Testimonios

"Amárrenla y súbanla al carro; la llevaremos a mi recámara": testimonio de un secuestrador

"Primero nomás la secuestraríamos unos días, pero luego fue un mes, luego seis meses y al final un año", nos contó el Manitas.

por Jorge Damián Méndez Lozano
20 Marzo 2018, 10:49pm

Al papá del Manitas lo mataron a balazos en Michoacán cuando él tenía un año de edad. Sabe que se parece a él porque su mamá se lo dijo, lo cual corroboró al ver unas fotografías amarillentas guardadas en un ropero. Cuando cumplió tres años y su hermano mayor cinco se mudaron a Mexicali junto con su madre. En la frontera los esperaba un par de generaciones de tíos y primos que habían migrado años atrás. En la capital bajacaliforniana se instalaron en Los Santorales, una zona de 20 colonias pegada a Estados Unidos, en donde la marginación extrema, las calles sin pavimento y la muerte por rickettsia ―enfermedad transmitida por picaduras de garrapata― son la constante.

El Manitas es un tipo simpático alejado de la personalidad que puede esperarse de quien tuvo la sevicia de privar de su libertad durante un año a una persona. Este es su testimonio desde el Centro de Tratamiento para Adolescentes de Baja California. Él, al igual que ocho internos más que purgan condenas por secuestro, homicidio, asalto a mano armada, violación y narcomenudeo, es mayor de edad —tiene 21 años―, pero como cometió el delito siendo menor permanece confinado en la zona Coca, un área para mayores de 18 años dentro de la prisión juvenil.

El Manitas

Comencé delinquiendo con mi carnal y mis tíos. Veía que llegaban con televisiones, electrónicos, autos robados. Me emocionaba y también quería andar robando chingaderas para traer dinero. Decía mi carnal que si me agarraba la policía iba a llorar con los putazos que me darían, que mejor la calmara, que estaba muy morro, pero yo le decía: "Nel a la verga, yo aguanto vergazos", y se lo demostré.

El primero robo en el que me acoplé fue en un supermercado al que fui con mi mamá, mi carnal y mi carnalito. Nos estacionamos junto a una troca de donde se bajó una pareja. Mi carnal me dijo: "Quédate conmigo para que me eches aguas, voy a robarme el estéreo". Mi carnal nomás andaba mirando qué robarle a una ranfla ―auto― para ponérselo al suyo. Le eché aguas, arrancó el estéreo, pero se emocionó y con una llave limada comenzó a picar el switch hasta que encendió la troca. Salió en putiza, chicoteado, brincando el tope del cajón del estacionamiento. Un guardia de seguridad comenzó a correr atrás de él gritando: "¡Se están robando un pick-up!" Mi carnal se perdió en el tráfico.

A los minutos me habla: "Sígueme en el carro. Deja a mi jefa, que se vaya en taxi. ¡Apúrate a la verga!" Lo alcancé y lo seguí hasta que nos perdimos de unas patrullas que traíamos poniéndonos cola (siguiéndonos), pero se cayó en un canal de riego lleno de lodo. Como quedó atascado ahí mismo desarmamos la troca y le prendimos fuego.

Ya no quise andar con mi carnal y comencé a tumbar ―robar― por mi cuenta. Siempre traía un cuete ―pistola―. Tumbaba celulares, carteras, dinero, calcos ―zapatos―, limas ―camisas― y tramos ―pantalones―, de todo. Nunca asaltaba en mi barrio. Mejor me iba a otras colonias para no quemarme ―desprestigiarme― con mis vecinos. Fumaba mota y me salía de madrugada a la calle para asaltar a los rucos que esperaban el transporte para irse a trabajar a la fábrica o me metía a robar a los cantones ―casas― que se quedaban solos en la mañana.

Secuestro

En un barrio todo se sabe tarde que temprano. Ya sea que tú lo investigues o que alguien te cuente, pero la vida de los demás siempre está ahí para saberse. A unas calles de donde yo cantoneaba había una casa maicerona (lujosa), chingona, resaltaba entre todas las casas culeras de alrededor. Ahí vivía una pareja que se acababan de casar, la señora como de 28 años y el bato como de 35. Me contaron que el bato se dedicaba comprar casas al INFONAVIT que las personas ya no podían seguir pagando. Él las remodelaba, revendía y les sacaba un buen billete. Sabía que tenían un bebé que nunca estaba con ellos porque el bato no lo quería. No era de él y lo mandaba con su suegra.

Una noche estaba fumando cristal y recordé que un compa me había dicho que el bato y la morra de la casa maicerona se habían ido pagar unas casas al INFONAVIT en la Ciudad de México. En eso pensaba cuando cayeron dos compas. "Qué ondas, hay una casa sola, ¿nos metemos a robar, a la verga?", les pregunté. "Simón, pero danos unas vaisas ―fumadas― de cristal ―metanfetamina―", me pidieron.

Fumamos crico hasta las cinco de la mañana. Bien arreglados ―drogados― nos fuimos en mi ranfla y la estacioné atrás de la casa: quitamos la cadena, el candado y nos metimos. Cuando estábamos entrando escuché que estaba abierta la regadera del baño. No supe qué pedo y mejor nos apuramos. Mis dos compas se metieron a una recámara y yo a la sala. Comencé a echar en mi mochila todo lo que encontraba: laptops, joyas de oro, celulares… De pronto se abre la puerta del baño y sale la señora en calzones, brasier y toalla. Se estaba bañando, por eso se escuchaba la regadera. Yo pensaba que se había ido de viaje con su esposo. Ella me mira con cara de espanto y yo sin capucha en la cabeza. Comienza a gritar y corre pero en lugar de salirse de la casa corre se va a su recámara en donde están mis compas. No la seguí, me valió verga y seguí robando. "Ya vámonos cabrones", le grite a mis compas. "La ruca ya nos vio y nos va a chingar con la policía, ¿qué hacemos, Manitas?", me preguntaron porque yo era el del plan. "Amárrenla y súbanla al carro, la llevaremos a mi recámara, mi mamá anda pal’otro lado ―Estados Unidos―", les dije acá muy vergas.

Llegando a mi casa encerramos a la ruca y le quitamos su celular para marcarle a su esposo. "¡Sabes qué puto, tenemos a tu ruca, queremos 100 mil baros!", le dije, y no me creía hasta que le pasé a la ruca que estaba llorando y pidiendo ayuda. Volví a agarrar el teléfono y me dijo: "Suéltenla, no se pasen de lanza con ella, yo les voy a mandar dinero". De putazo mando 70 mil al otro día. Como no queríamos pedos le pedimos que nos depositara el dinero en la cuenta de la ruca. "Vas a ir con nosotros al banco pero sin hacer panchos, vas a comportarte como si fueras mi novia, mi hermana, mi señora, lo que chingados quieras, pero no corras ni grites o te meto un plomazo". Solamente una vez intentó escaparse, fue una vez que el bato nos depositó en el banco de la mueblería FAMSA. La ruca retiró el dinero y cuando estábamos saliendo empujó al guardia de seguridad pero en chinga la jalé del cabello, la saqué y la subí al carro en donde le puse la pistola en la frente para que camareara ―advirtiera― que conmigo no se juega.

Primero nomás la secuestraríamos unos días, pero luego fue un mes, luego seis meses y al final un año. Fue un chingo de tiempo porque estábamos morros y teníamos miedo de soltarla y que nos denunciara. La neta yo sí me animaba a pegarle un balazo en la cabeza y tirarla por ahí, pero mis compas me decían: "No güey, no mames, pinche broncón, ¿cómo vamos a hacer eso?" Durante el tiempo que la tuvimos secuestrada la tuvimos amarrada y con la boca tapada. Seis meses la tuve en mi casa y los otros meses en la casa de uno de mis compas. Eso sí, el bato nos mandaba dinero desde el DF cada mes.

Tratábamos de no pasarnos tanto de vergas con la ruca: la dejábamos ver la televisión, bañarse y le dábamos de comer tres veces al día. En navidad y año nuevo le llevé tamales y pavo que hizo mi mamá. Dos o tres veces le destapé la boca y se ponía a decirme que extrañaba a su familia, a su hijo, y me rogaba que la dejara ir. Me remordía la conciencia, sentía culero y mejor la volvía a amarrar. O sea sí me daban ganas de escucharla pero a la verga, mejor me salía del cuarto y ponía a uno de mis compas a que la cuidara.

Cuando pasó un año le dije a mis compas: "Ya estuvo a la verga, hay que soltarla, ya no quiero saber nada de la jaina, ya me quiero abrir de esta bronca". Todo el puto día estresado, uno la cuidaba en la noche y otro en el día. Mi novia en aquellos días estaba panzona ―embarazada― y tenía que andar con ella, pero sentía que algo malo iba a pasar y mejor le dije que se fuera a parir a mi hija a Sinaloa. Nunca supo que cuando no estaba con ella era porque me ponía a cuidar a la secuestrada.

Antes de soltar a la jaina en un lote baldío con los ojos tapados y medio amarrada, el bato nos mandó 500 mil pesos. En total fue como un millón de pesos todo el secuestro. Cuando la soltamos le dejamos dinero para que se comprara un boleto de avión y se fuera al DF con su bato que nunca volvió porque tenía miedo; teníamos la esperanza de que la ruca se fuera y nunca volviera a la ciudad.

Pensé que la bronca se había acabado, que el secuestro había quedado atrás y quise intentar hacer mi vida normal durante unas semanas; ya había cumplido 18 años. No pude hacer mi vida normal. Una mañana en un retén de la policía me pidieron que me identificara y como ya traía credencial de elector la mostré y pasaron mis datos, resultó que tenía orden de aprehensión y me detuvieron. En la cárcel supe que la ruca nunca se fue al DF, sino que se dedicó a investigar mi nombre y el de mis compas para demandarnos. Como aparte de secuestrarla también la violé cargó dos delitos por los que estoy preso desde septiembre de 2017, saldré en enero de 2019.

El Manitas, a la izquierda, "tirando barrio" junto a uno de sus compañeros.

Niñez

Crecí con mi mama y mis tíos. A mi papá lo mataron en Michoacán cuando yo tenía un año. Cuando tenía tres años nos vinimos para Baja California. Un tiempo vivimos en Chicago, Illinois, con mi padrastro, papá de mi carnalito. Recuerdo mi vida en Chicago: siempre estábamos encerrados en un departamento de dos pisos, nunca nos faltaba nada, teníamos muchas comodidades: 1Q-901, PlayStation, películas, pizzas, hamburguesas, jugos de fresa. Aunque casi no salíamos a la calle porque a mi mamá le daba miedo que nos deportaran; habíamos cruzado la frontera con los pasaportes de mis primos.

En Chicago, a veces, me levantaba de la cama en la madrugada porque me daba hambre y miraba a mi jefa en la mesa contar pacas de dinero y bolsas con cocaína, heroína, morfina, crack o la miraba esconder droga en maletas y desarmar el tablero de algún carro para esconder droga y dinero. El trabajo de mi mamá y mi padrastro, que también es de Michoacán, era entregar un auto con droga y recoger otro pero con dinero. Cuando llegaba la policía gringa al departamento mi mamá nos sacaba por la ventana volando y nos íbamos a esconder a la cochera de un compadre de mi padrastro. Recuerdo a mi jefa llorando y a mi carnal y a mí temblorosos por la adrenalina.

Cuando volvimos a México era muy desmadroso. No le hacía caso a mi mamá y por eso me pegaba con un cable de televisión. Estudié hasta primero de secundaria y ya no quise seguir porque me aburrió la escuela. Diariamente usaba mota y una o dos veces a la semana fumaba hielo ―metanfetamina―.

Libertad

Al salir de prisión me imagino siendo un mecánico que se levanta a las seis de la mañana a reparar motores y desarmar autos. Está muy culero estar encerrado, por eso no quiero salir y volver a lo mismo. Para mí es muy fácil continuar delinquiendo. Mis tío son polleros y siempre me piden algún favor como: "Lleva a este pollo ―indocumentado― al desierto para que se una al grupo que cruzará con guía o, lleva a estas personas a un hotel para que esperen el día que se les cruzará brincando el cerco fronterizo". Estar encerrado es como estar secuestrado y es como dar pasos que duran un día y los días duran una semana. Me sofoco y me pongo triste porque no hay nada qué hacer. Siempre es lo mismo. A las siete de la mañana voy a la escuela, a las 10 a clase de sastrería, a las 12 regreso a la escuela y a la una es mi hora de comida; de dos de la tarde en adelante estoy encerrado en la celda hasta el otro día. Las celdas son de tres por tres metros. Ahí cago, me baño y duermo con tres compañeros: platicamos, vemos televisión, inventamos juegos para apostar nuestra ropa, nuestros jabones, hacemos rutinas de ejercicio y nos platicamos nuestras historias una y otra vez.