Quantcast
Roldán 37: ¿Merced-adjacent?

Para el comensal que busca 'edge' en su camino, pero no en su plato.


Imagen vía.

De repente, dentro de este gran plan social del “rescate” del Centro Histórico (rescate entre comillas porque ¿alguien se ha preguntado de quién o para quién lo están rescatando?), se escucha mucho del barrio de la Merced y los cambios que está viviendo.

Yo no sé. A mí se me hace la Merced de siempre y como que siempre lo será, pero al respecto, hay que preguntárselo a los vecinos, que en todo caso siempre serán la autoridad final. Lo que sí sé es que últimamente ha habido mucho apoyo mediático y hasta semioficial que se han enfocado en un restaurante cercano a la Merced que sigue la tendencia de llamarse igual que su dirección. En este caso es Roldán 37.

Ayer comí en este lugar con un profesor de la universidad donde estudié y otros cuates para calar el asunto. Lo primero que pensé al entrar fue, Hay gente a la que le gusta este tipo de ambiente: comedores con mesas pesadas y altas cubiertas en vidrio, platos enormes (sólo los platos, digo), decoraciones de cristal de épocas indefinibles, plantas y flores de colores exóticos pero que no están vivas… cosas así. La carta de Roldán 37 usa la fuente Papyrus, una tipografía tan sobreexplotada que hasta hay un blog que lo documenta, pero que sigue siendo la manera más útil para muchos negocios seminuevos en zonas de “transición” en el DF que buscan comunicar conceptos como “moderno” y “zen.”

Aquí la especialidad es el chile relleno al estilo Veracruz, opción que eligieron tres comensales de nuestro grupo, y a todos les encantó. Este y casi todos los platillos rebasan los cien pesos de precio, lo que deja la oferta fuera del alcance del vecino común de la Merced. Así que decidí pedir el menú del día, que costaba 110 pesos e incluía una sopa (un “caldo de pollo” que raramente no fue presentado como un consomé) con una de dos opciones de plato fuerte: pollo en mole (nunca, nunca, nunca se debe comer pollo en mole en un lugar que no sea cocina propia de una abuela oaxaqueña o poblana —pero nunca) o una hamburguesa de camarón. Intrigante. Sí, porfas.

La hamburguesa en verdad me satisfizo. El camarón no llegó en forma de torta o patty, sino en piezas libres mezcladas con rajas, un queso derretido, y una mayonesa con chipotle que unía todos los sabores sin dominarlos. El bun estaba ligero y delicioso. Para acompañar, unas papas tostaditas medio equis pero bastante fieles. Y para el postre, un cupcake con trozos de zarzamora y una crema dulce y pedazo de kiwi por arriba. Ojo, alguien en la mesa pidió un postre para llevar.

Por mis pesos, lo mejor de mi visita a Roldán 37 fue la cerveza que me tomé: una Altarreina de la cervecería Tepozteca. La pedí porque nunca la había visto en una carta, y el mesero chavito me informó que el agua “venía de Vietnam.” ¿Como? Así es, “Producto de Vietnam”, decía, importado por un local por la Agrícola Oriental. Esta bella Altarreina sí sabe a la unión inesperada de las mejores cervezas de arroz que nos llegan del Oriente y los lagers de diario de México. El grado de alcohol que lleva, de 4.5%, es bajo para mi gusto pero perfecto para el paladar mexicano. Para la hora de la comida, pues.

No sé qué le pasará a la Merced mientras viva en la mira de la renovación urbana perredista que ya nos jodió el primer cuadro. El Roldán 37 seguro tendrá éxito porque atrae a un perfil de defeño que quizá no le interesen los pulques sobre ruedas dentro del mercado, o no sepa de la panadería libanesa escondida en un pasillo justo a la vuelta, o no confía en las fonditas o los puestecitos que se encuentran entre las bicis y las sexoservidoras de la San Pablo.

Sin embargo, no quiero ser hater. Seguro un día de estos se me ocurrirá regresar al Roldán 37 o recomendárselo a un turista que busca un poco de edge en su camino pero no en su plato. Porque esta columna se tratará de comer, comer y comer, porque vivimos en el mejor lugar del universo para hacerlo: México-Tenochtitlan, y nunca faltará por donde hallarle.

En fin, como dice el buen Cirerol, “todo fine”. Para todos hay lugar.

Sigue a Daniel Hernández, editor de VICE México en @longdrivesouth.