Mi pandilla gay lucha contra los neo-nazis en prisión

Nos llaman los "Guerreros del arco iris".

por Dennis Mintun; ilustración de Ryan Inzana; traducido por Álvaro García
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sep. 11 2018, 4:30pm

Ilustración por Ryan Inzana

Artículo publicado originalmente por VICE Estados Unidos.

Este artículo fue publicado en colaboración con el Proyecto Marshall. Suscríbete a su boletín.

Cuando llegué a prisión por primera vez, no sabía cómo actuar. Yo era un hombre gay, condenado por un delito sexual. Todos hemos escuchado las historias de terror. Pero tenía un punto a mi favor: era grande, con un peso de 140 kilos, de los cuales una buena parte era músculo. La mayoría de las veces, los otros reclusos me dejaban en paz.

Pero esto cambió cuando los otros gay y trans se fijaron en mí. En aquel entonces, una de las pandillas, que se llamaban a sí mismos los Caballeros Arios, le daban una golpiza a los "maricas y chomos (abusadores de niños)" como iniciación para los nuevos miembros. Como dije, casi siempre me evitaban, prefiriendo atacar a los más pequeños y débiles. Pero eso significaba que los gay y las mujeres transgénero de repente querían ser mis novios (o novias), no porque les gustara de esa manera, sino porque pensaban que los protegería.

Durante algún tiempo les seguí la corriente. En algún punto yo era el "novio" de seis personas diferentes al mismo tiempo. Pero me cansé de ser usado y quería verdadera compañía, así que finalmente comencé a salir con un chico pequeño y simpático que parecía sentir un afecto genuino por mí. Estaba devastado cuando lo vi besando a otra persona en el baño del gimnasio.

Después de eso, casi me retiro por completo. Los chicos seguían acercándose a mí, uno tras otro: algunos para "ser sólo amigos", otros alegaban que querían algo más. Algunos realmente eran honestos sobre querer pasar el rato conmigo por protección. Pero siempre les decía: "Lo siento, no es mi problema". Me volví casi malvado cuando lo hacía.

Hasta que llegó Peter.

Peter era un chico joven que supuestamente había sido acusado de una serie de crímenes por los que finalmente no había sido condenado, incluido tener sexo con un menor de edad. Sin embargo, la gente lo seguía considerando un "chomo".

Mi amigo Chancey —que siempre se involucraba en el drama de otras personas— me presentó a Peter. El chico era adorable y quería pasar tiempo con él. Pero cuando me enteré de que los otros tipos le estaban "cobrando renta" (exigir artículos de la cafetería para permitirle vivir en la unidad), tuve que actuar a la defensiva.

Cuando Peter comenzó a ser afectuoso conmigo, lo aparté. Como era costumbre, le dije que sus problemas no eran míos y que no iba a enamorarme de él solo para que me utilizara.

Siguió insistiendo en que le gustaba de verdad. Pero yo no le creía.

Luego, un día en el gimnasio, mientras íbamos caminando al patio de recreo, unos pandilleros llamaron a Peter y le dijeron que querían hablar con él en el baño. Él me miró y me preguntó si iría con él. De nuevo, dije que no. Le aconsejé que los ignorara, pero, más allá de ese consejo, seguí mi camino hacia el patio.

A mitad de camino hacia el pequeño campo donde mis amigos y yo solíamos pasar el rato, me di cuenta de que Peter no estaba con nosotros.

Estaba preocupado, pero me encogí de hombros y me senté en una pequeña colina cubierta de pasto en el borde del campo. Los tres hablamos sobre las noticias y cualquier tema que nos viniera a la mente, y al poco tiempo, me olvidé de Peter.

De repente, empezó a sonar la sirena de la prisión.

Nuestro objetivo principal era contrarrestar la práctica de los reclusos arios de aceptar miembros mediante golpizas a hombres gay y delincuentes sexuales.

Cuando eso sucede, los reclusos deben permanecer sentados con las manos sobre la cabeza, hasta que se emite una alerta para indicar que todo está bien.

Pero nunca fue dada. En cambio, nos llevaron de vuelta a nuestras unidades y nos encerraron en nuestras celdas.


Más tarde esa noche, finalmente salimos y nos permitieron ir a la sala de la prisión. Fue allí donde me enteré de lo sucedido.

Habían golpeado a Peter hasta que se cayó y se rompió la cabeza. Había muerto casi al instante.

Perdí la cabeza por completo. Regresé a mi habitación y lloré durante mucho tiempo. Fue mi culpa que Peter estuviera muerto, pensé. Podría haberlo evitado. Podría haber ido con él o haberlo tomado de la mano e insistir en que se quedara con nosotros.

Durante algunos días no hice nada. No comí; no fui a trabajar; nada. Seguía pensando en ese chico hermoso tirado sin vida en el piso, sólo porque no había sido "mi problema".

Finalmente, tomé una decisión. Si estaba en mis manos, no volvería a suceder algo como eso.

Con la ayuda de dos amigos, comencé a reunir a muchos de los reclusos gay y transexuales en una pandilla propia. Incluso formulamos un conjunto de "reglas" (en realidad consejos de sentido común), como "nunca caminar solo por ninguna parte".

Nuestro objetivo principal era contrarrestar la práctica de los reclusos arios de aceptar miembros mediante golpizas a hombres gay y delincuentes sexuales. Así que formábamos grupos cada vez que lo intentaban y después de que fracasaran algunas de sus iniciaciones, comenzaron a llamarnos los "Guerreros del arco iris" como burla.

Curiosamente, la administración de la prisión comenzó a fijarse en nosotros. El oficial de investigaciones, el teniente Higgins, me etiquetó más tarde como el jefe de los Guerreros del arco iris.

Pero ya no me importa lo que piensen. Cuando persiguen o abusan de una persona y hay algo que pueda hacer al respecto, especialmente si esa persona es mi hermano o hermana gay o trans, se convierte en mi problema.

Dennis Mintun, de 56 años, está encarcelado en la Institución Correccional Estatal de Idaho en Boise, Idaho, donde cumple una condena de 45 años por tres cargos de abuso sexual de un menor de 16 años.

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