Drogas

“Paquete ilumines”: Tomé kambó, ayahuasca y 'Bufo Alvarius' en una ceremonia en la sierra de Colima

En menos de un día, todas mis lecturas de Dios, la Unidad y el mundo aparente cobraron todo el sentido.

por Diana Laura Arroyo
11 Diciembre 2018, 12:17am

Ilustración por @aca_ibanez

“¿Peyote yo?”, dije con tono incrédulo cuando me preguntaron si quería probar aquella planta hace siete años. Qué esperanzas que me hubiera metido alguna sustancia psicoactiva que no fuera alcohol, cuando tenía el típico trabajo de 8 a 5, formada en una familia tradicional, rodeada de amigos conservadores e inmersa en una sociedad de Monterrey completamente abocada a la pose. “¿Meterme no sé qué sustancia para ver algo que he pretendido no ver con todas mis fuerzas? ¡Cero!”

Pero la vida da muchas vueltas y siete años después, luego de haber renunciado a la vida Godín, de haberme mudado de Monterrey a Colima para romper un montón de patrones y en una realidad en donde hoy suelo pasarla con amigos chamanes, yoguis y temazcaleros, recordé aquella pregunta del peyote como si la hubiera dicho otra persona.

Lo más peculiar es que esa frase se me vino a la mente justo el día que estaba por entrar a una ceremonia chamánica, en donde probaría en una sierra de Colima una especie de “paquete ilumines”, que incluía la toma de kambó, ayahuasca y sapito, que hice sin decirle a mis antiguos amigos por el oso a que me fueran a asociar con esas prácticas de hippies extremos.

Había escuchado del sapito desde mi primer viaje cósmico, justo un año previo, cuando me adentré al mágico terreno de la ceremonia mazateca con hongos alucinógenos y la toma de ayahuasca, lo que me hizo deshacerme de algunos prejuicios, rompiendo a mazazos emocionales toda la porquería aprendida de culpa por mostrar mis sombras y esta extraña sensación de compararme siempre con el de enfrente para saber si lo estaba haciendo bien.

Aunque en un año ya había empezado a deshacer un montón de patrones del horror, como la manía por creerme víctima de cualquier situación, la creencia de “no soy suficiente”, la extraña sensación de que hay una manera correcta de hacer las cosas y el súper Señor Juicio dueño de toda percepción, sabía que seguía faltándome barrio y que necesitaba soltar muchísimo más, así que luego de un año de prácticas de meditación, horas y horas de introspección, lecturas espirituales y montones de energía invertida en sanar emocionalmente, lo decidí: estaba lista para viajar más hacia adentro con el sapito o DMT, considerada quizá como la droga psicodélica más poderosa del mundo.

El momento de la ola contra la victimez

El día esperado llegó; me presenté puntual en el lugar acordado y vi a un montón de participantes que pretendían saber lo que estaban haciendo, pero que tenían la misma mirada de nervios que yo. Saludé al par de chamanes que conocía y me esperé sentada a que empezara la ceremonia. “¿Quién empieza?”, dijo uno de los líderes, que estaba por iniciar con la puesta de kambó. “Yo”, dije con una ligereza que me sorprendió, sin saber la reacción que tendría mi cuerpo.

El chamán prendió su encendedor, colocó el fuego en la piel de mi brazo, me hizo cinco heridas en forma de círculo y colocó encima una sustancia en forma de pasta, que hizo que se me nublara la vista de inmediato. O sea que así se siente envenenarse, pensé al sentir en mi cuerpo esta sustancia tóxica proveniente de una rana de Brasil, que se usa en ceremonias para alinear el cuerpo físico, mental y espiritual.

Dicen que es antibiótico natural y limpiador de energía, aunque cuando entra al cuerpo, solo se siente como puro veneno: por 20 minutos vi todo borroso, mi corazón empezó a palpitar tan fuerte que sentí mis latidos hasta en la lengua y la sangre la sentía como fuego por mis venas hasta que a punto del desmayo, llegó el momento clímax: vomité solo bilis —gracias al ayuno de 24 horas— y sentí la cabeza a punto de estallar.

El chamán en turno me explicó que esa toma me ayudaría a entrar mejor a las siguientes ceremonias, así que no tuve más remedio que esperar a que se bajara toda la hinchazón y zarandeo emocional hasta que luego de una hora y recuperada al cien, seguí con mi maratón intensivo y entré con el siguiente grupo que probaría el sapito: DMT puro y directo a la glándula pineal.

Con toda la expectativa del mundo, aspiré por primera vez el humo de aquella sustancia, pero la apertura fue tal que mi mente la rechazó de inmediato. “¿Me estoy muriendo?”, le pregunté asustadísima a la chamana, quien me dijo que estaba a salvo, pero mi miedo fue tanto que no pude entrar a nada. Mucha mente, me dije una y otra vez, carajo, tuve mucha mente, me sentía decepcionada por no haber sentido nada hasta que luego de un par de horas, entré a la ceremonia de la ayahuasca como supuesto paso final de mi proceso cósmico.

Confiada en lo que vendría, me entregué a la toma de la planta, que solo me hizo ver figuras y entrar muy por encima a un proceso de identificar algunos prejuicios que me habían acompañado a lo largo de mi vida, y nada más. “¿Quieres más?”, me preguntó alguien, pero le dije que era suficiente, así que me acosté, seguí observando lo que llegaba y me quedé dormida, junto con todos los demás viajeros, inmersos en sus propias visiones.

Fue en la mañana, cuando comentándole a mi amiga que no me había entrado el sapito y que la ayahuasca apenas me había hecho cosquillas, que llegó el mensaje. “Necesito otro sapito”, le dije en voz alta, así que fui con la chamana a pedirle una nueva toma para mí sola.

Como ya todos los psiconautas se habían ido, tuve una especie de ceremonia exclusiva, en donde me situaron al lado de un árbol, con un sleeping bag y un iPod con música clásica a mi lado. “Noup, no tengo llenadera”, pensó mi partecita conservadora, mientras estaba por desayunar DMT después de haber experimentado una larga ceremonia de 12 horas.


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El silencio de la mañana y todos los chamanes a mi alrededor me hicieron sentir que se acercaba el grand finale. Apenas alcancé a voltear para pedirle a Milton, compañero chamán, que estuviera al lado mío cuando el otro guía que tenía la pipa en la mano me dijo: “Hazlo sola; naces sola, mueres sola”, lo que me provocó unas tremendas ganas de llorar y que mi corazón latiera rapidísimo de puro nervio.

Ya no había para dónde ir, mis ganas de escaparme luchaban frente a frente con mi necesidad de ir dentro de mí un poco más. Escuché cómo aspirar, y me di cuenta que la vez anterior lo había hecho a medias. Y entonces, lo hice. “Aspira, aguanta, aspira, aguanta, ¡no saques el aire!”, seguí las indicaciones y sentí uno de los mayores miedos que he experimentado. “Suéltate, ¡suéltate ya!”, me gritó el guía y entonces escuché el in crescendo de alguna canción de Beethoven que me sacó de donde estaba y desaparecí.

La toxina de aquel sapito, conocido como bufo alvarius, me llevó a algo más que alucinaciones visuales, aunque Carlos Hernández, investigador de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, me dijo que al ser derivado de la serotonina, este compuesto se aloja en los neuroreceptores de este mismo compuesto, provocando alteraciones bioquímicas en la percepción.

En aquel instante, el tiempo dejó de existir; el miedo y la necesidad desaparecieron dejándome en un estado indescriptible. Un amor invadió cada poro de donde estaba yo, aunque no era cuerpo, ni mente, ni nada. Y de pronto todo tuvo sentido, o más bien, nada tuvo sentido. “Así que esto es”, pude apenas estructurar. “Así que esto es”, provocando un gozo puro que jamás había sentido. Estaba unida al todo y a la nada, o más bien, yo era todo y nada. Todas mis lecturas de Dios, la Unidad y el mundo aparente cobraron todo el sentido.

Y empezaron a caer muchísimos hallazgos sin juicio. “La fórmula es dar”, “esto es solo una vida”, “esto de acá es karma de vida pasada”, “solo se trata de aceptar lo que es”. Respiré profundamente y empecé a ver toda mi vida como un lienzo extendido. “Solo es una vida”, pensaba una y otra vez, mientras aparecían momentos clave de mi infancia y adolescencia, grandes personajes que han marcado mi camino y mensajes guía de lo que vendría después.

De manera paulatina, me hice consciente de que llevaba escuchando a Beethoven quién sabe cuántas vidas y sin saber cuántas horas habían pasado, volteé a mi alrededor hasta que descubrí a mi amiga detrás de mí, observándome. Solo seguí respirando profundo, aceptando todos los mensajes que llegaban hasta que me sentí lista para decir: “Ya pasó”, con mi rostro bañado en lágrimas y una sonrisa de oreja a oreja que no podía quitar de la paz que sentía.

Aunque creí que la dosis había cumplido su efecto, la medicina siguió haciendo de las suyas un par de semanas después, ya que los mensajes siguieron llegando, lo que me provocó una profunda aceptación personal, dejando atrás aquella ansiedad de antaño por el qué dirán y por enjuiciar con singular alegría al que se me atravesara, dándole la bienvenida a la aprobación interna, estado que he logrado alcanzar en algunos momentos de silencio a través de una que otra meditación.

Incluso, aquel momento de amor por el mundo entero, que en realidad es mi propia proyección, lo logré sentir meses después a base de mantras y prácticas de atención en la cumbre del volcán nevado de Colima con un amigo, donde descubrí que es posible alcanzar el estado de plenitud sin absolutamente ninguna planta de poder… aunque creo que eso da para otra historia.

@silenciodementa