Empleada del Bordoll, Evelyn Schwarz, en medio de sus muñecas de amor. Ella las viste y las arregla. Todas las fotos: VICE

Fuimos al primer burdel de muñecas sexuales en Alemania

"Nunca tienes que preguntarle a una muñeca si está pasando un buen momento: solo tengo que preocuparme por satisfacer mis propias necesidades".

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nov. 19 2017, 1:00pm

Empleada del Bordoll, Evelyn Schwarz, en medio de sus muñecas de amor. Ella las viste y las arregla. Todas las fotos: VICE

Este artículo fue publicado originalmente en VICE Alemania.

El Bordoll se asoma entre una casa y un taller de metal en una silenciosa esquina del sur de Dortmund, en Alemania. La sencilla tienda de ladrillos rojos no pretende atraer demasiada atención: el signo de la entrada es pequeño y unas placas metálicas cubren las ventanas. Detrás de esa fachada, sin embargo, se encuentra la última novedad sexual de Alemania: el primer burdel de muñecas que acoge el país.

Evelyn Schwars, de 29 años, es la fundadora y Madame del burdel. El lugar ha funcionado como un burdel y un estudio de BDSM, pero desde abril de este año, el sitio dio inicio a su nueva oferta: sus clientes ahora tienen la opción de coger con alguna de las 11 muñecas sexuales, pagando 50 euros (1,116 pesos) por 30 minutos, u 80 euros (1,787 pesos) por hora.

Un miembro del personal del Bordoll prepara a la muñeca para su próximo cliente.

Los entusiastas de las muñecas sexuales de tamaño humano pueden escoger entre 70 burdeles de este tipo en Japón, mientras que el de Barcelona apenas abrió sus puertas en marzo de 2017. Desde una perspectiva netamente comercial, Schwarz quiso llevar el concepto a Alemania. "La muñecas son trabajadoras ideales", me cuenta mientras entramos al lugar. "Siempre están aquí porque no se enferman, siempre lucen bien y ofrecen los tres huecos sin quejas ni precios extras".

Pero, ¿quién paga por coger con una muñeca? "Tenemos un gran rango de personas", explica. "Desde chicos de 18 años hasta señores de 80, desde desempleados hasta jueces prominentes". Schwarz estima que el 30 por ciento de sus clientes sólo quiere probar qué se siente tener sexo con una muñeca, mientras el restante 70 por ciento se convierten en clientes fijos. Muchos de sus clientes viajan largas distancias sólo por tener la experiencia: algo que se explica por la calidad de sus muñecas.


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"Estas chicas representan los estándares de las Next Top Models", presume. "La mayoría de los hombres se sentirían intimidados si tuvieran que acercarse a una chica real que luciera así de bien".

Anna es la muñeca más solicitada del burdel.

Mientras me da un tour por el burdel, Schwarz señala que muchos de sus clientes prefieren a las muñecas porque no son seres sensibles. "Muchos se sienten libres de intentar cosas que han visto en pornos", dice. Algunos de ellos, sospecha, nunca han cogido con una mujer porque "son tímidos; les temen a las mujeres". Para otros, en cambio, las muñecas ofrecen una alternativa. "Sus esposas y novias tienen sus propias necesidades, mientras una prostituta en un burdel tiene sus límites, sexualmente hablando. Pero nuestras muñecas hacen todo lo que ellos desean, cualquier posición que se les ocurra".

Me cuenta que uno de sus clientes se lo explicó un día de manera directa. "Él dijo: 'sé que lo que hago aquí es extraño y rarito. Pero normalmente cuando quieres coger tienes que considerar a la otra persona. Nunca tienes que preguntarle a una muñeca si está pasando un buen momento: solo tengo que preocuparme por satisfacer mis propias necesidades".

Una selección de juguetes sexuales que ofrecen a los clientes.

El lobby huele a cigarro y al aromatizante que utilizan para camuflar el aroma. Hay dos sofás de cuero negro, una silla y un televisor de pantalla plana proyectando porno. En la habitación continua puedes escuchar los gemidos de una trabajadora sexual y su cliente: un recordatorio de que en este burdel aún hay clientes que prefieren a las mujeres por encima de las muñecas.

En la fase de prueba inicial, las muñecas solo podían reservarse los domingos. Pero muy pronto, la demanda fue tan alta que Schwarz tuvo que dedicarle seis habitaciones de su empresa recibiendo comentarios halagadores sobre la experiencia en la página web del burdel. "Mis altas expectativas fueron ampliamente superadas. La pasé increíble y el tiempo voló. Quedé destruido después de eso", escribió un cliente feliz aunque menciona que "Naomi era muy pesada y sus articulaciones seguían algo duras". Otro describió que coger con una muñeca fue "95 por ciento" igual que acostarse con una mujer de verdad.

Todos los clientes que usan muñecas deben utilizar lubricantes para que no se rompan.

A la vista en el lobby está Sabrina, con sus labios falsos pintados de rojo y sus pestañas postizas sobre sus ojos de plástico café. En el producto se listan sus especificaciones así: "vagina: 18 cm; ano: 16 cm; Oral: 13 cm; sin pelo público". Schwarz pagó alrededor de 2,000 euros (cerca de 44,600 pesos) por Sabrina. "Se doblan relativamente bien. Las tetas de Sabrina parecen dos tomates demasiado maduros, aunque sus pezones se sienten más auténticos. Su piel de silicona se pega a mi piel como masa de galleta".

"Anna es la estrella del grupo", dice Andrea, quien ayuda a Schwarz a administrar el lugar. "Todos los que vienen la piden". La mujer de 55 años señala a la rubia de ojos azules de un metro y medio, acostada en el sofá opuesto. "A la primera Anna se le rompió el hueso de la espalda" dice Schwarz. "Esta es, de hecho, la Anna número dos".

El salón donde los clientes esperan a que las muñecas estén listas para ellos.

Hoy, Andrea trabaja en el turno de la mañana: respondiendo el teléfono, saludando a los clientes, limpiando las habitaciones y preparando a las muñecas. La preparación implica recoger a la muñeca usada de la habitación y desinfectarla. Después, Andrea las peina y las viste con lencería y medias de nylon. Andrea no quiere ahondar en los detalles del proceso de limpieza, que puede tomar hasta 30 minutos. Son trucos secretos de la casa, dice.

Mientras caminamos y Andrea inspecciona a las muñecas, se vuelve cada vez más difícil ignorar un detalle perturbador que caracteriza a todas las muñecas: tienen facciones infantilizadas.

"La muñecas son muy mujeres", responde Andrea replegándose mientras le pregunto si se siente cómoda con la idea de que los clientes sean cariñosos con algo inerte que luce tan joven. "Tienen colas, caderas, y grandes tetas. No hay nada de infantil en ellas".


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Como sea, el burdel se encarga de atender a los clientes con "salones de fetiches sexuales". Hay una habitación ambientada con escritorios y pupitres. Pero Andrea es categórica en insistir que el lugar solo ofrece una alternativa, un espacio seguro para que las personas cumplan sus fantasías.

Antes de mi partida llega un nuevo cliente. Andrea lo recibe calurosamente y le entrega la muñeca que seleccionó y reservó en línea. "¿No es linda?" le pregunta ella. Él asiente con consentimiento. En su habitación, encontrará una selección de porno, una variedad de juguetes sexuales, condones y lubricante. El lubricante es obligatorio: es una política de la casa para proteger a las muñecas de posibles desgarres. También hay una prohibición general: no se pueden morder ni arañar a las muñecas.

Hasta ahí llegan las reglas. Aunque mayoría de personas deja a las muñecas en buen estado, según dice Schwarz, una vez un hombre penetró de manera bastante literal a la muñeca de silicona.

"El creó otro hueco" ríe Schwarz, mientras enciende un cigarrillo que saca de un caja metálica que tiene una imagen del Che Guevara. "Es probablemente lo mismo que me pasa a mí, hago las cosas como las hago, tal como él hizo (...) Todos en la industria se rieron de mí cuando empecé con la idea de introducir a las muñecas en el burdel. Pero nadie parece reír ahora".

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