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Este artículo se publicó hace más de cinco años.
Distrito Feral

La devastación del pez león – Parte II

Comértelos es una forma de cooperar al impacto ambiental que están causando en el Caribe.

por Andrés Cota
24 Noviembre 2014, 4:00pm

Lee aquí la primera parte del reportaje.

La tercera vez que observé el perfil puntiagudo y marmoleado de un pez león nadar ante mis ojos ya no me dejé embelesar por su majestuosa figura. Estaba consciente de que bajo aquel sugestivo disfraz se escondía una pesadilla biológica, que sus delicadas aletas en forma de pluma resguardaban espinas venenosas y que la aparente pasividad inmóvil del organismo era tan solo un espejismo. La bestia invasora me devolvió la mirada completamente quitada de la pena; ahora se notaba en su semblante un componente casi altanero.

Me encontraba cerca de Punta Allen, Quintana Roo, acompañando a algunos integrantes del World Lionfish Hunters Association (Asociación de Cazadores de Pez León) en una cacería subacuática. Bueno, en realidad yo sólo sería capaz de presenciar la primera parte de la inmersión, pues el buceo comprendía descender a profundidades bastante mayores a los treinta metros; para lo cual es necesario contar con equipo y entrenamiento especializado, ambos de los cuales yo adolecía en aquel momento.

Saltamos al agua. Los cazadores acomodaron sus armas: arpones, tridentes, guantes, linternas, redes y botes, y ayudados por "rebreathers" (tanques diseñados para recircular el aire que uno expulsa eliminando el CO2) y turbinas propulsoras se enfilaron hacia la abismo. Su plan de buceo involucraba alcanzar los setenta metros de profundidad y después ir subiendo lentamente realizando transectos para eliminar a todo pez león que se cruzara en su camino. Antes de que los centinelas se perdieran en la negrura del fondo alcancé a adivinar cómo cobraban a sus primeras víctimas.

Escenas como ésta son cada vez más comunes en lo largo y ancho del mar Caribe y del océano Atlántico, que la especie ha colonizado.

Más leña a la hoguera

Seguramente habrá un par de ecologistas radicales, del tipo que engrosan las filas de Green Peace, que se opongan terminantemente a la medida de cacería del pez león, argumentando que los animales no tienen la culpa. Y de alguna manera podrían tener un poco de razón, las especies introducidas no son directamente responsables de los actos que cometen; al menos no en principio. Después de todo, si no fuera por la estupidez humana, estos peces no estarían a miles de kilómetros de su casa ocasionando una debacle zoológica. Pero menos culpables aún son todos los organismos que se ven afectados por la intromisión repentina de este maquiavélico depredador en ecosistemas de donde no es oriundo. Pagan justos por pecadores y el precio es muy elevado; pudiendo llegar incluso a la extinción.

Así es que con el perdón de los miembros ortodoxos de la sociedad protectora de animales, la verdad es que en el presente caso (igual que en muchos otros que han lidiado con problemas concernientes a especies introducidas, por ejemplo, cabras en las Galápagos, sapos en Vietnam o gatos domésticos en Australia) no queda de otra que intervenir y retirar de la ecuación a todos los ejemplares de estos colonizadores exóticos que sea posible. Como dice el dicho: "Para situaciones desesperadas, medidas desesperadas". Y lo cierto es que el panorama que comienza a pintarse sobre las costas invadidas es de proporciones dantescas.

Si todo lo mencionado en la primera entrega de este reportaje no ha probado ser materia suficiente para asentar el atroz contexto que tenemos entre manos y elevar la sirena de alerta hasta su máximo grado, agreguemos dos caracteres más al monstruo. Quizás con ello, la cuestión de si matar al pez león es un acto justificable, y hasta necesario, quede resuelta.

La primera de estas virtudes intimidantes tiene que ver con la tolerancia que muestran los individuos de la especie a cambios en la salinidad del agua. O para ser más claros, la habilidad que tienen para adecuarse a distintos entornos acuáticos. Para muchos organismos marinos la salinidad del agua opera como un factor determinante, una especie de frontera abiótica que delimita las zonas en las cuales pueden o no habitar. Sin embargo, existen algunos para lo que esto no aplica; seres oceánicos con una notoria capacidad de osmorregulación que gozan de la posibilidad de penetrar también en medios salobres y hasta dulce acuícolas. Y tal parece ser el caso del protagonista de esta historia.

No es un comportamiento que se haya observado en su área de distribución natural, pero recientemente en Florida se han registrado avistamientos de ejemplares a más de ocho kilómetros de la costa en ambientes estuarinos con salinidades menores a ocho partes por mil (para referencia la salinidad del mar es en promedio de treinta y tres partes por mil). Motivo de preocupación, pues los estuarios, como son las zonas de manglares, fungen como guardería para miles de especies distintas, lugar estratégico donde las crías nacen y se desarrollan. Esto sugiere que aún no hemos visto lo peor de la invasión y que pronto el pez león podría estar destruyendo, además de los arrecifes de coral, uno de los hábitats más importantes del planeta para la biodiversidad marina.

El segundo don, tan milagroso como desconcertante y que agrava tremendamente la cuestión, es la resistencia que estos animales muestran a periodos extensos sin alimento. En condiciones de laboratorio se ha reportado que después de tres meses de privación total del sustento, los organismos estudiados apenas pierden diez por ciento de su peso corporal.

El nudo se cierne sobre la sociedad

El impacto ecológico ocasionado por la llegada de este pez al nuevo mundo es, sin duda, el que a los biólogos perturba más. No obstante, esta perdida trepidante de biomasa acuática conlleva también otras consecuencias graves. Catástrofes de índole social con repercusiones políticas serias. Golpes poderosos sobre las actividades mercantiles que dependen de la fauna regional. Alteraciones al sistema que ocasionan problemas severos para la subsistencia de las comunidades costeras y la economía en general.

El primer y más evidente efecto es el que se registra con relación a las pesquerías locales. Ya sea porque el pez león consume directamente a los juveniles o porque figura como competencia eliminando a las posibles presas de otros depredadores, las poblaciones de numerosas especies importantes para el mercado se están reduciendo aceleradamente. Langostas, camarones, cangrejos, lenguados, atunes, robalos, meros y pargos, por mencionar solo algunos ejemplos de las industrias que comienzan a colapsar en las áreas afectadas.

Pero quizás aún más apremiante sea la cruenta situación que comienza a presentarse en miles de pequeños poblados de pescadores rurales, donde la seguridad alimenticia se está viendo fuertemente truncada. Estas personas dependen casi exclusivamente de lo que atrapan para poder sobrevivir y sin el aporte proteico de los suministros marinos su subsistencia es completamente inviable.

Los otros dos efectos mayores sobre la economía son los que se registran con respecto a las actividades turísticas. Para ser más específicos, el impacto que el pez león ha tenido sobre el buceo y la pesca deportiva.

Los antes ricos arrecifes del gran Caribe han sido reducidos a páramos semiestériles. Algunos de los sitios más destacados para el buceo a nivel mundial han sido despojados de su biodiversidad y abundancia de criaturas llamativas. La pesca de marlin, pez vela, dorado y otras especies recreativas ha sido afectada enormemente. El resultado es que miles de turistas cambien su elección de destino y dejen de inyectar capital a zonas que no tienen otra forma de ingreso. Peligran hoteles, restaurantes, centros de buceo, embarcaciones de pesca deportiva, empresas de transporte y los ingresos de todos sus trabajadores: cocineros, meseros, choferes, masajistas, artesanos, médicos, guardias y jardineros. Esto es una realidad que puede ser ya observada en lugares como Cozumel, Cuba, Bahamas, Islas de Honduras, Islas Caimán, Belice, República Dominicana, Jamaica y el resto de las Antillas.

Según datos del Centro Regional de Actividad para las Áreas y las Especies, suman aproximadamente cuarenta millones las personas que son afectadas directa o indirectamente por la injerencia del pez león; cifra que, si no se toman medidas con relevancia internacional de manera inmediata, amenaza con incrementar rápidamente.

Plan de acción

De cierta manera la batalla contra el pez león es similar a lo que acontece actualmente con relación al calentamiento global, estamos ante una guerra perdida de antemano. No importa lo que hagamos de aquí en adelante, al final del día, la derrota será inevitable. En ambos casos la suerte está echada. Nuestros actos pasados conllevan consecuencias presentes y futuras de las que ya no es posible escapar.

Es necesario confrontar el hecho de que el pez león nunca podrá ser erradicado por completo de las costas que ha invadido. Debido a su taza de reproducción extrema, poca selectividad en la dieta, alta tolerancia a cambios en el medio, gran capacidad de adecuación y a que habita desde los 0.3 hasta los más de trescientos metros de profundidad deshacerse totalmente de su presencia es una empresa imposible.

En este caso el colonizador llegó para quedarse.

No obstante, tampoco se trata de tirar la toalla. Cientos de ecosistemas estarían en juego, miles de seres marinos enfrentarían grave peligro de extinción y millones de personas más verían en riesgo su seguridad económica y alimenticia.

¿Pero si aniquilar al invasor es una labor titánica que definitivamente ya no está al alcance de nuestras manos, qué podemos hacer para confrontar la situación?

Una posible respuesta es poner al temible pez bajo la mira de un ente con capacidades de devastación bastante más poderosas. Una bestia cruenta y voraz que no se detiene ante nada. El más terrible de todos los depredadores que hayan caminado jamás sobre la faz de la Tierra. Un organismo despiadado, sanguinario e imposible de saciar. Estamos hablando, claro está, de la carne consciente, el mono parlante. El brutal, efectivo, dedicado y siempre hambriento Homo sapiens.

La fiera invasora sobre la mesa

Desde hace algunos años en restaurantes alrededor de América se está intentando colocar al pez león como un manjar novedoso. Da la casualidad de que la carne blanca de este organismo es particularmente sabrosa, más rica que otras especies comunes en el mercado en ácidos grasos omega-3 y con bajas concentraciones de plomo y mercurio. Se puede preparar en ceviche, a la braza, sashimi, caldos o cualquier otro guiso que involucre pescado como su componente proteico. Además presentan pocas espinas y en sitios donde ya se ha colocado en el menú el precio que se paga a los proveedores por su captura es más que competitivo.

El único problema es que su pesca representa un reto. No suelen morder el anzuelo, por lo que es necesario cazarlos uno por uno con arpón o instrumentos afines. Lo que ocasiona que, por lo pronto, el costo-beneficio para mucho pescadores no represente una actividad atractiva. Y por supuesto que el factor de una posible picadura dolorosa no ayuda mucho a incrementar su popularidad.

Sin embargo, convertirlos en merienda habitual quizás sea la única manera de hacer frente a la brutal invasión. Resulta imperante que los gobiernos locales atiendan esta cuestión, brindando fomentos para la pesca masiva del colonizador. En algunos lugares como Cozumel se ha instaurado el concurso anual de pesca del pez león y en centros de buceo de las Antillas los guías reciben una propina por cada uno que capturen.

Si bien la batalla a nivel global está perdida, quizá la explotación regional pueda surtir efecto para controlar su proliferación y prevenir que no se asiente en nuevas geografías. Porque lo cierto es que en las áreas afectadas que los cazadores y pescadores mantienen regularmente limpias de pez león se puede notar una repoblación de peces nativos y otras criaturas marinas. Pero como dicen los miembros del World Lionfish Hunters Association: "Nos estamos quedando sin tiempo, nos acercamos peligrosamente a un punto de inflexión en el que nuestros ecosistemas marinos ya no puedan recuperarse".

En esta página se incluye el enlace para descargar de forma gratuita el libro: El pez león invasor: guía para su control y manejo, sin duda el texto más completo publicado hasta el momento.

La última vez que estuve frente a un pez león las condiciones habían cambiado drásticamente. Ahora estábamos fuera del agua y el invasor se encontraba sobre mi plato: ceviche de corte generoso con jitomate, pepino y aguacate. Y la verdad es que tengo que decir que si está bien piche bueno el animalito; más, cuando sabes que con cada bocado estás cooperando un poco con la recuperación de la naturaleza.

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