Foto vía EPA/YURI KOCHETKOV.

El quinto partido y la expectativa tan difícil de complacer del futbol mexicano

Ese partido. Ese bendito partido. Nos ilusionó a todos. Y a la palabra ilusión hay que tenerle cuidado y tomarla con dos pinzas como si estuviésemos recogiendo un escorpión de cola gorda aún vivo.

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jul. 2 2018, 7:00pm

Foto vía EPA/YURI KOCHETKOV.

Séptimo Mundial consecutivo cayendo en primera ronda. (1994, 1998, 2002, 2006, 2010, 2014, 2018). Tocar realidades luego de actuaciones supremas (como contra Alemania) es una desazón odiosa y traicionera. Por 30 gloriosos minutos contra Alemania, México tocó las mieles del triunfo y se juró que la barrera mental del quinto partido desaparecería. La victoria más importante en la historia de los mundiales mexicanos, decenas de miles de memes de superación, frases virales del Chicharito y pare de contar. El estado de euforia que se sintió en Ciudad de México luego del gol de Hirving Lozano hizo a más de uno recapacitar y borrar toda opinión pesimista de la Selección mexicana.

Ese partido. Ese bendito partido. Nos ilusionó a todos. Y a la palabra ilusión hay que tenerle cuidado y tomarla con dos pinzas como si estuviésemos recogiendo un escorpión de cola gorda aún vivo. La RAE dice que la ilusión es el "concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos". El gol de Hirving Lozano ciertamente causó todo eso dentro de cada mexicano. Hizo que se olvidara a Robben, Maxi Rodríguez, Tévez y Donovan. Los que tenemos al futbol en nuestras vidas (sobre todo al mexicano), sabemos que si hacemos una lista de las mejores ocho selecciones del mundo probablemente jamás escribamos el nombre de México. Aún así, la presión que se ejerce dentro y fuera del periodismo deportivo mexicano para que la Selección mexicana llegue a lugares que nunca han tocado fuera de tierra azteca, es grosera.

Foto vía EPA/YURI KOCHETKOV.

México es un rendido y acaramelado del futbol. Quizás estos sentimientos, además de agigantar pupilas, hacen que se sienta la verdadera responsabilidad de competir y vencer a históricos europeos y latinoamericanos. El famoso "quinto partido" se ve más como una obligación que una aspiración. Caer eliminados en octavos de final se siente como un fracaso rotundo en vez de un espejo real de las posibilidades del futbol mexicano hoy en día. Para llegar al quinto partido es necesaria una revolución de todo tipo en el ecosistema del futbol mexicano. Juan Carlos Osorio tuvo los mejores números en la historia de las eliminatorias de CONCACAF, le ganó al vigente campeón del mundo, y aún así, es bastante esperado que reciba una ruidosa lluvia de críticas pidiendo su cabeza. Juan Carlos Osorio debería seguir, y apostar a una continuidad que, como hemos visto con Joachim Löw en Alemania, sí da resultados en el futbol de selecciones. A favor de Osorio está el nivel de capacidad que debe poseer el técnico de una selección con expectativas irreales y difíciles de cumplir.

Foto vía EPA, ROBERT GHEMENT.

México no jugó un mal Mundial ni de cerca. Venció al campeón del mundo con 30 minutos deslumbrantes. Venció a una Corea del Sur con autoridad, selección que luego mató a Alemania. El paréntesis está en el terrible juego contra Suecia, un día para borrar del cassette. Ahora: Brasil. Esta verdamarelha de Tite es la unión perfecta entre el jogo bonito al que nos tiene malacostumbrados cada selección con la Ordem e Progresso en el pectoral izquierdo, y la rigidez táctica y defensiva made in Dunga circa 1994. Llevan 25 partidos dirigidos por Tite y han ganado 20, empatado 4 y perdido solo 1. Con 54 goles anotados y 6 en contra. Solo un gol suizo recibido en Rusia 2018 y han celebrado 8. Todo esto, sin brillar como Zico y compañía nos acostumbraron. La mejor postal para entender a esta Brasil es el 1-0 contra México. México jugó un buen primer tiempo, no dejó hacer mucho a Brasil y tuvo acercamientos serios a la portería sudamericana. Cinco minutos pasaron del segundo tiempo, taco de Neymar a William, éste prende la moto, y Neymar llega hambriento al segundo palo, tirándose (como bien lo sabe hacer) sin portero y empujando la asistencia de William, que hoy en el Samara Arena hizo olvidar a todo fan del Chelsea su regular temporada y pareció más bien un scooter. México apretó lo más que pudo, pero en varias contras (no entiendo el por qué) cuando llegaban con jugador de más preferían patear al arco que dar el pase al hueco y probablemente abrazarse más tarde.

Brasil te deja jugar y que los seduzcas, como si inconscientemente quisieran que jugaras más abierto y expuesto, dándote centímetros de esperanza y que así todos los que estamos frente a la pantalla con una cerveza gritándole a jugadores que llevan años entrenando para ese partido, disfrutemos un poco más el juego. Quizás es la razón por la que tienen tantos admiradores en el mundo y de alguna forma cada latino se he sentido feliz cuando a esta selección le ha ido bien. Y este partido vivió las circunstancias históricas de los dos equipos que lo jugaron. Brasil fue Brasil, y México fue México y llegó hasta donde puede llegar.

Foto vía EPA/WALLACE WOON.

La expectativa irreal y tan difícil de complacer del futbol mexicano, no hace más que generar un ambiente tóxico entre los jugadores, técnicos y cualquier humano que tenga que ver con el equipo, incluso todo el país que sigue a la Selección. Como en toda relación, mejorar el ambiente y ser realistas con las posibilidades del Tri solamente mejoraría sus resultados. La presión asfixiante con la que tienen que respirar (además de las palpitaciones por encima de los 100BPM) los jugadores dentro de cada cancha del Mundial, es enfermiza. El ejemplo del fracaso de Argentina —porque a los argentinos sí se les puede exigir más— es algo que se tiene que usar como espejo. Si ellos que tienen a Messi, mejor jugador del mundo y quizás el mejor de la historia, no pueden con tanta presión, ¿qué hace pensar que México sí? México es el equipo con más partidos perdidos en la historia de los Mundiales, y sólo ha pasado al quinto partido en casa. No hay evidencia o pruebas que apoyen la teoría de que México tiene que ser campeón del mundo. Claro que vale soñar, y pensar en "cosas chingonas", pero de ahí a exigir y volver la selección una olla de presión, hay demasiada distancia y daño.

Todo esto logra que solamente haya un perdedor: la selección y todos nosotros. Porque si a la selección de México le va bien, a todos los mexicanos dentro de México, fuera de México, y cada persona que sienta afición por el Tri, también les va a ir bien. El éxito es un bien común para todos, y más que nunca deberíamos saber compartirlo. Y la expectativa que se crea alrededor de esos 23 seleccionados nacionales cada cuatro años, solamente nos aleja de él.

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