La historia de cómo finalmente renuncié a la cocaína

No es únicamente porque estoy cansada de ser un demonio chupasangre. En 2018, el perico ya no es lo que era.

por Kitty Gray; traducido por Paola Llinás
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sep. 17 2018, 4:30pm

Foto vía el usuario de Flickr Marco Verch

Artículo publicado originalmente por VICE Canadá.

Han pasado cerca de 74 horas de un nuevo año. Estoy enmarcado por un espejo barato bordeado de metal en un hotel de mierda; brillo y pestañina se escurren por mi cara. A pesar del hecho de que estoy muy vieja para esto, puedo sentir cómo me estrujo en la muy familiar, completamente típica crisis existencial/humillación post-bar.

Paso la mayoría de la noche en la caseta del baño de El Capitolio, un establecimiento del centro de Fredericton donde pasé muchas noches en mis veintitantos. La meta de la noche, obviamente, es inhalar tanto del decididamente acelerado perico que mi amigo ha obtenido recién, como sea humanamente posible. Unos pocos pases adentro y sé que la gente debe estar mirándome por ser una periquera evidente, pero en este punto, no me importa.

Corro hacia adentro, excavo mi abrigo gigante de la pila junto a la puerta, y tropiezo a través de la gruesa nieve y la capa de hielo de las aceras de la ciudad que solía ser mi hogar. Vuelvo al hotel sola, a pesar de ser soltera y tener una habitación toda para mí, para lamentar esto y la variada lista de otros indignantes lapsos de juicio. Todos empiezan con la decisión de ir a la caseta del baño en primer lugar.

He intentado dejarlo. En este punto, por supuesto, he dicho eso por los últimos siete años. Las fiestas y el perico eran sinónimos para mí desde que lo descubrí. A menudo me daba un pase en cualquier evento en el que sabía que iba a estar aburrida, cualquier evento en el que había alcohol o música en vivo, o alguien a quien amaba, o alguien a quien odiaba. Sin él, como muchos otros anteriores a mí han dicho, la fiesta no podía empezar de verdad. Llegaba, buscaba a alguien más que se sintiera igual. Metíamos. Me interesaba por la gente otra vez. Podían contar conmigo para meter perico, y usualmente para quedarme hasta que se acabara.

Para el momento en que me encontré en Fredericton teniendo una crisis, reduje el uso por algunas razones. Primero que todo, la gente que conozco ha dejado de priorizar la inhalación de polvos cuestionables. Muchos de mis amigos ahora son sobrios, o padres. O de hecho les importan sus carreras. También, a causa de mi depresión, no me hace bien acostarme al amanecer. Me quedo en la cama rumiando, sintiendo una inmensa culpa por el dinero que he gastado, por las mierdas horribles que he dicho, por follarme a gente que no quería follar, por los paquetes de cigarrillos que desearía no haber fumado, y por continuar viviendo, en general, como un demonio chupasangre.

Principalmente, sin embargo, es porque el perico ya no es lo que era. Como una verdadera aguafiestas a lo Sal Paradise, le he estado diciendo a cualquiera dispuesto a escuchar que el perico "estos días" es demasiado como el speed al menos desde 2010. Es conocimiento popular que la cocaína siempre ha sido cortada, y cortada otra vez. Y luego otra vez. Pero cada vez más, esta siendo cortada con fentanilo y otros opiáceos. La razón real por la que necesito parar es que, sorprendentemente, tengo miedo de morir.

Las drogas que contienen fentanilo, o carfentanil, mataron a siete personas en Toronto el mes pasado. En Ontario, el fentanilo está matando a más personas que cualquier otro opiáceo, y las personas no siempre lo están tomando deliberadamente: el Servicio de Análisis de Drogas de Health Canada reporta que el compuesto se encuentra en sustancias sólidas como la cocaína, el éxtasis, la metanfetamina, la heroína, la codeína, el alprazolam (o Xanax), e incluso en franjas que venden como ácido.

Entre enero y junio de este año, hubo 742 muertes por sobredosis involuntarias, que se cree son causadas en su mayoría por fentanilo, solo en Columbia Británica. La cifra nacional fue 2.923 en ese mismo período de tiempo.

De acuerdo con el ministro de salud Jane Philpott, la cuota de muertes por opiáceos es "peor que cualquier otra epidemia infecciosa en Canadá, incluyendo el pico de muertes por SIDA, desde la gripe española que cobró la vida de 50.000 personas hace un siglo".

Sólo se necesita un grano de fentanilo inhalado del fondo de una bolsita para matar a alguien. Pero hay una forma de salvar a las personas cuando sucede una sobredosis. La naloxona es un medicamento que bloquea los efectos de un opiáceo. En la mayoría de provincias y territorios, kits de naloxona están disponibles gratuitamente (aunque con limitaciones) en farmacias y clínicas accesibles, como recomienda la Asociación de Farmacéuticos Canadienses. En otros, como New Brunswick, los kits pueden ser encontrados únicamente en farmacias. El precio no es barato—de acuerdo a un farmacéutico de New Brunswick con el que hablé, cada kit cuesta 59,98 dólares canadienses y el inventario es poco.


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Ahora avancemos rápidamente a mi crisis del hotel. Ahí estoy yo y no tengo un kit a la mano. Parece que nadie nunca lo tiene. Yo lloraba porque era culpable. La culpa y el miedo venían no del uso mismo de la droga: no me avergüenzo de la auto-medicación, o de la diversión, si de algo se trata. Era el hecho de que no podía dejar de imaginar a mis seres queridos muertos en el suelo después de darse un pase. X en sus atuendos cuidadosamente escogidos con sus delgados cigarrillos, siempre haciendo un show. C con sus actitudes todavía infantiles, cantando para todos, mientras usa un suéter de gatos con hoyos en él. V con su sonrisa difícil de sacar. A algunos de mis mejores amigos los he encontrado gracias a un billete de 20 dólares enrollado y bolsitas de polvos cuestionables con imprentas de espada y de tamaño miniatura. Había una sensación de seguridad en la caseta del baño cerrada, seguridad en el ritual, en el cambio cadente que pasa en la conversación después de hacer un pase y un goteo. Seguridad en saber que uno guardará los secretos de los demás, solo porque que se olvidará de lo que dijo la otra persona.

Sin embargo, en la habitación de hotel, me di cuenta, por primera vez en años, de que no estaba segura. Que a pesar de mi depresión y su insistencia diaria en que la vida se pondría más fácil si estuviera muerta, yo quería... vivir.

Hace algunos meses, fui a un show en otra ciudad con un amigo que he tenido por media vida. Empaqué pijamas, un par de artículos de ropa interior, gafas de sol, y un frasco. En una pequeña caja de vidrio en mi tocador, guardé algunos tesoros y baratijas. Seguía volviendo a ella mientras llenaba mi pequeña mochila. Contiene dos pequeñas vasijas de cobre donde guardo mis anillos, algunas horquillas, y un pedazo de jaspe rojo. Algunas conchas recolectadas en el verano. Un poco de carbón vegetal del Desierto de Mojave. Una pequeña caja de cerámica con un gato en ella, y en la caja, un gramo de cocaína. Ha estado ahí desde octubre. Fui hacia la caja en repetidas ocasiones, debatiendo si debía empacarla. No lo hice.

Me subí al carro de mi amigo y mientras hablábamos mierda de la gente que conocemos allá, me dijo que él pediría un poco. Le pregunté si era buena y él dijo oh sí, es del viejo compañero de cuarto del amigo de mi amigo Matt. Él es bueno. Claro. Efectivamente, alrededor de la 1:30 AM, justo cuando comenzábamos a aburrirnos, llegó. La cortamos en su teléfono. Metí un pase. Sentí una ansiedad persistente. Huí del bar y estaba en casa a las 2:30 con una rebanada de pizza de queso y video un episodio de Please Like Me para poder dormir.

Mi amigo regresó al Airbnb a las 7:30 AM. Lo escuché entrar, me quedé despierta escuchando su respiración. En la mañana, le hice un espresso y le dije que si hubiera muerto, hubiera sido terriblemente inconveniente para mí.

Pasé otro fin de semana con amigos en Montreal hace un tiempo. Sacamos el rosé. Tuvimos la idea, pero nadie hizo la llamada. Por primera vez, no lo presioné. Nos levantamos a las 7 de la mañana y fuimos a yoga.

Estoy tanto serena como completamente destruida al informar que ahora me estoy convirtiendo en la persona que esperaba ser. Yo sabía que necesitaba dejarlo y finalmente lo hice. Se siente sorprendentemente bien.

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