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Los hermanos gorditos

Juan Luis y Pedro perdieron a su papá por problemas relacionados con la obesidad y luego ellos mismos enfrentaron cirugías riesgosas que les cambiarían la vida.


Fotos por Bénédicte Desrus.

Los hermanos Juan Luis y Pedro Poncho Vanegas Bravo, de 20 y de 17 años respectivamente, nacieron en la Ciudad de México y pasaron la mayoría de su niñez en condición de obesidad. Eran, como se dice con ternura en México y como siguen refiriéndose a sí mismos cuando hablan de sus vidas, “gorditos”.

A ellos los conocí este verano gracias a la fotógrafa Bénédicte Desrus. Ella ha documentado la obesidad global en su proyecto Globesity, que la ha llevado a conocer a personas obesas en África del Este, Egipto, Estados Unidos y México.

Bénédicte primero fotografió a los hermanos Juan Luis y Pedro en el Hospital Infantil de la Ciudad de México en 2011, cuando ellos enfrentaban los retos más difíciles de sus vidas. Como su obesidad estaba poniendo en riesgo su salud, los hermanos Vanegas Bravo fueron los primeros menores de edad en recibir cirugías bariátricas en un hospital público en México, con el fin de reducir el tamaño de sus estómagos y así combatir la obesidad.

Las cirugías venían con riesgos propios. Los doctores les explicaron que de cada diez pacientes, uno sufre complicaciones, y de cada cien, dos fallecen. Además, el papá de ellos, Juan Manuel Vanegas, murió en 2005 por complicaciones relacionadas con su obesidad mórbida. La mamá de los chicos, Juana Bravo, nos dijo que su esposo padecía diabetes, y cuando se detectó una perforación en su colon, los doctores no pudieron alcanzar la herida y sanarla. Tuvo ocho operaciones antes de morir, a los 42 años. Uno de sus hijos tenía 12 años, el otro, ocho.

“Me di cuenta que si no bajaba, iba a terminar como él; iba a terminar muerto”, me dijo Juan Luis cuando lo visitamos por primera vez en su casa por el rumbo de Metro Camarones, en la delegación Azcapotzalco.

“Anduvimos buscando la cirugía por años, porque no nos la daban, porque yo era menor de edad y no nos podían operar en hospitales del gobierno”, dijo. “Pero uno de los doctores que hacía esa operación tenía un proyecto de operar adolescentes, y yo me presté. Básicamente como conejillo de indias”.

Ese doctor fue Francisco José Campos Pérez, reconocido especialista en el campo de cirugías bariátricas en adolescentes en México. Pero antes de saber cómo les fue a Juan Luis y Pedro, cabe mencionar que la situación que han enfrentado con su salud es una que enfrentan millones y millones de mexicanos, muchos de ellos desde chiquitos.

En México, el sobrepeso y obesidad (que son niveles diferentes del mismo problema) afecta a 32% de las niñas y 36.9% de los niños entre las edades de cinco y 11, según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de 2012. Son unos cinco millones 664,870 niños con sobrepeso y obesidad en el país, según la encuesta.

Las cifras aumentan entre los adolescentes y más entre adultos. Ya casi alcanzando niveles de obesidad de Estados Unidos —el más gordo de los países desarrollados—, en México son aproximadamente 69.5% de personas mayores de 15 años que viven con sobrepeso u obesidad, dice la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico.

Ser gordo mata.

La diabetes, la enfermedad más relacionada con la obesidad, es la mayor causa de muerte en el país, bastante más que los homicidios, enfermedades cardiovasculares o accidentes vehiculares. Este padecimiento se ha convertido en el mayor asesino de los mexicanos de una manera exponencial desde los ochenta, lo revelan varios estudios nacionales e internacionales.

En 2012 las autoridades contaron más de 80 mil mexicanos que murieron a causa de diabetes (básicamente la suma de todas las ejecuciones relacionadas con la guerra contra el narco, en los seis años del último gobierno); y son más de 10.6 millones de mexicanos que ahora lo padecen. Peor aún, se calcula que para el 2030 serán más de 16.3 millones de mexicanos con esa enfermedad.

Las razones son variadas y muy cercanas a nosotros, como lo son el refrigerador y la tiendita de la esquina. Es la comida frita, la comida chatarra, el McDonald’s, la Coca-Cola y sus 12 cucharadas de azúcar, y tal vez las costumbres sociales que se pueden describir como mexicanas que llevan a uno a comer más y más: ofrecer más (para demostrar hospitalidad), pedir más (para demostrar confianza), y consumir más cuando se te ofrece (para demostrar gratitud).

Juan Luis y Pedro empezaron a engordar a los tres años de edad, me explicó su mamá. “Era mucho comer y comer”, dijo la señora de 51 años un sábado que nos juntamos en el hogar Vanegas para platicar y asar hamburguesas. “Yo me preocupaba”.

“Los llevaba a nadar, al futbol, tae-kwon-do, lo que hubiera. Mi error fue que teníamos un refrigerador dúplex y cada quince días lo llenaba de carnes frías. Si se te antojaba algo en la semana, en el refrigerador había”.

En fotos, los hermanos lucen felices y activos, pero definitivamente, se nota cómo van engordando a través de los años. Son un par único. Juan Luis es moreno, y en las fotos se ve cómo de niño le encantaba el escenario y el performance; ahora es bailarín de danza “árabe gótica”. Del otro lado, Pedro es blanco, más reservado en sus fotos, y a él le han gustado los deportes desde pequeño. Ahora juega como centro en una liga de futbol americano.

Ya para su adolescencia, los hermanos Vanegas eran enormes. Sus cuerpos llenaban los retratos de familia. En el punto más extremo de su obesidad, parece que sus formas están infladas con aire.

“Tú no te das cuenta de qué tan gordos son tus hijos”, dijo la señora Juana. “Cada que entraban a la escuela, yo les mandaba a hacer sus pantalones. No me daba cuenta que eran talla 38 cuando tenían seis años, o 40 cuando tenían diez. No sabía cómo revertirlo”.

Después de la muerte del papá de Juan Luis y Pedro, la familia Vanegas empezó a buscar ayuda. Hubo consultas y más consultas, entrevistas, listas de espera, especialistas de todo tipo. Juan Luis pesaba en el momento más crítico de su condición unos 146 kilos. Tenía 15 años. Pedro tocó los 138 kilos a los 14. Tenían que hacer algo.

En 2009, a Juan Luis le aplicaron una manga gástrica en el Hospital General Rubén Leñero, de la Secretaría de Salud del Distrito Federal. En esta cirugía el estómago es reducido entre 60% y 85%, dejando una “manga” de estómago donde cabe menos comida. Juan Luis bajó hasta 105 kilos, pero su cuerpo se aferró. La capacidad de su estómago se acomodó, creciendo de nuevo, y así volvió a subir de peso.

En 2012, a los 19 años, se sometió a una intervención de un bypass en el mismo hospital, de nuevo con el doctor Campos. Esta operación fue más complicada. La intervención del bypass gástrico consiste en dividir el estómago en dos partes, una mayor y una menor, y el intestino es modificado para que rodee la parte grande, así reduciendo el espacio que el cuerpo busca llenar de comida.

A Pedro le insertaron un globo en el estómago que una vez dentro del cuerpo es inflado, para que se llene con menos comida. Esto fue en agosto de 2010.

“Me dieron la autorización para la operación un día después de que me aceptaron en la vocacional”, me platicó Pedro. “Yo quería ir a la escuela pero ya había buscado esa operación por tres largos años. Prácticamente no tenía amigos por ser gordito. Sólo tenía uno y me apoyó”.

Pero a Pedro le tocaron las complicaciones.

Tuvo neumonía, luego infecciones, luego infecciones a raíz de antibióticos, y todo se complicó hasta llegar a un punto grave. “Me acuerdo que yo escuchaba las voces y les dije que hicieran algo porque me sentía muy mal”, dijo Poncho, recordando un día duro en el hospital. “Yo siento que fallecí por unos momentos”.

Al final la libró. Se recuperó después de estar internado 73 días. Ahora se puede decir que Pedro es flaco, su peso ronda los 74 kilos, y ya usa talla 30 o 32. Sin embargo, ha tenido una reducción tan significativa que ha generado otro tipo de situación relacionada con la obesidad: el exceso de piel cuando hay una rebaja de peso drástica.

El otro día, Bénédicte y yo lo acompañamos a un revisión de rutina con los doctores y nutriólogos del Hospital Infantil. El complejo en la Colonia Doctores del Distrito Federal es una amalgamación de edificios de diversas épocas. Por dentro, niños enfermos o con condiciones médicas distintas, de todas las edades, pasan por los pasillos con paredes pintadas de colores. En el pequeño consultorio, observamos mientras una especialista medía su cadera, Pedro sólo en boxers. Su abdomen me asombró. La sección de su piel que antes cubría una superficie significativa ahora estaba arrugada, floja, sin tener adónde irse.

Poncho estaba relajado, tranquilo. Sonreía con todos. Pasó una situación dura en este hospital, esto no era nada.

“Que me vean”, dijo. “Me vale”.

En un futuro, prevén sus doctores, tendrá que considerar una operación aparte para remover la piel extra. Desde cierta perspectiva, esto es un buen problema. Me dijo Pedro cuando lo conocí que cree que su papá estaría orgulloso de ellos. “Y tal vez él se hubiera operado. Pero estaría orgulloso de que hayamos podido lograrlo”.

Con su práctica de futbol americano, Pedro ha viajado a Puebla, Chihuahua y Chiapas para jugar dentro de su liga; es fan de los Steelers de la NFL, y en particular, del safety Troy Polamalu. Sigue con sus cursos el Instituto Politécnico Nacional. En su habitación en la casa de la familia con acogedores cuartos auto construidos, tiene una batería completa y en las paredes tiene colgadas fotos de chicas en bikini.

Juan Luis practica una forma de danza árabe o belly dance que él denomina como “gótico”. Frecuentemente se presenta en escenarios de la ciudad con vestimenta que él mismo confecciona, a veces también usa props como fuego o cimitarras de utilería, como vimos un domingo de julio en el Teatro del Pueblo, en el Centro. Puede ser inesperado ver un hombre de su tamaño vestido de esta manera, exhibiendo la flexibilidad de un gimnasta y moviendo su cuerpo de una manera antiguamente femenina y erótica.

Al verlo, me di cuenta de que tiene visión artística bastante pensada. Cuando sube al escenario, me dijo después en el backstage, “me libero. Me transformo en lo que yo llevo puesto. Si llevo mi traje azul y bailo algo alegre, siento que estoy en el desierto bailando en un oasis. Me siento parte de ahí. En el caso de la danza gótica me imagino en un bosque escuchando búhos, estrellas, grillos y me siento parte de esa escena triste. Es algo mágico para mí”.

Juan Luis me explicó que se identifica como afeminado pero no gay. Juana, su mamá, dice que apoya el arte de su hijo pero todavía encuentra difícil asimilarlo totalmente. Ella, me cuenta y enseña con fotos, era buena onda de joven; amaba las motos —tuvo varias— y una vez, dijo mostrándome fotografías, viajó hasta la costa de Veracruz con Juan Manuel, papá de sus hijos, en una de ellas. Su voz tambalea un poco cuando tocamos el tema de la danza de Juan Luis. “Dentro de la sociedad en la que nos encontramos, no es muy aceptable que los niños hagan cosas de niña. Eso me ha causado muchos problemas porque no quiero que lo dañen”.

Si antes los hermanos obesos no se llevaban bien, quizá por sus diferencias de intereses y de carácter, ahora se nota que conviven mejor. En separado, cada uno de los hermanos me dijo que respeta las actividades del otro.

Este semestre Juan Luis entró a un programa de nutrición en el Centro Interdisciplinario de Ciencias de la Salud, Unidad de Milpa Alta. Él vive en Juchitepec, al otro lado de la frontera con el Estado de México. La tarde que nos vimos para asar hamburguesas en el patio, fue porque él estaba de visita y quería ver a la familia y amigos, y ahí estaba Pedro, quien jugando bien su rol de hermano menor, ya ha colonizado la recámara de Juan Luis, en la casa en Azcapotzalco. Pensándolo bien, no hay mejor prueba que se llevan como carnales.

Este día, Juan Luis invitó a varios de sus amigos de la prepa, mientras Poncho y yo fuimos a la vuelta por unas cervezas. Las hamburguesas, me contó Juan Luis, podrían llevar encima tocino, jamón, piña, chiles, mostaza, mayonesa y queso, por si gustaba.

Cuando era hora de preparar la comida, me empecé a preocupar un poco, viendo cómo la banda de amigos de Juan Luis, chavos de carreras como medicina y biología —ninguno uno de ellos obeso o con sobrepeso— le echaron la mano a Juan Luis con las hamburguesas. A cada una, Juan Luis cuidadosamente agregaba las rebanadas de jamón extra y luego el queso.

¿Él se iba a comer una también? Juan Luis me aseguró que sólo se iba a comer media hamburguesa. Las hizo para sus amigos y visitas, incluyéndome a mí. Pude con apenas una. La señora Juana sirvió también una ensalada y papaya picada, pero éstas se quedaron tristemente solas en la mesa.

“Como mi nutrióloga me dijo, no es tanto lo que comes, sino las porciones, y cómo lo preparas”, comentó Juan Luis. “Por ejemplo, las hamburguesas que comimos aquí son menos grasosas que las de la calle y con productos light, como el queso. A pesar de eso, no me acabo las porciones normales de una persona”.

Comimos, tomamos refresco y cerveza, con el permiso de la señora Juana. Los chicos se veían alegres. Su mamá dice que la lucha contra el sobrealimentación de Juan Luis y Pedro es de diario. Es una lucha que ella también confronta. Y luego agregó: “Si no te cuidas, pierdes lo más valioso que tienes: la vida”.