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El Mago Leo: vivir de tu pasión en el metro de la CDMX

A lo largo de su vida de artista en el metro sus ahora tres ex esposas le decían que era un pinche mugroso, que daba lástima. "Pero de ahí comen, ¿no?", dice el Mago.

"Tons' ahorita te vas a enterar de todo lo que acontece aquí abajo, en el agujero, es una maravilla, ¿eh?, una maravilla", dice el Mago Leo mientras nos echamos un mocachino y unos bisquets en uno de los puestos del metro El Rosario.

Trae puesto su traje de mago: un traje negro desgastado y una camisa blanca, muy vieja, bien planchadita, que de tan delgada parece casi piel de cebolla.

Antes de bajarnos al gusano y acompañarlo en uno de los recorridos que hace en los vagones de la línea naranja, la única que trabaja, nos terminamos nuestros bisquets y el Mago Leo, mientras le da un sorbo a su café, me presume orgulloso su bebida: "La muchachita los prepara genial, es delicioso, es un manjar".

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El mago me recuerda a mi abuelito: huesudo, flaco, con el pelo blanco y los ojos hundidos. Su boca, sin algunos dientes, desenrolla una voz ronca, tierna pero curtida y vieja. La misma voz que escuché hace más de 15 años cuando iba en la preparatoria y cruzaba esta línea casi todos los días. Recuerdo haberlo visto, en ese entonces, disfrazado de payaso vagabundo. Arrastraba al personaje por los vagones, raspando en su garganta con huevos y emoción "Urge", canción que lo hizo ganarse la chuleta por muchos años. Inmortalizada por el populacho Vicente Fernandez, la letra era perfecta para su payaso vagabundo.

Con mi dolor
causando penas voy vagando por ahí,
no hay ni una frase de cariño para mí,
todos me miran con desprecio y con rencor

Perfecta también para lo que le dirían sus ahora tres ex esposas a lo largo de su vida de artista en el metro: que era un pinche mugroso, que daba lástima. Y también los hijos de su primer matrimonio, niños bien, que crecieron con lujos, cuando Leo todavía no cantaba en el metro y que ahora le dicen que es una vergüenza.

"Pero de ahí comen, ¿no?", dice el Mago y cuenta más sobre su personaje de payaso vagabundo. "Es un personaje impactante. Te subes y toda la gente piensa: '¿Qué va a hacer ese cuate? Es un paria...' Yo me decía: 'Les voy a enseñar cómo ser un paria'. Nariz roja, todo roto, y yo cantando con mi vocezota. Y luego me tomaba el atrevimiento de recoger toda la basura del vagón. Imagínate la imagen que vendes: el señor recogiendo porquerías, pañales cochinos. Subliminal, ¿no? Les dejas un mensaje chingón. ¡Te ganas a tu publico!"

"Y fíjate que una de esas, viejo", continúa el Mago mientras esperamos el anden para entrar en el primer convoy, "le dije a una chava que venía en el vagón: 'es que yo vendo imagen, aunque fíjese, mi esposa me dice que doy lástima'. La muchacha me contesta: 'no señor, se equivoca, usted no da lástima, da ternura'. Fíjate que diferencia de palabras, viejo, de la lastima a la ternura. Pues no doy lastima ni soy ningún un pinche mugroso, porque vengo roto pero bañado. El saco hecho pedazos, el pantalón y el alma también, todo, el payaso triste, un Chaplin..."

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El metro se detienen frente a nosotros y con uno de sus suspiros poéticos abre las puertas metálicas. El Mago Leo se acomoda con la espalda contra la puerta de enfrente y me dice: " Ahorita vas a ver, nomás checa". Empieza a forcejear con la grabadora que trae porque la entrada de USB tiene un falso contacto y por más que le mueve no reconoce el dispositivo. El Mago, conservando la calma, se busca en las bolsas del pantalón a ver si encuentra algo para arreglarlo, pero no, nada, hasta que Leo voltea a ver el pelo largo del fotógrafo que me acompaña y se le prende el foco: "Viejo, préstame la liga de tu pelo", le dice. El fotógrafo se la da y el Mago, con sus manos manchadísimas, la enrolla hábilmente sobre el Usb para que haga presión contra la entrada y la grabadora la reconozca y, sí, ahí mismo empieza la magia: la bocina escupe ese clásico funky de los Lipps, Inc, "Designer Music", rola que le sugirió su hija. "Antes ponía mucha música clásica, pero cuando empecé con el funky agarré otro nivel", me dice.

Los ojos de oficinistas, mujeres y especialmente de los niños, se fijan en el Mago, que saca de la bolsa de su saco unas pelotas rojas que parece fusionar unas con otras, aunque desde el ángulo en el que estoy puedo ver el truco, desde el lugar de los espectadores no se dan color, o si lo descubren, el carísima y la ternura que envuelve al mago hacen que uno lo perdone y se emocioné más todavía. Luego sigue el truco de la cuerda. Luego el de una rosa que prende y cuya luz atrapa con un dedo de goma. Después el de la moneda que desaparece: Aplausos. Sonrisas.

Clash clash clash, el sonido de las monedas que, a diferencia de todos los que piden lana o chambean en el metro, caen con buen ritmo. Salimos del anden y Leo abre las manos y me enseña el montoncitó de dinero. "Mira, me fue muy bien, ¿ya ves? Saqué unos 60 pesos en unos minutos, no está mal, ¿no? En todo un día puedes ganar mil, mil 500, varía, pero mis 500 sí me los llevo".

Le pregunto si no lo agarra la policía por trabajar en el metro. "Hay veces que vienen y dios me ayuda, me la perdona. O si me agarran, me preguntan: '¿cuántos años tienes?' Les digo que 70 y a veces ya con eso me dejan ir. En otras nos echamos un volado o lo negocio con ellos, pero con inteligencia y decencia, porque entiendo que es su chamba, ¿no? A veces me dicen: 'Sabes qué, mago, deja que la cámara vea que te agarramos y allá arriba te soltamos'. Hay otros vendedores que les dicen a los boinas: 'a mí no me llevas, hijo de la chingada', y se agarran a madrazos, pero yo no, yo les digo: 'tengo que recoger a mi hija a las 11 de la noche, ¿me das chance?' Educado. Y me sueltan".

Interesado como siempre en las finanzas del arte callejero, le insisto en el tema para que termine de sacar la sopa y le pregunto cuánto ganan los vendedores aproximadamente, el Mago me asegura que una persona que vende chicles gana cerca de 500 pesos diarios. Aunque no es el mismo caso de los vendedores de discos: "Al principio llegaron a vender hasta 400 discos diarios y, si los daban a diez, se ganaban ocho pesos en cada disco, ¡imagínate! Desgraciadamente la droga… Toda esa lana no les alcanzaba para la droga cara". Leo me dice que ahora ya sólo venden entre 20 y 30 discos al día, "ya nadie los pela".

"Si quieres entrar a trabajar al metro, yo te ayudo", me contesta el Mago cuando le pregunto que tendría que hacer si quisiera entrar a chambear. "Generalmente ellos te dicen: 'me vas a dar dos mil pesos de entrada y cien pesos cada ocho días'. Pero eso sí, todos hacen base, los líderes te dicen: 'tú vas a trabajar de Tacuba a Barranca, tú de Barranca al Rosario',¡Pero yo no! Yo no le doy dinero a nadie ni tengo ruta, yo soy un desordenado".

Sobre su oficio, la magia, casi veinte personas han sido sus discípulos. Les pone reglas: no drogas, no dejar la escuela y que, cuando el discípulo esté en lo más alto y alguien se acerque a pedirle ayude, lo ayuden. "Nadie lo hace", cuenta, "piensan: 'yo soy el nuevo chingón, en lugar de ayudarte, yo te corro, cabrón'". Uno de los magos a los que él ayudó ahora corre a todos y quiere correr al mago. "Yo le enseñe, yo lo preparé. Es un ojete, una chingadera; bueno, me quiere correr el pendejo. ¡Y yo lo metí aquí! Es un buen mago, hasta mejor que yo, lo reconozco, pero está pendejo; primero sale él antes que yo. Porque los líderes me conocen y los líderes dicen: 'no, no, pinche maguito, que no se pase de listo, él es el que se va a chingar a su madre si sigue jodiendo, tú te quedas'".

Nos quedamos un buen rato clavados en la entrevista y se nos pasan de largo varios gusanos. Pero no hay bronca, el Mago dice que él no tiene horarios, que pude venir cuando quiera o no venir si no se le da la gana. Que por eso es su propio jefe.

Y ahí es donde entramos a lo que más me conmueve del Mago, ¿cómo tomó la decisión de vivir del arte, de su oficio, de la magia?

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Nací el 6 de Abril de 1944 en la ciudad de México.

Mi familia: una mujer hermosa que era mi madre, una gran dama, que se quedó con seis hijos, cuatro hombres y dos mujeres. Mi padre se fue y los seis empezamos trabajar desde niños. Yo vendía chicles, cantaba en los camiones, recitaba, componía, imitaba, hacia muchas cosas para ayudar a mi madre.

Eso que te estoy contando no le recuerdo con tristeza ni coraje, al contrario, como un reto. Y a mis 72 años de edad creo que lo vencí; si lo hubiera tenido todo en jaula de oro a lo mejor no sería lo que soy.

Y así crecí, manteniendo a mi familia. Cuando mis hermanos grandes se casaban o se quedaban sin trabajo, cantaba en los camiones, con maracas o contando chistes. Estudié y tuve trabajos buenos. Soy contador público de la Escuela Superior de Comercio y Administración (ESCA) y tuve una gerencia en una fábrica de coches. Veinte años trabajé ahí. Tenía buen sueldo. O sea, crecí, tons' volteas y ves todo lo que dejaste atrás, guau, qué maravilla, tenía un puestazo. Era difícil entrar a Chrysler, exámenes psicológicos, psicométricos, exámenes muy duros, y yo entré. Fueron veinte años en una gerencia.

Fue una época muy padre porque trabajábamos con una computadora, un monstruo. Yo jamás estudié computación, aprendí ahí, pero no me gustaba, qué curioso, ¿no? Pero aprendí. Yo siempre andaba cantando en la chamba. Me decían mis amigos: "¿sabes qué, cuate? Ya salte de Chrysler, cantas precioso, tú no eres programador ni analista, ni debes estar aquí, tú debes estar en un teatro". Pero yo no hice caso y seguí tratando de ser uno de los mejores. Y lo logré. Hasta que llegó una época en que liquidaron a dos mil empleados, y entre ellos a mí; todos estaban llorando por su puesto, por el dinero, por el carro último modelo. Pero yo no. Y me preguntó la psicóloga: "¿Usted por que no llora?" Le dije: "Pues porque yo no debo de llorar, para mí esto es un reto, señorita". Y fíjate, eso lo dije hace 35 años, y yo ya estaba maduro, de 45 años, con familia, así que me dije: "agarro una grabadora, un cassette y desde este momento no más empresas: me meto a cantar al metro".

Así lo hice: al otro día agarré mi grabadora y fue maravilloso. Estaba yo paradito en el anden, se abrió la puerta, entré sin estar nervioso, porque yo no conocía los nervios ni el pavor escénico, yo tenia coraje. Coraje de decir: yo voy a hacer esto, lo voy a lograr, voy a cantar. Entré y puse al Piruli, a Chamín Correa. No había pistas, yo inventé el karaoke en el metro.

Terminé de cantar y todos me aplaudieron, todos: "felicidades, qué buena voz, qué bonito cantas", y eso en el primer vagón. Me bajé emocionado y me eché en un rincón a llorar y dije: "esta es mi vida, esta es mi pasión, porque además me habían dado dinero; aquí está el pan señores, y vengo por el".

Ahí empecé. Me quedé todo ese día completo.

Después de 20 años de estar cantando, dije: "voy a saltar a la magia" Ya estaba un poco lastimado de la garganta, cansado, porque nadie me había enseñado a cantar, y me preocupó; entonces me acordé que yo era mago de niño y me dije: "voy a meter magia y no voy a hablar", Empecé. Soy hombre de fe y la verdad, modestia aparte, fue todo un éxito. La gente no lo esperaba; había cantantes, había declamadores, pero no había magos.

Fui el primer mago en toda la red, entonces la gente se quedaba: guau, un mago en el metro, fui la sensación.

Mientras me cuenta todo esto, el Mago nos enseña trucos en el anden, entre ellos su mejor movimiento, el que más impresiona a la gente y más dinero le da: el de la mesa que levita. "Este truco me lo enseño un compañero", me dice mientras se va a una esquina a prepararlo para que no descubramos cómo lo hace. "Ya luego yo junté para comprar el equipo y ahora es de los mejores que tengo, mira, te vas a quedar con la boca abierta". Y sí, junto a nosotros, además, se reúnen algunos viajeros curiosos y un señor de la limpieza que se toma un momento para recargarse en una esquina y sonreír, como niño, ante la magia de la mesa que levita.

"Bueno, vamos a darle", me dice y nos volvemos a subir a otro vagón. De nuevo los acordes de "Designer Music", trucos, monedas y sonrisas; magia inocente en medio de días aburridos, comunes, magia hecha por un señor que podría ser el abuelo de casi todos los que sacan cambio de sus bolsas para dárselo, con cariño.

Nos bajamos y seguimos platicando, porque aunque le va bien, sigue recordando apenado y con no mucho gusto las broncas que le ha traído su trabajo con sus esposas.

"Mi trabajo me ha dado fama pero me ha costado mis matrimonios, hasta la fecha. Mi trabajo es culpable de mis separaciones". El Mago se rasca la cabeza como tratando de esquivar el tema, hasta que finalmente se anima: "la primera bronca fue cuando estaba yo en Chrysler, me liquidaron y me dediqué a cantar. Mi esposa no sabía y cuando se enteró tuvimos problemas muy serios porque desgraciadamente la gente nos ve y piensa que en el metro todos somos mugrosos. Sí hay mugre en el metro, pero dentro de esa mugre hay algo muy importante, hay valores, habemos muchos mugrosos, pero con valores. Ella me dijo que era un limosnero, 'pero pus' comes con manteca, mija', le contestaba y empezamos a tronar".

Y tronaron.

A la tercera esposa, la actual, la conoció en el metro y, aún así, ahora tampoco a ella le gusta que se gane la vida chambeando en los vagones de metal naranja.

"Mi esposa era una niña hermosa, que sigo amando, es una gran mamá, una gran dama. Tenía 17 años y cantaba aquí en el metro con su guitarra. Ella cantaba, yo cantaba, pues conjugamos el verbo y cantamos juntos. Así empezamos a conocernos y me casé con ella. Hasta que ya tuvimos hijos y se dedicó a su hogar y empezó a separarse del metro. Me dijo que ya no le gustaba que estuviera trabajando aquí".

Ya tenemos como dos horas platicando y el Mago tiene que seguir con su recorrido de convoys. Dice que a lo mejor nos encontramos con uno de sus hijos, de su último matrimonio, que él sí se dedica a la magia y que anda también llenando de ilusiones los vagones.

"Es un excelente niño", me dice Leo, "Acaba de cumplir 19. Él sí lleva mis pasos, me superó, es un excelente mago que ya conocerás. Todos le dicen Harry Potter porque esta idéntico pero en morenito".

Ya nos tenemos que ir y antes de despedirnos con un abrazo y verlo desaparecer haciéndonos un gesto con el puño sobre su corazón atrás de los vidrios escarbados con graffiti, le pregunto si le gustaría agregar algo más.

"A mí a los jóvenes me gustaría decirles", dice con su tono oscuro y luminoso: "hagan lo que quieran hacer, lo que amen, no importan los comentarios, no importa que se mueran de hambre, pero hagan lo que quieran hacer. Ese es mi consejo".

@Balamha

@AlejandroTuit