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Cultura

Esta vidente busca desaparecidos y secuestrados en Michoacán

Su labor es impredecible, pero hace lo que está en sus manos para ayudar a dar ciertas certezas.
18 Diciembre 2018, 7:00pm

Artículo publicado por VICE México.

“Siempre he tenido la capacidad de ver cosas del futuro”, dice Irene Mendiola, vidente. Es conocida en Morelia, Michoacán, no sólo porque ha predicho bodas, enfermedades y bancarrotas; ni porque asegura que en el camino ha encontrado fantasmas y camionetas robadas. Desde hace 15 años, la mujer busca desaparecidos, secuestrados y fosas con cuerpos. Su trabajo a veces le duele, pero dice que lo hace porque quiere ayudar a familias para quienes la zozobra se ha vuelto una rutina que enloquecería hasta al más ecuánime.

La mujer dice que tenía cinco años cuando se dio cuenta que veía cosas que los demás no. Recuerda de forma nítida esa noche en que salió de su cuarto, se encaminó al baño y en un sillón vio sentado a su abuelo. Él ya había muerto, pero ella no estaba consciente de eso. La saludó, ella le devolvió la seña; no tuvo miedo. Fue al baño, regresó y el hombre ya no estaba, cuenta.

Cuando se lo contó a su familia, se quedaron helados. Su abuela y su madre tenían destellos de videncia, pero les daba un poco de temor usarla con la gente. Desde lo del abuelo sospecharon del don de la niña, pero no dijeron nada. Irene se enteró de eso muchos años después, espontáneamente, con una sonrisa de oreja a oreja.

Asomarse al destino

En una sala atiborrada de libros, la mujer hace a un lado una madeja de estambre rojo y se sienta junto a un escritorio de madera. Ahí tiene algunas de sus cartas de tarot: egipcias, gitanas, celtas y españolas. “Hace 20 años, cuando yo tenía 40, empecé a dedicarme a esto de forma profesional”, me cuenta, ya que por mucho tiempo lo hizo a escondidas de quien entonces era su marido. A él no le agradaba nada el esoterismo. Pero un día se separó de él, ya con sus tres hijas un poco crecidas, y renunció a ejercer la carrera de economía que había estudiado para dedicarse por completo a asomarse al destino de quien se lo solicitara.


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“Mis hijas también heredaron el don, por eso me entendían perfectamente. Ellas crecieron viéndome hacer lecturas, presintiendo cosas, con filas de gente esperando consulta. Hubo una temporada en la que yo empezaba a atender desde las seis de la mañana y terminaba a medianoche. Apenas me daba tiempo de comer, de estar con mi familia”, recuerda, al tiempo que mecánicamente saca un juego de cartas y lo empieza a barajar.

Irene le ha leído el futuro a miles de personas. Ahora da dos consultas al día, previa cita: una por la mañana y otra por la noche. Enterarse de tantas vidas —y a veces de tantas desgracias— dice que la cansan, que le quitan energía. Se ha sentado lo mismo frente a madres que aún no saben que son madres, supuestos narcotraficantes que llegan en camionetas de lujo, inversores indecisos, novias sin suerte, postulantes a maestrías y enfermos terminales.

Las sesiones que da son presenciales, por teléfono o videollamada. Es fiel creyente de que lo importante no es el medio, sino la capacidad de sentir a la otra persona. Y eso lo logra de formas que a veces ni ella misma entiende, pero que ocurren. Por consiguiente, ha visto de todo; cuenta que alguna vez hasta la hizo de cazafantasmas en un restaurante de Morelia.


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“Mi trabajo tiene reglas: cada que llegan conmigo les explico ciertas cosas que deben saber. Yo no le digo a una persona que se va a morir, si las cartas así me lo dicen. Respecto a lo demás no escondo información, pero se las digo de forma amable si se trata de algo fuerte. Y sobretodo, soy muy sincera si no puedo ver nada. Lo cual ocurre con mucha frecuencia también. Hay gente que se sienta a la mesa conmigo y simplemente no puedo detectar una sola señal”.

No obstante, a pesar de que durante mucho tiempo fue testigo de infinidad de situaciones fuera del rango de la ciencia, todo lo que creía saber cambió hace unos 15 años, cuando llegó hasta su casa la primera persona que buscaba a un desaparecido. “Ese día yo misma cambié un poco. A partir de entonces ya nada sería igual”.

Películas fugaces

Era una amiga suya la que tocó a su puerta. Temblaba. Apenas entró, le puso una fotografía entre las manos. No le dejó verla y le pidió que le dijera qué sentía. Irene le dijo que era un hombre, que estaba triste y encerrado en un lugar oscuro. La otra mujer le completó la historia: era un familiar muy cercano que no había vuelto hacía días. Lo tenían secuestrado.

Con un nuevo juego de barajas entre las manos con anillos, la vidente dice que hizo todo lo que pudo. Dio con varias casas de seguridad donde habían tenido al hombre, pero cuando llegaban ya lo habían cambiado de lugar. Siempre se les escapó. Un día, Irene estaba concentrada en otras cosas cuando sintió algo así como un balazo en la frente. A una de sus hijas, que le estaba ayudando con el caso, le pasó lo mismo. Ambas entendieron lo que había pasado y se prepararon para darle la noticia a su amiga.

“Es de las cosas más duras que me ha tocado hacer, especialmente porque pude dibujar unos retratos de quienes habían estado relacionados con el secuestro y resultó que era gente de la misma familia. En ese tipo de casos me reprocho mucho por no poder ayudar antes de que ocurran desgracias. Pero por lo menos pude ver dónde habían dejado el cuerpo. Es peor vivir con la incertidumbre”.


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En década y media de conocer ese tipo de historias —en un Michoacán en el que la violencia se respira en cada esquina, especialmente desde el 2006— Irene dice que ha encontrado a gente viva y a otros que no corren con la misma suerte. De muchos otros sabe cuál es el desenlace, pero no dónde se encuentran. Ella cuenta que es como si viera fragmentos fugaces de películas en su mente, pero no siempre le dan pistas inteligibles, reconocibles. A veces no obtiene absolutamente nada y eso la entristece, la deja atada de manos.

Pero nunca deja de sonreír. Siempre ha pensado que uno atrae las cosas dependiendo de la actitud con que las pida. Por eso prefiere sacudirse el horror a carcajadas, haciendo sentir lo mejor que puede a quien la busca; no cobrándoles cuando se trata de desaparecidos, para no hacer más hondas sus preocupaciones.

¿Y cómo digiere el dolor? ¿Cómo vuelve a quedar en blanco para abrir los ojos por la mañana y no volverse loca antes del desayuno? Pues bien: camina mucho, visita y abraza a sus hijas cada que puede, teje, cocina, ama como si volviera a ser la adolescente que cierto día, en un café con sus amigas, de la nada cayera en cuenta que tenía un don especial.

“Suelo meditar mucho para irme a la cama con la consciencia en paz. De todas formas no puedo evitar que eventualmente alguien me busque hasta en sueños. Es algo con lo que vivo y a lo que ya me acostumbré. Eso sí: nunca podría habituarme al horror, a la violencia. Eso no es de seres humanos”, asegura.

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