Testimonios de personas que fueron a trabajar drogadas

Mi consejo es que si te gusta trabajar drogado siempre traigas gotas para los ojos, loción, chicle de menta, y por supuesto, no irte en el viaje.

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18 Septiembre 2017, 4:05pm

Transcurrir la jornada laboral borracho o bajo el influjo de drogas puede parecer un momento de diversión. Para saber con seguridad cuáles son las vicisitudes, sufrimientos o gozos que experimenta un empleado cuando, por error o decisión, acude en estado inconveniente a trabajar, platicamos con algunas personas que por cruda de alcohol, inhalación de cocaína, ingesta de mariguana y consumo de ácido lisérgico (LSD), han hecho de la faena cotidiana su más difícil misión.

Ernesto, profesor de preparatoria

Daba clases de literatura en una preparatoria privada. Un martes que no me tocaba trabajar me levanté a las ocho de la mañana, me preparé un café y me fumé un toque de mariguana chronic para dizque escribir un cuento. Apenas me estaba poniendo mariguano cuando sonó el celular. Era el subdirector de la escuela preguntándome si podía adelantar la clase del miércoles para ese martes a las 10:00 de la mañana porque la maestra de la clase de física no acudiría. Por nervios no supe qué inventar para negarme, además pensaba que todo estaría bien. A las 9:30 manejé a la escuela sintiéndome más drogado. Miraba mis ojos por el espejo retrovisor y parecía que me los habían inyectado de sangre. Llegué a una Farmacia Similares y compré unas gotas para el "ojo rojo" que me los puso blancos y brillantes de una manera sospechosa. Por suerte alguien había olvidado unos lentes oscuros en mi auto. Llegué con las gafas puestas a la sala de maestros a firmar mi ingreso y saludé a tres profes sintiendo que el aliento se me iba a los pies porque el efecto de la mota estaba en todo su apogeo. Pero la peor parte apenas venía. Entré al salón de clases sintiéndome como un conejo blanco corriendo entre el tráfico. Tuve que quitarme los lentes y fue cuando la cabeza me estalló por el miedo que me provocaba pensar que todos mis alumnos sabían de mi estado inconveniente. Durante una hora impartí clases dándole la espalda al grupo con el pretexto de que tenía muchas cosas que escribir en el pizarrón, pero sólo escribí mamadas. Por supuesto nadie me hizo caso y el salón fue una anarquía total. No tuve fuerzas para enfrentar a 35 engendros de 16 años.

Elisa, fisioterapeuta

Trabajaba en una clínica de rehabilitación y en una ocasión a mi jefa del trabajo, a dos compañeras y a mí, nos tocó viajar en avión a un congreso en el que participaríamos. Cuando llegamos al aeropuerto me puse a buscar una identificación en mi cartera y encontré un papel (LSD) que no me había comido el fin de semana. No pensaba tirarlo así que me lo tragué. Faltaba una hora para que abordáramos el avión y nos sentamos en la sala de espera en donde un bebé comenzó a llorar. Ya había pasado como media hora y empecé a sentir el rush. Veía a la mamá del bebé y pensaba que era la cara de un pato anaranjado. Luego miraba al bebé y pensaba que era un cerdito fosforescente. Me quedé mirando fijamente a la mamá con cara de pato y ella abrazó fuerte a su bebé. Pensé que yo estaba loca, pero en lugar de apartarme, me fui a sentar a un lado de ellos y les saqué plática. Se me ocurrió pedirle al bebé para cargarlo y para mi sorpresa me lo prestó. La próxima escena es el cerdito fosforescente y yo llorando cubiertos de un halo rojo. Lloré, pero no de tristeza, sino de emoción porque me recordaba a mi sobrino. Regresé al bebé y mis compañeras y jefa me veían muy sacadas de onda. En el avión me tocó sentarme junto a mi jefa y mejor me puse los audífonos para no tener que hablarle. Estaba muy drogada.

Alberto, vendedor de hamburguesas

Salí de trabajar del Jack in the Box en Imperial Beach (parte del condado de San Diego) y regresé a mi casa en Tijuana. Apenas eran las cinco de la tarde y decidí llegar con un amigo a tomarme unas cervezas. A las 11 de la noche me encontraba hasta la verga de borracho y a la una de la mañana ya no podía ni hablar, además me había metido unas pingas (pastillas depresoras del sistema nervioso) y me terminé quedando dormido en el sillón de mi amigo. A las cinco y media de la mañana me levanté preocupado porque me tenía que ir a trabajar. Ni siquiera me bañé, sólo volví a planchar la camisa que traía puesta porque era el uniforme del restaurante. Hice una hora y media para cruzar a Estados Unidos y llegué crudo-borracho a trabajar, pero cumpliendo con mis obligaciones. "Beto ―me dijo el gerente―, ¿qué haces aquí? Hoy es tu día de descanso, aparte hueles a alcohol. Vete a tu casa".

Paco, administrador de empresas

Después del 9-11 cruzar a Estados Unidos en auto se volvió una larga espera debido a las revisiones. Uno de los cruces fronterizos que yo utilizo en Mexicali abre sus puertas a las seis de la mañana, pero tengo que estar ahí media hora antes para alcanzar a llegar a tiempo a mi trabajo. Si me voy de fiesta los viernes, los sábados estoy como zombi. Hace unos meses pasó eso: me acosté de madrugada, borrachísimo y apenas me estaba acomodando cuando sonó el despertador. Me puse de pie sintiendo que me moría e inhale restos de cocaína, pero no me hicieron nada. Llegué al cruce fronterizo antes de que abrieran y esperé formado arriba de mi auto. Lo próximo que recuerdo es oír, entre sueños, los cláxones de muchos autos. Abrí los ojos y mi auto estaba avanzando, pero yo no lo iba manejando. Unos limpiaparabrisas me estuvieron tocando la ventana para que avanzara, pero como no desperté, abrieron mi puerta, pusieron el auto en neutral y me empujaron conforme se movía la fila de autos. Tuve que darles cinco dólares de propina. Al llegar al trabajo una compañera me dijo: "Oye, Paco, te vi haciendo fila en tu auto, pero estabas dormido en el volante y unos limpiaparabrisas lo iban empujando, ¿estás bien?" Después de contestar me encerré en el baño a vomitar y pedir clemencia.

Cesar, mercadólogo

Acababa de entrar a trabajar a una agencia de publicidad como copywriter cuando un viernes, al terminar la jornada, nos reunimos a festejar el cumpleaños del propietario de la agencia. Como quería estar lúcido y parlanchín me compré un gramo de cocaína y repasé mentalmente la plática que tendría con el propietario, estaba seguro de que sería un éxito. Luego de convivir y de estar inhalando, la garganta se me comenzó a cerrar por la cocaína. En eso el festejado pidió la atención de la concurrencia para hacer un brindis. Guardamos silencio y pusimos atención. Inesperadamente una gran gota de saliva mezclada con cocaína bajó por mi garganta y me hizo sentir asco, tanto que interrumpí el discurso con dos sonoras arcadas y aunque no expulsé vomito fueron muy escandalosas las contracciones estomacales que tuve. El resto de la reunión lo utilicé para explicar, moviendo la quijada en todas direcciones, que un par de flemas me habían hecho una mala jugada. Por supuesto nadie me creyó.

Luis, vendedor de casas

Ya tenía mi ritual. Todos los días en la mañana después de una breve junta en la empresa inmobiliaria, salía a la calle a fumar mariguana. Después comía tacos de guisado para bajar avión y me ponía a buscar prospectos para venderles una casa. Un día después de que acababa de fumar el coordinador de ventas me llamó por teléfono para que regresara a la empresa a recoger unos documentos. Entré a su oficina con los ojos muy colorados y una risa de idiota. Sin que me lo preguntara le confesé que había comido tacos y que me había enchilados los ojos con salsa habanera. Creo que no me creyó porque me preguntó si consumía drogas. Actualmente no tengo trabajo porque semanas después fui despedido. Mi consejo es que si te gusta trabajar drogado siempre traigas contigo gotas para los ojos rojos, loción, chicle de menta, y por supuesto, no irte en el viaje, o sea, activarte, ponerte a trabajar y divertirte.

Carlos, repartidor de comida

Había vuelto de un viaje por el desierto de San Luis Potosí comiendo peyote y estaba en ceros financieramente. Para recuperarme entré a trabajar como repartidor de comida a un restaurante japonés. En mi segundo día de trabajo me avisaron que saldría a entregar un pedido grande de teriyaki y sushis. En aquellos días prefería no estar más de dos horas sin fumar mariguana por lo que pensé que salir a la calle era mi oportunidad. Mientras estaban listos los pedidos entré al baño a llenar mi pipa con mota, pero la boquilla estaba tapada con restos de ceniza. Entonces se me ocurrió una idiotez: meter la pipa al microondas que utilizaban los empleados, para ablandar los residuos y poder eliminarlos con un palillo de dientes. No habían pasado ni cinco segundos cuando una humareda espesa comenzó a formarse adentro del electrodoméstico y a salir por todos lados hasta llenar el pasillo de la cocina con su aroma. No lo podía creer. Rápidamente saqué la pipa del micro, caminé al estacionamiento, subí a mi auto y jamás volví al trabajo. Ni siquiera me han llamado para preguntar si algún día volveré. En ocasiones recuerdo la pregunta que me hizo el gerente del restaurante durante la entrevista laboral: "¿Consumes drogas? Te pregunto porque al pasado repartidor lo hallamos fumando cristal en el baño".