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Mujeres guerreras

En La Esperanza, Guerrero, las chicas se parten la cara para pedir una buena cosecha.

Fotos por Rodrigo Cruz

En mayo de cada año, los campesinos del pueblo nahua La Esperanza, en el estado de Guerrero, preparan sus tierras para sembrar. Pero la fortuna de tener una buena temporada de lluvias, no sólo dependerá de ellos, sino de todos los habitantes de la comunidad. Por eso, al tiempo que se aran los campos y cuidan las semillas, los pobladores se preparan para la ceremonia de petición de lluvias y fertilidad de la tierra. En esta fiesta ritual piden agua abundante para una cosecha generosa, lo que representará un buen año para la comunidad.


Antes de pelear, las mujeres de esta comunidad nahua preparan un banquete en casa del comisario municipal.

Las mujeres deben pelar y regar la tierra con su sangre. Durante mi primera visita a La Esperanza, en 2007, llegué con Norma. Aunque vive en Chilpancingo, es originaria de esta región y su familia tiene la tradición de participar en esta ceremonia.



El día en que inicia esta celebración, las mujeres se levantan muy temprano para reunirse con las esposas de las autoridades, en casa del comisario municipal. Guajolotes, pollos, pozole, mole, arroz, huevos cocidos y tortillas se preparan en grandes cantidades para compartir con los funcionarios y sus familias. Pero esta mesa también recibe a cualquier persona del pueblo que quiera asistir; sólo es cuestión de llevar un recipiente para que las mujeres lo llenen con comida.



Al mediodía me dirigí al Cruzco, un lugar sagrado donde se encuentra un manantial y el pueblo se reúne para ofrendar flores, comida, copal, ceras, rezos y música a sus deidades. Por la tarde, la gente del pueblo enfiló hacia una pelea ritual para pedir lluvia. En camionetas o caminando, a través de las calles y campos de cultivo, poco a poco las personas iban transformando el paisaje.

Acompañado por algunos pobladores, llegué a un terreno que se convertiría en un campo de batalla, en los límites de La Esperanza y comunidades vecinas. Había docenas de personas protegiéndose del sol en la sombra de los árboles, esperando la llegada de los pueblos adversarios. Conforme llegaban se formaba un perímetro humano. Las comunidades vecinas comenzaron a ocupar su lugar. Frente a frente, una a una, las mujeres observaban, buscaban y retaban a sus contrincantes para iniciar la pelea. Las mujeres jóvenes eran motivadas y aconsejadas por sus madres o abuelas, quienes en años anteriores, fueron las guerreras.



Podía escuchar gritos de apoyo retumbando desde ambos lados. Las mujeres se enfrentaban sin ningún temor. Antes del encuentro, se sujetan su cabello, se despojan de anillos y de todo lo que les estorbe. Se saludan y comienza la pelea. Algunas mujeres agarran un puñado de tierra para secar el sudor de sus manos; se observan una a la otra y, cerrando los puños, lanzan el primer golpe. Atacan, cierran los ojos, se defienden, esquivan y en ocasiones, piden tregua para limpiarse la sangre que escurre de sus fosas nasales. Después continúan. No se trata de ganar o perder. No se trata de revanchas ni de venganzas. Se trataba de una ofrenda a la tierra.



Después de varias peleas, comencé a percibir el olor a sangre que se derramaba en los encuentros. Parecía que el dolor no detenía a estas mujeres. Cuando empezó a oscurecer, las mujeres, a puño limpio, no dejaban de pelear.



Una vez que cayó la noche por completo, todos regresamos a la comunidad. Por las calles me encontraba a cada mujer combatiente que regresaba a su casa con el orgullo de ser una guerrera, con la seguridad de que su sangre se había esparcido en la tierra, y que —en su profunda creencia— esperaba que esta ofrenda fuera aceptada y recompensada con un buen temporal.