El hogar de los desaparecidos: Ayotzinapa dos años después

Una década de desapariciones incesantes nos ha enseñado que en la tierra donde se entierran cuerpos, no florece la paz.

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sep. 26 2016, 4:09pm

"¿Dónde está su corazón? ¿Dónde están las palabras que nos dijo en la primera reunión en Los Pinos? Que sentía el mismo dolor que nosotros por nuestros hijos. No era cierto, usted no siente nada". Eso le dijo Don Bernardo al presidente en la última reunión que las madres y padres de Ayotzinapa tuvieron con Enrique Peña Nieto en septiembre del año pasado.

Don Bernardo me contó de esa reunión con Peña Nieto, sobre cómo montaba caballos cuando era joven y de cómo fue cuando José Ángel, su hijo, decidió estudiar en la Normal de Ayotzinapa. Nos tomamos un mezcal en su casa, mientras Doña Romana, su esposa, preparaba los elotes que sale a vender por la tarde en las calles de El Fortín, en Tixtla, Guerrero. Me mostró algunos retratos de José Ángel, todos estaban cerca de algún altar o una cruz, también había retratos suyos, algunos de hace tiempo y otros más recientes. Don Berna, como le dicen, ha perdido peso estos dos años, su semblante es distinto al de las fotos, ya no monta caballos y José Ángel ahora sólo está presente en retratos y en las oraciones que Don Bernardo hace antes de salir de su casa, para ir a la Normal de Ayotzinapa y de ahí a la Ciudad de México, para marchar los días 26 de cada mes. Siempre lleva consigo uno de sus sombreros, una pequeña mochila con algún cambio de ropa y la lona con el rostro de su hijo. Por ahora mantiene a su familia del dinero que obtuvo de vender un carro y también renta algunas vigas de madera usadas para la albañilería, por apenas unos pesos. Su esposa vende gorditas además de los elotes e incluso América, su nieta, la hija mayor de José Ángel, a veces saca una mesita para vender dulces fuera de su casa.

"Para nosotros es muy doloroso, sufrimos mucho. No sabemos qué hacer. Yo no sé qué hacer. Lo que más anhelamos aquí en la casa, es que mi hijo regrese a nosotros, con su esposa, sus hijas, sus padres y sus hermanos". –Bernardo Campos.

Cuando entras en la casa de un desaparecido, una de las primeras cosas que notas es que, a pesar de su ausencia, está presente. Su rostro está en todas partes, en las fotos colgadas en la sala, en las lonas que cargan los padres durante las manifestaciones y en los papalotes hechos por Francisco Toledo que cuelgan en las recámaras. Tener sus caras ahí es un acto de esperanza que de vez en cuanto se vuelve tortura, porque los desaparecidos no pueden estar ahí de otra manera.

A unos pasos de la casa de Don Bernardo, en esa misma calle, está un zaguán verde, la puerta está justo en frente de un muro con marcas de balazos y cruces blancas puestas como epitafios. Ahí, frente a la casa de Don Bernabé, otro de los padres de Ayotzinapa, un comando de sicarios emboscó y ejecutó a cuatro policías comunitarios en noviembre del año pasado, entre ellos al comandante "Pancho", a quien yo había visto apenas un mes antes de eso. Ya adentro, la casa de la familia Abraján de la Cruz, no es muy distinta a la de Don Bernardo, hay retratos de Adán, el hijo desaparecido de Doña Delfina y Don Bernabé. Un altar con flores y el rostro de Adán es lo primero que uno ve cuando entra a la casa y es lo último que se ve al salir. Ahí se detiene Don Bernabé antes de salir, se persigna y hace una breve oración en silencio. Lo primero que hacen los padres cuando llegas a su casa es invitarte algo de comer, darte un vaso con agua o refresco; es perfecto para empezar a platicar . "Lo que hace este gobierno es engañarnos y torturarnos diciendo que nuestros hijos están muertos. Nosotros queremos que se haga una investigación a los cuarteles, al ejército", me dijo Don Bernabé mientras Ángel, el hijo de Adán, entraba a la casa escuchando rap. Después de comer, vimos la tele, Doña Delfina estaba viendo las noticias en el cuarto donde Adán dormía. Eventualmente, hablamos de su hijo y de cómo eran las cosas cuando él estaba ahí. Eso la hace romper en llanto. Adán era un muchacho alegre, según lo describen sus padres, a él lo ponía contento estar con sus hijos, Ángel y Allison, la más pequeña, quien tenía apenas dos años cuando su papá desapareció.

"Nosotros sentimos que nuestros hijos están vivos, el gobierno se los llevó. El gobierno es el que nos está desapareciendo, nos está asesinando". –Bernabé Abraján.

Don Bernabé, como los otros padres y madres, tiene muy claro lo que piensa y lo que siente, tiene razones para creerlo. Él fue uno de los padres que compadecieron frente al Comité contra las Desapariciones Forzadas de la ONU, en Ginebra, a principios de 2015, para pedir que el gobierno mexicano entregara con vida a sus hijos; cuenta que, a diferencia de lo que algunos pudieran pensar, no fue una experiencia placentera y mucho menos turística. Me lo contaba mirando al suelo, no como una anécdota de viaje, sino como una pena; es evidente que él desearía nunca haber ido a ningún lado, que Adán jamás hubiera sido desaparecido. Como muchos otros de los padres, Don Bernabé es un hombre de campo y antes de ir a la Normal, me llevó a conocer la pequeña parcela en donde siembra plantas de terciopelo y a veces, sus propios alimentos. Su hijo también solía sembrar ahí con él; ahora Don Bernabé cruza esa huerta con la mirada perdida.

En marzo de este año, los padres realizaron su más reciente brigada de búsqueda de información en Iguala y sus alrededores, iban puerta por puerta en busca de información sobre lo que alguien pudo haber oído o visto la noche del 26 de Septiembre de 2014. Durante esos días, se vio de todo, había gente que cerraba las puertas porque tenía miedo de siquiera entablar una conversación con los padres, algunos otros hablaban con ellos, con los normalistas o los voluntarios que acompañaban a la brigada. Caminando por las calles cercanas al lugar del ataque, de pronto uno podía notar como los grupos de padres eran seguidos de cerca por tipos en bicicleta, otros pasaban una y otra vez en motonetas y ya en la calle Juan N. Álvarez, la misma que recorrieron los autobuses antes de ser atacados, varios notamos el ir y venir de una camioneta de lujo con vidrios oscuros que sólo a contraluz dejaban ver las siluetas de varios sujetos que iban dentro. Daba la impresión de que eran halcones, de que estábamos siendo observados. Pero sin duda, lo más duro era encontrar a otras personas que también tenían hijos o familiares desaparecidos. Recuerdo bien cuando Don Bernardo tocó a una puerta, por donde una mujer de edad avanzada se asomó temerosa a través de un espacio de rejas y llorando le contó sobre la desaparición de su hijo y cómo ella encontró sus restos y su ropa dos años después.

Por la noche, regresábamos a la Iglesia de San Gerardo, donde los padres dormían en el suelo y a veces a la intemperie a pesar de las lluvias. Nos levantábamos temprano al día siguiente para volver a formar equipos y reiniciar las búsquedas. Ahí conocí a Mario Vergara, Adriana Baena y otros miembros de "Los Otros Desaparecidos", un colectivo de familias que surgió a raíz del caso Ayotzinapa. Mientras almorzamos me platicaron que hasta ese momento, más de 300 familias de Iguala se habían unido al grupo para buscar a sus desaparecidos. Hasta entonces llevaban más de 70 fosas descubiertas y 142 cuerpos recuperados. Para agosto de este mismo año, unas 270 de familias abandonaron Iguala por amenazas.

Al final, como es costumbre, las madres y padres fueron al lugar del ataque donde dos normalistas fueron asesinados por la policía, no muy lejos de donde encontraron el cuerpo de Julio Cesar Mondragón, otro normalista hallado muerto, con la cara desollada y rastros de tortura en el cuerpo. Cuando visitan Iguala, y después de marchar, los padres suelen ir los días 27 del mes a ese lugar y dejar flores a manera de homenaje. Berta Nava, madre de uno de los normalistas asesinados, me dijo una vez en el patio de la Normal: "Yo tuve un hijo, pero no para que me lo maten. Yo tuve un hijo para verlo crecer. Pero mi niño ya no está conmigo. Tuve que enterrarlo, velarlo y ahora vivir sin él. Eso no es vida".

"No somos delincuentes, somos padres que están buscando a 43 muchachos. Si eso lleva a que nos maten, pues adelante, aquí estamos, no tenemos miedo". –Berta Nava.

Después de regresar a Ayotzinapa, visité a Doña Joaquina en su casa en Zumpango, cerca de Chilpancingo, Guerrero. Su hijo Martín se había salido de otra universidad para estudiar en la Normal de Ayotzinapa, ella no estaba muy contenta con eso, pero había decidido apoyarlo. Doña Joaquina trabajaba como conserje en una escuela, también vendía pozole y fruta fuera de su casa, así es como sacó a sus hijos adelante. Tuvo ocho, cinco mujeres y tres hombres, y trabajó para darles educación superior a todos. Doña Joaqui, como le llaman, es una mujer reservada al principio, pero extraordinariamente amable. Es una gran conversadora y gusta de hacer de comer, por lo que estar en su casa es garantía de que comerás rico y de que habrá una buena sobremesa, a pesar de que en algún momento de la plática, sus ojos se pondrán llorosos al hablar de Martín.

"Ya los habían amenazado, que si regresaban a Iguala los iban a desaparecer, que se fueran mucho a chingar a su madre porque los iban a matar si regresaban. Y lo cumplieron." —Joaquina García.

Las hijas de Doña Joaquina preparaban las tortillas a mano mientras comíamos carne y los frijoles más sabrosos que haya probado. Desde el comedor se puede ver su recamara, hay dos retratos de Martín a los lados de su cama, ella los ve con una mezcla de ternura e inmensa tristeza mientras habla de cómo fue el día que desapareció su hijo. Doña Joaquina había preparado pozole para comer con Martín el 27 de Septiembre; él le había hablado poco antes de los ataques en Iguala, para decirle que llegaría a comer aquel sábado, pero nunca llegó.

"Tanto crimen y, ¿quién hace justicia? Nadie hace justicia por la gente pobre." –Joaquina García.

He pasado suficiente tiempo con las madres y padres de Ayotzinapa como para entender que su memoria está fresca; para ellos la noche de Iguala fue ayer. Así como Don Bernardo, Don Bernabé y Doña Joaquina, cada madre y padre de Ayotzinapa, ha pasado estos dos años con la esperanza de que un día van a encontrar a sus hijos o al menos sabrán qué les pasó en realidad. Ellos seguirán marchando mientras no les den la justicia y las respuestas que les niegan. Después de la partida del GIEI (el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes, de la CIDH) para los padres hay muchas preguntas que aún quedan sin responder, especialmente después de la revelación de un video en que Tomás Zerón de Lucio, entonces jefe de la Agencia de Investigación Criminal, parecía orquestar la siembra de evidencia en el río San Juan, un día antes de que la PGR hallara bolsas con supuestos restos humanos en ese mismo lugar, para luego ser enviados a Innsbruck, Austria para pruebas de ADN que llevaron a la identificación de uno solo de los normalistas, Alexander Mora.

"Si en el video se ve que están sembrando la evidencia y de ahí identificaron a Alexander, entonces ¿de dónde sacaron el hueso?" –Bernardo Campos

Las cifras oficiales más recientes indican que, desde 2007, en México más de 28,300 personas han desaparecido, casi 13,000 de ellas, en lo que va del gobierno que encabeza Enrique Peña Nieto. Como espectadores, quienes vemos a los que caminan con retratos de sus desaparecidos o de sus muertos, tenemos un rol que jugar, tenemos la oportunidad de entender que quienes lloran a los suyos, más que atención, lo que piden es ayuda. La impunidad y la repetición de casos como éste son alimentadas por la inacción de quienes nos creemos ajenos a este problema. Hemos llegado al grado de que la pregunta ya no es si va a desaparecer alguien más, sino cuándo. Una década de desapariciones incesantes nos ha enseñado que en la tierra donde se entierran cuerpos, no florece la paz.

Si el asesinato de seis personas y la desaparición de otros 43 en una sola noche no es suficiente brutalidad para hacer que un país se haga preguntas y reaccione a lo que está viviendo, entonces, ¿qué hace falta? No lo sé, es una pregunta a cuya respuesta temo, porque parece que siempre puede pasar algo peor. Cuando regreso de lugares como Guerrero, habiendo estado con gente que busca a los suyos o que los encuentra en fosas es inevitable sentir desesperanza pero, si he de esperar algo, es que la indolencia no nos gane, que la memoria no nos falle, que la indiferencia no sea más que nuestra indignación y que jamás busquemos a alguien nuestro en una fosa, o nos hallen en una.

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