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Así fue crecer en: Tampico

Extraterrestres, inundaciones, tortas de la barda, petroleros y raves en hospitales abandonados. Para mí, Tampico era el ombligo del mundo.

Cuando tenía cinco años, soñaba con el día en que Tampico saliera en televisión nacional. Creo que fue más o menos a esa edad cuando me di cuenta de que vivía en un lugar donde nunca pasaba nada. Para mí, claro, era el ombligo del mundo. Todo lo que conocía era aquellos paisajes —las flores diminutas de los árboles de mango tapizando las aceras, los barcos adentrándose en el muelle⎯ , y no me conformaba con ver a través de la pantalla los edificios del Distrito Federal o playas tan ajenas rodeadas de acantilados.

Durante una temporada me obsesionó encontrar algo especial en la ciudad; algo que no fuese sólo cierto para mí, sino evidente para todos. Mi papá, quizá sin saber muy bien qué contestar, me hablaba de las antiguas glorias del puerto petrolero, de Pepito el Terrestre (alguna vez el hombre más alto del mundo), del Siete Mares y su sueño guajiro de acampar unos días más en Miramar. En la televisión local transmitían todas las mañanas una canción del doctor Sierra Flores que aprendí y no dejo de cantar desde entonces: "yo nací al arrullo del río, entre verdes manglares donde calienta el sol".

En realidad, nací un día de muertos en medio, dicen, de una helada legendaria. Mi papá trabajaba en el Hospital Civil de Ciudad Madero, municipio de la zona conurbada que prácticamente está unido a Tampico. Pasé ahí tantos días de la infancia que para mí los hospitales tienen un aire de hogar mezclado con resabios de genuino terror, fruto de las historias de fantasmas que escuchaba en los pasillos. Muchas noches, mi hermano, mi mamá y yo esperamos en el estacionamiento a que mi papá terminara su turno. Ella nos invitaba a jugar —ahora entiendo el propósito— a las estatuas de marfil, uno, dos y tres así; un juego soso que nunca gané porque mi hermano aprovechaba cualquier descuido para hacerme reír y, por tanto, moverme. Muy pronto aprendí que la hermana menor está destinada a perder, aunque ilegalmente, al menos por unos años. La verdad es que tampoco me importaba mucho; yo prefería ocupar esos minutos en escuchar historias. Entre el temor y la curiosidad, le pedía a mi mamá que nos contara otra vez la leyenda de doña Cecilia, a quien debe su primer nombre ciudad Madero, que en la voz de los locales se convirtió en una especie de femme fatale que seducía a los arrieros para robarles fortuna. "No, porque después no puedes dormir", sentenciaba.

Los domingos desayunábamos gorditas, zacahuil o tacos de cochinita en la Subestación. Para nada se parece a la cochinita original, pero en Tampico nunca ha faltado el talento para hacer y rehacer platillos que al principio pueden parecer un tanto extraños. Ahí están, por ejemplo, las tortas de la barda —llamadas así porque originalmente se vendían junto a la barda entre la aduana y el ferrocarril— que incluyen demasiados ingredientes para una sola torta.

En la Subestación, las filas eran larguísimas. Había que esperar media hora o más, que ya es decir bastante para aquellos años y para el tamaño de la ciudad. El dueño, don Esteban, era un hombre que recuerdo por su sonrisa y ese aire de indolencia, de felicidad absoluta, que algunos cuantos afortunados adquieren con la edad. Siempre estaba fumando y cuando el negocio creció, abandonó la vitrina y se limitó a dar instrucciones con su voz rasposa o a saludar a los clientes como la celebridad que era. A mí me regalaba chicles Totito.

Fuera del universo doméstico, la vida en la ciudad era un poco menos que un día de campo. Los fines de semana el paseo obligado era la playa. Había apenas unos cuantos hotelitos y los abetos oceánicos cubrían buena parte de lo que ahora forma parte de la avenida. Ahí nos atascábamos con trolelote (nombre local de los esquites), mango con chile, jaibas rellenas con salsa Pulpito y demás chucherías. Los niños nos dedicábamos a enterrarnos unos a otros, con cola de sirena y toda la cosa, o a juntar conchitas de mar, mientras los adultos arreglaban el mundo desde la palapa o contaban chistes y bailaban al ritmo de la cumbia hasta el anochecer. En Tampico hace tanto calor que recuerdo haber pasado los días de la infancia con muy poca ropa encima. Todavía no éramos tan conscientes del cuidado del agua (y agua era lo que sobraba), así que por las tardes jugábamos a los manguerazos mientras esperábamos al "señor del caballito" que vendía nieves en la colonia. Ahora pienso que ese hombre pudo haber hecho de nosotros lo que quisiera; tal como a un flautista de Hamelín lo habríamos seguido hasta el fin del mundo porque el solo sonido de la campanita y los cascos del caballo sobre el concreto bastaban para amotinar en la esquina a todos los niños de la cuadra.

Por las tardes íbamos de vez en cuando a Plaza Palmas, el único centro comercial que hubo durante años. Aunque casi nunca me compraban nada, me gustaba visitar Truquibromas, una tienda en la que vendían todo tipo de artefactos para burlar, desde la clásica pluma que disparaba agua hasta el innovador cojín pedorro. También visitábamos el Macalito —algo así como McAllen chiquito— que en esa época era el mejor lugar para encontrar fayuca gringa a buen precio. En el centro, la dinámica no era muy distinta a la de cualquier otra ciudad de provincia; dábamos tres o cuatro vueltas; entrábamos a bobear a Casa Ceja, a Melik, a las Novedades, y terminábamos la tarde con unos churros en el café Elite, una nieve en la Minerva o un agua en el Globito. Nunca faltó la música, el baile a media calle; en la Díaz Mirón se apostaba la marimba (que sigue ahí), y más allá, en los alrededores del mercado, tríos de huapangueros. Si nos sobraba tiempo, nos enfilábamos a la Plaza de Armas para alimentar a las palomas o a las ardillas que se aglomeraban alrededor del enorme kiosco de cantera rosa, un pulpo de piedra.

No tuvimos televisión por cable ya hasta bien entrado el siglo XXI. Para mi papá, la variedad en la programación de las televisoras nunca ha sido un asunto que merezca importancia. Así que durante toda la niñez nos chutamos la tele abierta y los programas locales: las noticias con Núñez de Cáceres, Foro de Lubín Jiménez o Sábados llenos de sabor Escuis, un programa infantil patrocinado por la cocacola y conducido por un grupo de payasos que tenían ese look un tanto aterrador característico de los payasos ochenteros. Además de surtirnos de caricaturas, organizaban concursos de yoyo, de lotería, de canto e incluso una especie de rally: escondían un premio en las calles de la ciudad y todas las crías salíamos desesperadas, dispuestas a taclear, a empeñar las rodillas o los codos a cambio de victoria. Yo, por supuesto, represento a los niños frustrados que nunca tuvieron talento como para participar en ninguna de esas cosas; vaya, ni siquiera conseguí alguna vez comunicarme a la televisora para "mandar saludos". Siempre me respondió el tono de ocupado y jamás se me hizo conocer ni a Copetín ni a Sonny ni a Cascarín ni a Cuadritos ni al Mago Lucas. De todos ellos, creo que me habría gustado conocer a Cascarín, nada más para hacerle ver personalmente la urgencia de programar un maratón He-Man, la única caricatura que mi hermano y yo podíamos ver de común acuerdo, es decir, sin irnos directo a las luchitas.

La primera vez que vi a Tampico en la televisión nacional fue justo en la época en la que más lo deseaba. Tampico está rodeado de agua, de lagunas, de ríos, de mar. En 1988, Gilberto amenazó con tocar las costas de la ciudad. Mi papá nos contó de su propia infancia, de sus propios huracanes, del Hilda 55, del Inés 66. Mala cosa. Son pocas las colonias de Tampico que no se inundan y a partir de ese día tuve la convicción de que un buen día el agua nos iba a llevar a todos, de que íbamos a desparecer, sumergidos con todo y nuestro pulpo de cantera. Del Gilberto aprendí la palabra "víveres", y aunque me daba miedo la inundación, también me atraía la idea de permanecer despiertos a la luz de las velas, consumiendo nuestros víveres mientras mi mamá, que agarró talento improvisando, me contaba cuentos bien extraños que armaba con retazos de todas las historias que le venían a la cabeza. Recuerdo que mi papá encintó los ventanales con ayuda de mi hermano; formaron cruces que permanecieron en las ventanas por más de un lustro. La luz se fue pocas horas, pero se me quedó en la memoria el aroma a la cinta canela, mezclado con el de la parafina. Para mí ese fue durante la niñez el olor del huracán, el de la víspera, porque en realidad no entendía muy bien el peso de esa palabra. Finalmente, Gilberto llegó a La Pesca e incluso cruzó Tamaulipas y alcanzó Monterrey, montañas de por medio. Fue ahí cuando se comenzó a extender la leyenda de la existencia de una base alienígena en Miramar que, además de ocuparse de sus asuntos extraterrestres, desvía todos los huracanes que se acercan a la zona. Incluso, hace muy poco se erigió en la playa un busto —supuestamente para atraer al turismo— en honor a nuestros protectores.

Por esos mismos años, inauguraron el Puente Tampico, que une Veracruz y Tamaulipas, y que se ha convertido en algo así como el emblema de la ciudad. Recuerdo que muchas veces le pedía a mi papá que nos llevara a cruzar el puente. ¿A qué? Nada más. A cruzar. A ir de Tampico a Pueblo Viejo. A atravesar el río desde las alturas. Casi siempre íbamos en auto, pero el único día que crucé a pie supe que sería el último. El piso temblaba al paso de los camiones y yo sentía que el viento, que azotaba con fuerza, me iba a hacer perder el equilibrio y, vaya uno a saber cómo, llegar hasta el fondo del río.

Tampico volvió a ser noticia meses más tarde, cuando se llevaron a La Quina, el líder sindical de los petroleros. Ese día helicópteros como enormes moscas de metal sobrevolaban la ciudad. La Quina era en la ciudad una leyenda viviente. Una especie de Robin Hood. Yo fantaseaba con conocer sus granjas de peces, cosas que oía de los adultos, y que siempre imaginé más bien como un sembradío multicolor; me gustaba también el nombre de las tiendas de los petroleros, "La Pirámide", y comprar sabalitos ahí; me gustaba, creo, la palabra petroleros, sus uniformes y ver la llama de Refinería ondeando a la distancia. El día que se llevaron a Joaquín Hernández Galicia, mi mamá fue temprano por nosotros a la escuela. Así, me parece, lo hicieron todas. "Aquí todo se echa a perder", escuché decir a alguien. Después recuerdo sólo la prisa, los murmullos de las maestras, el miedo y a mi eterno amor de la prepri llorando como hacía cada mañana mientras su mamá lo arrastraba hasta la entrada.

Poco a poco me fue dejando de interesar si Tampico salía o no en la televisión. Unos meses más tarde se transmitió una telenovela grabada en la ciudad y eso, quizá, provocó que me olvidara del asunto. Sólo cuando fui más grande volví a tener esa sensación de que en Tampico nunca pasaba nada. Nada de importancia. No había mucho más que hacer que ir al cine —donde la sociedad mandaba que había que ir vestido casi de gala—, a algún "antro" (que sí había varios y para todos los gustos, desde el rodeo hasta barecitos troveros o Byblos, donde llegaban también conciertos), a pescar, a pasar el rato en la plaza comercial o a la ya rehabilitada Laguna del Carpintero para observar por horas a los cocodrilos. Para mí lo mejor era ir durante la noche. Las luces dibujaban cortinitas de luz sobre el agua y cuando uno ya había quedado hipnotizado viendo la superficie, saltaba la sombra de un cocodrilo que te devolvía a tu justo lugar en la cadena alimenticia: casi por encima de los mosquitos, pero debajo —muy debajo— de esos reptiles. Por esa época, comenzaron a organizarse raves cerca de la playa, en las ruinas del Hospital Naturista que La Quina había llevado a la ciudad. Ahí también las luces hipnotizaban; ahí también siempre pasaba algo que te devolvía a tu justo lugar en el mundo. Después de la aprehensión de Hernández Galicia, el hospital —que en sus tiempos de gloria ofreció todo tipo de terapias alternativas, desde magnetoterapia a iridología— fue quedando en el olvido. Los grafiteros aprovecharon bien las paredes. De los que íbamos a la fiesta, pocos sabíamos lo que en realidad había representado ese edificio para el quinismo.

Yo me aficioné al centro de la ciudad, ese punto donde Tampico es muchos: el de los jubilados de la Plaza de la Libertad, el de los merolicos y cargadores del mercado, el del Bar Palacio, el de las cantinas de "mala muerte" que más bien fueron tantas veces de buena vida o el del extinto café Mundo donde esperaba todo los días el "carro de ruta" de regreso a mi casa y desde donde salí corriendo en medio de una especie de declaración de amor.

En realidad la pasaba bien porque la ciudad era para mí un gran patio de recreo. Había pocos sitios prohibidos. Podíamos pasar la madrugada sentados en un parque, en la laguna del Chairel, afuera del cementerio o en el malecón tomando litros de Cheetos, la famosa cantina que está rumbo a la playa y a donde nos escapamos más de una vez en horario escolar. Teníamos toda la libertad para ir y venir, para experimentar y hacerlo todo mal, seguros de que no habría mayores consecuencias. Pero en aquel momento eso no me era suficiente. Quiero decir, la vida "provinciana". La adolescencia puede enloquecer a cualquiera y yo envidiaba el ajetreo de las grandes ciudades; con frecuencia me rondaba la idea de irme. Llegué a pensar que era cierto que en Tampico nada duraba: me lo confirmaban los mangos pudriéndose en abundancia sobre las calles, el calor y la humedad que destruían las paredes y los recuerdos, la amenaza constante de inundación, la premura con la que había que meter al refrigerador cualquier cosa para comer; antes de que oliera mal, antes de que llegaran las moscas.

Fui a la universidad en una ciudad con paisajes montañosos, como esos que miraba de niña medio con envidia, medio con recelo. Y como es natural, sólo lejos el puerto se reveló como un verdadero hogar y yo como una orgullosa provinciana. Años después volví a escuchar de Tampico en la televisión nacional; era una nota de Carlos Loret de Mola, llamada "Un día en Tampico", donde se hablaba de la violencia que azota la ciudad desde hace años. En automático recordé aquellos días en los que imaginaba la catástrofe aunque con un rostro distinto: el del mar recuperando terreno, el de la ciudad en ruinas bajo el agua. A la distancia, me ha dado por pensar que la inminencia de la destrucción, de lo que de un momento a otro puede terminarse, ha propiciado un ánimo particular en los tampiqueños: carpe diem. Hay, claro, quienes se fueron; los que desearían marcharse si pudiesen. Pero hay otros para quienes quemar las naves nunca ha sido una opción real. Pienso por ejemplo en mi padre, uno de los hombres que todavía sabe lo que significa un huracán. Permanece ahí, en nuestra casa, quizá con la remota certeza de quienes crecimos en el puerto bajo la amenaza constante de inundación: cuando todo parece terminar, es porque habrá de resurgir, nuevo, de entre el agua, de entre los escombros. Y ese día, cuando llegue el huracán, yo también quiero estar ahí.