Entramos al misterioso edificio de Insurgentes 300

Recorrer cada uno de los niveles del Condominio Insurgentes es labor silenciosa. "No se permite el acceso", me recuerda nuestro guía, "y los administradores pocas veces aceptan cámaras fotográficas", advierte.

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nov. 3 2016, 12:00am

Fotos por Marcos Betanzos

"Por sí mismas, las cosas no significan nada, como los utensilios de cocina de una civilización antigua; sin embargo nos dicen algo, siguen allí no como simples objetos, sino como vestigios de pensamientos; emblemas de soledad".

Paul Auster

Recorrer piso a piso, escalón por escalón cada uno de los niveles del Condominio Insurgentes es labor silenciosa. No se permite el acceso —me recuerda nuestro guía— y los administradores pocas veces aceptan cámaras fotográficas, advierte.

Tras meses de solicitar el acceso a diferentes personajes que se ostentaron como administradores del edificio, a las 6:30 de la mañana de un domingo pude entrar por uno de sus sótanos a Insurgentes 300, un icono de la Ciudad de México, ubicado en la colonia Roma en el polígono que ocupan las calles de Insurgentes, Medellín, Querétaro y Zacatecas. Mucha gente le llama el edificio Canadá, otros simplemente lo conocen porque ahí, en su planta baja se encuentra el Rincón Cubano, un lugar que se resiste a morir entre luces de neón y el ritmo tropical.


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Debe decirse que gracias a locales como ése y otros que han comenzado a reactivarse, el edificio no sucumbe, se mantiene vivo, en una especie de estado de coma que ha generado por años tensiones y riñas por el control del inmueble. Poco se conoce de sus dueños y su visibilidad en la ciudad es coronada por su silueta —una de las más particulares del DF— y claro, por sus espectaculares anuncios comerciales colocados en las enormes fachadas laterales que posee.

Superficialmente se ha mencionado que fueron los sismos de 1985 los que pusieron en riesgo su seguridad estructural y a esto se atribuye su desalojo y estado actual. Lo cierto es que nació con mala estrella pues originalmente se planeó como sede de la Sub-Central de Correos a petición de la Secretaria de Comunicaciones y Obras Públicas (SCOP), quien lo solicitó en 1956. El edificio nunca llegó a ser lo que se pensó, por el contrario, se destinó a albergar más de 400 despachos, los más exclusivos de su tiempo.

Cada paso dado en el sótano es un paso en medio del agua estancada, hay algunas lámparas que rompen la penumbra y algunos chorros de agua cayendo de tuberías fisuradas. Escobas viejas, coches abandonados, basura y mucho polvo. La imagen se repite al subir las escaleras; los elevadores ya no están, sólo queda el foso vacío. En el vestíbulo está la placa con la licencia de construcción fechada en 1959, reliquias de un mundo lejano.

Documentar el interior es retratar el lamentable mundo de los intereses particulares de dos bandos, el que se imagina que este edificio puede renovarse y recuperar la gloria que un día pudo tener y los que imaginan que con su desaparición podrán darle lugar a un nuevo y más ostentoso proyecto inmobiliario. Su actual belleza decadente lo hace irresistible, vulnerable; la ruina sin tragedia provoca seducción pero también mucho optimismo que huele riqueza pactada.


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Sin embargo, por el momento aún huele a viejo, a polvo estancado y a orines. Los despachos al entrar desprenden la fuerza de la ausencia y los objetos imposibilitados para narrar se expresan como pueden, solos y descontextualizados. Hay tantas evidencias de actividad humana que uno se transporta a otros tiempos rápidamente, la ciudad se ha detenido entre esos espacios rotos, agrietados y malvibrosos aunque la ciudad sigue, allá afuera su transformación incesante.

Nadie llamará al teléfono del despacho 823, ¡Qué tragedia verlo ahí en el piso, inútil y obsoleto! Está igual que el gran edificio que lo contiene, por el momento son sólo un montoncillo de materia aunque en diferente escala. Una vez que ha llegado la muerte, con el silencio y el fin, todo se torna absolutamente inútil. Todo.

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@MBetanzos

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