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Pájaro de calor en Bahía de Kino

Encontramos esta mítica publicación infrarrealista en Sonora, un lugar del que escribió Roberto Bolaño sin haber conocido.

Portada de Pájaro de calor. Ocho poetas infrarrealistas. Ediciones Asunción. Sanchís, México, 1976.

A la entrada de Bahía de Kino hay un retén nocturno. Dos policías sonorenses con su linterna en la penumbra cerca del mar, detienen el viaje. Uno pasea lentamente entre las luces delanteras con su pequeña pistola nueve milímetros, el otro se pone a medio metro del conductor de la gigantesca camioneta Expedition, a la que sólo le falta una metralleta empotrada donde ahora va el quemacocos, para convertirse en una máquina de guerra.

—¿A dónde?

—A Kino.

—¿Saben que semana es esta?.

—La semana diabla.

—Okey. Abusados.

—Adiós.

El policía tenía un diente de oro. O de chapa de oro. Sonreía como si acabara de matar a alguien. El conductor de la Expedition calculaba que había matado a un par de personas. Imaginó a un indio seri tirado entre cactus, con un balazo abriéndole un enorme hoyo en la espalda. Imaginó también a un yonqui de Arizona buscando emociones fuertes en los pueblos de Sonora y encontrando su cenit en la mirada policial de aquel asesino con placa. 

La bahía de Kino estaba en calma. Seis parejas de gordos en traje de baño jugaban voleibol, unos muchachos tomaban Tecate blanca y oían reguetón junto a una fogata. Camionetas blindadas con los vidrios polarizados hasta abajo, llenas de tipos duros, recorrían la única avenida del pueblo, con la música norteña a un volumen tan bajo que causaba inquietud. 

Justo a mitad de la avenida —o sea a mitad del pueblo—  había otro retén de la policía de Sonora: cinco autos con las torretas encendidas, golpeando la noche con su ruido visual; cinco autos con dos policías cada uno. Diez policías sonorenses fastidiados que a lo lejos parecían recién salidos de un manicomio militar.

Antes de llegar al nuevo retén, el conductor de la Expedition, basado en una extraña lógica, quitó el disco de Los Cadetes de Linares, un grupo más típico del noreste mexicano —allá en la región mexicana colindante con Texas— que de aquí del noroeste. Puso un disco de Chalino Sánchez. La número siete del CD pirata era “Nocturno a Rosario”, un poema de Manuel Acuña con versos que Chalino canta con voz chillona. Chalino fue sicario y luego quiso retirarse cantando. Se convirtió en una estrella; como quiera acabó cosido a balazos.

Mínimo diálogo en el retén. La expedición continúa. Este viaje acaba esta noche en un hostal de Lorenzo Pinelli, quien sorprendió a todos porque tenía secuestrado en su casa un Pájaro de calor, el animal infrarrealista en peligro de extinción, con el que ninguno de los pasajeros pensó que se iba a topar. 

Lorenzo Pinelli es un entrañable personaje de Dostoievski exiliado en esta Siberia de arena: cuerpo fornido, bigote espeso y ojos buenos, como de insecto marino gigante.

Lo que sí sabían los viajeros es que Roberto Bolaño nunca vino a Sonora. Sonora, que en la obra del escritor es lo que Macondo para Gabriel García Márquez, o Yoknapatawa para William Faulkner, la conoció Bolaño por unos mapas hechos por Julio César Montané, un sabio chileno exiliado aquí desde los setenta (un chileno en Sonora es tan extravagante como un finlandés en la región triqui de Oaxaca, aunque ambas cosas han ocurrido y no han acabado bien). Este chileno —profesor de literatura, historiador y geógrafo— aparece representado en el mundo narrativo de Bolaño como Amalfitano. En la novela 2666 (Anagrama, 2008) Amalfitano tiene una larga intervención en la que habla de un tema tan delicado como el del narco: los escritores.

El ejemplar inicia con un epígrafe de Huidobro y una foto de los infrarrealistas en la Ciudad de México.

—En realidad no sé cómo explicarlo —dijo Amalfitano—. La relación con el poder de los intelectuales mexicanos viene de lejos. No digo que todos sean así. Hay excepciones notables. Tampoco digo que los que se entregan lo hagan de mala fe. Ni siquiera que esa “entrega” sea una entrega en toda regla. Digamos que sólo es un empleo. Pero es un empleo con el Estado. En Europa los intelectuales trabajan en editoriales o en la prensa o los mantienen sus mujeres o sus padres tienen buena posición y les dan una mensualidad, o son obreros y delincuentes y viven honestamente de sus trabajos. En México, y puede que el ejemplo sea extensible a toda Latinoamérica, salvo Argentina, los intelectuales trabajan para el Estado. Esto era así con el PRI y sigue siendo así con el PAN. El intelectual, por su parte, puede ser un fervoroso defensor del Estado o un crítico del Estado. Al Estado no le importa. El Estado lo alimenta y lo observa en silencio. Con su enorme cohorte de escritores más bien inútiles, el Estado hace algo... Ellos sólo escuchan los ruidos que salen del fondo de la mina. Y los traducen o reinterpretan o recrean. Su trabajo, cae por su peso, es pobrísimo. Emplean la retórica allí donde se intuye un huracán, tratan de ser elocuentes allí donde intuyen la furia desatada, procuran ceñirse a la disciplina de la métrica allí donde sólo queda un silencio ensordecedor e inútil. Dicen pío pío, guau guau, miau miau, porque son incapaces de imaginar un animal de proporciones colosales o la ausencia de ese animal. 

-—No entiendo nada de lo que has dicho- dijo Norton.

-—En realidad sólo he dicho tonterías- dijo Amalfitano.

(Bolaño, 2008: 161)

Pese a ser uno de los mejores narradores del norte mexicano, lo más lejos que Bolaño se internó en él fue Gómez Palacio, Durango, a donde fue a dar un taller de cuento apenas unos días. No pisó nunca Sonora sino a través de los atlas que le abastecía hasta Barcelona, Amalfitano, padre del poeta Bruno Montané, otro de los camaradas infrarrealistas de Bolaño. 

“Los desiertos de Sonora” se llama el vertiginoso capítulo final de Los detectives salvajes. Arturo Belano y Ulises Lima, alter egos del propio Roberto Bolaño y de Mario Santiago Papasquiaro, viajan por Sonora buscando a la desaparecida poeta Cesárea Tinajero, de quien sólo tienen el rastro de que fundó la revista Caborca. Caborca es un pueblo fronterizo con Arizona, al que los detectives salvajes viajan recorriendo la carretera federal hasta Santa Ana. De Santa Ana se desvían al oeste por una carretera pavimentada, luego pasan Pueblo Nuevo y Altar. Antes de entrar a Caborca vieron la desviación a Pitiquito, la cual ignoraron. Llegaron a Caborca, buscaron a Cesárea, pero no la hallaron. Siguieron su viaje.

Muchos otros pueblos sonorenses aparecen en la obra de Bolaño. Su novela tótem tiene como elemento principal Santa Teresa, Sonora, lugar inspirado en Ciudad Juárez, Chihuahua, cerca de aquí. Bolaño escribía en sus distintos departamentos de Barcelona y Blanes, armado de mapas de Sonora. Mapas regados en el piso, a veces pegados en las paredes. Mapas para asomarse a una fonética propia de su prosa, que parece espontánea, pero es más calculadora que cualquiera de los asesinos sonorenses que aparecen en Los sinsabores del verdadero policía, la última novela de Bolaño, publicada por Anagrama, aunque en realidad, lo último que escribió Bolaño antes de morir sin ni siquiera haber cumplido 60 años, fue “El policía de las ratas”, un cuento delirante, con más de un paralelismo con “Josefina la cantora o el pueblo de los ratones”, el último cuento de Kafka.

Bahía de Kino no aparece en ninguno de sus libros. Pero aquí habrá esta madrugada un homenaje clandestino a los poemas de Bolaño, considerados como malos por la crítica, sobre todo en comparación con su narrativa. El propio Bolaño lo reconoció en una entrevista con la televisión chilena: “Yo escribía poemas que no resisten el paso del tiempo, mi viaje a Europa me hizo cambiar la perspectiva de mi propia poesía”.

Aunque hay versos que, leídos en Sonora, tienen un enorme sentido:

La violencia es como la poesía, no se corrige.

No puedes cambiar el viaje de una navaja

ni la imagen del atardecer imperfecto para siempre.

O éste:

Doy gracias al cielo por haber hecho el amor 

con las mujeres que he querido.

Desde lo oscuro, surco pálido, vienen

los días como muchachos caminantes.

Roberto Bolaño con José Vicente Anaya, y los dos primeros poemas del chileno en esta compilación. 

Algunos de estos poemas son leídos entre música norteña por Alejandro Almazán, autor de una novela sobre Joaquín El Chapo Guzmán; Carlos Sánchez, quien imparte un taller literario para asesinas presas en la cárcel de Hermosillo; Felipe de Jesús Larios, el mejor periodista de todo Sonora, quien siempre se refiere a sus parejas como sicarias, nunca como novias; Luis Alberto Medina, oriundo de Cananea, quien acaba de regresar de Edimburgo, a donde llevó maletas cargadas hasta la madre de coyotas, machaca, Café Combate, chiltepino y otras peculiaridades sonorenses para una mala mujer; y José Luis Valencia, autor de un cuento totalmente infrarrealista titulado “La poeta gorda” y dedicado a una escritora a la que le gusta que las portadas de sus libros contengan fotografías de su cuerpo desnudo.

También se acerca Lorenzo Pinelli a leer poemas de Bolaño, junto al mar y a los policías de Sonora. Se trata de una noche esplendorosa.

Además de la poesía de Bolaño, la velada discurre entre charlas sobre proctólogos de Agua Prieta, pangas repletas de cocaína con rumbo a Los Ángeles, y las historias que platica un viejo que parece una sombra. Un viejo que cuando habla lo hace con arena de mar en los ojos y en las comisuras de la boca. Ese viejo sombra se llama Pedro Carrillo y nació en Navolato, Sinaloa, donde nacieron también los Carrillo Fuentes, capos de Ciudad Juárez, quienes no son sus parientes, según dice el Viejo Sombra, aunque por supuesto, con ese apellido y esa cara entinieblada, nadie lo cree.

También hay una charla sobre una temible pandilla conocida como Los Ponis; sobre el tío Celerino, aquel personaje patibulario del campo mexicano que le dictaba los cuentos a su sobrino Juan Rulfo.

Y también un recuerdo sobre dos teiboleras, allá en la Ciudad de México. Una nacida en Mérida, Venezuela, y la otra de Ciudad Obregón, Sonora. Una es bajita y la otra, alta. La sonorense es la alta, obviamente, y se fue de Sonora huyendo. Lo que pasó es que a la hermana de la teibolera alta la mataron por andar con un narco. Los asesinos pensaron que también habían matado al narco, pero el narco está vivo, con una nueva identidad, en Estados Unidos, sin que nadie lo sepa. El narco recibió doce balazos en una calle perdida de Ciudad Obregón. ¿Quién sobrevive a eso? Su hermana recibió siete, pero desde el primero ya había perdido la vida, porque le atravesó la sien. Fue un tiro perfecto. 

La madrugada del 2 de noviembre de 2010, al salir del trabajo en el barrio de Polanco, la teibolera alta (la sonorense), le explica a la teibolera bajita, lo que significa el caso de la Guardería ABC, en el cual murieron quemados 49 niños: le dice que hay un gobernador que prohibió los table dance en Sonora, pero no las guarderías mal operadas por sus corruptos amigos políticos. En dicho recuerdo ambas están ebrias y lloran mientras miran 49 veladoras encendidas en el Ángel de la Independencia. 

De repente, Lorenzo Pinelli cuenta con lentitud pasmosa que hace muchos años conoció a Roberto Bolaño. Por supuesto que nadie le cree, aunque tenga la edad para haberlo hecho y tenga el suficiente misterio en su pasado, como para que tal cosa sí hubiera ocurrido.

Después entra a un cuarto, revolotea entre cassettes de Pink Floyd, hierba verde, libros de Bukowski, llaves, muchas llaves pero ya inútiles (llaves con las que se podría hacer una estatua pequeña para el Che Guevara aquí en Bahía de Kino) hasta que finalmente aparece un librito pequeño con las hojas amarillentas, la tinta gastada pero aún legible. 

En la portada se lee: 

PÁJARO DE CALOR

Ocho poetas infrarrealistas

Ediciones Asunción. Sanchís

MÉXICO-LORA DEL RIO

1976

Se trata del animal infrarrealista desaparecido. El primer y quizá único libro colectivo hecho por los infrarrealistas, el movimiento al que perteneció Bolaño y que en Los detectives salvajes, aparecen nombrados como “real visceralistas”. Rara avis, cuya introducción —hecha por un tal Juan Cervera— advierte que cinco de los ocho poetas serán famosos en el año 2000, y presenta a los infrarrealistas de la siguiente manera:

Atlas de Julio César Montané que usó Bolaño para escribir sus novelas. 

Antes de leer a estos jóvenes poetas, reunidos bajo el curioso estandarte de lo que ellos llaman infrarrealismo, uno se enreda en interrogantes. Piensa y pregunta: ¿de qué se trata este movimiento? Y resulta que, una vez leído lo que ellos expresan, los rubros nos salen sobrando. Estos ochos poetas, infrarrealistas o como quieran denominarse, no son más que ocho voluntades y ocho sentimientos que nos hablan con fe y entusiasmo de la vida con una hermosa y enorme carga de sensualidad liberada.

A la mañana siguiente, los viajantes dejan Bahía de Kino. En el camino revisan los otros poemas de Bolaño que aparecen en Pájaro de calor: “Estos patios parecen playas” (dedicado a Mara Larrosa), “Generación de los párpador eléctricos / Irlandesa No. 2 Constelación sanjines” (poema combativo-troskista), “Vive tu tiempo” (quizá el peor de todos) y “Para María Salomé” (en él habla de Gauguin). Descubren que el libro tiene un pequeño epígrafe de Vicente Huidobro: “Cowboys que brotan en el crepúsculo. / Y quieren saltar sobre el público intacto”.

Hablan sobre los siete poetas restantes (Mara Larrosa, Cuauhtémoc Méndez, Ruben Medina, José Peguero, Bruno Montané, Mario Santiago y José Vicente Anaya), aunque sobre todo discuten acerca de la veracidad del apartado final llamado “Breves noticias de los poetas”, donde se dice lo siguiente acerca de Bolaño: “Nació en Santiago de Chile en 1953. Poeta y escultor. Tiene publicado ‘Reinventar el amor’, 1976, y aparece en la antología 11 poetas jóvenes de Latinoamérica, próxima a editarse. Codirige la revista ‘Correspondencia infrarrealista’. Tiene un libro inédito”.  

Cuando la Expedition está entrando a Hermosillo hablan de la contraportada de Pájaro de calor, donde aparece la fotografía de una chica que podría ser Yoko Ono, la cual mira hacia su derecha enfurecida y tiene una nariz hermosa que le sangra hasta el mentón.

En Hermosillo van a Tacos El Pescadito, donde, a pesar del nombre del lugar, se comportan como gente ruda. Al terminar, caminan unas calles y llegan a la casa de Julio César Montané, quien vive en la misma zona de Tacos El Pescadito. Amalfitano no está, pero su casa está repleta de murales surrealistas. Los viajeros se toman fotos y se van. Hasta ahí acaba el homenaje a los poemas tan criticados de Bolaño.

Al siguiente mes, en la colonia Roma, en el Distrito Federal, después de comer en Tacos Álvaro Obregón, uno de aquellos viajeros -—acompañado por un viajero de otro relato— encuentra en una librería de viejo un enorme atlas de Sonora, publicado por el gobierno estatal en 1993, año en que Bolaño empezó a trabajar en Los detectives salvajes, publicada en 1999. El atlas comienza con un prólogo escrito por el gobernador de Sonora, Manlio Fabio Beltrones, quien fue acusado por The New York Times de ser narco, aunque luego el periódico se desdijo. El texto del gobernador sonorense se titula: “Raíces de nuestro pasado y frutos de nuestro presente”.

La introducción al atlas la escribió Amalfitano usando el nombre de Julio César Montané. En él, Amalfitano cuenta cómo hizo los mapas. Explica que al poco tiempo de llegar a Hermosillo -—primero exiliado de Chile, luego del DF— empezó a dar clases en la Universidad de Sonora y le llamó la atención los escasos conocimientos sobre el vasto territorio sonorense que había entre los alumnos. Cuenta que le pareció increíble que por ninguna parte se viera un mapa de Sonora en la universidad (ni tampoco de México). Amalfitano se enteró de que no había mapas en la máxima casa de estudios sonorense y decidió hacer algo para que los estudiantes tuvieran conocimiento de su territorio, límites, montañas, ríos, poblados, caminos...

Esos mapas que hizo fueron con los que Roberto Bolaño, después de todo, pudo viajar a Sonora. 

Después de leer toda la noche poemas de Bolaño, a los viajeros les pareció que la chica de la contraportada podría ser Yoko Ono.