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Los taxistas calientes de Monterrey

"Me sentí como Caperucita a los pies de la cama, con el disfraz de su abuelita entre las manos, y nomás mirando al lobo ya encuerado".

Los taxistas siempre han sido los más aventados; corroboré esto hace poco que mi celular se quedó sin batería y tuve que tomar un taxi de la calle. Son los más aventados y los más habladores, rectifiqué, no sólo para ejercer el oficio de ruletero, que conlleva saberse las calles y sus rutas, sino también para sabérselas de todas-todas con el orificio ajeno. O con el hoyuelo propio. O en plural: con todos los agujeros del cuerpo.

Si calculamos en horas-nalga el pago por un servicio, los únicos que saben más que los escritores sobre la injusticia de trabajar sentados son los taxistas. (Quizá exagero, habrá otros empleos que corren con la misma desazón, pero en definitiva no son los burócratas, ni los diputados, ni los senadores, ni el largo etcétera gubernamental.) Esta ocasión, en resumen, me había tocado un chofer de los que aún se atreven a tirar la onda (quizá no siempre, quizá no a cualquiera) a quien suban como pasaje.

Ocupé el asiento del copiloto; me preguntó a dónde me dirigía. Era de noche, así que hablé arrastrando las palabras por una embriaguez incipiente pero que hacía evidente que me urgía seguir tomando o ya irme a la cama. Había olvidado que el conductor de taxi tradicional (en Monterrey lo llamamos ecotaxi) siente unas ganas, todavía más efervescentes, de conversar que de ligarte. O quizá estos asuntos vayan juntos, inseparables, por rutina o por sólo cascar la nuez con los dientes.

Mientras platicábamos, en un último momento, el taxista sugirió un cambio de ruta. Apenas pude responder cuando ya la había tomado. Pero esto me dio la oportunidad de mirarlo detenidamente: era un tipo bastante flacucho, de mi edad o quizá de un par de años menos, con el tic de agarrarse el paquete cada vez que avanzábamos dos calles y estirarse la entrepierna del pantalón, que no dejaba nunca de insertar palabras clave después de una de mis respuestas, como si fuera adicto a ejercer de psicoanalista del volante, servicio incluido que casi nadie puede negarme que no se cumpla. 

Esas palabras clave son muy conocidas por cualquier usuario. También son la raíz de un coqueteo que puede subir hasta convertirse en un albur o descender al inframundo del mal de amores. Entonces: hay que reconocer que son claves para aventurarse en oscuros territorios. Yo traía, pese a que salí de una cantina, unos libros, sin bolsa ni mochila, directamente en las manos. Nunca suelo decir que escribo, que soy escritor, ni que doy clases. Pero esta vez lo dije, arrepintiéndome de inmediato, cuando el chofer me soltó: "Uy, no, yo sí sé contar historias, tengo muchas, ¿quieres oír una?" Me sentí como Caperucita a los pies de la cama, con el disfraz de su abuelita entre las manos, y nomás mirando al lobo ya encuerado.

Los taxistas son los únicos seres humanos que la ciencia (ni la teoría queer) podrá negar que son poseedores de una bisexualidad de a de veras. ¿Por qué? Porque agarran lo que caiga, lo que sea, a quien sea. Es un decir, por supuesto. Con "seres humanos" me refiero a que no son remilgosos cuando se trata de escoger la verdura o la carne que han de comerse o, al menos, engatusar como buenos cazadores. Y hasta podrían repetir el evento. No incluyo a las mujeres taxistas, debido a que este ramo del transporte sigue cooptado por los hombres. Y, sobre todo, porque tengo poca experiencia como pasajero de taxis con conductoras. En cambio, relatos cachondos de sexo ocasional con taxistas hay por doquier: el taxista es todo un subgénero del porno.

"Mira", me dijo el chofer mientras reducía la velocidad hasta el semáforo en rojo, "si me hace la parada uno como esos no lo subo". Y lo miré: era un limpiaparabrisas que se acercaba lentamente hacia el coche, pensando de inmediato lo peor, que estaban coludidos, que por eso habíamos cambiado la ruta, y caí preso de una paranoia instantánea, al grado de subirle a mi ventanilla el centímetro que le faltaba para cerrar. El limpiaparabrisas vestía como los fotogénicos cholombianos (o colombianos, no porque sean migrantes sino porque gustan de la cumbia villera y tienen un singular modo de vestir y peinarse) y que conforman una de las tribus suburbanas más grande de la zona regiomontana. 

"¿Y por qué?", le pregunté apenas volvimos a ponernos en marcha. El chofer me miró, ahora era él quien me miraba detenidamente, y me contó su historia no sin antes agregar un "yo sé de dónde saliste". ¿Y eso qué?, pensé poniendo cara de no me cambies ahora también la historia. "De un lugar de ambiente", dijo. Miren ustedes, y yo creyendo que ya sólo se les decía así a las cantinas homosexuales cuando se canta el "Noa Noa" de Juanga. Qué rápido había olvidado lo que era usar ecotaxis, pensé, como si no bloquearan mi calle con frecuencia filones de carrozas verdes, frente a una casa del gremio.

Lo cierto es que mis anécdotas con taxistas cachondos pertenecen a una época anterior a que entrara el servicio de Uber y similares, y mucho antes de que yo comenzara a frecuentar cierto tipo de lugares, sin acompañante ni disimulando que esperaba a alguien, sin dejar de sentirme, absurdamente, sospechoso. Incluso rodeado de otros. Todos ellos también sospechosos. Es posible. Pero, ¿sospecho de qué exactamente? ¿De meterme en bares o cantinas, en saunas o sitios de encuentro de sexo casual? Quizá, pero no era para tanto. Tardé en comprenderlo. Era sospechoso, solamente de una cosa: de ir solo. De no ir a ligar en manada, como veía que lo hacían en aquel entonces los de mi edad e, inclusive, los más viejos. En algunas ocasiones, no en todas, ocurría algo en mí, llámenlo disgusto o capricho, y me devolvía a mi casa. Huía pensando exclusivamente en mi cama, en pornografía y masturbarme.

Fotos de un conductor de Uber sacó fotos de sus pasajeros borrachos. Da click en la imagen para ver la galería completa.

Era la época en que todavía no aprendía que "ligar", pese a la calentura que uno trajera consigo, es una acción que se debe conjugar a sangre fría. Era la época en que apenas comprendía que alguien (siendo abandonado en mitad de la pista de baile, plantado en los sanitarios o, caricaturescamente, pateado en la vía pública), se convierte enseguida en el ex de alguien más, y que todo él ya es materia de desperdicio amoroso. Pero que para mí podía ser la media naranja de una sola noche, la materia de cariño fingido pero sabrosón, el dulce amargo obtenido por un niño al salir del consultorio del dentista. No sé si era mi premio mayor, o mi regalo de consolación. Pero, sea como sea, volví a sentirme en la época en que no me atrevía a ligar en donde estaba el ambiente, sino en las zonas más complicadas (por no decir que absurdas) para darse cuenta de que lo que uno tenía enfrente era gallo o gallina.

Y también era la época de los taxis calientes, es decir, piratas, falsos, sin permiso oficial, pero que pese a todo ofrecían el servicio. Y de todas clases, luego me daría cuenta. Como éste sobre el que les estaba hablando y les iba a contar su historia.

"Lo que pasó fue que subí a dos cholillos, uno ahí donde vas tú, y otro en el asiento de atrás, pero luego vi que el de atrás se fue detrás de mí, no sentado detrás de su amigo, y ahí los quebré, me di cuenta que era un asalto", me contó, palabras más o menos así. Y entonces me agarró la pierna. No un agarrón que me asustara pero tampoco me lo esperaba. Estaba contándome sobre un asalto, y no era precisamente una fantasía erótica. Ni yo había entrado en un estado de somnolencia por el alcohol en mi sangre. Su agarrón de pierna fue singular porque me dijo enseguida: "y adivina lo que querían". Cuéntame mejor, dije. 

Los tipos, supuestamente cholombianos como aquel limpiaparabrisas, obligaron a que el taxista se metiera en un callejón. Lo amagaron. Le quitaron la poca lana que traía consigo, ya que antes había ido con su esposa, un personaje clave para cualquier tensión homoerótica, a la que le había dejado el dinero acumulado durante la jornada. Entonces, según el chofer, los tipos no contentos con el motín ni con el celular de cajita de cereal que le bajaron, decidieron que éste les diera sexo oral. "Imagínate, cabrón, querían que les diera un guagüis al mismo tiempo". Yo me reí, no podía hacer otra cosa, puesto que tenía gracia. Todas las historias terminan igual, sean de amor o de guerra, es decir: mamando a la verga.

"Pero yo no estoy tan bocón", arremetió. Pues no, era cierto. "A simple vista no", le dije. "Épale", me frenó, en seco, porque claramente hay que seguir la regla de saber escuchar. La situación con los tipos desembocó en que eran dos "mariconcillos", dijo así, y a lo que pensé pues muy mariconcillos pero activos, con el pito parado como quien hace de violador en las películas porno. El chofer dice haberse negado, al volante, pero que tuvo miedo. Lo tenían cercado: uno por la espalda y otro del lado derecho, sujetándolo, a la fuerza, manoseándolo, como si fuera un trapo "de las segundas baratas de Zara". Añadió esto confesándose conocedor de un mundo que particularmente me parece ajeno al de la ruleteada.

Los tipos decidieron pasar al taxista al asiento trasero, así podría chuparles las vergas al mismo tiempo. Entonces, según él, era la mejor opción para quebrárselos, ya que tampoco quería que le quitaran el coche, "aunque el seguro cubre ese tipo de robos, pero no, los papeleos, la filota de gente, no te lo devuelven al otro día, nunca acaba uno". De repente entendí que su película porno estaba matizada de dramatismo mexicano, muy propio de una película de ficheras o taller como sería Mecánica Nacional. 

No importa cómo se identifiquen: si gay, maricón, queer, homosexual, machín, chacal, heteroflexible, bisexual y casado, etcétera. No importa: en el ligue, en la cacería, da igual. Esto, por supuesto, ocurre en la calle. Y no en las aplicaciones o en las páginas de ligue donde predomina la aversión y la censura mediante el supuesto aviso previo, por ejemplo: no afeminados, no gordos, no negros, etcétera.

Y, ahora, él volvía al ataque, pero contra mi pierna, dándome otro apretón, como para crear empatía. Y yo me reía, por supuesto. Al final: estaba ahí, vivo, conduciendo. Aquello no pudo haber tenido un final trágico: ni muerto él, ni muertos ellos (y tíldeseme de loco por creer en la ley y el orden), pues él estaría preso.

Una vez que lo tuvieron instalado en el asiento trasero, los dos tipos empezaron a masajearse los paquetes. Y, en nuestro presente, el chofer no dejaba de agarrarse el suyo, de estirar la mezclilla de su pantalón dos tallas más grande, mínimo. "¿Y qué pasó entonces?", pregunté. Y el chofer entonces hizo una mueca; me miró como si yo quisiera saber de más, como si aquello fuera un exceso de confianza.

"Pues a la verga", dijo, "yo qué voy a mamársela a unos cholombianos". Según él, sometió a los dos tipos, a uno lo amarró a la puerta de atrás, y al otro le dio con el bastón de seguridad. Pero no podía entregarlos a la policía, ya que los había golpeado, y entonces al que metían al bote iba a ser a él. "Pero había sido en defensa propia", dije, siguiéndole, haciendo caso al giro del héroe, del inviolable. Y volvió a agarrarme la pierna. 

¿Qué es una cáscara de plátano tirada en la calle si no es, legalmente incluso, basura? Eso es recoger hombres, pensé. Estoy bastante cansado de mis últimos ligues como para seguirle ahora la historieta al taxista. Los hombres cuando son cazados por otros hombres también son como cáscaras de plátano. "Puro cuento", le dije despidiéndome.

@OscarDavidLopez