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Kraftwerk en 3D: la trilogía del humano, la máquina y el éter

Asistimos a la presentación de la icónica banda alemana en la capital española para sumergirnos en su metafísica sonora y revolucionaria.

por Natalia Otero Herrera
04 Julio 2018, 10:49pm

Foto: Peter Boettcher.

Mundo ordinario

Una voz mecánica y robótica inicia un conteo del 1 al 8. Repite la secuencia aleatoriamente y alterna los números: ONE, DOS, DRIE, SIETE, ACHT. Las luces se apagan. Estamos en el Real Jardín Botánico Alfonso XIII, en Madrid; son las 22:15 y ante el llamado, los asistentes (que estamos en un rango entre los 20 y 75 años), obedecemos y nos ponemos las gafas 3D para ingresar al sistema Kraftwerk.

Entran al escenario los cuatro miembros actuales de la banda alemana que parecen más autómatas que humanos —Ralf Hütter, de 74 años; Fritz Hilpert, de 62 años; Henning Schmitz, de 64; y Falk Grieffenhagen, de 49—, y se acomodan en sus atriles digitales. Están uniformados con un traje espacial, forrado al cuerpo, con el estampado de la cuadrícula cartesiana. Se enciende el lugar con las luces LED de los podios y el video en 3D. Suena “Numbers”, del álbum Computer World, lanzado en 1981.

Ya estamos dentro de la central eléctrica.

Desde que Hüter y Florian Schneider crearon la banda en 1970, Kraftwerk ha proyectado la compleja relación entre persona y máquina a través de sonidos artificiales convertidos en techno dance. Estos alemanes reformularon el rol del sintetizador al utilizarlo para crear música pop, abriendo un nuevo espectro musical que ha influenciado a artistas como David Bowie –quien tituló una de sus canciones “V-2 Schneider”, en homenaje al músico en su álbum Heroes– o los Belleville Three, precursores del techno, en adelante.

Es imposible imaginarse a un New Order o a un Depeche Mode sin que Kraftwerk hubiese existido. Su ritmo, su técnica y sus aparatos fueron fundamentales para el periodo post punk, el hip hop de los ochenta y para una gama de músicos que van desde Aphex Twin a Prodigy, de LCD Soundsystem a Afrika Bambaataa, de Daft Punk a, incluso, Michael Jackson.

Son los papás de los papás. Genios de la electrónica, en términos de género musical pero también a nivel de ingeniería y física.

Metida en su dimensión cibernética, sumergida entre sus ritmos distópicos de robot funk y sus melodías de romance computacional, mientras tocan “Its More Fun to Compute”, “Home Computer” y “Computer Love”, siento que ingreso a Metrópolis de Fritz Lang, que navego al interior de la Matrix, que estoy viviendo una historia de la literatura de Philip K. Dick en una especie de Ubik.

A punta de la reiteración instrumental, precisa y perfecta que le permite a Kraftwerk el uso de sus máquinas, suena este pop cargado de política en medio del Jardín Botánico. Y el statement queda claro: las tecnologías son poderosas y a la vez un arma de doble filo. Con ellas se potencian las capacidades humanas y se puede hacer música de este nivel o construir bombas nucleares.

Kraftwerk es una resistencia política desde mediados de los setenta, ante el contexto de una Alemania en posguerra, con rezagos del fascismo de Hitler, en plena Guerra Fría y con su capital partida en dos, en una era en que el desarrollo tecnológico fue impulsado para destruir al enemigo. Un momento perfecto, también, en el que las bandas electrónicas que se encontraban en Alemania aprovecharon ese auge tecnológico para revolucionar sus sonidos.

Pero también es una resistencia política al contexto actual, porque las mismas batallas que se libraron en ese entonces, se luchan ahora ante una red mucho más poderosa y anárquica que celebra el espionaje y la falsedad. Y Kraftwerk continúa en la vanguardia de esto.

Con esta primera parte del concierto nos dejan planteado esa rama de poder: con los gráficos de “Computer World” nos hablan de los controladores de data, del KGB, de la Interpol, el FBI y todo el espionaje que sucedía en esa época que no está muy lejana a lo que ocurre hoy en día con las redes sociales y la big data que arrojamos a través de nuestros dispositivos, usurpada por marcas y gobiernos. Basta con analizar el caso de Trump que sufragó la data de millones de usuarios de Facebook para ganar las elecciones, o de las compañías que venden seguidores falsos construidos a partir de perfiles reales, o lo que nos sucede a diario a todos los usuarios con los anuncios que se nos cuelan en nuestras redes.

Dejándonos dentro del sistema de este mundo ordinario, Kraftwerk da paso al conflicto del personaje de esta historia con tintes de ciencia ficción: el humano y la máquina.


El hombre máquina

A los 30 minutos de concierto, empieza “Man Machine”, acompañada de gráficos en una 3D aplicada a la justa medida sin ser pomposa, sin marear. Impecable. En rojo y negro —los colores de Man Machine (1978), el álbum cuyo arte fue influenciado por el constructivismo ruso de 1920, con el que se burlaron del fascismo y marcaron la crítica sobre la ambivalencia entre la técnica y el hombre—, aparecen las palabras SER HUMANO, SÚPER HUMANO, SEMI HUMANO y, por supuesto, MÁQUINA, pronunciadas por la voz aún intacta de Hütter.

Simple, directo, estético. Propio del minimalismo de Kraftwerk. Sus gráficos no pretenden ser arte clásico sino que se entienden desde lo popular, desde la representación de los símbolos pop que ilustran la bomba nuclear, la onda sonora, la máquina, el robot.

El humor siempre está presente. Hablando de máquinas y humanos, saco mi aparato e intento sacar un video. Es inútil, la calidad jamás podrá ser reproducida por la 3D y comprendo el tono irónico de la banda.

Video tomado inútilmente por la autora del texto.

Estos hombres se la deben estar pasando muy bien en esta era. Tienen todos los juguetes para jugar e ir más allá de lo que jamás imaginaron. Con “Space Lab” lo demuestran. Se fajan una panorámica de la Tierra desde un satélite y nos van acercando hasta llegar, con realidad aumentada al igual que Google Maps, a la geolocalización exacta: España, Madrid, Real Jardín Botánico, escenario: Noches del Botánico, 23:00 horas. Seguro que están divirtiéndose como nunca. Pienso que eso debieron sentir Spielberg y Robert Zemeckis cuando en 2015 pudieron comparar la realidad con el futuro que plantearon en Back To The Future II.

¿Son estos seres una especie de predicadores? Puede ser, como lo dice William S. Burroughs, en La Revolución Electrónica: las palabras, los símbolos, los sampleos son mutaciones virales, hechizos extraterrestres. O por lo menos así parece con Kraftwerk, sobre todo con su canción más conocida, “Autobahn”. Una pieza de 22 minutos que gracias a la tecnología a la que por fin accedieron emplear (porque se demoraron cuatro álbumes en abandonar los instrumentos clásicos), les permitió el link entre la percusión y las secuencias de largas repeticiones, infinitas y perfectas, que antes eran hechas por humanos sin precisión. Una canción que 44 años atrás ya sonaba a los ruidos que hacen los electrónicos que nos rodean hoy. Aunque el álbum, también bautizado Autobahn (1974) no es completamente electrónico, porque están presentes el violín, la flauta, el piano y la guitarra, la integración del sintetizador Vako Orchestron marcó el sonido que hasta hoy caracteriza a la banda.

Y estoy ahí, entre un tipo de unos sesenta y pico años que canta el himno de su adolescencia y otro de treinta que flipa con la música, escuchando y viendo esa canción que cambió el rumbo de la historia musical, y pienso que esto es una maravilla. Todos vamos por la autopista cibernética de Kraftwerk mientras cantamos al unísono “fahr'n fahr'n fahr'n auf der Autobahn”. Top. Mucho flow, mucho funk, incluso, mucho dembow. Techno dance impartido por unos soldados robots de 60 años promedio, que después de hora y media de concierto mantienen la compostura firme, a un público empapado en sudor por el baile.

Me siento enchufada. La información transmitida entra a mi cuerpo como datos y símbolos, formando nodos de enlaces entre la banda, los presentes, la naturaleza y yo. Estamos todos conectados a esta red que crece exponencialmente con el flujo de información. Una net omnipresente, omnipotente, omnisciente… un dios.

Y del clímax de “Autobahn”, caemos a la solemnidad de “Geiger Counter” y “Radioactivity”. Ambas del álbum Radio-Activity (1975), dedicado a la transmisión radial y a la actividad nuclear, y el primero en ser producido cien por ciento por ellos desde su icónico estudio Kling Klang (traducido a la onomatopeya ding-dong).

De todos los grupos europeos de la época que se aventuraron a probar el sintetizador, Kraftwerk fue el único que se metió con el pop. Tangerine Dream, Brian Eno y Keith Emerson, por ejemplo, lo utilizaron para hacer sonidos clásicos, conservando el formato de banda de rock. Pero Hütter y Schneider jugaron aún más con las máquinas, y en Radio-Activity integraron el sintetizador análogo Moog Micromoog y el piano eléctrico Farfisa, no volviendo a utilizar la flauta, el violín ni las guitarras.

Ante los cantos de Hütter pronunciando los centros nucleares de Hiroshima, Harrissburg, Sellafield y los accidentes de Fukushima y Chernóbil, mientras pasan imágenes en blanco y negro combinadas con símbolos de bombas nucleares, yo viajo en el interior de un átomo. Siento la potencia con cada beat prolongado y exagerado. Siento la energía liberándose con la ralentización del golpe.

Foto: Peter Boettcher.

Lo que sigue, continuando con el lenguaje de potencias y voltios, es “Tour de France”, “Prologue”, “Étape 1”, “Chrono” y “Étape 2”, todas mezcladas, acompañadas de imágenes originales del campeonato más importante de ciclismo en su centenario. La canción más larga del concierto, que ha sido fuertemente criticada por sosa y poco innovadora, está siendo para mí el auge de la noche. La llevan a otro nivel con un diseño gráfico fino, de figuras geométricas con los colores de la bandera sobre imágenes antiguas en 3D y, me repito que estos hombres están jugando en su arena, en especial Hüttler que es un apasionado del ciclismo, y están exprimiendo la maquineta a su máxima potencia.

Luego de dos horas de navegación por estos micromundos cibernéticos, estamos preparados para ser expulsados de la central.


Musique Non Stop

La única forma de salir del sistema eléctrico y volver a nuestra dimensión es a través de los humanos que están en el escenario. En el video 3D vemos las proyecciones de los músicos hechos robots, replicados por cuatro, con sus sintetizadores. Pasamos por las fibras de sus máquinas y el interior de sus ondas sonoras, hasta llegar a las notas musicales.

Foto: Peter Boettcher.

En un mix de 30 minutos, tocan “Boing Boom”, “Techno Pop” y “Musique Non Stop” en puro jamming. La fiesta está prendida pero sabemos que es el final del viaje. Uno a uno, después de su solo, los músicos salen del escenario dando la venia como unos maestros.

¿Qué es esta mierda que acabamos de ver?

Miro el letrero que dice: MÚSICA EN LA NATURALEZA. Entonces, lo comprendo: está la máquina, el humano y el éter, conectándonos con el universo. Una trilogía que nos lleva a otro espectro más allá de la metafísica, a fibras palpables y a la vez intangibles, conexiones de nodos infinitos. Un poder que solo otorga la música.

Entiendo la era de la que hago parte: el siglo de las tecnologías, el momento de los cyborgs, de los robots, de la inteligencia artificial, de la tercera dimensión, de la realidad aumentada y de la realidad virtual… Un paradigma en el que las revoluciones, la política, los modelos sociales, todo, se está fraguando en una arena cibernética. Algo que Kraftwerk supo 48 años atrás.

De vuelta en el plano real, con los pies en el Jardín Botánico y la cabeza reseteada, busco, irónicamente, cómo volver al hotel en Google Maps.

Foto: Peter Boettcher.

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