Foto: EPA-EFE/Federico Anfitti

South American blues

Un cruce de correos literarios para comentar los pormenores del encuentro en Rusia 2018. Hoy, desde Uruguay, Agustín Acevedo Kanopa.

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jun. 29 2018, 5:00pm

Foto: EPA-EFE/Federico Anfitti

Artículo publicado por VICE México.

Escritores de Latinoamérica arrancan en VICE la serie “Correspondencia Mundial”, un cruce de correos literarios para comentar los pormenores del encuentro en Rusia 2018. Hoy, desde Uruguay, Agustín Acevedo Kanopa.


Siempre creí que la tristeza y neurosis era una cuestión más propia de los países del tango, pero gratamente me he dado cuenta de que la latinoamericanidad se extiende subterráneamente en una suerte de derrotismo compartido. Las copas del mundo tienen eso: son como un curso de geografía intensivo, sobre todo para una generación cuyas nociones de geopolítica son más vastas en los diversos reinos de Game of Thrones que en las más básicas relaciones regionales. En todo esto, el fútbol es una gran lupa y a la vez un gran prisma: a veces sirve para observar caleidoscópicamente nuestras similitudes o diferencias, pero si permanecemos demasiado tiempo bajo el mismo lente podemos achicharrarnos como una hormiga al sol.

Traigo esto a mención porque lo primero que me resonó al leer sus cartas fue una sensación hermanada de dolor o de derrota basal, algo que una amiga rusa llama la Latinoamerikanskaya pechal (algo así como la “tristeza latinoamericana”). Esto podría obedecer a cómo les venía yendo a la mayoría de las selecciones antes de la última fecha de la fase de grupos, pero también a algo más profundo de lo que es ser latinoamericano, y la manera en que el fútbol intenta responder a ello.

Casi siento que estoy haciendo trampa, escribiéndoles esta carta con los spoilers ya sobre la mesa, pero la cuestión es que, contra todos los pronósticos, cuatro de los cinco países de Sudamérica clasificamos, pese a los casi generales tropezones de la primera fecha.

Si nos ponemos a hilar fino, somos todos parte de una gran familia, en donde todas nuestras similitudes y diferencias se articulan alrededor de la forma en que nos relacionamos alrededor de la derrota.

Tomemos primero a Perú: tomando la posta de Carlos, realmente me cuesta recordar una selección que haya vivido tan intensamente un Mundial como la suya. Una y otra vez, me tocó ver videos y fotografías de peruanos en el estadio, y todo el tiempo se los veía llorando: llorando por el pitazo inicial, llorando por el gol recibido, llorando por el partido perdido, llorando por el gol convertido, llorando por el partido ganado. Me daban ganas de decirle a Esteban Bertarelli, mi mejor amigo peruano, que más que “la blanquirroja” debían llamarse la rosada, a fuerza de las lágrimas mezclando la pintura de sus rostros. En todo esto me es imposible no encontrar un vínculo extrañamente hermanado entre Perú y Uruguay, algo que nos convierte en medio-hermanos, la noción de un ADN que nos une, por más que hayamos sido criados en distintos lugares y por madres diferentes. En Uruguay la idea de la derrota se mantiene de forma perpetua, pero como un sistema de autorregulación que nos mantiene funcionando: entendemos lo que sucede con la soga en el cuello y el nudo de esa soga se nos enseña a hacerlo nosotros mismos desde chicos. La soga: la corbata uruguaya. Perú tiene una relación distinta con su derrotismo: más que performático o estratégico, es uno real, más intenso, histórico, pero con la capacidad de firmar un cheque en blanco con lo épico. Me hace acordar a la película Las malas intenciones, de Rosario García Montero. En un momento la niña del film hablaba con espíritus de antiguos próceres de la nación y les preguntaba por qué todas las fechas patrias celebraban derrotas. Ellos, naturalmente, no le podían dar una respuesta clara, pero si uno repasa la historia oficial, una y otra vez aparece lo mismo: Tupac Amaru desmembrado por las fuerzas españolas; José Quiñonez Gonzáles arrojándose en su avión contra las baterías aéreas ecuatorianas; Francisco Bolognesi perdiendo la vida la Guerra del Pacífico; la derrota naval de Gabriel Grau; José Olaya comiéndose las cartas que debía transportar antes de ser interceptado y torturado; y volviendo al fútbol, la victoria de Perú, anulada por el comité europeo en las Olimpíadas de Berlín (cediendo a presiones de Hitler), o el accidente aéreo del Alianza Lima en 1987, llevándose a la que muchos dicen habría sido una de las mejores generaciones de futbolistas del país. Uno repasa esos datos, y se da cuenta que más que lamentarse por el penal de Christian Cueva contra Dinamarca, se podría decir que Cueva le regaló a Perú cuatro años de pensar qué podría haber sucedido si el tiro hubiera entrado.

Si uruguayos y peruanos nos alimentamos del derrotismo –pero, de alguna forma, incorporándolo a nuestra dieta– los argentinos siempre viven aquel terror como si fuera la primera vez, con una intensidad que hace imposible cualquier atisbo de almacenamiento, como un borracho que mañana a mañana en su resaca dice que es la última vez que va a beber. Por la misma razón, la figura máxima del mundial no ha sido Messi, ni Cristiano, ni Modric ni Lukaku, sino el mismo Maradona, una especie de meme ambulante que se regenera constantemente borrando todo lo que es y todo lo que fue, amigándose y desamigándose con todos, desafiando leyes físicas y clínicas, con momentos que pueden ser tan ridículos como epifánicos (la imagen del haz de luz iluminando exclusivamente su palco, mientras varios lo sostienen, convirtiendo todo en un perfecto cuadro de Delacroix, es la imagen más perdurable de lo que viene siendo el mundial). Argentina (aún con los fantasmas del 3 a 0 con Croacia), como siempre, puede ser campeona del mundo o perder en octavos, cuartos o semifinales, casi que con la misma prestancia. Pero para tan variables destinos, las lecturas parecen ser solo dos: o un holocausto futbolístico, o la confirmación del pueblo elegido. Desde la debacle de Bielsa en el 2002, Argentina ha vivido a través de esta bipolaridad, obsesionada en encontrar su Mes(s)ias, caníbal en su propia hambre, incapaz de bajar la pelota al piso y darse cuenta de que no son tan horribles como denuncian ni tan buenos como anhelan. Aún así, si algo ha dado pauta este mundial, es que con ellos puede pasar cualquier cosa.

De Colombia siempre me dio la impresión de que todo lo malo y lo bueno que les pasa obedece a un Trastorno de Déficit Atencional inherente. El mismo que hace que pierdan partidos o campeonatos casi que por atropello (recordar las últimas eliminatorias, en donde estuvieron a punto de quedar afuera por una seguidilla de malos partidos), el mismo que hace que en vez de concentrarse en cosas efímeras como ganar, a veces se preocupen por otras boludeces más importantes como la verdadera magia del fútbol.

Como un capítulo aparte tendría que estar México, que tuvo una de sus mejores primeras fases en muchas ediciones (me arriesgo a decir, el mejor primer tiempo de cualquier equipo del mundial), pero que estuvo a pelos de quedar fuera de octavos por deficiencias propias. Aún así, México siempre parece vivir de una manera extrañamente diferente sus derrotas: llevan dentro suyo el derrotismo latinoamericanista, pero cuando se rompe la piñata igual hay caramelos y serpentinas. Es una manera de vivir el destino futbolístico de una manera menos trágica, con una mayor capacidad de reírse de ellos mismos, aún así cuando quizás se coman, una vez más, no pasar de octavos (enfrentándose esta vez a Brasil). Al principio joderá, pero en seguida se les olvida. Es casi algo lógico, para el país que más alegremente honra a sus muertos.

Más allá de todos está Brasil, con o sin samba, alegres o con saudade. Para el resto de nosotros es el “más allá hay dragones” de los mapas de antaño.

En fin, como buen uruguayo, mi opinión experta es: nada es cierto, todo está permitido.

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