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La historia de Charlene Downes, la niña que acabó convertida en carne de kebab

Con motivo del estreno del documental sobre el asesinato de 2003, producido por VICE Studios, el periodista Joe Cusack ⎯que cubrió la historia desde el principio⎯ rememora los días de la investigación.

por Joe Cusack; traducido por Mario Abad
08 Junio 2019, 3:00pm

Charlene Downes. Image: Focus Features

Artículo publicado originalmente por VICE Australia.

Charlene Downes tenía que haber sido anónima: normal, nada especial, otra estudiante del montón de una familia cualquiera del norte de Inglaterra. Mujeres como Charlene hay muchas.

Este año habría cumplido los treinta, si estuviera viva; ya madura, tal vez madre, quizá desgastada, sin duda traumatizada y maltratada por la vida. Su nombre no significaría nada más allá de su mundo.

Con su iluminación y ese aire de esplendor dramático, la zona que hay detrás del paseo marítimo de Blackpool podría parecer un mal viaje: callejones oscuros y sórdidos pasajes atestados de luces deslumbrantes, carteles de neón, salones recreativos y establecimientos de comida rápida. Así fue la iniquidad que engulló a Charlene aquel noviembre de 2003.



En 2007, dos hombres fueron enjuiciados; uno de ellos por asesinato, el otro por introducir el cadáver en una máquina picadora de carne, servirlo en kebabs y triturar sus huesos y usarlos como borada para baldosas. El jurado no llegó a un consenso respecto al veredicto y se señaló un nuevo juicio. Sin embargo, en 2008 los dos hombres fueron puestos en libertad gracias a unas pruebas de dudosa fiabilidad. Hasta la fecha, los rumores en torno al caso siguen muy activos.

Yo fui el primer periodista británico que entrevistó a la familia. No por mi gran perspicacia, sino por un golpe de suerte. Una revista de lustrosa portada buscaba a la madre de una niña desaparecida (cualquier madre, cualquier niña, en cualquier parte). Querían un artículo sobre niños desaparecidos y dio la casualidad de que la ausencia de Charlene se había empezado a difundir esos días. Han pasado quince años, incontables titulares, desplegables de revistas y apariciones televisivas, pero la historia sigue ardiendo y nunca dejará de hacerlo.

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Karen y Bob Downes visitan el monumento conmemorativo de su hija. Captura de pantalla: VICE Studios / Channel 5

Hace menos de quince años que fui en busca de Bob y Karen Downes, los padres de Charlene. No sabía dónde vivían, por lo que llamé a la puerta de todas las casas de la calle para dar con la familia de una estudiante desaparecida en aquella ciudad olvidada. Era diciembre de 2003, hacía un frío horrible y había dejado el abrigo en casa. Empecé por el portón número 1; ellos vivían en el 109.

La sala de los Downes despedía un olor como a sopa y el ambiente era opresivo; era evidente que no habían abierto las ventanas desde hacía años. Charlene tenía tres hermanos: Emma, Becki y Robert. La niñera se había mudado desde West Midlands para empezar de cero en el “Las Vegas del norte”. Hablé con Karen y su madre, Jessie, a la que también llamaban Lena. De pie, Bob Downes y su amigo no me quitaban ojo de encima y observaban cada uno de mis movimientos.

Pese a que Karen se había acostumbrado a recibir a tipos trajeados en su casa, se veía nerviosa, lo cual era comprensible. Me enseñó una foto de Charlene tumbada en el sofá, el mismo en el que yo estaba sentado en ese momento. Le pregunté si le había ocurrido algo inusual a su hija, algo fuera de lo normal, algún cambio en su vida. “Charlene dijo que un grupo de chicas la estaba molestando porque no tenía las botas y las zapatillas de marca adecuadas. Charlene se había llenado de piojos y desde aquella vez la empezaron a llamar ‘vagabunda’ y la hacían sentirse sucia. Era todo una estupidez, porque Charlene siempre iba limpia e impecable. No teníamos mucho dinero, pero procurábamos que siempre fuera bien vestida”, me contó.

Me mostró el dormitorio que Charlene compartía con la niñera. Estaba todo tal como Charlene lo había dejado: con pósters de Darren Day y su sonrisa facilona, su cepillo para el pelo —que a veces era su micrófono improvisado— sobre la mesa… Era todo tan propio de una niña, tan inocente; todo como debía ser.

Cuando te dedicas a entrevistar a gente, acabas percibiendo cuándo mienten. En cualquier caso, yo no estaba allí para juzgar si decía la verdad, sino para documentar su dolor. Salí de allí feliz de seguir con mi vida y no tener que volver nunca más. O eso pensaba.

  • Dos arrestados por el asesinato de Charlene
  • Banda asiática de pederastas vinculada con la desaparición de adolescente

Varios años después, recibí una llamada de alguien que me preguntó si me había enterado de la niña de Blackpool a la que habían secuestrado y asesinado y cuya carne trituraron para servirla en kebabs.

“¿En kebabs, dices?”, pregunté mientras me rascaba la calva. “¿Me estás tomando el pelo?”.

Era la misma niña, la de los piojos y los pósters de Darren Day.

Por supuesto, no lo creí, y ningún periódico quiso publicar la historia. Me sentía estúpido proponiéndola, y hasta al Sunday Sport le pareció excesiva.

Varios meses después, un poli me comentó que los Servicios de Protección de Menores estaban contemplando el elemento de los “kebabs” en este caso.

Los tribunales de Preston oyeron la frase el principio del juicio: el fiscal relató al jurado que Charlene era una de varias chicas de Blackpool que se acostaba con hombres mayores empleados en establecimientos de comida rápida a cambio de alcohol y tabaco. Un testigo afirmó haber oído a uno de esos hombres hablar de mantener relaciones con Charlene y luego “decir entre risas que la joven había ido a parar a los kebabs”. Me quedé atónito, pero también sabía que más valía irse a casa. La prensa lo haría todo. No valía la pena cubrir el juicio.

  • Adolescente descuartizada y servida en kebabs
  • Jurado escucha siniestras grabaciones sobre la muerte de una adolescente

La noticia se difundió como la pólvora y todas las miradas se centraron en Doner Kebab Two.

Sin embargo, el jurado no era capaz de llegar a una decisión. Se volvió a encarcelar a los encausados y se ordenó que se repitiera el juicio. Y luego pasó algo muy raro: el caso se desmoronó y la investigación se paralizó.

  • Se repetirá el juicio del asesinato de la niña del kebab
  • Los encausados por el caso de Charlene, en libertad por tecnicismo
  • La madre de Charlene arrestada por amenazas de muerte
  • La madre de la adolescente del kebab apuñala al padre
  • Cesan a los policías del caso Charlene

Reporteros y agencias ávidas de noticias se arremolinaban frente a la casa de Karen; los de peor calaña tocaban la ventana de su sala, importunaban a sus vecinos por la calle y metían la mano en su buzón para robarle el correo. Los fanáticos del morbo merodeaban por los establecimientos de kebab con la esperanza de dar con nueva información.

Cada vez surgían más historias y en medio de toda esa locura informativa, pronto me vi de nuevo sentado en la sala de Karen. Un periodista de The People le había hecho una advertencia: “Aléjate de él, es el tiburón más grande de todos”.

No sé por qué acabé yo cubriendo todas las historias, pero así fue. El caso no paraba de dar de sí y hasta el día de hoy sigo escribiendo, haciendo entrevistas y reuniendo almas; una parte de mí sigue allí, sentada en aquel mugriento sofá del 109 de la calle Purgatory.

  • El recuerdo de Charlene, manchado por denuncias de abusos
  • La hermana de Charlene agrede al dueño del restaurante de comida rápida
  • La madre de Charlene tiene una aventura con un ciberacosador
  • El nuevo amante de Karen Downes se muda a la casa familiar
  • Karen Downes maltratada por su joven amante
  • Downes quiere denunciar a la policía tras aparecer nuevas pruebas de video
  • Una nueva detención relacionada con el asesinato de Charlene

Nunca llegué a conocer bien a Karen, a Bob o a nadie de la familia. Me limité a entrar, obtener la información y su firma y salir. Y así muchas veces durante un largo periodo de tiempo.

Blackpool es el sitio más “blanco” que conozco, y era inevitable que el episodio de Karen acabara llamando la atención de la derecha y de la gente rural más radical. Un fastidio del que quería apartarme, pero de algún modo seguía involucrado. Empecé a desarrollar sentimientos por el lugar y la muchacha, pero ¿a quién le importa lo que yo piense?

Todo aquello me atormentaba y, extrañamente, me inquietaba. Así que fui en busca de las personas que tenían algo que decir y las que tenían algo que ocultar. La gente que la conocía, que la amaba, que se aprovechó de ella, que ganó dinero a su costa y que la llevó a su final.

The Murder of Charlene Downes, un documental producido por VICE Studios, es un viaje en el que repaso nuevamente los sucesos de 2003. Un análisis de los últimos días de una joven marginada y de cómo pudo desaparecer de las calles de Gran Bretaña sin que a casi nadie le importara nada.

Hubo quien señaló a la familia Downes como cómplices de la caída de Charlene, víctimas que no eran merecedoras de nuestra compasión, basura blanca. Algunos decían que la familia era escoria y que ella no importaba nada. No era una muchacha de clase media de padres eruditos y con carrera del centro de Inglaterra.

En cualquier caso, Charlene era una niña inocente incapaz de tomar una decisión juiciosa. Una niña inocente sin nadie que cuidara de ella. Los depredadores buscan las presas más vulnerables: niños desatendidos y olvidados entre muchas otras personas olvidadas.

Habrá multitud de gente —profesionales, amigos, vecinos— que afirma saber la verdadera historia, lo que realmente pasó en Blackpool. Sin embargo, nadie hizo nada cuando la niña aún estaba viva. Nadie mostró el menor interés por su vida pero todos estaban fascinados por su muerte.

Karen tuvo una oportunidad de contarle al mundo qué le pasó. Tuvo la oportunidad y la ayuda —por mi parte y la de mi mujer, Ann— para escribir un libro en el que expresara la insoportable carga que supone perder un hijo; una oportunidad de enmienda por los errores que cometió,
de intentar sanar algunas heridas, mantener vivo el recuerdo de su hija y dar a conocer al mundo su dolor, el dolor de una madre.

En la cinta, vemos a Karen alcanzar los límites de su propia verdad. La vemos forcejeando con la cadena. Ella siente la necesidad de señalar a alguien, de encontrar a alguien en quien descargar la culpa.

Los hechos que conforman la historia de Karen son los mismos hechos que expusieron a su hija a los riesgos que finalmente acabaron con su vida. Lo sé porque yo escribí parte de su libro haciéndome pasar por ella.

Por mis manos han pasado fajos de informes de Charlene, pero ninguno de ellos tiene el menor valor. Charlene está muerta y nadie hizo nada cuando la pobre niña aún vivía. Era una joven vulnerable y herida; la habían maltratado, expulsado de la escuela, había sido depredada por los hombres, golpeada y vejada verbalmente; le dieron la espalda la policía, los servicios sociales, su familia, sus vecinos y los asistentes sociales.

Y los periodistas, categoría a la que yo pertenecía. Para ellos (para mí) no era más que otra historia, un pretexto que esgrimieron los medios para exponer su análisis sociológico intelectualoide sobre la Gran Bretaña del siglo XXI, cuando realmente no era más que otro ejemplo de cómo la gente con dinero dice a las hordas de abajo cómo pensar y actuar.

La incómoda verdad es que la muerte de Charlene Downes da para una gran historia: la adolescente que acabó como carne de kebab. Antes de que el tribunal oyera tan horrenda afirmación, Charlene era simplemente una niña desaparecida más, el problema de otros.

No sé quién la mató, peros sí sé quién le falló.

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