Distrito Feral

Distrito Feral: Arte, ciencia y animales extraños

Aproximaciones literarias al estudio de los animales inusuales: desde los microscópicos como la amiba amorfa, cuya constitución se limita a una sola célula, hasta los cetáceos colosales con sus más de doscientas toneladas de tejidos.

por Andrés Cota
17 Noviembre 2015, 4:00pm

Desde que tengo uso de razón me persiguen dos obsesiones: los animales y las letras. La ciencia vino un poco más tarde, por lo que parecía un tanto inevitable intentar mezclar estos tres elementos para dar vida a una quimera con esqueleto de papel. Faunologías, aproximaciones literarias al estudio de los animales inusuales, es el título de la pieza narrativa en cuestión, publicada bajo el sello Festina. Va un extracto del texto y las ilustraciones que conforman este híbrido biológico-léxico; esperemos consigan despertar su interés.

Ilustraciones por Ana J. Bellido

Comencemos por declarar un punto quizás un tanto evidente: la naturaleza es demasiado extensa para abarcarla por completo. En sus manos unos cuantos ingredientes primordiales se transforman en un vasto abanico de organismos. Desde los microscópicos como la amiba amorfa, cuya constitución se limita a una sola célula, hasta los cetáceos colosales con sus más de doscientas toneladas de tejidos. Seres de variedad tal que ni siquiera Funes el Memorioso podría nombrarlos en su totalidad.

Química orgánica confeccionada con creatividad pasmosa. Presiones selectivas superadas de modos insospechados. Imaginación sin intención, fin o voluntad alguna, pero aun así prodigiosa en lo que a pluralidad de anatomías se refiere. Es el sueño del inventor de juguetes y el delirio del miniaturista. Biodiversidad en todas sus posibilidades. De la efímera levadura, al gran árbol del Tule. Del temible cisticerco, al glorioso tigre de Bengala. Setas, musgos, peces ciegos. Arañas marinas, bacterias anaeróbias, serpientes voladoras y helechos arborescentes. Los intrincados caminos evolutivos conducen en ocasiones, al menos bajo la lupa de unos cuantos modestos homínididos, a resultados descabellados. Ciclos de vida casi dementes. La selección natural favorece mutaciones que dan pie a entes singulares cuya existencia misma parece desafiar el mecanismo biológico de prueba y error. Individuos que encarnan en sí mismos la idea de que la realidad supera la ficción.

Aye aye.

La labor enciclopédica se nos da bien a los humanos. Nuestra ansia por dar sentido a los fenómenos orgánicos que imperan en la floresta nos empuja a dividir, agrupar y elaborar listados taxonómicos. Clasificaciones y filogenias que pretenden conceptualizar la inagotable inventiva silvestre. Son intentos, quizás algo ambiciosos, de comprender el mundo que nos rodea. No queremos figurar únicamente como testigos sino descubrir sus engranajes; revelar el instructivo y dilucidar aquellos principios unificadores que sean válidos para el grueso de la muestra, y así promulgarlos como leyes.


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No obstante, siempre habrá algunos cuantos ejemplares que pongan en jaque las conjeturas a las que hemos llegado. Especímenes que retan a la cordura a un duelo de probabilidades. Metazoarios de aspecto y hábitos insólitos. La zoología fantástica de Borges puesta de cabeza. Un bestiario de los animales reales que podrían ser inventados.

El catálogo es amplio y opera en función de qué tanto se sepa sobre el tema. Para el naturalista versado quizás la enigmática medusa inmortal —Turritopsis nutricola, único ser vivo conocido que goza de la capacidad de revertir el reloj biológico y, una vez alcanzada la etapa adulta, retornar a una versión más joven de sí misma— no resulte tan sorpresiva. Como probablemente tampoco lo sean para él los osos de agua con su tremenda resistencia física y azorante posibilidad de sobrevivir en el espacio estelar. Podría ser incluso que la esquiva sanguijuela del Borneo, de siete ojos, le sea también familiar. Pero imaginemos por un momento que no conociéramos al celacanto, a la salamandra gigante del Japón o al cefalópodo Nautilus, y entonces sus dotes fisiológicos los tornan en organismos prácticamente imposibles de concebir. Este breve tratado va dirigido a todos aquéllos que gustan de tales rarezas de la fauna.

Mono búho.

FÓSILES VIVIENTES

No es extraño experimentar un profundo desconcierto la primera vez que uno se cruza con el término fósil viviente. Sin duda alguna, el concepto resulta problemático. Contradictorio en el mejor de los casos. Incluso se podría llegar a decir que falaz. Si nuestra intención fuera ser estrictos con el lenguaje, podríamos concluir que la expresión carece de lógica: no puede haber algo muerto que al mismo tiempo esté vivo. Además de que su significado no es del todo claro. Pueden suscitarse confusiones graves dado que un fósil es un remanente petrificado de lo que alguna vez estuvo vivo. ¿Nos estamos refiriendo a una roca bendecida con el don del libre albedrío? ¿Acaso proponemos la existencia de un milagroso mineral animado? Por supuesto que no. Aunque confieso que sería por demás interesante, dichas propuestas no tienen ningún sentido.

Es posible que el término se lo debamos, como otros tantos fundamentos biológicos, al buen Darwin; que lo utilizó cuando hizo mención del ornitorrinco y de un pez pulmonado sudamericano, en su exquisito Origen de las especies: "Y en agua dulce encontramos actualmente algunas de las formas vivas más anómalas que se conocen en el mundo, tal como el Ornithorhynchus y el Lepidosiren, que, como fósiles, ahora conectan hasta cierto punto con órdenes que se separaron ampliamente en la escala natural. Estas formas anómalas se pueden así llamar los fósiles vivientes".


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Lo que el gran científico inglés quería señalar con tal sentencia eran las peculiares características que demarcan a dichos organismos del resto de sus parientes cercanos y que parecen enlazarlos directamente con grupos taxonómicos completamente distintos a su estirpe. En el caso del ornitorrinco: la reproducción por medio de huevo, la presencia de pico en el rostro y el empleo de veneno como medio de defensa (así es, por sorprendente que pueda parecer, los ornitorrincos son venenosos; los machos cuentan con un espolón en las extremidades posteriores que utilizan para descargar una toxina poderosa). En el caso del Lepidosiren, Darwin se estaba refiriendo a la conformación ósea que estos peces poseen en sus extremidades superiores, que son similares a las que se observan en los tetrápodos terrestres, y a la presencia de pulmones.

Limulo.

Pero volviendo al tema en cuestión, desde que el término fuera acuñado a mediados del siglo 19, y a pesar de su rotunda ambigüedad conceptual, se ha enraizado con fuerza dentro de la disciplina naturalista. No hace falta mencionar que los académicos más rigurosos se crispan al escucharlo; a fin de cuentas, aquello que está vivo por definición no puede ser un fósil. Pero no seamos tan rancios y demos una oportunidad al juego de palabras. La verdad es que estamos ante una constricción lingüística, un atajo comunicativo para designar varios posibles casos:

1) Organismos vivientes que guardan una similitud estrecha con el registro fósil que los representa. Es decir, durante un periodo de tiempo geológico extremadamente largo, aparentemente no han sufrido mayores cambios morfológicos y/o fisiológicos dentro de toda la especie. Por ejemplo, los nautilos, que son moluscos cefalópodos conocidos generalmente por el interior de su concha en forma de espiral (un ejemplo sublime de la sucesión de Fibonacci en la naturaleza). Habitan desde tiempos inmemoriales cerca de los arrecifes coralinos del Pacífico Sur. Presentan una concha redonda y lisa de color café claro con bandas blancas que alcanza los 25cm de diámetro. Por el extremo abierto de la coraza sobresale la cabeza del organismo con sus noventa tentáculos sin ventosas. Se desplazan a gran velocidad, siempre en reversa, propulsándose por medio de la eyección de un potente chorro de agua.

Nautilos.

2) Organismos que, hasta el momento sorpresivo del descubrimiento de algunos ejemplares con vida, sólo se tenía constancia de su existencia a través del registro fósil. Es decir, especies que se pensaba que habían dejado de habitar la Tierra en un pasado remoto y que, sin embargo, siguen vivas. En ocasiones referido en la literatura como "Efecto Lázaro", el caso más conocido es el del celacanto, peces carnívoros que pueden llegar a medir dos metros de largo y rebasar los 90kg de peso. Presentan aletas lobuladas que se disparan desde su cuerpo en forma de patas, rasgo por el cual se consideran ancestros directos de los vertebrados terrestres. Durante mucho tiempo se pensó que estaban extintos desde hace más de 65 millones de años; sin embargo, en 1938 se descubrió un ejemplar vivo en las costas sudafricanas. Ahora se sabe que existen poblaciones estables en las profundidades marinas del este africano y cerca de Sulawesi, una isla del archipiélago indonesio.

Celacanto.

3) Los últimos organismos con vida de grupos taxonómicos que florecieron millones de años atrás. Especies que aún pueblan la tierra y que están completamente aisladas en términos filogenéticos del resto de seres vivos. Es decir, son los últimos representantes de árboles genealógicos que se conocen principalmente por sus fósiles. Como es el caso de la tuátara, reptiles de cuerpo tosco y cabeza grande endémicos de las islas vecinas a Nueva Zelanda. En apariencia son similares a los lagartos —piénsese en una iguana negra— pero en realidad no están emparentados con estos. Son los últimos representantes del orden de los rincocéfalos, grupo que floreció hace aproximadamente 200 millones de años junto a los dinosaurios. Presentan una cresta espinosa a lo largo del dorso y no tienen tímpanos. Se alimentan de insectos y otra presas pequeñas. Pueden llegar a medir 25cm de largo y vivir más de cien años.

Tuátara.

Claro está que la lista de fósiles vivientes no se limita a ejemplares propios de la fauna. Entre los ejemplares botánicos que podrían ser denominados como tales están el famoso Ginkgo biloba, las cícadas y el Equisetum, plantas que salpican las zonas cálidas del planeta desde el reinado de los dinosaurios y que, desde entonces, no han atravesado cambios morfológicos o fisiológicos aparentes. También existen numerosos hongos, bacterias y protozoarios que podrían ser incluidos dentro del conjunto nominativo, sin embargo, debido a la naturaleza frágil de los tejidos de todos estos, no suelen conservarse adecuadamente en el registro pétreo de épocas geológicas pasadas y por consiguiente complican la labor de identificación y estudio. Concluyamos declarando que si bien se trata de un concepto, al menos en términos lingüísticos, un tanto ambiguo, los organismos mencionados merecen admiración profunda, pues no todas las especies pueden jactarse de haber superado durante millones de años las demandas y presiones de la ardua competencia por la supervivencia cotidiana, y haber salido airosas de extinciones masivas, cambios drásticos en el entorno y aún perdurar hasta estos días de violencia cruenta contra el medio ambiente.

Hasta aquí el extracto. Tampoco se trata de revelar por completo al organismo. Queda mencionar que el manuscrito también incluye a los parásitos que controlan mentes, a los osos de agua —únicos representantes de la fauna capaces de sobrevivir en el espacio estelar—, a las sanguijuelas o los verdaderos vampiros tropicales, al devastador pez león, a la infame chinche besucona, al azorante ajolote de Xochimilco y muchas otras rarezas animales.

Tardigrado.

Se extiende la invitación a la presentación del libro, en la que me acompañarán Leonora Milán y Alejandra Ortíz Medrano del programa de radio Mándarax y que tendrá lugar el 24 de noviembre a las 7:30PM en el Cine Tonalá. Para mayores informes, visita la página del evento.

Para adquirir un ejemplar de Faunologías visita: www.festinapublicaciones.com