Cultura

Ficción: El ataque de los hurones

"Son horribles, desaseados y transmiten enfermedades cutéaneas".

Nos gustaban los programas de televisión sobre perros, gatos y cerdos que empleaban su tiempo —siempre corto— en piruetas y otras gracias. Alguna ocasión un siamés —con pinta de malvado— se acercó a una bañera donde un niño —con pinta de oligofrénico— jugaba a la Cuarta Guerra Mundial. Era fácil saber que era la cuarta y no la quinta, la tercera, la segunda o la primera: bastaba observar la sonrisa siniestra del menor. El felino, sigilosamente, tomó un tanque que flotaba, por una extraña razón, en el agua sucia de sudor y orines. Sin maullido de por medio, empujó el artefacto bélico y hundió cuatro aviones del enemigo. El muchacho arrojó lejos al gato, que voló medio segundo y cayó en el escusado. Mariana rió como loca. Siempre le ha causado gracia que los humanos maltraten a los animales. El asunto no quedó allí. El siamés —molesto y con pinta de pervertido— se lanzó a la cara del infante —que para ese momento tenía pinta de estólido— y le sacó un ojo. La bola blancuzca quedó colgando de la cuenca del chico —ahora con pinta de tuerto— y me tocó el turno de reír. Mariana se molestó conmigo y me dijo que eso era todo, que ya no teníamos nada en común y que si prefería la maldad de la fauna doméstica bien podía irme a vivir lejos de ella, amante de la humanidad y las buenas causas.

—Mariana —le dije quedito—, ese muchachito orate se lo merecía. No es normal jugar a la Cuarta Guerra Mundial. Digamos que yo soy un gato. Tú estás en la bañera reinterpretando el conflicto bélico y como eres la dueña del juego das ventaja a los guatemaltecos. Eso no sería justo. Como felino sensato yo tendría que igualar la situación hundiendo tus aviones y, después, extirpándote un ojo.

—Eso es mentira. En primer lugar, tú jamás podrías ser un gato. Más bien te imagino como un hurón.

—Odio a los hurones.

—Los hurones son lindos.

—Claro que no. Son horribles, desaseados y transmiten enfermedades cutáneas. 

—Escúchame bien, Mariano: si quieres que siga contigo tendrás que comprarme un hurón.

—Odio a los hurones. Eso que estás haciendo es violencia doméstica.

—¿Qué es, exactamente, eso que estoy haciendo?

—Mariana, no nos hagamos tontos. Tú sabes bien que hace tiempo que no consigo empleo. No tienes que molestarme con lo del dinero. Sabes bien que no tengo ni un peso para comprar hurones. Además, odio a esos bichos.

—Dices eso porque no me quieres.

—Sí te quiero, Mariana, no seas así

—¿Así cómo?

—Así: aplastante.

—¿Ahora soy aplastante?

—Eres bella y aplastante.

—Mariano, no me llames gorda.

—No te dije gorda. Te dije aplastante. No por tu peso, sino por tus actitudes veleidosas.

—¿Sabes qué? Me voy a casa de mi madre.

—Cuando regreses, ¿podrías pasar por un lonche a la tienda? Tengo hambre.

—¿Quién te dijo que voy a volver?

—Volverás.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te voy a comprar un hurón con mi primer sueldo.

—¡Pero si no sabes hacer nada!

—Claro que sí —le dije, fingiendo molestia—: soy escritor.

—Si no te conociera estaría llorando de risa. ¡Tú no sabes escribir!

—Sí sé, observa.

Me levanté con mucha ceremonia y saqué un cuaderno de mi habitación. Me senté en el sofá, donde Mariana permanecía impaciente, y abrí la libreta al azar. Tuve que regresar un par de páginas para encontrar el inicio del relato. Luego, leí:

—Estaba una vez Mariana soñando que soñaba que soñaba...

—Eso es un lugar común —interrumpió Mariana.

—Tú no eres artista. No sabes de estas cosas. Lo que pasa es que no me comprendes.

—A ver, sigue leyendo.

—Soñaba que soñaba que soñaba con su muy querido y guapo y varonil Mariano. Lo que no sabía es que entre tanto sueño todo se había vuelto realidad. 

—Déjame adivinar: el muy querido y guapo y varonil Mariano se coge a Mariana. ¿No es así? 

—Bueno, un poco.

—Eres un cerdo.

—Mariana, defínete de una vez. ¿Soy un cerdo o un hurón?

—Eres un chancho simpático y sin talento.

—Ahora no tendrás al hurón.

Nuestra conversación se interrumpió por los golpes secos en la puerta del departamento. Era Vicente, el hermano de Mariana, que llegó chorreando sangre y, por ende, maltratando la moqueta de nuestro humilde hogar.

—¡Vicente! ¡Estás sangrando! —señaló Mariana, perspicaz y atenta a la masa sanguinolenta en que se había convertido el rostro de su hermano.

—Me atacaron —dijo Vicente, aunque eso ya lo habíamos supuesto.

—¿Quiénes? —pregunté.

—Una viejita y su hurón.

—¿Ves, Mariana? —dije con altivez—. Todos. Escúchame bien: todos los hurones son hijos de Satanás.

—Ahora te sientes predicador —refutó—. ¿Qué tiene que ver Satanás con los hurones?

—No sé. Me pareció gracioso.

Lo que no fue gracioso fue el golpe seco y sonoro —rematado por la perfecta acústica del departamento— que el hermano de Mariana se propinó al desmayarse.

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté, en plan profesional y conciliatorio.

—Vamos a pegarle.

—Espérate, Mariana. ¿No ves que el pobre hombre está dolorido y sangrante? No te conocía esas mañas sádicas. Mira que golpear a un desmayado...

—No seas idiota, Mariano. Digo que lo abofeteemos para que reaccione.

—¡Ah!

Mariana soltó la tercera cachetada (las primeras fueron honor mío). El impacto hizo que algunas gotas de sangre se desprendieran de la piel de Vicente y cayeran en el sofá. Me impacienté. 

—Mariana —exclamé—: o tu hermano deja de manchar nuestros muebles o lo saco a la chingada de aquí.

—Él no tiene la culpa. No sabe lo que hace.

—Claro. Lo mismo dijo cuando organizó la fiesta aquella. ¿Te acuerdas? Desde entonces no puedo usar las sábanas verdes sin asco.

—Mariano, Vicente no reacciona. Creo que está muerto.

—Se está haciendo pendejo.

—No. No respira. Tenemos que llamar a un médico.

—¿Estás loca? Si llamas a un médico nos van a desbaratar el negocio.

—¿Cuál negocio?

—El de las drogas.

—¿Cuáles drogas?

—¡Ay, Mariana! ¿De dónde crees que consigo el poco dinero que hay en esta casa? 

—¿Vendes drogas?

—Sólo marihuana. No es tan malo.

—¿Y es buena?

—¿Quieres probar? —propuse. 

Dejamos el cuerpo a mitad de la sala y nos dirigimos a la habitación. Saqué una caja para sombreros y preparamos un cigarrillo con la bomba contenida en apenas unos cuantos grumos verdes y dulces. A Mariana se le hicieron grandes los ojos. El humo comenzó a extenderse por todo el departamento. Supongo que también salió de allí, porque en menos de media hora un policía entró, por la fuerza, a la habitación. 

—¿Se dieron cuenta de que tienen un muerto en la sala? —preguntó.

—Es el hermano de Mariana —delaté.

—Entonces tendré que arrestarla, señorita —dijo el oficial. Luego, con la tentación a flor de labio, solicitó: —¿Me da un poco de eso que está fumando? Mientras llegan los refuerzos.

—Deberían encerrarlo a él: vende drogas a los niños de la cuadra —denunció Mariana.

Los compañeros del agente llegaron y fui aprehendido. Lo último que ella dijo, segundos antes de que yo subiera a la patrulla, fue:

—Ni siquiera se te ocurra venir a visitarme cuando salgas de la cárcel, Mariano, porque te mato.

Yo le mandé un beso con las manos esposadas, le guiñé el ojo y acusé:

—Lo que pasa es que no me quieres. 

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