Cultura

Festejamos los 56 años del primer concierto de los Rolling Stones

El fervor en Argentina por los Rolling Stones es único en el mundo: incluso existe una subcultura, los rollingas, inspirada en su nombre. Viajamos a Londres con más de treinta fans de los Stones y recorrimos su historia durante el No Filter Tour

Juan Cruz Revello

Fotos de Pop Tour

Artículo publicado por VICE Argentina

El aeropuerto de Ezeiza luce celeste y blanco en todas partes. El día del vuelo hacia Londres, la selección argentina de fútbol jugaba su partido inaugural en el mundial de Rusia 2018. Sin embargo, las 33 personas que viajan nucleadas por We love you, club de fans en Argentina, juegan su propio mundial. Con un ojo puesto en la selección, pero el otro fijado en los Rolling Stones, los esperan seis días y cinco noches, recorriendo la vida de la banda eterna. No existe demasiado espacio para discutir si Mascherano sí o Mascherano no. Las horas pasan entre cálculos para ver cuántos lugares hace falta visitar, y cuanto tiempo se necesita. Es cierto, no cae bien el resultado frente a Islandia, pero sin el viaje que los espera, hubiese sido casi fatal. Existe lo otro. Y no es un bálsamo ni un placebo, es un objetivo a cumplir, un sueño.

Ezeiza

Latinoamérica es un continente contemporáneo con los Stones en vivo. A mediados de la década del 90, ante la salida del disco “Vodoo Lounge”, los americanos del sur pudimos ver a sus majestades cara a cara, fue en ese momento donde se vio cómo Argentina particularmente los desea de una manera desaforada. Aun siendo pasional casi por condición sine qua non, los argentinos y los Stones mantienen un amor desmedido. No tiene límites ni fronteras. A finales de los 80, durante la gira presentación del disco “Steel Wheels”, algunos fans comenzaron a viajar para verlos en vivo. Fueron focos de personas que impulsaron a las generaciones siguientes demostrando que era posible y se podía hacer. Durante la década del 90 se mantuvo esta tendencia, y en los años 2000, cambió casi para siempre.

¿Quién podía imaginar que 33 personas, todas juntas, se tomarían un avión para ver a los Stones en Londres en el 2018? Tal vez Juan Ignacio Muñoz, quien desde el 2003 organiza viajes con fans para ver a su banda favorita en diferentes partes del mundo. Juan Ignacio tiene un bar en la esquina de Cuenca y Navarro, Villa Devoto, barrio de Buenos Aires. Se llama 40X5, y es el único bar homenaje a los Stones en Latinoamérica. Desde allí comenzó a organizar viajes temáticos, y así fue que pasearon su pasión por Río de Janeiro, Sao Pablo, La Habana, Los Angeles, Orlando, Boston, New York, New Yersey, Londres, Berlín, Irlanda, Barcelona, Uruguay, Chile, Amsterdam y Paris. Este año es el segundo viaje que hacen, ya que estuvieron en la fecha inaugural en Irlanda, y la primera de las fechas en Londres del No Filter Tour. A esto hay que sumarle la cantidad de argentinos y argentinas que viajan por cuenta propia. Es difícil de imaginar y calcular un número exacto, pero entendamos que son muchísimas las personas que desde Argentina, se suman a la gira de los Stones. Verlos en vivo y de local es la meta, sí. Pero no es sólo rock and roll. También quieren y necesitan conocer su historia de cerca. Revisar los lugares que los vieron nacer, caminar sus calles, dialogar con su gente. Ver transpirar las paredes de los tugurios donde sonaron los primeros acordes. Sentarse en las mesas donde hablaron por primera vez, en años donde no imaginaron que montarían el imperio musical más grande la de la historia del rock and roll. Y ya no es exclusivo de los porteños. La travesía se federalizó. En este contingente viaja gente de Mar del plata, Misiones, Rosario, La Plata y Pérez, un pueblo de pocos habitantes en la provincia de Santa Fe. Es por eso que, para describir el viaje en general, la palabra es intenso. Hay emociones exacerbadas, agitación e incredulidad. Y felicidad, por supuesto.

Juan Ignacio Muñoz

Emociones mezcladas

Roberto tiene 36 años, es de Misiones y va con el mate a todos lados. No viaja sólo, esta con Cristina, su pareja, y Ana su mamá: "Tuve una experiencia de vida fulera, un cáncer, y los Stones estuvieron presentes. Tenía la foto de Keith Richards detrás mío durante la quimioterapia. Me ayudaba escucharlos, me daba fe. Me motivaba. Salía de la quimio, me iba a casa y ponía un disco de los Stones. Este viaje lo quería compartir con mi novia y mi vieja porque siento que les debo algo por todo lo que me bancaron. Era un sueño verlos acá, y más aún con un recorrido histórico. Lo que uno ve en los libros, quería estar. Poder vivirlo. Que sea real”.

“El avión aterriza en el aeropuerto de Heathrow, en Londres. No hace falta que desde el control anuncien que se pueden desabrochar los cinturones. La ansiedad hace que ya estén parados y tratando de sacar el equipaje de mano. Una vez abajo, un grupo sale pavoroso a fumar los primeros cigarrillos después de dos aviones –hubo escala en Brasil- y 16 horas de vuelo. Llega el autobús que los traslada al hotel, y una vez arriba se escucha que un padre le dice a su hijo ‘Mira donde estamos’. El hijo no contesta, pero todos se identifican, y desde el asiento de adelante Pablo contesta ‘no lo puedo creer’. Y se escucha también a Georgina rematar ‘mira donde carajo estamos’.

Una vez alojados, no hay tiempo ni para una ducha. Así como llegaron, tiran la valija sobre las camas, y enfilan rumbo a Sticky Fingers, el bar temático que tiene Bill Wyman (ex bajista) y es visita obligada de cada fan del mundo. Se toman el diez, como si estuvieran en su barrio, y en unos 20 minutos llegan a destino. Fotos, fotos y más fotos en la puerta. Adentro los están esperando, con tres mesas reservadas en el fondo. Cuando entran, se acercan fans de Italia y Japón a sacarse fotos y afirmarles: ‘Ustedes viene acá, pero el sueño nuestro es ver a los Rolling Stones en Argentina’. Acto seguido, le piden, sí, le piden, que canten Olé olé olé. No cuesta nada el olé olé olé Richards, Richards. Tampoco el ‘Oh, vamos los Stones’. Tanto los esperaban, que al finalizar la cena, los encargados le dan a Juan Ignacio los regalos que dejó Wyman para Argentina: un box set y una remera firmada por él mismo que se sorteó entre el grupo.

La mañana siguiente los encuentra en la estación Russel Square bien temprano. Desde allí van a Charing Cross, otra estación donde toman el tren hasta Dartford, la pequeña ciudad que vio nacer a Mick Jagger y Keith Richards. La historia cuenta que un 17 de octubre de 1961, en la plataforma 2, se reencuentran Mick y Keith luego de haber compartido escuela primaria. Mick traía bajo el brazo un disco de Muddy Waters y otro de Chuck Berry. La música los une. Se abrazan, se toman el tren. Keith se baja en la estación Sidcup para ir a la escuela de bellas artes. Y Mick sigue hasta Londres, a la escuela de economía. El resto es historia conocida. El camino deciden hacerlo caminando, recorriendo cada detalle de Dartford. Casas bajas, arquitectura uniforme. Nada de edificios ni grandes oficinas. Mucho menos turistas. Las únicas personas ajenas a la vida pasiva del lugar son los 33 argentinos. La casa que habitó Keith Richards en su infancia hoy tiene una florería debajo, atendida por sus antiguos dueños. Los mismos que tenían la casa cuando Keef escribió sus memorias. De hecho en un mueble entre begonias y claveles descansa una foto de ellos y Richards. Amablemente dejan pasar a los visitantes al patio trasero, y todo parece una película en flash back. Las caras dominadas por emociones mezcladas. Los abrazos, las preguntas, la incredulidad de los vecinos, que salvo por la placa que indica que allí vivió un Rolling Stone, hacen caso omiso del hecho.

casa de Keith Richard con los dueños de la floreria

Apenas unas cuadras separan la casa de Keith y Mick. Hacia allí se dirige el malón, por la calle, y de un parlante suena “Beast of Burden”. Salen los vecinos, aplauden, felicitan, preguntan e indican. El habitante actual de la casa de Jagger no es tan amable, pero eso no impide la catarata de fotos y videos, ni siquiera que se escuche “Waiting on a friend”. Algunos acarician la puerta y lloran. Sergio se arrodilla, con la cabeza baja. Mano izquierda en el pecho, mano derecha levantada, sobre la puerta de madera. Dice o piensa unas palabras de agradecimiento. Una especie de ritual religioso observado con asombro en silencio desde las ventanas aledañas.

Casa de la infancia de Mick Jagger

Por la tarde, en el Soho, a metros de Carnaby, Bernard Fowler los recibe en una galería de arte, mientras firma sus discos como solista. Entre fotos les dice que le manden saludos a Charly García. Llega Darryl Jones y Emiliano le acerca “Vodoo Lounge” el primer disco que el bajista grabó con los Stones. ¿Cómo lo tiene encima? “Salgo siempre con algunos discos, por las dudas de que me cruce a alguno por la vida. Hace años, con la misma mochila, y los mismos discos adentro: Sticky Fingers por si veo a Mick Taylor, Black and Blue por si veo a Ron Wood, por ejemplo”. Cuando se hace de noche, la cita es en el Ealing Club, lugar donde supieron tocar en los comienzos, y donde conocieron a Brian Jones. El resto de las noches van a repetir la visita a antros que en los 60 cobijaron las noches de rock and roll londinense, como el Troubadour, y hasta el Gore Hotel, donde en 1968 presentaron “Beggars Banquet”.

Bernard Fowler

Celeste y blanco

Sin respiro, sin descanso, el día del concierto el primer objetivo es Richmond. Apenas asoman sus cuerpos en la estación, se ve el angosto y húmedo pasillo donde Andrew Loog Oldham, el primer manager y mentor de la estereotipada imagen Stone vio a un Jagger eufórico peleando con su novia, a escasos metros del Crowdaddy, y repasan: el mismo día que los Beatles le dieron ‘I wanna be your man’, tocaron allí con ellos entre el público. Hoy hay otro bar, pero los fans no se pierden la foto en los baños, donde antiguamente estaba el escenario. Luego de algunas pintas, se retoma la caminata hasta The Wick, la mansión que supo ser de Ron Wood, centro de reuniones de los músicos destacados de los 70, donde surgió la canción ‘It’s only rock & roll’.

Llegada a Richmond

Apenas una estación falta para llegar Twickenham. Alejandra viajó desde Mar del Plata. Su pareja y sus hijos, sin aniversario especial de nada, en lugar de unas medialunas, en el desayuno le dejaron un sobre con un regalo desde la pasión que había comenzado en el altar. Cuando se casaron, la canción que sonó en la iglesia no fue la marcha nupcial. Lo que se escuchó fue ‘You can't always get what you want’ con un coro de niños incluidos. “Y el vestido blanco tradicional, llevó como accesorio una chaqueta blanca con la lengua Stone” me cuenta con los ojos vidriosos conteniendo futuras lágrimas. En otro de los sorteos grupales, se acaba de ganar una entrada Golden para verlos más de cerca, y siente que es la persona más afortunada del mundo. Todavía antes de entrar hay tiempo para visitar el Barmy Arms, bar de Eel Pie Island, donde entre el 64 y 71 tocaron los Rolling Stones, y David Bowie, Pink Floyd, Black Sabbath, Génesis y Deep Purple, por nombrar sólo algunos.

El fan se sugestiona, claro, gobernado por la pasión. Pero algo flota en el aire. Algo les sugiere que esta será su noche más recordada. Esa insinuación representada por el ardor que se desprende del amor que roza la locura, tiene sentido preciso cuando descubren que el diseño de la lengua del día para el merchandising no lleva los colores rojo y negro tradicionales. Esta vez, sólo esta vez, el logo más destacado de la historia del rock se pintó de celeste y blanco. ¿Casualidad? Es lo que menos importa. Ese día, el día para el que viajaron a verlos mediante un esfuerzo demoníaco, la lengua tiene los colores de Argentina.

Como para que esta razón no sea el único puente que dote de cordura a la locura, en el medio del concierto desde el público vuela una bandera Argentina hacia el cuerpo de Keith Richards. Este la sujeta, la cuelga de su pantalón, y no se la saca hasta el final del show. Incluso cuando vuelve a los bises la lleva pegada a su cuerpo, colgada del pantalón. Una vuelta de más en Satisfaction, un dato fuera del esquema habitual, es tal vez el fundamento para pensar que fue la última canción que los Stones tocan en Londres.

Pablo se va del estadio llorando, recordando al gordo pety, su amigo de Wilde que se quedó en el barrio. Entre lágrimas mira al cielo y dice “Hoy Keith, te levantaste con los botines puestos”.

Cuentos de amor, locura y muerte

Así arranca el último día de la gira: el guía ingles explica sobre la campiña inglesa y señala los espacios en los que se encuentran las casas de Madonna, Jimmy Page y Sting. Luego dice que vio a los Stones en el 69, subido a un árbol en el Hyde Park. Y en 1971, por un accidente que no confiesa en un espacio que no recuerda, terminó viéndolos sobre el escenario. Difícil sospechar que ese anciano de buenos modales, fanático del Manchester United y de la Brujita Verón, alguna vez fue un rockero desaforado.

dentro del autobus

A los 33 habituales se suman otros argentinos y argentinas que están en Londres por los Stones. Hoy en total son 40 que se suben a un bus y durante tres horas recorren rutas inglesas que los transportan a Cheltenham. El objetivo allí es visitar la vida pre Londres centro de Brian Jones. Ya habían estado en la casa que Brian, Mick y Keith compartieron en el 102 de Edith Grove. Pero esto es distinto. Aquí, en Chelteham se encuentra su casa de la infancia, la de la adolescencia, el espacio de su funeral y su tumba. Pareciera que Brian nunca se fue de Cheltenham.

En la tumba de Brian Jones

En la casa de la infancia y la adolescencia se repiten las emociones, lo mismo que en The Rotunda, su bar preferido. Pero el cementerio fue otra cosa. Allí se detuvo el aire. No volaban los pájaros, el pasto no se movía. No hacía ni frío ni calor. Incluso no había paisaje. Era una hoja en blanco, con 40 personas siguiendo un sendero que los depositó en una lápida donde se lee “In affectionate remembrance of Brian Jones” la fecha de su nacimiento y la de su muerte. Y cientos de ofrendas. Alguien destapa una botella, sirve una copa, y pide un brindis por Brian Jones. Suena Paint in Black.

En la tumba de Brian Jones

Una vez fuera, volviendo al hotel para armar el bolso, los pensamientos comienzan a ordenarse. Mario de Caballito todavía no entiende y repasa cómo se dio todo: “trabajo haciendo trámites de gestoría automotor. Viene mi cuñado y me da los papeles de la transferencia de una camioneta. Estaban en un sobre papel madera, cuando saco los papeles, lo primero que leo es The Last Time. Me llamó la atención, pero no caía. Le digo que se confundió, que me está dando otra cosa. Pero me dice que siga leyendo, y ahí veo a mi hermana que me está filmando, llorando. Me paralicé. Me di cuenta que me estaban dando la posibilidad de ir a Londres a ver a Los Stones y conocer su historia. Yo no lloraba, no hacía nada. Cuando se fueron todos me quedé pensando si me merecía eso, si me merecía tanto”. Y Ale su cuñado, agrega: fue una fantasía. Porque para nosotros, nuestra generación, pensar en ir a Europa era como algo inalcanzable. Una utopía. Cuando Jagger habla en el escenario de Dartford, del Ealing, de Crawdaddy… Mick nombrando los lugares se conecta con su pasado, y conectamos nosotros. En Dartford entendí la felicidad de Richards en la estación que atraviesa la pantalla en su documental, y en su casa de la infancia sentí cuando en su libro recuerda el ruido de las bombas de la segunda guerra mundial. De alguna manera entendí como estábamos conectando a través de los Stones, experiencias de lo que se vivió. Lo que se hizo acá, lo que se experimentó, hay que tenerlo siempre presente, como un norte y ver que uno hace con eso”. Y Mario remata “ la pasión es inexplicable. Si los escuchás y te entran en el corazón, te cambian la vida”.

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