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Cinco cosas que comes en México que les produce envidia a los gringos

La población estadunidense se ha dejado seducir por el sazón mexicano de una forma que nos sorprende a los que crecimos allá y nos acordamos de los tiempos del Taco Bell.

Por si no han visto las noticias, la comida mexicana es más querida que nunca en Estados Unidos.

La cosa ya se ha convertido en una obsesión nacional. Como lo documenta la banda pocha del otro lado —escritores como Lesley Tellez, Gustavo Arrellano y Jonathan Gold — la población estadunidense se ha dejado seducir por el sazón mexicano de una forma que nos sorprende a los que crecimos allá y nos acordamos de los tiempos del Taco Bell.

Antes, el gringo típico no tenía ni idea de lo que era la comida mexicana más allá de lo rápida y furiosa: tacos congelados, burritos y fantasías inventadas como la chimichanga y los nachos, aunque es cierto que estos últimos ya se consumen en México. Los mexicoamericanos, incluso en el Southwest, sí teníamos los taco shops y el “Taco USA”. En zonas muy mexicanas, los restaurantes mexican american existían, mezclando los antojitos mexicanos con la comida casera que se consume en hogares mexas. Pero nada de eso se compara con lo que tienen ahora. Actualmente hay restaurantes gourmet de gastronomía regional en los centros de las grandes ciudades como Nueva York y Los Ángeles: ya pueden comer cuisine de alto nivel yucateca, oaxaqueña, defeña y hasta norteña high-class. Y los clientes son de todo tipos, entre anglos, afroamericanos, asiáticos y pochos que buscan renovar sus raíces.

La cosa ya está medio loca; en el barrio históricamente mexicano de Boyle Heights, Los Ángeles, por ejemplo, ya tienen puestos que venden pambazos al estilo DF.

Aunque los últimos treinta años de migración mexicana al otro lado ha producido una explosión reciente de lugares donde comer mexicano regional ya significa “tener cultura” en el contexto local, sigue habiendo cosas que hasta los norteamericanos más obsesionados no pueden obtener tan fácilmente como nosotros. Y los gringos se están dando cuenta, con gran frustración, que mucho del hotness de la comida mexicana se debe al incremento en épocas recientes de viajes y estancias que hacen a México, en particular, al Distrito Federal.

Dicen, en primer lugar, que las cosas acá simplemente saben “diferentes”.

Lo puedo confirmar; cosas básicas como la tortilla hecha a mano o las salsas taqueras son difícilmente replicadas en el gabacho. ¿Será algo en la tierra que tenemos acá? ¿En el aire? O, para bien y para mal, ¿en el agua? Sea lo que sea, me ha tocado ver cómo los visitantes se quedan atónitos con lo que están tragando. Lo he visto en el DF en puestos de tacos, mariscos y de antojitos. A veces, te lo juro, lloran.

No importa si tienes o no visa, debes —como buen compatriota mexicano— vivir con orgullo de saber que cada residente norteamericano que conoce tu comida se muere de envidia por lo que no puede encontrar allá, y que tú comes aquí casi diario, por lo menos, en la cuenca del valle. ¿Y allá por tus rumbos qué te dicen los primos pochos?


Una quesadilla de huitlacoche con queso, esquina de Mérida y Colima, Colonia Roma, 2013.

Maíz azul. Mi mamá a veces se rifaba tortillas de harina hechas en casa. Del comal directo a la servilleta, con un poquito de mantequilla que se derrite al instante, así de simple; fue una de las grandes delicias de mi juventud. Como el Southwest es colindante con Baja California, Sonora y Chihuahua, se practica de forma general la cultura de la tortilla de harina. La de maíz se empezó a ver más en el Norte con el incremento de migrantes de zonas sur y centro de México, como Oaxaca, Yucatán, el Valle y el Estado de México, aunque Gustavo me comenta vía correo que “estudios demuestran que migrantes mexicanos en el Norte luego prefieren tortillas de harina cuando tienen más tiempo viviendo aquí”. Luego, para los aficionados, ya podemos ir a los mercados mexicanos como Northgate y Pancho Villa’s en San Diego, donde mi familia y yo vamos de compras; ahí pueden adquirir paquetes de tortillas de maíz azul, que se consume entre las comunidades indígenas nativos del otro lado. Está de moda porque le recuerda a la gente las quesadillas del antiplanto. La tortilla hecha a mano, de ese maíz de color seductor, como ceniza de algún mar, y los guisados de flor de calabaza, de huitlacoche y de queso (un duh incomprensible para mí). En fin, las señoras a quienes les compras las quesadillas de desayuno en la esquina cada mañana acá difícilmente podrían compartir este ritual contigo si vivieras en USA. Esa realidad duele.


Chapulines, 2012.

Botanas. Y las más locas, como los chapulines, vienen siendo una fuente de enorme desesperación cuando un estadunidense regresa a su tierra después de comer en México. No me refiero en este instante a los platillos de tiempos que se sirven como botana en muchos lugares, me refiero a los cacahuates o totopos mezclados con chile seco o algo así, que llegan a tu mesa al momento en que te sientas en una cantina o un bar que merezca tu varo. Adoro los chapulines y los charales, esos pescaditos de río fritos. Por cierto, de las mejores variedades de botanas mexicanas son las que provienen del estado de Oaxaca, incluyendo los famosos cacahuates oaxaqueños, con el ajo tostado y el chile tentador. En una cantina en Oaxaca que me llevó a conocer una mañana el Dr. Lakra, comí algo con mi Modelo Especial de las 12 del día que nunca olvidaré. Nos dieron un plato de cueritos y pata de puerco enchilados con limón y con salsa Maggi. Venía con palitos para picar. Y así empezó todo un “día” de chupar que acabó dos días después. En todas las estaciones hubo botanas. 


Mezcales de cortesía del Bar Bósforo, Ciudad de México, 2011. (¡Gracias de nuevo, guys!)

Mezcal barato. Para darte un ejemplo, veamos la carta de Mayahuel, un conocido restaurante que se especializa en mezcal, sotol y tequila, en pleno Manhattan. El mezcal más barato que venden cuesta 12 dólares. Un mezcal. El más caro, el tobalá de la marca exportadora Del Maguey (estos descarados son dueños del URL mezcal.com), cuesta 30 dólares, es decir, 400 pesos mexicanos según el tipo de cambio de hoy. ¡Una onza! Reconozco que todo cuesta más en la Ciudad de Nueva York, pero precios como estos son una verdadera injusticia. En la Ciudad de México, podemos tomar mezcal artesanal, gracias a la Mayahuel y los dioses relacionados, por unos 50 pesos, o sea, 3.74 dólares. Y en Oaxaca puedes comprarlo por pesos y en una botellita de plástico, onda “¿Me da diez pesos de mezcal?” Entonces, ¿en dónde prefieres mezcalear?


Refresco regional Rey, Mitla, Oaxaca, 2011.

Refrescos. Es sabido que los gringos tienen una obsesión con la “Mexican Coke”. Ha llegado a un nivel que parece como traición a la patria. El tema del sobreconsumo de la Coca-Cola en México es para otro día. El dato relevante de hoy es que la Coca-Cola mexicana es producida con azúcar de caña, y la gringa, créalo o no, contiene sirope de maíz para endulzarlo. Después de tomar Coca-Cola en México, con unos huevos y frijoles, quizás, o con un plato de birria, al estadunidense típico ya no le hace sentido la Coca-Cola gringa. La ve y se deprime. Y luego sale al mercado mexicano más cercano para comprarse cajas tras cajas de Mexican Coke. Más allá, hay refrescos hechos en México que no se conocen mucho en USA, como Lulú y Pascual, que he aprendido a apreciar y comprar cuando los veo. Tienen un sabor de lo que se podría llamar refresco verdadero, frío y burbujeante.


Un pulquito blanco de sorpresa en el Bósforo (ya, fue el sábado), 2013.

Pulque. El pulque —como los cenotes y el amor— es tan misterioso y valioso para mi ser que encuentro difícil escribir sobre él. ¿Qué puedo decir que no sea inútil frente a esta grandeza del planeta? El aguamiel de maguey fermentado se ha consumido en lo que ahora se conoce como México desde hace más de dos mil años. Es la bebida sagrada del continente americano. Llega la colonia, y casi desaparece. Llegan nuestras generaciones, y la revivimos. El pulque no se puede exportar, es así de simple el asunto. Una vez probé el pulque enlatado —así es, han tratado de meterlo en latas— y… no nos fue bien. No era pulque. Le di un trago y me enojé. Tengo amigos que cuando me visitan, toman pulque antes de regresar al aeropuerto para que se lleven un poco de pulque fermentando en sus estómagos cuando cruzan la frontera a 30 mil pies de altura. Hay gente allá que sueña con pulque. Hay gente que al primer lugar donde quieren ir a regresar a México, es una pulquería; cualquiera, no importa. Por eso, tómense su pulque, que es nuestro milagro compartido. Y que los 400 conejos los bendigan.

Desde luego, siempre hay otro lado de la ficha. ¿Qué dijo una amiga de Oakland, California, la otra noche después de pasar un mes viajando en México? What am I going to eat when I get home? A burrito, a fucking burrito! I miss Mexican American food, a lot.[1]



[1] “¿Qué voy a comer cuando regrese a casa? Un burrito, ¡un pinche burrito! Extraño la comida mexicoamericana, mucho.”

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@longdrivesouth

Anteriormente:

Para los males mañaneros, al lugar donde el café reina

Lee más en nuestra columna semanal de comida, Mal del puerco.