Testimonios de acoso sexual en la Ciudad de México

El acoso sexual es una de las formas de violencia que más se manifiesta día con día. Sin embargo, por falta de confianza en las autoridades o miedo a ser culpabilizadas, la mayoría de las víctimas deciden no denunciar estos actos.

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nov. 25 2016, 12:00am

Ilustraciones por Daniela George.

La Ciudad de México es una de las entidades del país en donde la violencia sexual hacia las mujeres está más presente. De acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el 72 por ciento de las mujeres en esta ciudad ha sido víctimas de algún tipo de violencia sexual.

El acoso sexual es una de las formas de violencia que más se manifiesta día con día. Sin embargo, por falta de confianza en las autoridades, miedo a ser culpabilizadas o falta de información, la mayoría de las víctimas deciden no denunciar estos actos que pueden presentarse en la vía o el transporte público, en ambientes escolares y laborales, y pueden venir de desconocidos, amigos o incluso familiares. Aquí recopilamos algunos testimonios de acoso sexual a mujeres en la Ciudad de México.

MARBRISA, 26 AÑOS

En la universidad, un tipo que estaba en la misma carrera que yo pero un año arriba tenía una fijación conmigo. Me enteré que publicaba estatus en su Facebook sobre mí (yo apenas sabía su nombre, no nos saludábamos, no éramos amigos, ni siquiera en Facebook). Leí algunos de sus posts y me pareció muy molesto e invasivo, porque se notaba que estaba todo el tiempo siguiendo mis movimientos. Escribía sobre cómo me veía cierto día sentada en la fuente comiéndome una pera y ese tipo de detalles perturbadores. Luego, consiguió mi correo electrónico y me envió una carta pretendidamente poética y ridícula que era parte confesión de amor, despedida y amenaza. En ella detallaba mis coqueteos —los cuales supongo que se imaginó— y observaciones sobre mi cuerpo:

"Te digo la verdad, pero miento, porque sé perfectamente a qué distancia de tu clavícula izquierda hay un pequeño lunar que combina con tu cabellera. Miento porque sí he pensado lo frágil y débil que eres en comparación conmigo; lo fácil que sería forzarte; lo mucho [que me] gustaría escuchar los gritos de mi testosterona, y arrancarte la ropa, tirar de tu melena y probar los labios de Dánae, tus labios, hasta sangrarlos".

"¿Te parezco demasiado confiado de mi posible éxito contigo? A otros, quizá, pero yo sé que te sentías sola. De igual manera, sé cuán bueno soy en las enseñanzas de Venus, cuán diestro soy al enamorar. Sé que mi apariencia no te era desagradable o jamás me habrías mirado como en ocasiones lo hiciste. Por último, sé que yo jamás me habría rendido".

Acoso de manual. Cuando leí su "carta de desamor" sentí náuseas, me enojé y después lo dejé pasar. Debí haberlo reportado al Consejo Universitario.


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FERNANDA, 29 AÑOS

Acababa de llegar a vivir a la Ciudad de México y apenas estaba agarrando confianza en la calle. Una mañana, caminando en la Condesa por una calle transitada, noté que un coche avanzaba a mi lado a la misma velocidad que yo; básicamente a vuelta de rueda. No le hice mucho caso y pensé que estaba buscando lugar para estacionarse. Cuando volteé a ver, el conductor tenía una cara de maldad y burla, al principio no supe lo que estaba pasando pero sentí mucho miedo y escalofríos. Después me di cuenta que tenía la bragueta abierta y el pito de fuera. Me invadió un sentimiento de impotencia y miedo. Pero no corrí; alguna vez un maestro nos dijo que las personas exhibicionistas se excitan cuando haces cara de sorpresa o te asustas. De alguna manera me controlé y le hice una cara de asco y lástima. En ese momento arrancó muy molesto.

Y hace como dos semanas, salí tarde de la oficina y venía caminando por la calle. Eran más o menos las 9PM y afuera de un local, ya cerrado, había un motociclista parado junto a su moto. No le di importancia hasta que pasé a su lado y me di cuenta que tenía el pene de fuera. Esta vez opté por ignorarlo y fingí no haberlo visto para que no me hiciera nada. A la hora de cruzar la calle, cuando vi que no me estaba siguiendo, corrí hasta llegar a mi casa. Yo pensaba que esto no era normal, pero al platicarlo me di cuenta que hay muchísimas mujeres que pasan por lo mismo, e incluso hombres que también han sido acosados en la calle.

MARÍA DEL CARMEN, 27 AÑOS

Iba en mi bicicleta por avenida Chapultepec cuando un conductor de camión me gritó: "¡Mamacita, te quiero comer!" Decidí regresarme y confrontarlo. Le dije que no me faltara al respeto, a lo que sólo respondió que él no había sido y culpó a su amigo, otro conductor. Su amigo también lo negó diciendo que él no había sido. Después me subí a la bicicleta y me fui.

ANDREA, 30 AÑOS

Una compañera de trabajo me contó que hace unas semanas en la calle un señor le enseñó el pene. La técnica que había utilizado este desagradable personaje fue hacer como que tenía el cierre de la chamarra atorado para llamar su atención. Cuando ella fijó la mirada en el hombre, el tipo sin más se bajó el cierre y le enseñó todo.

Cuando me contó imaginé qué hubiera hecho yo en un caso así. Por mi cabeza pasaron miles de ideas, como gritarle, hacer un escándalo o confrontarlo.

Hace dos días iba caminando por la calle como a las 5:30PM cuando vi a un señor gordo y feo fajándose la playera como desesperado. Esto llamó mi atención inmediatamente y un poco antes de cruzarnos de frente, cuando mis ojos estaban tratando de entender qué hacía, metió ambas manos al pantalón y se sacó el pene. Mi reacción fue voltear inmediatamente la cabeza, ver hacia el frente y caminar como si nada hubiera pasado.

Lo que más me enojó fue la impotencia de no haber hecho nada. Luego me dio angustia pensar que la violencia hacia la mujer está peor que nunca, aunque también creo que esto siempre ha ocurrido. Quizá lo que realmente está pasando es que hay un cambio de consciencia y las mujeres estamos dispuestas a hablar y a entender mejor cómo nos sentimos cuando esto pasa. Esta experiencia no es la primera que me sucede, pero sí la más reciente.

FRANCHESCA, 24 AÑOS

Hace como un año fui a uno de los consultorios del Dr. Simi que hay por el Metro Chilpancingo. Tenía una infección en vías urinarias y necesitaba antibiótico. Al llegar, el médico estaba atendiendo a un hombre con la puerta abierta. Cuando terminó, me pidió que pasara y cerró la puerta. Ya adentro me pidió que le dijera qué tenía; le expliqué mis síntomas y le pedí una receta. Me dijo que no podía darme nada sin antes revisarme. No era la primera vez que tenía un problema de ese tipo y los síntomas eran leves, así que estaba consciente que no era necesaria una revisión. Se lo dije al doctor, pero él insistió varias veces con que me subiera a la camilla. Ya recostada, el doctor comenzó a tocarme cerca de la pelvis e incluso muy cerca de la vagina. Cuando sentí tal acercamiento, mi instinto fue moverme. El doctor lo tomó como pretexto para meterme la mano debajo de la blusa, justo en el área de la cadera. Me levanté casi de inmediato y al ver mi respuesta se alejó y empezó a escribir la receta. Me quedé parada sin saber muy bien qué hacer (acaban de meterme la mano sin mi permiso y la impotencia y el coraje me tenían un poco atarantada). Finalmente salí con la receta en mano. El siguiente paciente era hombre y la puerta con él se quedó abierta.

Fui a la farmacia del Dr. Simi a la que pertenecía el consultorio y les comenté que su doctor me había manoseado. La respuesta de los que atendían fue tan indiferente que con el coraje y la humillación no me quedaron muchas ganas de hacer más.

DANIELA, 23 AÑOS

Una vez, en prepa, uno de mis compañeros de clase me pidió que lo acompañara a buscar al profesor de química. Le dije que sí y fuimos juntos al penúltimo piso de uno de los edificios de la escuela, donde había salones muy reducidos que eran especiales para las asesorías. Tocamos las puertas de algunos salones pero no aparecía por ningún lado. Hasta que, según él, un prefecto le dijo que faltaba muy poco para que empezara una asesoría de ese maestro en un salón del último piso.

Subimos directo a ese salón, entramos, vimos que no había nadie y decidimos esperar. Como los asientos de las sillas estaban volteadas y en desorden, este chico se sentó en el piso, al fondo del salón, y me invitó a sentarme a su lado. Lo hice y empezamos a platicar. Uno o dos minutos después, me abrazó y trató de besarme. Le dije que no y traté de ser amable, pero siguió insistiendo. Cada que trataba de pararme, él me sujetaba. Poco después, el mismo prefecto que nos encontramos abrió la puerta y nos vio. En ese momento sentí un gran alivio porque creí que nos iban a correr de ahí pero no sucedió. Sólo dijo "Oh, lo siento", cerró la puerta y se fue. Después, el tipo abrió el cierre de su pantalón, sacó su pene y trató de bajar mi cabeza. En ese momento sonó el timbre que anunciaba el fin del receso. Supongo que eso lo distrajo porque al fin pude soltarme, abrí la puerta, bajé corriendo las escaleras y llegué a la cafetería, donde mis amigas me estaban buscando.


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PAMELA, 27 AÑOS

Caminaba por la calle cuando se me acercó un coche con tres tipos para pedirme indicaciones. Les expliqué la dirección que buscaban, pero me pidieron que la repitiera porque no habían escuchado. Volví a explicarles y, de nuevo, me pidieron que se las repitiera porque no habían entendido. Me acerqué al auto y entonces lo vi: el copiloto tenía el pene fuera y se estaba masturbando mientras el chofer se burlaba. Me saqué un chingo de onda y empecé a caminar rápido, pero en ese momento un tercer tipo, que venía en el asiento trasero, se bajó del coche y empezó a seguirme. Corrí hasta hasta que pude entrar a una tienda y el güey se alejó.

CARACOLITO, 29 AÑOS

El acoso no es algo nuevo para mí. Cuando tenía nueve años recuerdo estar comprando una paleta de hielo cuando un tipo pasó y me apretó una nalga. No hice nada. Así hubo varias. La ocasión más reciente fue hace una semana. Venía con mi novia de la mano, caminábamos tranquilas al trabajo. Empecé a oír que alguien atrás me chistaba cada vez más fuerte. Volteé y vi a un señor cargando un motor pequeño. Sonrió como un "don" bonachón que sólo quisiera dar los buenos días. Creí que había imaginado todo y seguí mi camino. Pero no fue suficiente para el señor. Subió la voz y con una dicción dudosa soltó varios "mamacita", "mamita", "mami" o alguna otra de esas porquerías edípicas. ¡Apenas podía con el pinche motor, venía pujando y como quiera se las arregló para decirme cosas!

Me harté, regresé unos pasos y le aventé el cuerpo. "¿Qué quieres?", le pregunté. Se asustó y se desbalanceó. Muy ofendido me contestó con un "¡Vete a la verga!". Tuve miedo de que se pusiera violento. Así que cambié de estrategia. Dejé que me pasara y desde atrás comencé chistarle, a tronarle besos y gritarle "¡Papazote!" con la voz más ronca que tengo. Se ofendió mucho más: "¡Chinga a tu madre!", me gritó. Lo perseguí una cuadra hasta que ya no aguantó y se cambió de acera. No sólo quise avergonzarlo (que sí, también). Quise que supiera cómo me siento yo cada que algún idiota me chista, me dice cochinadas o me agarra la nalga. Ojalá lo haya entendido.

MARGOT, 28 AÑOS

Tengo 28 años y sólo cinco pantalones en mi clóset. Las faldas siempre han sido mis favoritas, sobre todo las cortas, apenas arriba de la rodilla. Mi preferencia de atuendo me ha costado el tener que aguantar un montón de "opiniones" de mierda expresadas por imbéciles que creen tener derecho sobre mí sólo porque salgo a la calle con las piernas expuestas. Me ha tocado que me suban la falda en la fila del cine, que me metan la mano en el metro, que me arrimen el pito en el metrobús, que me susurren porquerías, que me graben debajo de la falda y algunas otras de las bajezas que enseñan en Acoso Sexual 101.

Sin embargo, hasta hace poco entendí que el acoso no sólo está en las agresiones de desconocidos pendejos. A veces se esconde bajo el disfraz de la galantería. Es más peligroso, porque es menos detectable.

Hace unos meses, estaba en una fiesta bailando con un hombre al que ya conocía, aunque no era tan cercano. Pasamos casi toda la fiesta juntos, pero nunca concedí que hubiera contacto más allá del baile y del "te hablo cerquita porque la música está muy fuerte". Al principio me divertí con su coqueteo torpe, pero luego, cuando se puso más serio, pedí un Uber para irme. Después de rechazar repetidamente su oferta de irnos juntos, él tomó sus cosas y me dijo que me acompañaba afuera para esperar al chofer. Ya afuera se puso más insistente, de hecho asumiendo que me iría con él sí o sí. "¿A dónde vamos?", preguntó. "Yo voy a mi casa; no sé tú", le respondí. "Perfecto, vamos a tu casa". Se puso tan intenso que ya no quise ni esperar a mi Uber y me subí a uno del sitio que estaba en la esquina. Todavía no terminaba de decirle al chofer a dónde quería que me llevara cuando él, por sus huevos, se subió a mi taxi.

—¿Ya le diste la dirección?—, preguntó.
—Ya. Pero tú te quedas.
—No, no, tranquila. Ya sé que no quieres irte conmigo. Nada más te voy a acompañar, para que no te vayas sola.

A estas alturas ya dudaba de él, pero era conocido, amigo de mis amigos, en ese momento no pensé en peligro, y aunque le dije que no necesitaba de su compañía, muchas gracias, terminé por acceder a que me acompañara. ¡Error!


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Cuando llegamos a mi casa nos bajamos ambos y yo le pedí al chofer que no se fuera. Me hizo caso. En lo que abría la puerta de mi edificio él se disculpó conmigo por haberme insistido tanto y me echó un discurso romántico que casi le creo. Me besó. Él me gustaba, obviamente, pero no más que eso y yo tenía muy claro que, por millones de razones, yo no quería nada con él. Le dije que eso no iba a pasar nunca y me fui.

Al siguiente día encontré 15 correos electrónicos suyos, todos insistiéndome y "piropéandome" o diciendo que me extraña, que se enamoró, que por favor le haga caso, que si lo quiero ver, que si puede matar al güey con el que entonces salía. No solo en Gmail. Había mensajes suyos en Twitter, en WhatsApp, una solicitud de amistad en Facebook que nunca acepté y un montón de likes en fotos viejas de mi Instagram. Y de mi parte: mutis.

Esa semana estuvo llamándome, mandándome mensajes, pidiendo que le respondiera, incluso un par de poesías azotadas me llegaron a la bandeja de entrada. Le escribí para decirle que por favor no insistiera, que no estaba interesada. Incluso le di a leer el correo a un par de amigas, para asegurarme de que el mensaje fuera claro y directo. Enviado. Su respuesta dejó el tono "conquistador". Otra vez llegaron muchos correos electrónicos seguidos, pero ahora me decía que sabe todo de mí, que mi exnovio —a quien conoce bien— le contó cosas. "No importa que me rechaces, tengo un recuerdo de ti en la cama, en la cocina, en el coche, en el restaurante, [...] No importa que el recuerdo no sea mío, lo voy a usar cuando lo necesite. Y de eso no puedes irte".

Lo más jodido es que no ha dejado de rondarme, es amigo de mis amigos. Cada vez que lo veo —pocas veces, por fortuna— "me coquetea", y todavía hay días —en los que seguro tiene tiempo y mucha coca— en los que me escribe para expresarme "lo que siente por mí".

Su pensamiento es el mismo que el de los pendejos que "chulean mis faldas": cree que tiene derecho sobre mí. Ya le dije que no me interesa, pero él piensa que eso es lo que menos importa.

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