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Ilustración de @sinmuchasfotos con referencia de Pedro Valtierra/Archivo/CUARTOSCURO.COM

Alumnos de Sergio Pitol nos cuentan cómo fue tomar clases con él

Rafael Toriz

5 personas nos relataron sus experiencias académicas y personales con el escritor fallecido el pasado 12 de abril.

Ilustración de @sinmuchasfotos con referencia de Pedro Valtierra/Archivo/CUARTOSCURO.COM

Fue George Steiner quien sostuvo que “la verdad es tan compleja que se aloja incluso en hoteles terribles”. Para los interesados en la literatura, las facultades de letras suelen ser esos lugares que se deben sobrellevar con dignidad y estoicismo, puesto que en las aulas, por lo general, se sufre y a veces incluso hasta se aprende, pero por lo general uno más bien se frustra. Pero, si algo se sabía desde inicios de los años noventa en Xalapa, es que en la Facultad de Letras de la Universidad Veracruzana el escritor Sergio Pitol daba clases mitológicas a los alumnos de licenciatura.

Abajo enlisto testimonios de lo que significó para algunas personas tener como profesor al maestro Pitol, uno propio y cuatro ajenos, para, de esta forma, conmemorar su fallecimiento el pasado 12 de abril.


Rafael Toriz

Escritor.

Recién ingresado a la universidad asistí como oyente a un curso que dictaba sobre la comedia de capa y espada, ante un auditorio literalmente abarrotado hasta las ventanas. Pitol leía a carcajadas Los empeños de una casa. Los asistentes al curso de teatro novohispano reíamos extasiados ante las genialidades de Sor Juana, en un ambiente más parecido al de un mercado placero que a un aula magna, no sólo por la inteligencia del texto, sino por el gozo con que el profesor enfatizaba la lectura.

Con algunos compañeros leímos Domar a la divina garza, que no está contemplada, como buena parte de la literatura mexicana de calidad en ningún programa de la carrera. Era tan pobre nuestra vida social universitaria –y tan hilarante la novela– que es posible reconocer en profesores del área académica de humanidades a los arquetipos descritos por los esperpentos de Pitol.

El arte de la fuga, dedicado a Rafael Toriz, cortesía de Rafael Toriz.

Semestres más adelante, Pitol impartirá un curso de cine expresionista alemán, que complementará con bibliografía fantástica. Además de desmenuzar con lupa películas como Acorazado Potemkin el maestro nutriría su exposición con ensayos que ayudaban a reconstruir el espíritu de la época.

Finalmente, nos daría un curso de literatura rusa, donde además de leer piezas breves de Chéjov y Pushkin –leeríamos en voz alta su Mozart y Salieri– nos enfrentaríamos al Óblomov de Iván Goncharov, auténtica catedral del hombre tumbado, héroe del hastío y santo patrono de los que ven pasar la vida tirados en la cama, desde donde escribo estas palabras. Pitol, generoso y erudito, nos presentaría también la fantástica adaptación cinematográfica realizada por Nikita Mijalkov de 1980.

El magisterio del mago de Viena, como lo llamaban los alumnos, estaba lejos de limitarse a las aulas. Antena para las contradicciones y las imposturas del mundo, fue siempre fino observador de la locura, lo grotesco y las atmósferas pesadilla, por lo que el hecho de ubicar Infierno de todos, su primer libro de relatos, en el entorno caliente y asfixiante de un lugar como Potrero, Veracruz, daría en el clavo respecto a las recomendaciones de Flaubert: pinta tu aldea y pintarás el mundo. Gracias a los oficios de Pitol nosotros ahora podemos atisbar, comprender y sobre todo traducir las complejidades de los mundos que nos acercó, volviéndonos menos provincianos gracias a su auténtica vocación cosmopolita.

Maestro, incluso en la plática de pasillo, en una entrevista con Juan Villoro fue contundente y sincero al respecto de la traducción, en su caso una segunda naturaleza: “algunas traducciones las disfruté muchísimo y otras me cayeron en los huevos. Al traducir, me tomo muchas libertades, por ejemplo, con los nombres de flores y de pájaros. Las novelas inglesas están llenas de centenares de flores y yo todas las vuelvo rosas, claveles, camelias, ¡cuando mucho rododendros!”

Pitol, auténtico chamán de la trama, nos recordó que la provincia es un estado de la mente, y que si bien hay ejércitos de rufianes que deciden vivir en un chiquero, la literatura de calidad, como la suya, es un salvoconducto para mejorar la calidad de la vida y embellecer, complejizándolo hasta al más mínimo detalle, nuestra experiencia por el mundo.


Marduck Obrador Cuesta

Fundador de la Librería Los Argonautas y gestor cultural independiente.

“Vi por primera vez a Pitol en la Ciudad de México en el año de 1998. Presentaba su fulgurante El arte de la fuga en el CENART. Yo acudí ligeramente borracho y en compañía de mi mejor amigo, él también beodo. Conforme escuchábamos su turno a la palabra, los efluvios de la borrachera se mezclaban con esa sencilla y penetrante lucidez emanada de su aún intacto lenguaje. Sus palabras recreaban lugares remotos y cercanos, músicas y temperamentos, ciudades y almas, lecturas y viajes. Al término lo encontramos en el estacionamiento y lo alcanzamos a saludar de mano venciendo nuestra timidez y trastocando la suya. Dos años más de mi vida habrían de transcurrir en la Ciudad de México y nos enterábamos de un rumor fantástico: Pitol estaba dando clases de su tan admirada Literatura Rusa en la Facultad de Letras de la Universidad Veracruzana. Esa sería la segunda ocasión que le vería. Siempre puntual y tocado de fabulosas boinas y sacos de pana, acudía no tanto a dar clases como compartir su entusiasmo por una literatura que retrató el alma del hombre como ninguna otra lo ha hecho.

Meticulosamente cumplía el ritual del pase de lista, no porque le importara, sino más bien recreando algún pasaje de una novela decimonónica. Parsimoniosamente sacaba lo que, hoy caigo en cuenta, eran sus apuntes de lectura, gérmenes de muchos de sus ensayos y huella de una vida de lector. Así éramos nosotros testigos de su emoción; ahora escribo esto y se me viene a la mente su voz clara, transida de todos los fantasmas rusos incorporados a ella. Se reía de un pasaje que no entendíamos de primera mano. La pólvora de los duelos se respiraba en el salón, el pobre Oblomov aparecía postrado en su eterno sofá, las almas muertas deambulaban entre inspectores, la envidia de Salieri casi lo mataba cuando escuchaba al vital Mozart y sus acordes magníficos recuperados en una cantina. La Gaviota y la dama del perrito también aparecían en un elenco magnífico y sustancial de lo que la literatura puede transformar en el ser humano. Tuve la fortuna de convertirme en el lector oficial de la clase. Ya atacaba al maestro lo que años más tarde habría de dejarlo sin su herramienta de trabajo, las palabras. Egresamos y dejé de verlo por un tiempo. En 2006 se le rendiría un homenaje en el Teatro del Estado en Xalapa, Veracruz, por haber ganado el Premio Cervantes. En compañía de un amigo le llevamos como obsequio tres rosas amarillas: Chéjov, Carver y Pitol.

Sergio Pitol y Marduck, cortesía de Marduck Obrador Cuesta.

Su entrañable amigo, su hermano Monsiváis, no podría acudir por motivos de salud al homenaje xalapeño. Yo amanecía de una panagruélica tertulia etílica y recibía el llamado de una maestra que me avisaba que Pitol deseaba que leyera el texto enviado por Monsiváis. Con todo el nervio subí al estrado, le di un abrazo al maestro y me dispuse a esperar el turno de leer uno de los homenajes a la creatividad de un colega más entrañables que he escuchado. Recuerdo el eco inmenso del teatro y las palabras con que concluía Monsiváis remembrando uno de sus autores favoritos: ¡El horror, el horror! Dejé de ver al maestro varios años. En el 2010 abrí una librería y ahí lo reencontraría en torno a su pasión los libros y un expresso cargado. Empecé, por invitación suya, a acudir a las tertulias sabatinas que feliz organizaba en su casa de la calle Pino Suárez. La cita era a las 5 de la tarde. Café, bocadillos y pasábamos a escuchar y ver las funciones más famosas de la ópera mundial. El maestro afectado por su mal hablaba con los ojos y con su sonrisa hospitalaria. Hace un par de años nos dejamos de ver. Hoy me entero de su muerte. Descansa en paz Sergio. Aquí seguiré leyendo como te gustaba escuchar en tus clases. Hasta siempre”


Lorena Huitrón

Editora y poeta.

“La primera vez que vi a Sergio Pitol fue en el pasillo de la Facultad de Letras, tenía diecinueve años. Yo acababa de ingresar a la carrera. Lo miraba con discreción porque no quería verme como groupie que busca a toda costa un autógrafo de su estrella de rock. También temía un poco porque creía, erróneamente, que él era como cierta camada de escritores sacralizados por trayectoria y premios de actitud petulante y abusiva (se puede ver a algunos pasearse por ahí hasta la fecha). A tiempo entendí que, afortunadamente, Pitol no era así. Siempre fue amable, generoso, e hizo partícipe a muchos alumnos de su entusiasmo por los libros, que también, pocos, tienen la capacidad de hacerlo. Con él no era tomar clase por presunción. En todos despertaba esa pasión por la literatura. Se entraba a su clase sonriendo y se salía de esa misma forma”.

Portada de Infierno de todos de Sergio Pitol, cortesía de Marduck Obrador Cuesta.

Alexis de Ganges

Escritor. Autor de los libros Sólo las cenizas y El árbol de Raquel.

¿Qué puedo decir de don Sergio que no se diga en muchos medios informativos? ¿Algo más personal e íntimo?

Su fallecimiento representa el fin de una era. Para nuestra desencantada generación, Sergio fue una luz entre la niebla de Estridentópolis. Lo veíamos caminar por Enríquez y comentábamos sus viajes, libros, traducciones, aventuras. Pasábamos por esa hermosa casa en Xalapa (a la vuelta del bar la Chiva), casi siempre con las ventanas abiertas, y nos preguntábamos si estaría paseando por su biblioteca. Por eso sus clases de literatura rusa fueron bellas: nos mostró el alma rusa, de Pushkin a Navokob, pasando por Turgueniev, Dostoievsky y Tolstoi, y en ningún momento se mostró por encima de sus alumnos o se negó a contestar nuestras preguntas y cuestionamientos.

Si no mal recuerdo, esa fue la última clase de literatura rusa y yo, que reprobé latín, ahora entiendo que valió la pena repetir el año. De lo contrario no habría entrado a esa clase en la cual una novela de Goncharov era muy importante (¿quién conoce al gran Iván Goncharov en esta época de redes sociales? ¿quién podría leer El sueño de Oblomov actualmente?)

Tríptico de Carnaval, dedicado a Alexis de Ganges, cortesía de Alexis de Ganges.

En una ocasión, después de que ganara el Cervantes lo encontré por la calle. Me reconoció (para mi asombro) e insistió en invitarme un café. En algún momento la mesera del Italian coffee me preguntó. "¿El señor es Sergio Pitol?". En ese instante el desconocido estudiante chiapaneco con alma veracruzana (perdón por hablar en tercera persona) percibió la extrañeza de la fama y la manera en que Sergio Pitol se había convertido en una institución inseparable de la ciudad.

Mi desencantada generación tuvo el privilegio de tener a Pitol como profesor. Poco más se nos otorgó en una época en la cual la lucha de poder en la Facultad de Letras era más importante que apoyar a los alumnos.


Paul Vázquez Domínguez

Arquitecto y urbanista.

Aunque Sergio Pitol no fue mi maestro en la Universidad, dado que yo estaba matriculado en Arquitectura y él daba clases en Letras, sí tengo una anécdota que permite ver de cerca su infinita generosidad con las jóvenes generaciones. Corría el año de 1997, yo tenía escasos 13 años y la maestra de español de la secundaria nos pidió, por parejas, entevistar a gente dizque importante, a ver a quién llegábamos. Yo había pensado entrevistar a mi primo Paco que era fontanero y había salido una vez con Joe de Lara en Bazar del hogar, un programa muy popular en el puerto de Veracruz que pasaban por Telever, pero la maestra que adoraba a Sergio Pitol sugirió que tratáramos de contactarlo, dado que leeríamos uno de sus libros de cuentos en clase. Así que tomé el directorio –aún existía la sección amarilla y las llamadas por teléfono no se limitaban a las odiosas llamadas del banco– y con mis cojones de niño en la garganta pedí una entrevista con el maestro, que generosamente me dieron.

El arte de la fuga, dedicado a Paul Vázquez, cortesía de Paul Vázquez.

Acudí a su casa con un compañero y entramos a una preciosa, construida en función de la biblioteca, con patios interiores y hermosos colores mexicanos: era un recinto para la lectura, de una calidez particular. Lo primero que nos recibió fue un perro precioso, era un collie barbudo, el mítico Sacho, que estuvo a nada de orinarme. Luego nos recibió Sergio con una sonrisa de oreja a oreja, dándonos algunas golosinas extranjeras y café negro bien cargado. Iniciamos la entrevista y nos platicó detenidamente sobre sus viajes, nos mostró recovecos de la casa y nos llevó hasta el cuarto de cine, que era verdaderamente extraordinario. Había varias botellas de licores en una repisa y me sentí tentado a pedirle una copa, pero entonces mi insolencia tenía límites. Uno sólo podía imaginarse las fiestas que deberían haberse hecho en esa casa y daban ganas de llorar de alegría. Por último, el maestro me regaló uno de sus libros dedicados, que hasta la fecha conservo como uno de mis más grandes tesoros.

Entregué mi entrevista y recuerdo, con lágrimas en los ojos, haber sido el único 10 de la clase”.

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Sirvan estos testimonios a manera homenaje para un profesor único y generoso, el mago de Viena: brujo eterno y fascinante del ingenio de Potrero.