Purga de pecados en Taxco, Guerrero

Flagelaciones, espinas, cadenas y sangre son en la Semana Santa de Taxco, una tradición colonial que se remonta a 1598, donde la culpa y la expiación son llevadas al extremo.

Flagelaciones, espinas, cadenas y sangre son las señas de identidad de la Semana Santa en Taxco, Guerrero, una tradición colonial que se remonta a 1598, donde la culpa y la expiación son llevadas al extremo, dando lugar a una de las celebraciones católicas más gores del mundo.

El drama de la vida y muerte de Jesucristo se escenifica en muchos puntos de México, pero el Vía Crucis de Taxco es uno de los más sobrecogedores: mientras Cristo es torturado y crucificado para pagar el perdón de los pecados de la humanidad, los penitentes de Taxco se autocastigan y flagelan para expiar sus faltas, vicios y flaquezas.

Los más de 30ºC pesan sobre los cientos de personas que se reúnen en las estrechas y empedradas calles del pueblo, atraídas por la fe, pero también por el morbo de ver una procesión de torturas autoinfligidas, socialmente permitidas y aceptadas.

Con la cabeza tapada por una capucha negra que apenas les deja respirar, comienzan a desfilar los Encruzados con tan sólo unos pequeños orificios permiten ver el sufrimiento a través de sus ojos. Portan un fardo formado por 144 varas de zarza llena de espinas, que pesa entre 70 y 80 kg y mide casi 2.5 metros de largo. La zarza espinada se amarra y clava contra sus hombros y brazos extendidos. Crucificados, van subiendo las pendientes acompañados de sus compadres de la Hermandad, quienes velan por su seguridad. El suelo arde y cada poco tienen que pararse para poner sus doloridos y quemados pies sobre los de sus compadres.

Entre los Encruzados, aparecen los Flagelantes con el torso descubierto, quienes cargan una pesada cruz de madera, un rosario en una mano y en la otra una disciplina con la que se flagelan continuamente. La disciplina es el instrumento de tortura con el que mortifican y latigan sus espaldas, una cuerda de aproximadamente un metro y medio de largo, que en sus extremos lleva un alma de plomo, en el que se insertan 170 clavos de media pulgada y que finalmente se cubre con hilo de crin de caballo.

A lo largo del recorrido, sus espaldas quedan maceradas y sangrientas por los azotes. En este impresionante y polémico espectáculo, las mujeres también tienen su particular lugar, representando a las llamadas Ánimas.

Caminando como almas en pena, las Ánimas van cubiertas de negro, descalzas y completamente encorvadas. Algunas llevan en sus antebrazos un crucifijo de madera y un rosario; otras, cirios encendidos en ambas manos. Atadas a sus tobillos, arrastran cadenas de hasta 10 kg, produciendo un sobrecogedor y tétrico sonido.

La penitencia y el sufrimiento se prolongan durante unas cuatro o cinco horas, en las que la procesión recorre los callejones del pueblo entre flashes, extranjeros que parecen estar en un parque de atracciones y niños incrédulos que intentan entender las impactantes y dramáticas imágenes.

Un fervor religioso, cercano al fanatismo pero que impone un respeto máximo entre el público que siente el dolor en su propia carne. Hasta los no creyentes rezan porque Dios exista. Tantos actos de dolor por su fe en Dios debe tener una respuesta, sus pecados deben ser exculpados.

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