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Cuando nos descubren haciéndonos una paja

¿Qué puede ser más vergonzoso que nuestros padres nos descubran masturbándonos?

por Hernán Panessi
27 Abril 2018, 3:00pm

Retrato de Aldana

Artículo publicado por VICE Argentina

En el Olimpo de vergüenzas posibles, que nuestros padres nos encuentren con las manos en la masa es una de las peores. Por escándalo y no hay mente superada que la sostenga: la intimísima genitalidad caliente y nuestros padres y madres son cosas que no deberían mezclarse jamás. Son antagonistas en el desarrollo de la sexualidad. Pero muchas veces el destino presta estos giros que, con el tiempo, sólo con el tiempo, se vuelven pasos de comedia. No obstante, vale la aclaración, pocos son los que pasaron por el sigiloso acto de la masturbación en casa de sus padres sin ser descubiertos. Y, por lo demás, también pide pista esta otra aclaración, el ser descubierto late para siempre como un corazón delator: el tema está ahí, pero (casi) nadie se anima a tratarlo. Y, posiblemente, así seguirá: guardado en el arcón de los recuerdos, censurado por el inconsciente y bloqueado por el hipotálamo. No, no y no: esto no pasó.


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Felizmente, en muchas oportunidades, nuestros padres han jugado a los oídos sordos. Se yergue tenso un “aquí no ha pasado”. Es preferible el “siga, siga” que la huella mnémica de un trauma irresoluble: los pantalones bajos hasta la pantorrilla y los dedos en posición de ataque. Aún así, vaya a saber por qué razón, hubo otras oportunidades en las que esa puerta se abrió y quedó prendido “el regalo del cielo”: la humillación más jodida de todas. ¡Ufff! ¿Duro, no? Ni hablar del sermón posterior o la potencial “charla técnica” ante nuestros progenitores. Esos minutos larguísimos que quieren aclarar lo que a nosotros nos consta. A propósito, nunca vienen mal los consejos de educación sexual, pero el punto sensible es que hay momentos y momentos. Algunos son de autoexperimentación y otros, simplemente, de prestar atención.

Sin embargo, nada ni nadie frena el impulso cachondo. No hay busted! ni game over que frene a la paja. Siempre hubo un borrón y cuenta nueva. Por eso, nos consta, todo vale a la hora del onanismo. De añejas revistas de moda a almohadas que se frotan, de lentísimas conexiones a dial-up a peines con doble uso. Lo sabemos y eso sí no nos avergüenza ni nos da ningún tipo de pudor: la paja es el mejor amigo del hombre. Y como el tiempo todo lo cura y no hay anécdota oscurita que no se torne luz, este es un repaso de algunas historias de jóvenes que han sido encontrados por sus padres en pleno proceso masturbatorio:

Cuarto compartido

Me pasó de adolescente. De piba compartía cuarto con mis hermanos más grandes, pero como ellos ya eran más adolescentes y salían los fines de semana o por las noches, nunca estaban. Se iban de joda así que pensé que podía aprovechar esa racha para chusmear un canal de cable que después de las 23 horas pasaban películas eróticas. Nunca mostraban coito pero para mí ya era un montón que se toquen las tetas. La tele estaba justo al lado de la puerta y la cama enfrente, perpendicular a esta. Me acuerdo de estar acostada del lado de los pies cuando hice zapping y enganché una una película de lesbianas. Eran dos chicas jóvenes, desnudas, una detrás de la otra, tocándose suavemente todo el cuerpo. Me calentó y ni lo pensé. Es posible que haya sido mi primera paja también, tanto no recuerdo. Una mano sostenía el control remoto y la otra entró en mi bombacha y me empecé a tocar. Ni pensé que podía entrar alguien. De hecho, esa puerta siquiera tenía cerradura, la trababa con un pedazo de tela rosa satén. Estaba empezando a disfrutarlo hasta que entró mi vieja con el golpe seco del empuje, y lo primero que hago es disimular la figura de mis piernas abiertas debajo de las colchas. Se dio vuelta para ver qué estaba mirando y atiné rápido a cambiar de canal pero seguro fui más lenta que su metida. Me puse colorada y me dijo: “Aldana, ¿qué haces?”, pero no esperó respuesta. Estaba más incomoda que yo. No esperaba que le dijera nada, porque no quería corroborar lo que vio. Tampoco lo hablamos nunca ni entonces ni años después. Conociéndola, ya lo habrá borrado de su mente y si lee esto seguro se espanta. En el momento, me dio vergüenza porque era chica de edad y mujer: por ese entonces no se hablaba de masturbación y, si me lo imagino, creo que nunca me lo hubiese venido venir. Siquiera tenía conciencia de privacidad. Algo con respecto a tocarme con mujeres quedó latente, porque tampoco tenía claro lo que significaba que me masturbara y me gustara eso. Ser lesbiana tampoco estaba permitido en mi casa. La bisexualidad o la pansexualidad ni existían como posibilidades. Hoy me causa gracia y me alegra haber sido una teen con deseos y ánimos de experimentar con mi cuerpo. Si surge el tema, les recriminaría el espacio. Es necesario, como dice Virginia Woolf, tener un cuarto propio.

— Aldana, 28 años, ilustradora y diseñadora gráfica


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El pacto

Retrato de Martín

Esto me pasó cuando tendría unos 12 años. A mí me gustaba tocarme mirando las revistas Emannuelle de mi vieja. La Emmanuelle era una publicación dedicada a la mujer con circulación en los años 80. Un día las puse todas en el piso de su habitación, abriendo en donde aparecía un par de pechos, y justo entró mi mamá. Era verano y había estado en la pileta. Yo estaba arrodillado, con la malla baja, cuando ella entró a su pieza y vio esa escena. Se quedó un segundo en silencio y me dijo: "¿Qué hacés cambiándote acá?". En ese momento agradecí que no se haya dado cuenta, pero de más grande supe que en realidad me había tirado un centro para que no me muriera de vergüenza. Cuando me vio me quedé helado. Si me hubiese dicho algo me hubiese aferrado a la idea de huir de casa. Nunca hablé con ella sobre el tema. Creo que fue un pacto de silencio implícito. Todavía me sigue avergonzando y espero que mamá no lea VICE.

— Martín, 40 años, diseñador gráfico

El fin de una era

Retrato de Rocío

Mi prima se había quedado a dormir en mi casa. Ella me dijo que alguien del cole le comentó que, si se movían sobre un almohadón no muy grande, muchas chicas podían sentir la sensación que sentían los grandes cuando hacían el amor. Así, yo, que me quise hacer la experta ante mi prima 2 años mayor, le dije: “Claro, yo lo hago siempre, se sienten cosquillas y está re bueno”. Entonces, queriendo representar la acción, tomando el almohadón y toda la cuestión, lo hice y, en ese momento, mi madre abrió la puerta, me vio en esa situación y me increpó al grito de “¡¡¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?!!!” A lo que se me ocurrió como primera instancia tirar una frase como manotazo de ahogado: “Es que me duele la pierna”. Intentando justificar los movimientos boca abajo. A lo que mi mamá, con tono lapidario, dijo: “Se terminó todo, Ro” y cerró la puerta. Esa noche nos dormimos con mi prima en silencio como si alguien o algo se hubiera muerto. Al amanecer, luego del desayuno, mi prima se fue a mirar la televisión y me quedé sola con mis padres. Mi viejo también se levantó a leer el diario como sabiendo sobre lo que se me iba a confesar. Y ahí fue, como pensando que me iban a retar o hacer preguntas incomodas, mi vieja me confesó algo que yo no esperaba. De manera muy seria, suspiró y dijo: “Desde anoche pienso en que ya sos lo suficientemente grande como para recibir ciertos privilegios de niña, así que los regalos no van a cambiar pero sí es necesario que sepas que Los Reyes Magos no existen”.

— Rocío, 24 años, actriz

El virus de la paja

Retrato de Matías

Cuando ya existía la banda ancha pero aún no la tenía en casa, solía ir a mi cybercafé amigo y, con un diskette, me baja fotos de los chicos que me gustaban. No necesariamente eran porno: muchos eran actores o jugadores de fútbol. Cuando llegaba a casa, las bajaba a mi PC y me masturbaba a piacere. Mi viejo siempre fue un metido que nunca en su vida aprendió a tocar la puerta. Una tarde me estaba pajeando una foto de Tomás Fonzi en cuero, en la época de Costumbres Argentinas, cuando ¡plop! apareció mi viejo. Al toque me preguntó qué estaba haciendo y quién era el chico de la foto que estaba en la pantalla. Yo cerré todo rápidamente, incluida mi bragueta. Temblando, muerto de miedo y de vergüenza, le dije que “era un virus” y que no sabía cómo había llegado esa foto hasta ahí. Me morí de vergüenza, pero creo que sentí más miedo que otra cosa. Yo era muy pendejo, recién me estaba dando cuenta de que era gay, y con un viejo retirado de la policía bonaerense, es normal que pensara que me podía pasar lo peor. Mi viejo se fue matándose de risa. Pobre, en ese momento le habrá caído la ficha de que tenía un hijo puto. O quizás no, porque recién cuando cumplí 25 años se atrevió a hablar conmigo sobre mi gusto por los chabones.

— Matías, 26 años, productor audiovisual


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El dildo homemade

Retrato de Agustina

A los 15 años me había ido con mi vieja y el novio de vacaciones al sur. Justo ese año había perdido la virginidad y estaba todo el día caliente. Todo el mes que duro el viaje vivía haciéndome la paja cada vez que tenía un rato sola en el departamento donde nos estábamos quedando. Como me daba “cosa” todavía tocarme con mis propios dedos, lo hacía con un peine con un mango bastante grueso que tenía. Un día mi mamá y el novio habían salido a pasar la tarde y yo estaba muy cansada, así que decidí quedarme a dormir la siesta. Cuando me despierto, todavía pensando que estaba sola, empiezo a masturbarme haciendo bastante ruido porque pensaba que nadie me iba a escuchar. Cabe aclarar que en aquel entonces siempre me hacia la paja abajo de las sábanas. En una de esas se abre la puerta y aparece mi vieja. Del susto que me agarro, solté a la mierda el peine y terminó en el piso. Todo pegoteado y completamente a la vista. Mi vieja no sabía dónde meterse y yo estaba nerviosísima. De la vergüenza, no nos hablamos como por dos días después de eso. Pero hoy ya es algo superadísimo. Y aunque pasó ya bastante tiempo, ahora a veces me jode con ese día.

— Agustina, 19 años, estudiante de Diseño de Imagen y Sonido

Silenzio stampa

Retrato de Mariel

Cuando mi vieja me encontró pajeándome era muy chica. Aprovechando que mi vieja se había ido a la puerta aproveche para pajearme con la almohada boca arriba. Por cierto, me masturbo con la almohada desde que tengo memoria, creyendo que era un juego. Mi vieja iba siempre a la puerta y se pasaba horas hablando con la vecina. Yo estaba en mi pieza la cual compartía con mi hermana menor. En ese momento no sabía qué era específicamente lo que hacía pero me producía placer. Mi vieja no tardó lo suficiente y abrió la puerta de mi pieza. Y me vio. No tengo idea qué vino a hacer porque abrió la puerta y, sin más, se fue. Lo más incómodo fue que hubo una mirada directa a los ojos: era imposible hacernos las boludas, cosa que haríamos después. Nunca se tocó el tema por parte de ninguna de las dos, por suerte. A mí me dio mucha vergüenza y supongo que mi vieja no supo que decirme. Digamos que nunca fue buena hablando de sexualidad de chicas.

— Mariel, 25 años, docente

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