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Mis tres años como teibolera

A los 17 años comencé a bailar para cuarentones pervertidos y miren en dónde estoy ahora.


Todas las fotos por Ahtziri.

Uno de los pocos remakes de películas que me gustan es el de Lolita, de Adrian Lyne. Claro, pocas películas en el mundo le llegan a los talones al trabajo de Kubrick, eso queda claro.

Adrian Lyne hizo su versión de Lolita en 1997, 35 años después de la de Kubrick, y aunque era bastante fiel a la original, creo que si hubieran hecho un remake inspirado en las problemáticas de esos años, se hubieran podido basar en mi historia. Lolita era una adolescente de buena familia que por las perversiones del destino terminó muy mal y entre ese esquema y el mío, no hubo ninguna diferencia.

Tenía planeado bailar sólo seis meses, pero bailé poco más de tres años. La gente piensa que la teibolera es una chava guapa como de 24 años que se está pagando la universidad con lo que gana bailando, pero la verdad es que la teibolera que está estudiando la universidad pertenece al uno por ciento de la comunidad stripper, y que sólo el .5 por ciento realmente se gradúa y como se dice en el ambiente, "se retira". El 99 por ciento de las teiboleras, es un mix de mujeres con hijos paridos a una tempranísima edad, muchas veces extranjeras —dependiendo del tipo de téibol—, y en general son mujeres bastante ignorantes. La mayoría tiene pareja, que usualmente es su cliente (que a su vez está casado), o es otro estríper (sea hombre o mujer) y en el caso de que la pareja sea masculina y no sea un cliente o un estríper, es generalmente un mantenido que le ayuda con todo lo que se les pueda ocurrir. Es un ambiente más bien oscuro, todos los perfumes y el glamour que se ve en las películas, se queda en las películas y en las ocho o diez horas diarias que pasan dentro de esos locales con luces neón.

Mi historia es un poco diferente, no hay hijos y no necesitaba pagarme la universidad, además de que soy mexicana. Estudié en un colegio católico francés casi toda mi infancia y adolescencia. Mi mamá era una mujer mocha y muy ortodoxa, además de ignorante —eso sólo para corroborar que la ignorancia puede estar presente en dosis muy fuertes en la alta alcurnia.

Durante mi adolescencia fui a siete fiestas, más o menos, y de seis pasaron por mí a las 11 de la noche. En general, la pasaba sentada con algún conocido cuando la fiesta todavía estaba bastante vacía. Tenía prohibido fumar y tomar, así que siempre tenía un juguito de uva en la mano. Para mis amigos era la clásica niña santurrona.

Desde los diez años, el único sueño erótico que tuve fue escaparme de la casa. También me atraía mucho la macabra idea de morir en los brazos de mi madre, gracias a una de las múltiples golpizas "educacionales" que me propinaba.

A los 17 años estaba harta de mi vida controlada y sobreprotegida por mi madre. Sabía que si me tenía que ir de la casa, tenía que tener una estrategia y que el tiempo estaba contado: 365 días. Insistí hasta el cansancio para que mi mamá me dejara trabajar, cosa que me había sido rotundamente negada hasta ese momento. Tuve la oportunidad de trabajar en el departamento de contabilidad de una multinacional, gracias a un amigo de la familia. Trabajé ahí alrededor de ocho meses hasta que me despidieron en un recorte de personal.

El destino es una cosa fascinante. El día que retiré parte de mi liquidación del cajero, estaban dos colegas de otro departamento en frente de mí y a su vez, frente a ellos estaba una mujer alta, de cabello rubio platinado que le llegaba hasta la cintura.

—¿Viste el saldo de esa vieja? Era como de cien mil varos —dijo uno.

—Seguro trabaja en el Solid —respondió el otro con una naturalidad académica.

La palabra "Solid" volvió a aparecer en el periódico mientras buscaba trabajo desesperadamente. Era un anuncio mucho más grande que los demás, tenía la imagen en blanco y negro de una mujer muy atractiva y decían solicitar edecanes de 18 a 35 años, de buena presencia y con una frase que despertó mi curiosidad: "Alto criterio y absoluta discreción". No tenía idea de qué significaba esa frase, pero algo me decía que no podía preguntárselo a mi mamá.

Decidí llamar. La mujer que me entrevistó mostró mucho entusiasmo al saber que era mexicana. Me dijo que era un club muy exclusivo, que abría de 2PM a 2AM de lunes a viernes y que si quería más información, tenía que ir en persona. Por más ingenua que pudiera ser, sabía que todo esto tenía que ver con sexo. Cuando me escuchó titubeante agregó que las chicas ganaban un mínimo de 30 mil pesos mensuales y que el primer turno era de 3PM a 11PM. Creo que esto último lo mencionó por alguna intuición que tuvo gracias a mi voz. Fue entonces cuando decidí confesarle que no tenía 18 años, que me faltaban todavía como tres meses para cumplirlos. Ella me preguntó si me veía muy joven, a lo cual respondí ventajosamente. Me citó a las dos de la tarde del día siguiente.

Al otro día estaba montada en un taxi en camino a la colonia Chimalistac, al sur de la Ciudad de México, cagada de miedo. "¿Qué estás haciendo, Ahtziri? ¿Qué-chingados-estás-haciendo?", eran las preguntas que mi cerebro producía en loop. Cuando le dije al taxista exactamente a dónde iba, me preguntó si era bailarina y de repente me sorprendí a mí misma respondiendo con orgullo que sí. Bajé del auto y él taxista me gritó: "¡Que Dios la bendiga!"

En la entrada, le dije tímidamente al tipo de la puerta que venía por el anuncio del periódico, sonrió divertido y me dijo que la entrada del personal estaba por atrás. Toqué una pequeña puerta en la parte posterior del lugar y me abrió una mujer policía.

—¿Qué se te ofrece, mija? —me dijo dando casi por sentado que estaba ahí por casualidad, cosa que me hizo sentir terrible.

—Vengo a una cita con Mami Margarita— respondí.

¿Por qué "Mami"? Me pregunté desde el día anterior. Con el tiempo aprendí que las mamis son unos divertidos personajes que se encargan de ayudar a las bailarinas en casi todo lo que se les ofrezca. Desde pedirles comida, plancharles la ropa, hablar con el DJ y hasta lavarles las tangas.

Pues ahora sí que hasta en las mamis hay razas, y Mami Margarita era la de jerarquía más alta, pues se encargaba de contratar, regañar y supervisar los camerinos, detrás de un escritorio que se encontraba en medio de éstos.

De hecho, lo primero que me encontré al subir las escaleras fue ese escritorio. Cuando levanté la cabeza, todo el camerino se quedó congelado. Ella tenía una cara de sorpresa y las bailarinas me observaban detenidamente y hablaban entre ellas. Guau, me di cuenta que nunca me habían viboreado en checo o húngaro.

—¡Te ves muy chiquita!— dijo un poco frustrada —tengo que hablar con El Jefe.

—Ya valió madres— pensé.

—Siéntate aquí al lado— me dijo una mami enternecida.

El lugar estaba dividido por esta zona de control en dos partes. De lado izquierdo, estaba una pequeña estética con un vidrio de cristal que te permitía ver el interior, donde se encontraban un masajista, un maquillista y un peinador, todos rigurosamente gays. En frente, se encontraba una ventanilla diminuta polarizada que te permitía comunicarte con los DJs, que eran dos y no eran gays. La estética y la cabina estaban separadas por un pasillo que te llevaba a los baños, a la caja donde se cambiaban los boletos por dinero y a la oficina del jefe. Ese día, sólo conocí el lado izquierdo.

Mami Margarita colgó el teléfono, tomó unas llaves del escritorio y me pidió que la siguiera. Nos dirigimos a la oficina del jefe. Fue uno de los momentos más tensos que experimenté ahí. Era una oficina pequeña y escuálida con fotos de viejas en pelotas. Cuando entramos, él estaba concentrado en unos documentos que tenía sobre el escritorio. Era un tipo muy grande, de al menos unos 120 kilos. Levantó la vista, sonrió sin inmutarse y me preguntó:

—¿Cómo te llamas?

—Ahtziri.

—Ya sé— dijo riendo —¿cómo te vas a llamar aquí? Tienes que escoger un nombre, ¿sabes?

–Frida, me voy a llamar Frida.

No soy muy fan de la Kahlo, pero hasta ese momento no había visto ninguna mexicana y pensé que ese podía ser mi signo de distinción.

—¡Me encanta! —dijo satisfecho mientras veía a Mami Margarita que sonreía orgullosa de su pequeño mérito. —Mañana tienes que estar aquí a las 11 de la mañana para que el contador te acompañe por una licencia.

Aunque quería, no pregunté nada más, pero al otro día lo entendí cuando estábamos en una oficina de la Secretaría de Transportes y Vialidad [SETRAVI] tomándome unas fotos y llenando una solicitud donde yo decía haber nacido un año antes. Después de esto, pedí una semana para organizar mi vida.

A mi mamá le dije que iba a trabajar en una oficina de Plaza Inn en el horario vespertino y cuando le dije que iba a ganar 15 mil pesos al mes, lo aprobó. Cuando digo que el destino es fascinante, lo digo en serio. Uno de esos días, mientras iba a presentar un examen, me encontré con una compañera del colegio católico que tenía siglos sin ver. Nos fuimos a tomar un café y por alguna razón decidí contarle todo. Cuando vi que la plática no sólo la entretenía, si no que la seducía, le pregunté si quería venir conmigo. Ella aceptó al instante y desde entonces nos volvimos como Batman y Robin, pero en plataformas de 20cm, mejor conocidas como Amélie y Frida.

Yo era más bien como Robin. En ese entonces tenía 17 y ella ya tenía 18. Ella tenía más curvas, bailaba mejor y era mucho más desinhibida. *Spoiler: Hoy es una actriz porno.

El primer día de trabajo, al menos en el camerino, todo fue más fácil. Éramos 105 bailarinas, sin duda las mujeres más apantallantes que había visto en mi vida. Había cuerpos de todo tipo, morenos, voluptuosos, muchas chichis operadas y muchas piernas moreteadas. El folclor del camerino estaba compuesto por mil perfumes y acentos extranjeros, de Venezuela, Colombia, Hungría, República Checa y Brasil. Mujeres que hablaban por celular mientras se rasuraban las piernas, otras que peinaban sus largas extensiones con dedicación y premura y algunas otras que rezaban desnudas con los ojos cerrados.

Al final de uno de los pasillos estaba el maquillista, uno de esos gays de perfil desenvuelto que cuentan chistes tontos y vulgares con tanta gracia que no puedes aguantar la risa. Me tomó del brazo y dijo:

—Hola, "pequeña traviesa" —aludiendo a la canción de la telenovela de Michelle Vieth —¿sabías que tu primer día te da derecho a maquillaje y peinado gratis?

Aunque le pedí que me maquillara de manera natural, nunca había estado más maquillada en mi vida. Siempre hubo sobre nosotras múltiples miradas y una atmósfera de ternura, lástima y envidia.

Nos prestaron dos vestidos largos y un par de zapatos de alto riesgo y llegó el momento de bajar a trabajar por primera vez. Nos tomamos de la mano y con los ovarios en la garganta, abrimos las puertas del camerino. Nos quedamos apendejadas por cada detalle del lugar. Estaba decorado con un gusto muy fino, con alfombras color vino y tapiz verde. Había tres pistas de baile, una grande, tipo pasarela al centro, otra de cristal suspendida que pertenecía al VIP, un minúsculo segundo piso, y otra circular y diminuta enfrente de la entrada. Todos los clientes vestían trajes y ninguno tenía la pinta de morirse de hambre. Prohibidísima la entrada a mujeres.

El jefe de seguridad, un ex militar, nos mostró todo el lugar mientras nos explicaba las reglas: no podían tocarnos los senos, no podíamos aceptar propinas, no podíamos quitarnos la tanga a la hora del baile y por supuesto, no podíamos vernos con los clientes afuera del establecimiento.

Había sólo una cosa que en verdad me aterrorizaba: bailar por primera vez en la pista. No tenía ningún tubo como el que había visto en las películas, al que pudiera aferrarme mientras me cagaba de miedo a gusto. Era una pista de madera brillante con un espejo en el fondo. Las más tímidas no se separaban nunca de ese espejo. Nosotras, obviamente, escogimos canciones súper fresonas como de Kalimba o alguna de la Spears para hacer bien el ridículo. Mi amiga bailó súper bien y yo no nunca dejé de temblar.

El perfil de mis clientes casi siempre era el mismo: Tenían más de 40 y eran unos pinches pervertidos, la mayoría de las veces el de seguridad tenía que ayudarme porque difícilmente se podían contener. Otros, a diferencia, no me dejaban ni sentarme en sus mesas: "Perdón, pero estás muy chiquita", decían. Recuerdo que habían unos clientes frecuentes a los que les gustaba gritarnos: "¡Ya váyanse a dormir, pinches chamacas!" Mi amiga se reía y yo me ardía. Amélie era una mujer, yo todavía era una mocosa. Me miraba al espejo y me odiaba por ello, quería operarme todo.

Nunca hacía más de diez bailes al día —alrededor de mil pesos—, porque siempre tenía que escaparme a las diez de la noche. Gracias a ese horario, mi mamá y mis amigos tardaron en darse cuenta de mi trabajo secreto. En cambio, la mamá de mi amiga sabía y apoyaba la aventura, así que ella podía quedarse hasta el cierre a ganar más dinero y a través de sus relatos me enteraba de cómo el lugar cambiaba de noche. Las luces se bajaban un poco, el cien por ciento de las bailarinas estaban abajo, los clientes se ponían más borrachos y gastaban más, ellas les seguían los pasos y se ponían más cachondas. No se ganaba extra por beber, así que si se ponían borrachas era por puro gusto. Yo tenía que seguir con mi juguito de uva. Desde ese punto de vista, para algunos clientes resultaba irritante, pero para otros era todavía más excitante.

Un buen día mi mamá y mi ex se dieron cuenta. Esa pregunta que todos me hacían: "¿Y si viene alguien que conoces?", sucedió. Dos amigos de mi ex eran fans del buffet de los miércoles, un día me vieron y naturalmente, se quedaron con los ojos abiertos. Mi ex me había dejado varios meses antes por una canadiense que se parecía a Meg Ryan, su amor platónico. Cuando supo sobre mi trabajo, no dejó de llamar e implorar que volviéramos. Pero yo ya estaba en otro canal, me gustaba un cirujano plástico de 29 años que había conocido ahí.

Con mi mamá como era de esperarse, fue bastante diferente. Un día me dijo que había venido a recogerme al trabajo, que me estaba esperando abajo del centro comercial. Subí lo más rápido que pude al camerino a cambiarme, tomé uno de los taxis del lugar y le pedí que entrara por el estacionamiento a Plaza Inn. Vi la camioneta de mi mamá que me esperaba afuera con el chofer. Subí por el estacionamiento y luego hice como que salía de la plaza. Ella se bajó y me dijo que quería ver exactamente mi oficina. Yo le respondí que no podía, que ya estaba todo cerrado. Dijo que ya sabía todo, que había hablado con el vigilante y que le había dicho que nunca había oído mi nombre. El chófer me vio con una mezcla de compasión y desesperación. Ella me preguntó:

—¿Dónde trabajas?

––En un teibol–– no lo pensé dos veces, quería que todo terminara pronto.

Después de eso, recuerdo la ola de calor que inundó mi rostro por la bofetada que me dio. Me dejó tan aturdida que no sé qué pasó después. Simplemente ya estaba arriba de la camioneta.

—¡Los voy a demandar! —gritó enfurecida y me quitó la bolsa, abrió mi cartera y descubrió los boletos rosas y azules (pago en efectivo y tarjeta, respectivamente) y luego descubrió mi licencia de conducir.

—¡¿Qué chingados es esto?! —dijo mientras trataba de destruir la mica con las manos.

—No los puedes demandar, les dije que tenía 18 años. Les llevé esta licencia, la conseguí en Santo Domingo, como tus facturas falsas.

Me llovió otra. Con la mano en el rostro me recargue en el vidrio mientras el chofer angustiado me hacía señas de silencio por el retrovisor. Pensé que era un consejo sabio, pero algo en mí había cambiado. Pensé en Jesús y su "La verdad os hará libres" y comencé a reír histéricamente.

Mi mamá estaba llorando, llamó a mi padre y a mi mejor amigo y les contó todo. No me importó tanto lo de mi padre, pero sí lo de mi mejor amigo. Con dos llamadas destruyó todos mis lazos sentimentales por tres años. No tuve el valor de contactar a nadie.

Esa noche preparé mis maletas y las escondí bajo la cama. La mañana siguiente mi mamá vino a despertarme y a ver cómo estaba mi cara. Después se dirigió al clóset —¡pinche instinto materno!— y lo vio medio vacío.

Buscó debajo de la cama mientras yo me preparaba para el enésimo madrazo.

—No voy a dejar que te vayas.

—No puedes detenerme, ya tengo 18 años.

—Claro que puedo. Si quieres irte, vas a tener que llamar a la policía— dijo cínicamente mientras caminaba al baño a bañarse.

Tomé el teléfono y traté de denunciarla.

—Mi mamá me tiene secuestrada.

—Señorita, nosotros no resolvemos problemas personales.

En cierto punto vi a mi hermano que indignado empezó a gritar: "¡Mamá! ¡Está llamando a la policía!", —ay, el calor fraterno. Mi mamá salió y me dijo: "Si vas a denunciarme, te voy a llevar yo misma a que lo hagas". Cuando llegamos al Ministerio Público nadie nos tomó en serio y perdimos toda la mañana gritando y argüendeando: "¡Mi hija quiere ser puta!"

En la tarde volvimos a casa. Mi mamá se puso a llorar y me pidió que no me fuera, dijo que me iba a dejar bailar, que ya no me iba a pegar, me hizo tantas promesas y me chantajeó con muchos de sus secretos más escondidos, que hasta lo dudé seriamente, pero los ocho años de planear ese momento fueron más pesados.

Cuando se fue a recoger a mi hermano, me encerró con la empleada doméstica. Ella subió a tender la ropa y cuando volvió, dejó las llaves en la mesa de la cocina. Llamé a un taxi y pedí que no tocaran el timbre, que yo iba a esperar abajo. Cuando lo vi llegar, me asomé por la ventana y le dije: "Oiga, le voy a lanzar mis maletas. Tenemos que ser rápidos y silenciosos. Me estoy escapando de mi novio porque me pega", y señalé el lado de la cara más golpeado. Enseguida se hizo mi cómplice. Comencé a lanzar las maletas por la ventana mientras él las metía a la cajuela. En la calle todos nos observaban. Le pedí que me diera cinco minutos y que estuviera listo para arrancar. Hizo un gesto comiquísimo de ¡A la orden, capitán! Fui a la cocina, tomé las llaves y corrí hacia la puerta. La empleada doméstica me persiguió, pero yo ya estaba afuera del departamento, encerrándola con doble llave. "¡Niña, me van a despedir!", gritaba del otro lado de la puerta. "Perdóname, Mari", fueron mis últimas palabras en ese edificio.

Me subí al taxi corriendo y él chofer me dijo:

—¡Lo logramos! ¡Ese cabrón nunca más le va a volver a poner una mano encima! ¿A dónde la llevo?

—A la colonia Chimalistac, por favor.

Cuando llegué al lugar, subí a contarle todo a la mami. Atrás del lugar había una calle privada, en la cual habían tres casas, la 32, 34 y 36. Ahí vivían todas las extranjeras que no podían o no querían pagarse un depa. Servía también como escondite emergente por si llegaba Migración. No tienen idea de las caras horrorizadas y las reacciones que provocaba el mensaje en código transmitido por el dj informando que los de Migración estaban en camino. Te encontrabas por el piso zapatillas, bolsas, cigarros y tragos sin terminar, como si fuera una ciudad abandonada, un téibol zombie. A mí me asignaron una habitación con una argentina que odiaba bañarse y que obligaba a los clientes a bailar por la fuerza.

Ese viernes, fue la primera vez que me quedé después de las 11PM. Todos los relatos de Amélie cobraron vida. Me di cuenta que el viernes era un día "flojo" por que estaba lleno de los "hijos de papi" que quieren festejar. Aprendí que los papis usualmente se quedan en casa los viernes.

Mis compañeras, sabiendo lo que me había sucedido, después del trabajo vinieron a mi habitación y me invitaron a echar la fiesta. "Hoy te vamos a pervertir", dijeron. Fuimos al Dober, un after donde se reunía gente que comparte un mismo entorno: dealers, narcos, más teiboleras, estripers, futbolistas, escorts y hasta algunos actores. Entendí que después de trabajar, las bailarinas no se van a dormir, se van a seguirla como cualquier mortal.

El conjunto de sucesos de esa noche me sacaron de onda y quise volver a casa. Les dije que me dolía la cabeza y que quería irme a dormir. Tomé un taxi y por un momento extrañé a mi mamá. Me di cuenta de que no iba a lograr salir de esta aventura sana y salva si estaba sola y llamé a mi ex. El siguiente fin de semana nos fuimos a vivir juntos.

Durante tres años vi e hice cualquier cosa. En los primeros dos, comencé a consumir anabólicos para cambiar mi cuerpo infantil y me volví rubia platinada, rechacé algunas ofertas locas de matrimonio y con tal de no estar sola o volver a mi casa, mantuve a mi ex sin estar enamorada. Una vez vi a mi padre venir borrachísimo a buscarme, sé que no lo hubiera logrado sobrio, pero fue algo estúpido e irresponsable. A pesar de todo, seguí sin tomar ni drogarme, pero eso cambió cuando mi ex se escapó con todos mis ahorros y perdí cualquier gramo de fe que tenía en el mundo.

Había ahorrado para irme a Europa, era un sueño que tuve desde la infancia. Vendí mi coche, mi ropa, mis muebles, todo. Comencé a despedirme de todos y pensé que podía lograr retirarme, salir ilesa de ese mundo. Después de que mi ex me robó volví con la cola entre las patas y empecé a tomar, a drogarme y a acostarme con el primer pelado que se me pusiera enfrente. No sé si era venganza o esperanza. Naturalmente me agarré algunas enfermedades, la gente comenzó a juzgarme y a perder confianza en mí. Aunque había vuelto a buscar a mis amigos de la infancia —con los cuales aceptaba abiertamente que era teibolera— la mayoría tampoco daba un peso por mí. Me volví mitómana e inventé cualquier tipo de pasado que pudiera enterrar quién realmente fui. Cambiaba de lugar y cada vez me escogía un téibol peor: primero con tubo y otro que hasta tenía de mascota a una rata que merodeaba entre las mesas. Me acostumbré a lo peor.

Las ambiciones de una bailarina son operarse, traer a sus hijos a México, comprarse una camioneta y al máximo, abrir un negocio. Pero también están aquellas dos o tres que aunque lo llegaron a hacer, por algún motivo regresaban a bailar de vez en cuando. No sé si era que el negocio no jalaba muy bien o porque habían desarrollado una especie de adicción.

Yo vivía en La Condesa y como era de esperarse, cada vez me costaba más trabajo pagar los gastos y todos los días estaba pachipeda. En mis trips siempre recreaba ese momento en el que estuve apunto de retirarme: me iba sin mi ex a Europa, me convertía en una artista, mandaba postales a las mamis y algunas bailarinas, ellas me decían lo orgullosas que estaban de mí y mi mamá reconocía que al final había hecho lo correcto. Pero luego abría los ojos y estaba ahí, sola, tirada en un colchón en un departamento de lujo en Alfonso Reyes. Me acuerdo que un día, uno de esos trips fue muy real. Tan real, que me pregunté: "¿De verdad no es posible recrear todo?" Podía probar en un lugar que no fuera el DF. No quería lanzarme a Europa porque tenía que salir de México "con la cabeza en alto". En mi computadora sonaban las notificaciones en Messenger:

Ex novio dice:
¿Cuándo vas a venir a visitarme, guapa?

Ahtziri dice:
¿Dónde estás?

Ex novio dice:
En Playa del Carmen.

Ahtziri dice:
Ahorita.

Me levanté de la cama, tomé una maleta lo suficientemente pequeña como para que me cupieran sólo las cosas de valor moral y algunos trajes de baño. Me pinté el cabello de castaño y me corté las extensiones. Con los últimos tres mil pesos en la cuenta, compré un boleto para Cancún y le pedí que me recogiera en ese aeropuerto. No supe si me había creído hasta que me vio ahí. Por su cara, creo que yo tenía un aspecto decepcionante, pero eso ayudó a que nos volviéramos compañeros de piso y no de recámara y que no intentara seducirme nunca más. Playa del Carmen era el lugar menos indicado para volver a empezar, así que mi primer intento fue un fracaso, pero después de un mes lo volví a intentar.

Me cambié a un bar de fichas muy pitero. Se llamaba El Malibú de Charlie. Creí que en un lugar así me iba a poner a prueba ante cualquier cosa. Aunque podía bailar en el lugar que quisiera y de verdad había visitado algunos muy bonitos por allá, quería trabajar en ése. Quería trabajar con gordas celuliticas que se ríen en voz alta y comen con la boca abierta, quería hablar con albañiles y traileros. Quería que cada día que pasara en ese lugar fuera una experiencia de vida y créanme, lo fue. Empecé a trabajar de 2PM a 8PM y a las 10PM ya estaba en mi cama, sobria, pensando en todo lo que tiene que pasar la gente sin recursos para poder sobrevivir y que yo era una pobre pendeja muy pinche afortunada.

Decidí convertirme en fotógrafa y cuando se lo contaba a la gente, nomás me daban el avión. Ahorré sólo para dos cosas: para mi boleto a Europa y para comprar una cámara y bueno, un poquito más para sobrevivir en lo que agarraba la onda del otro lado del charco. Cuando le conté a la banda que ahora sí ya me iba a Europa, pensaron que ya estaba forevereando. Me hubiera gustado ver sus caras cuando supieron que ya andaba acá.

Sé que a Kubrick le hubiera gustado acabar la peli con un zoom out de mí, ojerosa tripeando en el colchón, pero hey, Stanley y Nabokov, ustedes también tuvieron una vida jodida y salieron ganando. Por el momento, yo sigo en Europa.

Ahtziri es una fotógrafa mexicana que vive en Roma, conoce su trabajo en su cuenta de Instagram:

@instant_hunter