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Dekmantel y Latinoamérica: ¿eurocentrismo disfrazado de intercambio cultural?

La reciente discusión entre la chilena Valesuchi y el festival holandés generó una polémica sobre racismo y colonización. Si esto es así, ¿Latinoamérica hace algo por evitarlo?

por Cristian Cope
24 Enero 2019, 11:25pm

Ilustración: Julián Guzmán

Latinoamérica y Europa. Los de aquí y los de allá. La selva y el desarrollo. La aspiración y la consagración. Si la intención es adentrarse en un plano histórico, tal vez sean muchas las horas las que nos pasemos discutiendo acerca de las diferencias y comparaciones entre el primer y el tercer mundo.

En la mañana del martes 22 de enero, la artista chilena Valentina Montalvo Alé, más conocida como Valesuchi en la escena electrónica regional, abrió la puerta a una discusión que parece traer de vuelta esos recuentos históricos de conquistas y colonizaciones de los que, cientos de años después, no nos hemos liberado.

“Después de casi dos años de tener la oportunidad única e increíblemente privilegiada de viajar y ‘coproducir’ su festival y showcases en 11 ciudades de 5 países ‘subdesarrollados’”, comienza la artista en su publicación, “viajando para conocer e involucrarme con escenas culturales bastante interesantes y laboriosas, con algunas de las personas más talentosas, relevantes y trabajadoras de la música hoy en día, bookeando artistas locales para ‘slots locales’ con ‘tarifas no negociables’ y tratándonos sutilmente como si nos estuvieras haciendo un favor, cuando es 2019 y no bookeas a un solo artista latinoamericano para tu edición ‘oficial’ que cuenta con 114 actos (y ni uno de ellos es brasileño, tu llamado segundo hogar), ¿no quieres que sintamos que son colonizadores racistas?”.

Luego de leer la denuncia, revisamos el cartel de esta edición venidera del festival Dekmantel. Sí hay un artista latino (uno solo). Se trata del venezolano Bear Bones, Lay Low, quien lleva más de 12 años radicado en Bruselas, Bélgica.

“Nuestra falsa amistad ha terminado, he terminado contigo, Dekmantel”, se lee al final del mensaje de Valesuchi en Facebook, en el cual –palabras más, palabras menos– cuestiona de muchas maneras al reconocido festival holandés por su exclusión frentera de artistas latinoamericanos en esta edición de 2019.

El miércoles 23 de enero, los organizadores del festival publicaron un comunicado, respondiendo a las críticas de la artista: “En Dekmantel nunca quisimos simplemente llevar nuestro nombre a otras partes del mundo y ganar dinero y posicionamiento cultural”, afirman. “Se nos ha señalado correctamente que no incluimos a ningún artista radicado en Suramérica en el cartel inicial del festival Dekmantel 2019. Pedimos perdón por esto. Ahora nos queda claro que invitar a artistas latinoamericanos a nuestros eventos europeos es una parte esencial del intercambio cultural, y necesitamos mejorar el fortalecimiento y enriquecimiento de estos intercambios”.

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Respuesta de Dekmantel, publicada por Resident Advisor.

Valesuchi fue la única artista capaz de destapar una problemática sobre la cual aún hay mucho por discutir, y hay que darle el respectivo mérito por ello. Pero esta exclusión, que denota una gran falta de visión por parte de los organizadores de Dekmantel, uno de los festivales más globales del circuito electrónico, genera varias preguntas, de las que probablemente no haya respuesta aún.

La primera de ellas: ¿qué viene a hacer un festival como el Dekmantel en Brasil, si no es precisamente a generar tejido intercultural entre Suramérica y Europa? ¿De qué sirve posicionar una marca de un festival en otro territorio sin generar lazos con este? ¿No se vuelve este traslado entonces un objetivo netamente económico?

A pesar de que en sus dos pasadas ediciones el festival ha bookeado artistas latinos y varios brasileros, entre ellos Azymuth, Selvagem, Marcos Valle y Cashu, el margen de artistas suramericanos sigue siendo muy mínimo. Podríamos decir que los artistas brasileños que se han presentado en las anteriores ediciones del Dekmantel no superan ni el 1%. Y en vez de aumentar la cantidad de artistas de estas latitudes, que sería lo esperado con el paso de los años, el festival bajó este número a casi cero para 2019. Recordemos el Dekmantel São Paulo, evento que lleva convocando a miles de asistentes en Brasil desde hace dos años, y que en poco tiempo se han fidelizado con el concepto que Dekmantel ha trabajado desde hace siete años en Ámsterdam y que en 2017 decidió trasladar a este continente. Las preguntas de arriba, entonces, siguen insistentes. ¿El festival quería calcar el concepto europeo de su festival y traerlo acá para conquistar nuevos públicos? ¿O querían vender una especie de exotización festivalera? ¿Es más atractivo acaso ver a un Ben UFO o a un Marcel Dettmann tocando en un destino exótico, ‘playero’, ‘selvático’, como siempre nos catalogan a los países subdesarrollados?

La siguiente pregunta que genera esta polémica, tiene que ver con nosotros, con los que estamos en el sur: ¿acaso el talento latinoamericano lo tiene que validar un festival europeo?

Por más que las palabras de Valentina condensen el enojo de una región que busca ser incluida en la crema y nata de la electrónica global y eurocentrista (¿qué mejor que el Dekmantel para eso?), y que además tiene talento, insumos, experiencia, gestión e historias suficientes para figurar en todos los carteles de los eventos más importantes de la escena, también hay que ser conscientes de que, así como ellos justifican sus eventos llevando lo “mejor de lo mejor”, nosotros tenemos que entender que lo nuestro también es lo mejor de lo mejor. Porque lo es.

El reto que nos queda como región después de esta serie de críticas, es espabilar y dejar de mirar para arriba, sino mirar para los lados. Es cada vez más urgente que conozcamos lo nuestro, que lo cultivemos desde la posición en la que nos encontremos, ya seamos un público que paga y llena eventos de artistas locales, un artista que apoya la autogestión en su territorio, o un sello que está buscando expansión y profundidad con los suyos. En cuanto valoremos y cultivemos lo nuestro, vamos a cosechar.

Y acá la cosecha se traduce de muchas maneras, la principal es darle la posición que se merece a los sonidos que se están produciendo de este lado del mundo.

Para llegar a Europa debemos cruzar la inmensidad de un océano, y nos morimos por hacerlo. Pero nos duele asistir y pagar una entrada a un evento de DJs locales en nuestra propia ciudad. Tiramos a la hoguera a un festival europeo que no tiene a Latinoamérica como prioridad en su cartel, pero nos parece normal que uno de los festivales locales más grandes del país le “abra” un espacio a los artistas nacionales en las primeras horas de este, cuando todavía sigue medio vacío, o incluso en la zona de comidas del festival.

No hay que tapar el sol con un dedo: somos una sociedad que, día tras día, sube a un pedestal de oro a cualquier objeto que venga con envoltura europea. Permitimos que promotores y festivales vengan a semillar sus marcas sin ninguna especie de crítica, y somos felices escuchando y bailando al ritmo de artistas internacionales que incluso llevan años sin tener ningún tipo de innovación sónica. Pero no nos importa, no reparamos en ello, porque igual estamos en un festival de ‘talla internacional’. Esa es la única novedad que compramos, porque es la única novedad que nos importa.

El descuido del festival Dekmantel no debería ser un motivo para que saquemos el pecho con una recién adquirida latinidad que, en muchos casos, no es verdadera. O tampoco para recordar cada gesto bondadoso que tuvimos con alguna franquicia europea, lamentándonos por la reciprocidad perdida, como lo denuncia Valesuchi en su post.

Dejemos de ser artistas y colectivos que se presentan en inglés y cambiemos esas introducciones por manifiestos en español. Usemos las camisetas de Underground Resistance y Tresor, pero también pidamos camisetas con los artes de ZZK Records en Argentina, con los rostros de VNZO y Aurelius98 en Chile, o con las ilustraciones de Julianna en Medellín. Como ravers que integran la escena musical electrónica latinoamericana, deberíamos ver más allá: nuestro objetivo no puede ser simplemente figurar o asistir al festival europeo de turno.

Si empezamos a darle el lugar que se merece a lo nuestro, vamos a poder generar el intercambio horizontal y saludable que debería suceder entre otros continentes que vanagloriamos y el nuestro. Todo se trata de equidad.

Nuestras propuestas sonoras tienen todo el ímpetu para ser el plato fuerte en estas tierras y en cualquier club del mundo, tal como nos lo han venido mostrando artistas de la talla de Nicola Cruz, Dengue Dengue Dengue o el mismo Matías Aguayo.

Si nos ponemos a hablar de logros internacionales, que no es el centro de esta postura, tan solo en las últimas dos semanas, la prosperidad sónica de América Latina nos ha surtido con sesiones primorosas, dignas de cualquier “slot internacional”: el hondureño Óscar Nñ continúa desafiando a Nueva York, gestando fiestas queer de la mano de su colectivo Papi Juice; el colombiano Sano aterrizó en Deep House Amsterdam con una hora de pura finura; y nuestra querida Valesuchi compartió uno de sus mejores sets en tiempos recientes, grabado para celebrar los 20 años de la Red Bull Music Academy. Colectivos como Overcast, de Bogotá, ya se percataron del potencial que tenemos en la región y, sobre todo, de que la unión hace la fuerza, tal cual se demuestra en su reciente video sobre escenas hermanadas: Brasil y Colombia compartiendo sus sonidos.

Si Latinoamérica ha venido conquistando cada vez más otras latitudes, ¿por qué no nos estamos dejando conquistar por nosotros mismos?

Pueden resultar otras mil reflexiones, al igual que pensamientos y especulaciones que extiendan la conversación por varios días más. Las escenas electrónicas de Latinoamérica tienen un camino mucho más rocoso por recorrer, eso está más que claro. Pero si verdaderamente queremos comenzar a narrar nuestra propia historia, tenemos que dejar de mirar hacia afuera y empezar a trabajar en conjunto, apoyando y destacando lo del otro sin querer derribarlo al día siguiente. No somos Europa, y tenemos que sentirnos orgullosos de no serlo. Esta bella y sufrida América Latina comprende el doble de superficie que el continente del desarrollo y la prosperidad, así que hay mucho por andar, mirar y buscar.

Porque como dijo el mexicano AAAA en relación al episodio que dio pie a esta editorial: “Siempre los busco [a los artistas] en las revistas especializadas, en las tiendas de música, en los sellos, en los line ups de los festivales europeos, curiosamente también los busco en los festivales producidos en Latinoamérica y casi nunca los encuentro, me da gusto las pocas veces que nos veo. Quizás no debemos buscarnos tanto ahí y encontrarnos más hacia el sur”.

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