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Foto por Jorge Damián Méndez Lozano.

"Le moché un dedo pero le pedí disculpas": Testimonio de un secuestrador

Jorge Damián Méndez Lozano

'El Chucky' participó en más de 17 secuestros en los últimos cuatro años de su vida. Platicamos con él sobre su breve pero boyante carrera delictiva.

Foto por Jorge Damián Méndez Lozano.

El Chucky tuvo una breve pero boyante carrera delictiva. Participó en más de 17 secuestros en los últimos cuatro años de su vida. Creció junto a sus padres y abuela en la delegación Tláhuac, en la Ciudad de México, pero fue en los estados de Hidalgo y Baja California en donde desarrolló sus actividades criminales.

Hoy, a sus 19 años, comparte su testimonio de secuestro desde el Centro de Tratamiento para Adolescentes de Baja California ―aunque es mayor de edad, él y ocho internos más que purgan condenas por secuestro, homicidio, asalto a mano armada, violación y narcomenudeo, están separados del resto de la población que sí es menor de edad porque cometieron los delitos siendo menores o cumplieron la mayoría estando confinados― a través del que dibuja los distintos territorios transitados que lo llevaron tras la rejas.

El tío Jabalí

Inicié en el rollo del secuestro por mi tío Jabalí. Bueno, por él y por su hijo, mi primo el Panda, que es dos años mayor que yo. Era muy cercano a ellos. Cuando cumplí 16 años me invitaron a Mexicali, donde se dedicaban al negocio de los polleros (traficantes de indocumentados). Tenía un mes en la ciudad y no había hecho nada divertido. Una tarde, mientras tomábamos unas cervezas, le dije a mi tío que quería trabajar. "Tu papá me pidió que no te metiera en esto", me dijo, pero insistí hasta que aceptó. "Ta' bien, vas a hacer algo fácil: irás al Hotel Pacífico a poner punta (vigilar) a una persona. Puntéalo, platica con él y gánate su confianza, es todo lo que harás".

Me dio dinero, una foto de la persona y me fui al hotel, a unas calles de la línea fronteriza. Me hospedé en el primer piso. Estuve como 12 horas esperando a que apareciera el ruco de la foto. Cuando se hizo de noche vi que llegó a su cuarto, en el segundo piso. Ya lo tenía ubicado.

En la mañana me acerqué al ruco con el pretexto de pedirle un cigarro. Me gané su confianza rápido. Diario pasaba el reporte: a qué hora llegaba y salía, cómo vestía y quién lo visitaba. Para que no sospechara, le inventé que recién había llegado del DF y esperaba a que mis papás, que supuestamente vivían en Las Vegas, Nevada, vinieran por mí para cruzarme de ilegal. En el quinto día de puntear, me habló mi tío y me dijo que abandonara el hotel y caminara unas calles para recogerme. Hasta ese momento supe que el viejo al que punteaba era fiscal de la policía. Sé que lo secuestraron pero ya no supe más.

Después de puntear fui subiendo de nivel, por decirlo de alguna manera. "Lleva comida a la gente que está en la casa de tal zona", me decía mi tío. Para eso me regaló un auto. En donde estuvieran mis compañeros o los secuestrados, debía llevarles alimento, pero era muy estresante. Con una hora que estuviera en una casa de seguridad me sentía nervioso y ya me quería ir. Es que imagina: estás en una casa con cinco personas secuestradas, esposadas de las manos y con cinchos en los pies; uno está en el baño y los otros cuatro en una habitación. Nunca sabes si un vecino vio algo sospechoso y llamó a la policía, o si la casa ya está ubicada por la policía y solamente están esperando que se reúna el grupo para detenerlos a todos. Y ahí estás tú, con una bolsa de tortas o con platos de pollo con arroz.

"Le moché un dedo pero le pedí disculpas"

Sólo una vez sentí remordimiento. Fue con un equivocado en el estado de Hidalgo. Secuestramos a un chavo cuando iba a su entrenamiento de futbol. A ese morro lo había puesto (señalado) su tío. Él nos dijo que el papá de su sobrino tenía dinero y valía la pena secuestrarlo.

Me lo llevé al taller de mi padrino. El chamaco tenía 16 años, pero se veía más peludo, con más edad. Yo tenía en ese entonces 17. Le puse unos putazos para que me dijera cómo se llamaba, pero no me decía nada. Le preguntaba el nombre de su papá y seguía sin hablar, sólo me veía. Estaba medio pendejo, como que le faltaba algo en la cabeza. Le seguí pegando hasta que me encabroné y le pedí a mi compañero que me pasara unas pinzas para cortar varilla. Le moché un dedo al chavo. "Al que tú buscas vive unas calles de mi casa", me dijo todo paniqueado (asustado).

"¡Hijo de tu puta madre! ¿Por qué no me dijiste antes? ¿Por qué esperas que te moche el dedo para hablar? Bueno, discúlpame", le dije y le puse alcohol, le vendé la mano y le di su dedo. Volví a pedirle disculpas y lo fuimos a tirar a la salida de la ciudad, donde están unas fábricas. "Lo secuestran, le cortan el dedo y le piden disculpas", algo así salió al otro día en un blog.

Cuando me tocaba cuidar secuestrados y tenía que amanecerme hasta las siete de la mañana, me metía unos tarjetazos de cocaína y me tomaba una caguama. A veces me daban ganas de platicar con los secuestrados, pero trataba de no hacerlo porque te terminan dando lástima. Te quieren hablar de sus hijos, de su esposa, de que no tienen dinero, de que han sufrido un chingo y por eso deben migrar. A mí me llegaron a besar la manos y les decía: "Sáquese a la verga, puto, a chingar a su madre". Yo soy buena gente con quien lo es conmigo, y con quienes no, tengo que portarme con más carácter. Cuando se ponían a rogarme los madreaba para que dejaran de estar llorando. Ahí donde la cagó mi primo, por dar la bacha (hacer un favor) se lo chingaron y lo detuvieron.

Secuestro de migrantes

Algunos de los migrantes que secuestrábamos los enganchábamos en Tijuana y los traíamos a Mexicali con la promesa de cruzarlos, pero nunca lo hacíamos. Los encerrábamos en una casa de seguridad y contactábamos a sus familiares. El dinero que podíamos obtener por cada migrante iba de 10 a 50 mil dólares. "¿Sabe qué señor? Estamos con su pariente en el freeway y ya vamos a pasar el retén de la migra que está en Indio [California], pero necesitamos que nos deposite el dinero para seguir el camino hasta Los Ángeles", le decíamos a los familiares. Muchas veces capeaban de volada (entendían rápidamente), pero cuando no querían depositar, golpeábamos al secuestrado para que le rogara a su familiar. Si el secuestrado no quería pedir el dinero a la familia, le picaba las piernas con un picahielos para que supiera que era de verdad. Luego le tapaba la boca y lo amarraba.

Los secuestrados no pueden durar más de cinco días en la casa. Deben irse rápido, en tres o cuatro días. Para liberarlos les dábamos un litro de vino con cerveza y en cinco minutos se ponían babosos. Luego los íbamos a tirar con los ojos tapados y de noche atrás de un banco o un bar.

El Panda y el Guacho

"Les cayeron al Panda y al Guacho, ábranse todos", nos avisaron. Los detuvieron porque mi primo Panda dio la bacha (hacer un favor). Ese día estaban cuidando a cuatro secuestrados cuando el Guacho salió a comprar comida. Mi primo se quedó solo y uno de los secuestrados, un peruano, le dijo a mi primo que se sentía mal y le pidió que lo desamarrara para ir al baño. El Panda le quitó los cinchos de los pies y agarró un bat de beisbol por si se ponía violento. En un descuido, el peruano, que resultó que era karateca, le arrancó el bat y le comenzó a pegar. Casi lo mataba de tanto putazo cuando llegó el Guacho y le dio cuatro balazos en el pecho al peruano.

En el desmadre, otro de los secuestrados se escapó. Con todo y las manos amarradas corrió a la calle y detuvo a una patrulla. Así fue como les cayeron en la casa de seguridad. El Guacho sí había alcanzado a escapar, pero regresó porque le remordió la conciencia dejar al Panda inmóvil por los golpes. El peruano murió días después en el hospital y al Guacho le dieron más de 300 años de cárcel. Mi primo estuvo unos meses en la cárcel pero lo dejaron libre.

"Me agarraron porque me quedé dormido"

Me detuvieron tres meses después de que agarraron a mi primo. Después de su detención, los demás seguimos trabajando en otra casa de seguridad con secuestrados, pero la policía nos puso cola (comenzó a seguirnos) sin darnos cuenta. Tres meses después nos detuvieron a los demás. Fui a dejar comida a la casa y —como agarré confianza— me acosté en un sillón y me quedé dormido. De pronto escuché que una ventana explotó y tumbaron la puerta. Los otros tres cuidadores y yo quisimos correr pero no pudimos porque la casa estaba rodeada de policías ministeriales y guachos (militares). Teníamos tres secuestrados.

Estar en la cárcel está culero. Es como no servir para nada. Las mañanas, las tardes y las noches son iguales. Siento que la vida se va poco a poco. Estoy acabando la secundaria. Me faltaba un mes para terminarla cuando la dejé por andar en el desmadre con el Panda. Las únicas personas que me visitan es uno de mis hermanos y una prima, mis papás no, solamente me mandan dinero desde la Ciudad de México para que no me falte nada.

Llegué en diciembre de 2017 y saldré en marzo de 2019 —la actual Ley Nacional del Sistema Integral de Justicia Penal para Adolescentes en México, contempla una pena máxima de cinco años, antes del 2016 eran diez, a quienes cometan un delito teniendo entre 16 y 18 años, incluso en delitos como el múltiple homicidio o secuestro―.

Cuando salga de la cárcel voy a sentir una gran felicidad y agradecimiento con la vida por permitirme estar libre. Pienso que soy una persona inteligente, desconfiada y que le gusta ayudar a quien le ayuda. Soy fanático de la música de banda sinaloense y de las fiestas en la playa con mujeres, cocaína y cerveza helada. Si no sigo delinquiendo, entraré a la Policía Federal porque me gusta la adrenalina.