos que con la crítica a la selfi siempre hay un sesgo de género y también uno de clase.

Construimos nuevas formas de vincularnos con una serie de siempre nuevos y más sofisticados símbolos que nos ofrecen las redes. Un me gusta recíproco, que habilita un mensaje. La idea de que el cariño se puede medir en likes y en aprobación y las interacciones en esa vitrina, que es un nuevo territorio fundamental en el que se buscan el amor, la atención y la aprobación. El gusto por los likes y la creación de una identidad digital cuya imagen podemos controlar a cabalidad. El stalkeo como mecanismo permanente, obsesivo y habitual y la posibilidad de husmear en la vida de alguien con todo su permiso. Está todo ahí, es público, no abrimos ningún cajón o revisamos ningún e-mail violando la privacidad de alguien, pero tampoco fue compartido mediante el diálogo.

La información está ahí, disponible a una velocidad abrumadora. La vida de una nueva pareja, su mamá, su papá, su perro, su casa de la infancia, su familia, quién le comenta más seguido, quién le comenta menos seguido, la foto con una ex, el perfil de esa ex, la vida actual de esa ex con su nuevo novio, el novio de ella que es amigo de un primo de un compañero de colegio, su esposa. Y así. Un círculo infinito de construir una arqueología sobre el pasado de los demás que es sorprendentemente público y que dio origen a una nueva forma de voyerismo social totalmente legítimo: ver y husmear sobre las vidas, las fotos, las existencias de personas a las que ni conocemos.

***

Desde mis 19-20 años, con la irrupción de los celulares con cámara y el WhatsApp, es incontable la cantidad de fotovergas que recibí sin mi consentimiento. No puedo entender esa manía de los hombres para pensar que, sin haberlo pedido y sin una conversación que contextualice un tono sexual, deben mandar una foto de su verga sin más. ¿Qué están esperando? Con honestidad lo pregunto: ¿Qué clase de gesto es ese? ¿Que una mujer, de la nada, sin haberla pedido, sugerido o mencionado, ante un estímulo tan escueto y casi abstracto como lo es una verga en primer primerísimo plano les diga qué? ¿Es a la espera de un halago? Nos morimos por saber.

El ejercicio de la fotoverga sin contexto era mi único acercamiento con la idea de mandar fotos en bola a mis 20 años. Las recibía sin consentimiento, pero como son estas cosas, si conocía a la persona me costaba entender que era un acto bastante agresivo y violento y me escabullía con alguna evasiva. Las veces en las que fueron desconocidos bloqueé el número y las veces en las que eran conocidos que me gustaban respondí con alguna onomatopeya y ya.

A los 22 —muy por el momento de mi primera paja— tenía un diálogo más virtual que real con un chico de otro país que había conocido hacía un tiempo en Colombia. Yo ya estaba en Buenos Aires, pero él vivía en otro lugar. Hablábamos constantemente, no de una manera demandante, sino como una charla que siempre podía retomar su cauce, no importaba el tiempo que hubiera pasado, no importaba nuestro estatus sentimental. Hablábamos de la política de su país, del mío, de trabajo, de cuestiones profundas y superfluas y también de lo mucho que nos gustábamos y lo chévere que sería volver a encontrarnos en algún lugar.

Una noche de sábado, durante un invierno frío en Buenos Aires, estaba viendo televisión en pijama y me escribió él. No tenía planes de salir a ningún lugar, así que me venía bien la charla. La conversación empezó por lo mismo de siempre y después de algunas horas de un intercambio ágil de mensajes, recuerdos, dio un giro sutil hacia lo erótico. Hablamos de una situación que nunca sucedió e inventamos los detalles con mucha precisión. No era la primera vez que hablaba de sexo explícito con alguien. Tuve algún novio con quien lo acostumbrábamos, pero usualmente en el registro verbal. El extranjero me describió con muchísimo esmero sus deseos y las imágenes que estaba inventando en su cabeza y la situación me resultó inusualmente erótica, no porque no se hubiera dado nunca, sino que por primera vez me calentó de manera muy honesta y no de manera condescendiente. Entrados en ese diálogo, pero cuando apenas estábamos inventando una situación previa, me pidió que le dejara ver lo que tenía puesto. Que me sacara una selfi y le mostrara mi pijama. Era un día en el que me sentía linda. En lugar de responder con alguna evasiva como habría hecho en el pasado, me senté en la cama, calculé los ángulos que me gustaban a mí y le mandé una foto de mi pijama, siempre, por supuesto, pidiendo reciprocidad. Las selfis desde el celular todavía eran una especie de novedad y la calidad de las cámaras frontales no era tan buena, pero la posibilidad era fascinante igual.

La conversación se calentó. Quisiera darte besos en tal lugar, tocarte en este otro. Como hablábamos tanto, él sabía las cosas que me gustaban, y como estaba tan caliente con cualquier estímulo autoerótico por esos días, me sentí supremamente excitada. Tanto, que me quité el saco del pijama y empecé a imitar con mis manos lo que él me decía que haría con las suyas. En un momento me dijo que le mostrara qué estaba haciendo y cómo me veía. Dudé. Dudé un montón. No tanto por mandarle la foto, dudé en tomármela. Nunca me había tomado una foto en una situación así antes. Lo hice.

La foto no fue espontánea, me tomé varias, pero eso en lugar de quitarme la calentura, la incrementó. Posé para la cámara y me distancié de mi cuerpo por un segundo, como si fuera yo la persona que me iba a coger y pudiera apreciarme con ojos de deseo y no solo de disposición. Le mandé la foto. Le mandé esa foto y fotos de cada práctica distinta que sugería. Estaba mojadísima, caliente, en éxtasis. Me toqué con una tranquilidad novedosa e inusual. Me toqué todas las partes del cuerpo y recorrí con mis manos cada centímetro que siempre vieron y disfrutaron los demás. Él me escribió que se volvía loco, que lo enloquecía, que mi cuerpo era tan perfecto, que lo calentaba tanto. Me respondió con fotos de su verga, pero en realidad, lo que más disfruté de ese ejercicio fue sacarme las fotos yo. Que mi imagen, hecha en mis términos, fuera el motivo de pajas de otra persona. Pude ver por qué, pude entenderlo porque yo también estaba caliente de mirarme desprejuiciada, desenvuelta y con la espontaneidad típica de la calentura legítima: de esas que erizan todos los pelos de la piel. Miré mi cara frente a la cámara. Ninguna de mis imperfecciones había desaparecido, mis inseguridades tampoco, pero este ejercicio les puso una tregua.

Le mandé la última foto de mi mano entre mis piernas y acabé. La foto de antes, que no mandé, era con mi cara mirando a la cámara, la cara que tenía antes de acabar. Era un descubrimiento nuevo sobre mi cuerpo. Mis inseguridades no estaban en juego porque podía elegir sobre mi propia desnudez, podía elegir lo que estaba viendo la persona que interactuaba conmigo, podía volverme el objeto erótico y de deseo de otro: pude ser su pornografía.

La posibilidad de sexualizar los cuerpos a través de la imagen disputa muchísimo el sentido excluyente de la pornografía tradicional. A su vez, que esa imagen sea tomada bajo los términos autónomos y libres de quien la saca también construye una idea de erotismo sobre el cuerpo propio. Por eso, las autofotos eróticas o las nudes son una de las prácticas más interesantes, emancipatorias, placenteras y paradigmáticas que ha traído la tecnología.

Por supuesto, el universo virtual trae nuevos peligros para las mujeres, nuevas sanciones, nuevas formas de venganza y aleccionamiento. Mucho de lo que explica la misoginia tiene que ver con una disputa sobre lo público: el espacio, el poder, las instituciones que históricamente han sido dominadas por los hombres. Hoy en día, el universo virtual también es un ámbito público, donde nos sometemos a la misma constante disputa.

Hay una violencia específica contra las mujeres en redes sociales, como la que denunció Amnistía Internacional en su estudio del 2018 #ToxicTwitter, en el que la organización pudo concluir que las mujeres son víctimas de violencia y comportamientos abusivos en Twitter por diversas razones. "Unas veces por alzar la voz sobre ciertas cuestiones a menudo feministas. Otras, porque son figuras públicas. Aunque personas de todos los géneros pueden experimentar violencia y comportamientos abusivos en internet, los que sufren las mujeres suelen ser de naturaleza sexista o misógina, y las amenazas en internet de violencia contra las mujeres están a menudo sexualizadas e incluyen referencias explícitas a su cuerpo. Las mujeres que viven formas múltiples y entrecruzadas de discriminación fuera de internet suelen encontrarse con que la violencia y los comportamientos abusivos en la red también están dirigidos contra sus identidades diferentes." Las formas de insulto misóginas, que solo buscan lo mismo que las agresiones en el espacio público: decirnos, claramente, que tenemos que volver al silencio y a la reclusión y renunciar a toda conquista de voz y visibilidad que amenace las órdenes establecidas de quienes tienen el poder.

En ese sentido, la nudes traen una nueva forma de peligro y amenaza a la libertad y al placer de las mujeres: la pornovenganza o la difusión sin consentimiento de esas imágenes. Mientras escribo estas palabras, consciente de su inminente publicación, pienso en este momento en todas las mías, en todas las exparejas que tienen mis fotos, en todos los hombres con los que salí. Claro que cumplí con los recaudos que hay que tener, que a mi juicio es cruel que deban existir, de no tomarme fotos a la cara, pero el problema va más allá. Yo también tengo las imágenes de esos intercambios, pero tengo la certeza que de salir publicada alguna, al tomar represalias y publicar yo la foto de la persona que las filtró, las consecuencias serían más graves para mí. La sexualidad de las mujeres sigue siendo un asunto sobre el que existen innumerables prejuicios y que es castigado con rigor, vergüenza y deshonra. Un elemento sobre el que se ejercen las más cruentas violencias y una herramienta de aleccionamiento infalible. ¿Qué tiene la desnudez de las mujeres y su sexualidad que siempre será prenda de chantaje y maltrato?

Que no podamos tener esa clase de prácticas sin estar pensando todo el tiempo en la posibilidad de que las fotos que le mandamos a una sola persona se filtren o que esa persona, que en el momento nos parece tan confiable, en un arranque de venganza las publique, es simple y llanamente injusto. Es injusto que los riesgos no sean parejos para ambas personas involucradas. Es injusto que sepamos que las fotos de nuestras tetas podrían quedar flotando en el universo virtual y que las fotos de sus vergas nunca tendrían para ellos las mismas nefastas consecuencias. Es injusto que, sin siquiera estar expuestas a golpes o abusos físicos, no estemos libres de la posibilidad de una brutal violencia. Y es todavía más injusto que las únicas campañas al respecto nos hablen a nosotras, que no mandemos las fotos, que no mostremos la cara, que tengamos cuidado, cuando no se esfuerzan por decirles a ellos que filtrar imágenes de una persona sin su expreso consentimiento es una forma de violación y agresión sexual.

Si tenemos en cuenta que el miedo a cualquier forma de violencia es un enorme inhibidor de placer, retomando el ejemplo de Emily Nagoski de los pedales, pensar que algo que nos trae satisfacción puede tener esas consecuencias genera una disparidad en nuestras posibilidades de disfrutar aun de tomarnos fotos en pelota y mandárselas a alguien.

Además de las prácticas de seguridad que, a mi juicio, siguen siendo una mierda que limita las posibilidades, pero que es mejor tener, necesitamos denunciar esta posibilidad de chantaje y dejar de buscar, divulgar y siquiera mirar las fotos de alguna mujer cuando se filtran. En este caso, si el espectáculo no tiene público, no tiene pudor o no es motivo de vergüenza, pierde el peso aleccionador que tiene: deja de ser una amenaza. A su vez, los varones tienen que dejar de reenviar esas imágenes y parar a sus amigos cuando lo hacen. En cambio, para lo que debemos organizarnos y no tener ningún tipo de piedad es para el castigo social a quien las filtra, a quien vulnera el consentimiento de una mujer y ejerce ese brutal acto de violencia sexual. Para ellos debería ser la sanción social y deberían ser ellos quienes estén en los trending topics de los días en los que se filtran las imágenes de mujeres. De lo contrario, podremos encontrar algunos paliativos, algunas formas y métodos para poder sacarnos fotos en pelota, y acceder al juego erotizante de compartirlas con alguien en paz, pero la amenaza siempre va a estar latente y la limitación también. Nuestros cuerpos no pueden ser motivo ni de vergüenza ni de castigo ni de chantaje. Nuestros cuerpos son una herramienta de placer. Y que se jodan.

Así no sea para mandarlas, tomémonos fotos en bola. Mirémonos el cuerpo, encontrémonos la pose, calentémonos de solo mirar las fotos que nos tomamos y la forma en la que nuestro cuerpo siente excitación, sus formas, su particularidad. Sexualizarnos en nuestros términos, para nosotras, disfrutando de nuestro propio erotismo es un ejercicio fundamental para nuestra humanidad.

Este texto hace parte del libro Tirar y vivir sin culpa, publicado el mes pasado por Editorial Planeta.

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