El monstruo de Boca Paila

En una laguna cercana a Tulum acecha un dinosaurio voraz que con sus cuatro metros de largo manifiesta que, pese a todo, el Caribe mexicano todavía puede ser salvaje.

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ago. 27 2014, 3:00pm

Recientemente regresé al Caribe mexicano. Tenía más de diez años de no ir por allá y algo de curiosidad morbosa por constatar en lo que se había transformado uno de los paraísos tropicales más evocativos del planeta. La famosa Riviera Maya me recibió con esa constante suya de cambio drástico del paisaje silvestre y alteración grotesca de los recursos naturales, nuevos desarrollos por doquier, selva suplida por parques temáticos de aventura tipo Disneylandia...

Playa del Carmen ya fue, eso todos los sabemos. Desde que las olas comenzaron a romper contra las paredes del Liverpool y el Palacio de Hierro a orillas del mar, su extravío se hizo tangible. Pero Tulum se había salvado. O al menos eso era lo que yo pensaba. Claro que no estaba consciente de la transición de destino rural costeño a capital del Eco Chick. La misma cabaña ruinosa de piso de arena, cama desvencijada y techo de palma con hoyos que antes costaba doscientos pesos por noche, ahora te la dejan caer en dos mil. Y esto aplica hotel tras hotel a lo largo de los numerosos kilómetros de playa que se extienden desde las ruinas hasta la reserva de Sian-Ka'an.

La debacle ecológica seguirá avanzando mientras que las ganancias monetarias sean las que marquen la pauta de las actividades cotidianas y papá gobierno siga siendo tan corrupto. No obstante, no todo está perdido. Aún queda algo de biota prístina que disfrutar. A fin de cuentas éste es uno de los sitios más hermosos del mundo y no por nada los sabios mayas lo eligieron para proyectar su grandiosa civilización.


Punta Allen.

Punta Allen es un pequeño pueblo de pescadores localizado en el extremo sur de una península estrecha dentro de la reserva de la biósfera de Sian-Ka'an. Es un paraje apacible conocido principalmente por su aprovechamiento sustentable de langostas, deslumbrante pesca deportiva y abundante fauna marina. Alcanzarlo implica atravesar sesenta kilómetros de selva por una vía costera en mal estado. Lo que requiere de mucha paciencia, en especial si ha llovido, o contar con una cartera abultada para rentar una camioneta 4x4. Como ésa no era para nada mi situación, me tuve que conformar con embutir mis carnes dentro del colectivo local.

Cuando llegué al sindicato de taxistas, acompañado por un par de amistades, había ya unos quince elementos a bordo de la combi diseñada para doce pasajeros. Nosotros éramos tres. Por un momento pensé que nos la pelaríamos, ya que resultaba evidente que la capacidad máxima del transporte estaba rebasada. Pero el chofer ni se inmutó, nos retacó con maestría entre los demás tripulantes, realizando una especie de Tetris humano, y zarpamos, junto con maletas y bultos, hacia las tres horas de terracería que nos aguardaban. En realidad quizás ésta sea la mejor manera de transitar los quinientos baches que separan Punta Allen de Tulum, pues entre el calor y la aglomeración de tejido todos los cuerpos se funden en una sola superficie gelatinosa de masa y sudor y así los botes no se sienten tanto.

Al poco tiempo de haber cruzado el arco de entrada a la reserva una caravana conformada por no menos de quince jeeps nos rebasó a gran velocidad. Los poderosos vehículos pasaron botando piedras y aplastando iguanas a su paso, y nos dejaron envueltos en una nube de polvo.

—Pinchis gringos —masculló la señora que viajaba pegada a mi derecha.

—¿Son gringos? —le pregunté ingenuamente para hacer plática.

—Pos y qué carajos van a ser si no. ¿Quién más pagaría 180 dólares por un viaje de solo un día? —me contestó hastiada.

Sucede que todas las mañanas sale un convoy turístico desde Tulum para hacer el "Jeep Safari", por módicos 180 dólares el paquete incluye: manejar desenfrenadamente los sesenta kilómetros de terracería, paseo en lancha para ver delfines, comida tipo bufet de pescados y mariscos, barra libre de refrescos y de regreso al hotel a tiempo para ver el atardecer con una margarita light. Por cincuenta dolarucos más, el lunch puede incluir también langosta. En temporada alta el contingente del paseo organizado puede estar integrado por más de sesenta carros divididos en varios grupos que, en opinión de los pobladores, desgracian el camino y ocasionan que la terracería sea aún más difícil de superar. Eso dicho, el tour representa una buena entrada de dinero para la localidad.

Una hora después hicimos una parada forzosa antes de cruzar el puente de Boca Paila. Una llanta de nuestro trasporte andaba baja y el chofer no quería que fuera a valer verga en la mitad de la nada. Nos bajamos con gusto y esperamos unos minutos antes de que nuestros contornos recuperaran su forma regular. Un poco más adelante estaban estacionados varios de los jeeps que nos habían rebasado anteriormente. Los respectivos tripulantes se encontraban desperdigados por el paisaje ardiendo sus pieles rosadas bajo el sol de medio día al tiempo que vaciaban botes de cerveza y se hacían incontables selfies.

El puente de Boca Paila se levanta sobre una desembocadura de laguna, por debajo de su estructura se juntan el agua dulce verdosa con el mar technicolor. Es una vista como de postal, con decenas de tonos azules alternándose sobre el fluido.

Sobre el puente algunos pescadores locales probaban suerte. Nos aproximamos hasta ellos y contemplamos atónitos el hipnotizante panorama. Estaba completamente en la baba, inmerso estúpidamente en la experiencia estética, cuando unos gritos me sacaron de mi estupor. Abajo un grupo de extranjeros pretendía meterse al agua al tiempo que varios pobladores les gritaban que no lo hicieran. Sus aspavientos eran tan enérgicos que algunos de los turistas comenzaba a molestarse. Discutieron sin entenderse hasta que apareció el tour manager en la escena y se llevó a los güeritos de vuelta a sus jeeps.

—Estos pendejos no vieron el videíto ¿o qué chingados? —dijo uno de los pescadores que estaba a nuestro lado.

—Tssss, no mames, ya no la amuelan. Na' más no aprenden —contestó otro pescador entre risas.

—¿Qué video o qué? —le preguntó una de mis amigas.

—Pus el de la semana pasada... ¿Qué ustedes tampoco lo miraron?

Negamos con la cabeza sin tener la menor idea de qué nos hablaban.

—A ver Macario, presta tu teléfono para enseñárselos —comandó el primer pescador.

El mentado Macario extrajo de su bolsillo un Nokia de pantalla desgastada y esto fue lo que mostraron:

Verga pensé. Eso sí es que pase la bala rozando y no mamadas. Aunque a decir verdad, tras una segunda inspección, resulta evidente que el cocodrilo no estaba en modo de ataque depredador total, sino simplemente quería darle un vistazo más cercano a la posible presa. Porque lo cierto es que de haber querido comérselo realmente, el morro no la hubiera librado jamás. Sin embargo, estar en el agua y que una bestia pleistocénica de casi cuatro metros de largo se abra paso despreocupadamente hacia tu persona no debe ser nada pero nada agradable.

Desgraciadamente el cocodrilo no estaba ese día por ahí y el chofer ya había logrado arreglar la llanta del colectivo. Así es que nos despedimos de los pescadores, volvimos a ser enlatados dentro de la combi y continuamos el trayecto.

El cocodrilo de río, o Crocodylus acutus para ser más exactos, es la especie de mayor tamaño que habita en América y uno de los lagartos más grandes que existen. Pueden llegar a rebasar los cinco metros de largo y la media tonelada de peso. Cuentan con cabeza alargada y mandíbulas poderosas de las cuales sobresalen los dientes cuando la boca está cerrada. Su cola es extensa y fuerte, sus patas cortas y anchas. Son grandes nadadores, pasan la mayor parte del tiempo sumergidos en el agua. Poseen glándulas excretoras de sal, lo cual los dota con la posibilidad de también explorar el medio marino. Su actividad aumenta durante la noche, momento en el cazan activamente. Cuando son crías se alimentan principalmente de peces, pero conforme se desarrollan su dieta incrementa e incluye mamíferos de todo tipo que atrapan emboscándolos en las orillas de los cuerpos de agua dulce. Su distribución neotropical es sumamente amplia, va desde Sinaloa hasta Perú en la costa del Pacífico y desde Veracruz hasta Venezuela en la del Atlántico, con poblaciones en Florida, Cuba, las Antillas y todo Centro América.

Se han reportado numerosos casos de ataques a humanos. Sin embargo, las agresiones por parte de nuestra especie siempre han sido mucho más letales. Durante buena parte del siglo 19 y 20 la industria peletera aniquiló a miles de ejemplares para curtir su piel. La explotación fue de tal grado que en varias zonas de su distribución prácticamente desaparecieron por completo. Apenas en 1970 la especie recibió protección especial y sus números paulatinamente se han ido recuperando.

Poco antes de llegar Punta Allen pasamos un esqueleto de jeep calcinado. Ante la aparición del fantasma metálico, la señora que se fundía con mi lado derecho volvió a mascullar: "Pinches gringos".

En el pueblo nos encontramos con que el famoso video de la embestida reptiliana era un tema obligatorio de conversación. Platicando con distintos personajes de la localidad averiguamos que ese cocodrilo en particular frecuentaba el puente de Boca Paila porque algunos pescadores le aventaban sobras de comida y que incluso había aprendido a robarles la captura de las líneas a los que eran menos truchas. Con todo esto, el brutal saurio le había ido perdiendo el miedo característico a los humanos. Lo cual, en opinión de varias personas, era una cuestión bastante peligrosa. Por ahí también nos contaron que en la zona se habían suscitado ya un par de ataques mortales. Al parecer el más reciente involucrando a un niño. Pero no hubo manera de corroborar estos datos. De cualquier manera no es precisamente la mejor idea chapotear en una laguna oscura bajo la luz de la luna.

En los días subsecuentes Carlos y el Caníbal, dos amigos locales, nos dieron una buena paseada por los alrededores. Presenciamos manatíes en estado salvaje, tortugas y delfines. Pescamos, o bueno más bien atestiguamos cómo lo hacían, langostas, calamares y un mero de ocho kilos. Recorrimos varios kilómetros de manglares salpicados por incontables islotes donde aún abundan venados, jaguares y coatíes. Vimos de lejos las islas del Cayo Culebra, donde el exbanquero Roberto Hernández construyó su controvertido hotel de lujo y escuchamos bastante emputados como él y un grupo de empresarios acaudalados ya comienzan a planear megadesarrollos en la región. Tristemente el hecho de figurar como parte de una reserva de la biosfera al parecer no es mayor impedimento si se cuenta con los billetes necesarios.

En el camino de regreso abandonamos el colectivo en el puente de Boca Paila. La silueta de la bestia me obsesionaba a un grado demencial. Necesitaba observarla con mis propios ojos. Nos acercamos a los pescadores y les preguntamos si se había aparecido. Nos dijeron que ahí había estado el día anterior robándose pescados. Montamos guardia ansiosa. Esperamos bajo el sol durante un par de horas pero no hubo suerte. El dinosaurio no nos bendijo con su magnifica presencia. Tuvimos que conformarnos con ver repetidamente el video en el celular de Macario y varias fotos. Derrotados cachamos un aventón de regreso a Tulum.

Sólo queda esperar que si algún día la fortuna quiere que mis píes vuelvan a pisar la profanada Riviera Maya, el monstruo de Boca Paila siga por ahí figurando como uno de sus últimos reductos salvajes.

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