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La ausencia vive en Ciudad Juárez

En Ciudad Juárez, varios artistas pintaron murales alrededor de la ciudad para recordar a las desaparecidas. Pasamos un día con todos aquellos que viven la ausencia de sus amigas y familiares.

por Alice Driver
13 Noviembre 2015, 4:00pm

En Ciudad Juárez, varios artistas pintaron murales alrededor de la ciudad para recordar a las desaparecidas. Pasamos un día con todos aquellos que viven la ausencia de sus familiares.

En nuestro país —donde en promedio 11 personas desaparecen cada día— la ausencia se convierte en una parte de la vida diaria. Vemos los rostros de los desaparecidos en el periódico y en las paredes y postes de las calles. En 2013, cuando llevaba a cabo la investigación para mi libro, More or Less Dead (Más o menos muertos), que trata de la desaparición y asesinato de mujeres en Ciudad Juárez, me familiaricé con las historias de desapariciones. A menudo, estas historias están conectadas a la trata de personas y el comercio sexual.


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En octubre de 2015, regresé a la ciudad para presentar mi libro y me encontré con una campaña nueva en la que activistas, grafiteros y otros artistas visuales ilustraban los rostros de las niñas desaparecidas en los muros de la ciudad. Además de ver muchas de esas obras de arte inquietantes en la calle, fui testigo de la vida particular y atmósfera mística de la ciudad. Este ensayo fotográfico cuenta la historia de un día viviendo en la ciudad, de lo que significa seguir viviendo entre los desaparecidos.

Todas las fotografías por Alice Driver.

Doña Julia Caldera Chávez de pie delante del único retrato de su hija María Elena, ese día se cumplían 15 años desde el día que se encontró el cadaver de su hija. María Elena desapareció el 20 de junio de 2000 y su cuerpo fue encontrado el 24 de octubre de ese mismo año. Su asesinato sigue sin resolverse.

La fotógrafa de Ciudad Juárez Itzel Aguilera me invitó a ir a dejar a una caja de juguetes para los nietos de Doña Julia. Llegamos a la casa de Doña Caldera en Anapra, una comunidad que surgió en un basurero y sigue siendo una de las zonas más pobres de la ciudad, y nos encontramos con niños corriendo por las calles de tierra. Fue hasta que estábamos conversando con Doña Julia que nos enteramos de que era el terrible aniversario de la fecha en que encontraron el cuerpo de su hija. Doña Julia nos invitó a comer tacos con sus hijos y nietos, mientras se preparaba para ir a la iglesia. Después del asesinato de María Elena, Doña Julia se acercó a la iglesia para sobrevivir, y su marido a la bebida. Ninguno de los dos estaba contento con la elección del otro, por lo que su esposo le prometió dejar el alcohol si ella dejaba de ir a la iglesia. Él cumplió. Ella no.

Los zapatos de bebé pertenecen a una de las nietas de Doña Julia, un recordatorio de que la vida sigue a pesar de la ausencia de María Elena.

"Mi hija amaba las rosas", me dijo Doña Julia, señalando a una rosa seca en un vaso sobre el buró, cerca de una foto laminada de María Elena. Una de sus nietas le entregaba al marido de Doña Julia una muñeca.

Una de las nietas de Doña Julia y su muñeca entre las cortinas de color rosa que separan el cuarto donde duermen de la cocina.

La calidad de la luz en Ciudad Juárez es mística.

Las nietas de Doña Julia. Las nieta más pequeña juega mientras que las más grandes miran Facebook. Una de las muchachas tiene dos cuentas de Facebook. Mientras estuve allí, Itzel le advirtió a la adolescente sobre los peligros de Facebook. Sin la adecuada configuración de privacidad, dijo, cualquier persona puede ver tus fotos o tu información personal. A Itzel le preocupa que los traficantes de personas usen Facebook para atraer a las niñas.

La primera vez que vi a Brenda Chávez Caldera fue en el documental Señorita extraviada en 2008. La cineasta Lourdes Portillo entrevistó a Brenda para su documental, en ese entonces Brenda era una niña. Portillo le preguntó a Brenda si sabía que habían asesinado brutalmente a niñas y mujeres de su comunidad. Brenda, con una sonrisa de niña tímida, respondió que "No". No mucho después de esa entrevista, su hermana María Elena desapareció. Cuando llegamos a la casa de Doña Julia, Brenda estaba afuera. Le dije: "Creo que te conozco". Y así era.

Colegialas caminan delante de un mural pintado con los rostros de las niñas desaparecidas. Artistas locales y familiares de las desaparecidas han estado trabajando en conjunto para crear conciencia sobre las desapariciones; pintan las caras de las niñas desparecidas en las paredes de escuelas, iglesias y en diferentes casas en toda la ciudad. Muchas de estas niñas terminan siendo víctimas del comercio sexual.

La danza de los matachines se transmite de padres a hijos. Es un ritual indígena que se utiliza para celebrar a santos como la Virgen de Guadalupe y San Judas Tadeo, patrono de las causas perdidas. Los matachines vienen a bailar a petición de una familia, y esa misma familia invita a toda la comunidad a comer. Nos encontramos con esta celebración mientras conducía por la localidad con la fotógrafa Itzel Aguilera un sábado glorioso. La familia nos invitó a su casa a comer y ver los bailes. Estábamos cautivadas por el bailarín más joven y pequeño.

Unos ojos curiosos me miran mientras los matachines bailan bajo el atardecer.

Itzel y yo nos detuvimos en la carretera para tomar una foto de la pared de una escuela local pintada con los rostros de las niñas desaparecidas y la Virgen de Guadalupe.

Itzel se detuvo en una intersección para que pudiera tomar una foto de las cruces negras sobre un fondo rosa que hay por toda la ciudad en memoria de las víctimas de feminicidio. Cuando volteé, este hombre, de pronto, me mostró sus músculos.

El abandonado Cine Victoria se construyó en 1945. Ahora hogar de muchos pájaros, tiene algunos de los murales más bellos que he visto en mi vida y un techo de color turquesa.

Desde la calle, lo único que ves es una puerta con un agujero y un montón de escombros, pero dentro, el teatro florece en su magnificencia abandonada.

Una quinceañera y sus chambelanes pasan frente a una tienda que vende veneno para ratas y las otras plagas que se ven en el edificio. La misma tienda que vende veneno, vende micheladas.

Diana R. Ramírez Hernández desapareció el 1 de abril de 2011. Ella permanece desaparecida.

Cuando se trata de una desaparición, no hay manera de superar tal pérdida, ni con los años, rosas o recuerdos. Sin embargo, hay una forma de cambiar el futuro y tiene que ver con la forma en que tratamos a las niñas y las mujeres —y si decidimos brindarles igualdad económica y social.