“Es como caminar hacia la muerte”: Testimonios desde una de las ciudades más calientes del mundo

En este albergue se han atendido a más de 2000 personas que buscan agua, comida y un espacio refrigerado para no morir de golpe de calor.

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ago. 20 2018, 3:58pm

Fotos por Jorge Damián Méndez Lozano. 

“El cerebro a más de 45 grados centígrados es como una persona adentro de un auto con las puertas y los vidrios cerrados experimentando esa misma temperatura. La persona, y en este caso el cerebro, se comienzan a cocinar, literalmente”, explica el doctor José Luis Gallardo, coordinador del área médica del Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia y quien está al frente del refugio temporal en las instalaciones del Centro de la Cultura de la Juventud (CREA). “El cerebro está cubierto de un líquido [cefalorraquídeo] que lo nutre y conecta con los demás órganos del cuerpo mediante el sistema nervioso. Si ese líquido se calienta demasiado, altera las funciones de los órganos vitales ―corazón, pulmón, riñones, cerebro―, lo que lleva a la personas a sentir taquicardia, nauseas, dolor de cabeza, somnolencia, pérdida del sentido y la muerte por golpe de calor”, sentencia el médico, a quien escuché convencer a una persona que acababa de arribar a las instalaciones, visiblemente drogado, de que el calor que sentía no era “provocado por un embrujo”, sino por el clima.

El doctor Gallardo comenta que de las más de 90 muertes, sólo nueve están relacionadas directamente a un golpe de calor. El resto están asociados al calor, pero también a una ingesta de alcohol y drogas ―metanfetamina, heroína―, malnutrición, deshidratación y el trabajo físico que estaba realizando al momento de su deceso.

Calorón termonuclear

Ante un desastre natural como lo es una intensa ola de calor, la población de escasos recursos es quien vive de manera más trágica las consecuencias. Para conocer las dificultades que sortea este sector, así como las estrategias que llevan a cabo para no morir en “la ciudad que capturó al sol” ―como eufemísticamente llaman sus habitantes a este inferno―, acudí al albergue que la capital bajacaliforniana abrió para atender de manera gratuita a personas en situación de calle, personas que tienen hogar pero no energía eléctrica o que tienen energía eléctrica pero no un aparato de refrigeración: un artefacto de vida o muerte en esta ciudad que ronda regularmente, en verano, los 48 grados centígrados y en ocasiones los rebasa entre las 12 del día y las cinco de la tarde. Horario en que la Coordinación Estatal de Protección Civil aconseja no realizar trabajo físico, caminar o ejercitarse al aire libre ya que el alza en la temperatura conllevaría la muerte por golpe de calor.

Quienes están en este refugio es porque no quieren sumarse a la lista de más de 90 muertos por golpe de calor que este verano (2018) han ocurrido debido a las altas temperaturas.en Mexicali, Baja California, al norte de México.

En este desértico valle de casi un millón de habitantes hace cuatro años (2014) el termómetro marcó 56 grados centígrados. Temperatura comparable con la registrada en el Valle de la Muerte ―a 355 millas de Mexicali, en el desierto de Mojave, California― en julio de 1913 cuando el termómetro marcó 56,7 grados, lo que fijó a este punto geográfico como uno de los más caluroso del planeta.

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Mario (con gorra sobre el rostro) siente vergüenza de estar en el albergue. Piensa que tocó fondo. Para poder ingresar a las instalaciones todos deben bañarse y ponerse desodorante en la axilas y talco en los pies. Las altas temperaturas no le permiten salir a buscar trabajo. Lo único que le queda es mirar la televisión hasta que es hora de volver a casa a dormir en el techo. Dormir adentro, sin electricidad, sería un suicidio.

Mario, 40 años

Hace un mes me despidieron de la llantera donde trabajaba. Sin mi sueldo de 1000 pesos (50 dólares, aproximadamente) semanales no pude pagar el recibo de la CFE (Comisión Federal de Electricidad) de 1500. En ese momento supe que estaba frito. Sin nada que hacer, pasé varios días sentado bajo el árbol de mi casa; quedarme entre cuatro paredes sin aire acondicionado sería como encerrarme en una vaporera de tamales recién cocidos.

Una vecina vio mi situación y me habló del albergue. Dejé pasar unos días hasta que comencé a quedarme loco de tanto sudar. Entonces agarré fuerzas de un trago que le di al agua de la llave y caminé varias cuadras hasta al albergue. Lo primero que pedí fue un vaso de agua porque ni para eso tenía dinero. Vi que podía descansar y no me fui hasta que cerraron.

Ya tengo dos semanas viniendo. Llego a las nueve de la mañana, cuando abren, y me voy a las nueve de la noche, cuando cierran. Lo malo es que cuando me voy de aquí el calor es tan culero como el de las tres de la tarde. Por eso no me apuro en llegar a la casa. Mejor me quedo viendo los partidos de futbol en un parque de por mi rumbo y hasta que se acaban me voy a dormir. Pero no duermo en mi cama, porque está tan caliente como un horno de ladrillo. Lo que hago es subirme al techo, ahí de perdida no está tan sofocante como adentro, pero hay mosquitos que me pican la piel y tengo que pedirle a mi vecina que me regale Suavitel con agua para frotármelo; es como repelente. El sol me despierta bañado en sudor a las seis de la mañana. Me bajo del techo, me mojo el cuerpo para no insolarme y espero a que abran el refugio.

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Un nauseabundo aroma a pies, axilas y mugre flota sobre los 65 hombres que descansan dentro del albergue. Todos cuidan celosamente sus pertenencias y tratan de moverse lo menos posible de su catre para que no lo ocupe alguien más y se suscite una pelea. Roberto (cubriéndose la nariz con una playera roja para evitar el tufo del espacio) me dice que los cubos de hielo y los congeladores son los inventos más grande del hombre.

Roberto, 35 años

Cuando sentí en la nariz un piquete como de aguja supe que era consecuencia del calor. Vivo en un cuarto sin luz eléctrica, por eso siempre tengo calor. Prefiero el frío de cero grados que llega en invierno porque sé que el sol me matará al menor descuido.

Llegué de Honduras para intentar cruzar a Estados Unidos. En mi tierra me dedicaba a la mecánica automotriz, pero aquí no he conseguido un trabajo estable. Actualmente pepeno basura y duermo en las jardineras del centro de gobierno bajo un árbol. Cuando logro juntar 60 pesos como algo y me compro agua, sal de grano y varios limones para hacerme un suero y no deshidratarme. Para dormir utilizo dos cartones y una cobija, aunque el tendido no es por comodidad sino para detener el paso de la humedad a mi cuerpo. De noche la tierra sigue tan caliente que dormir sobre ella es como hacerlo sobre lodo hirviendo; además, así evito que las hormigas se metan a mis oídos, ya me pasó dos veces.

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Ramiro y Magda son del estado de Nayarit. No tienen domicilio fijo y duermen en un parque. Durante el día acuden al refugio porque no quieren morir como le sucedió a uno de sus compañeros de calle hace un mes, cuando en una sola semana murieron en la ciudad seis personas de golpe de calor.

Ramiro, 45 años

Para llegar al albergue, mi esposa y yo debemos caminar en una temperatura de 43 que se siente mucho peor [sensación térmica es la temperatura que realmente siente el cuerpo como resultado de la temperatura del aire en combinación con el porcentaje relativo de la humedad; si la temperatura es de 40 grados centígrados y la humedad es de 45 por ciento, la sensación térmica será de 51 grados].

Hoy en la mañana, mientras caminábamos por la calle, unos testigos de Jehová me regalaron esta revista Atalaya. Me gusta la portada: los niños abrazan a un koala y una mujer acaricia a un tigre de bengala que parece que come flores. Pero lo que más me gusta es que es un bosque en donde no existe el calor. Eso es el paraíso: un lugar donde no hay sudor. No sé leer muy bien, sólo estudié hasta primero de primaria en Michoacán, la mayoría de las palabras no sé cómo pronunciarlas, por eso me gustan las fotos de las revistas, solamente debo verlas. Actualmente no tengo trabajo y no tengo para comprar una barra de hielo para acostarnos sobre ella: un rato mi esposa, un rato yo.

[Magda, pareja de Ramiro, junto con Adriana, son las únicas usuarias del área femenil este día. A diferencia del área varonil nunca cuenta con más de cinco usuarias. Culturalmente es el hombre quien debe salir a la calle a buscar trabajo mientras que ellas tienen la oportunidad de acercarse a amigos y familiares en busca de refugio. Ellos en cambio deben salir a la calle bajo cualquier condición climática a buscar el sustento].

Este verano las cosas se han puesto más difíciles que veranos anteriores. Mi esposa a cada rato se me desmaya por el calorón y porque no hay luz ni agua en donde vivimos. Solamente tenemos una bicicleta pequeña, y pues, no puedo subir a mi esposa. Si en el camino hacia el refugio vemos a una patrulla le pedimos de favor que nos traiga. Es tanto el calor, que al caminar uno siente que va caminando hacia la muerte.

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José Manuel, al igual que el resto de los refugiados está débil por el excesivo calor y se dedica a dormir hasta que tiene que salir de nuevo a la calle. La última semana de julio le tocó recoger a un pelícano que cayó del cielo sobre la banqueta. Pronto sabría que no fue el único caso en la ciudad sino que se replicó en 10 puntos más. Las altas temperaturas deshidrataron a los que volaban sobre la mancha urbana haciéndolos caer: unos vivos, otros muertos.

José Manuel, 39 años

Me dan comida dos veces al día en el albergue. Tengo tres años viniendo cada verano. En ocasiones tengo casa y en ocasiones no, todo depende de si tengo trabajo. No he sufrido golpe de calor pero sí he tenido mareos y taquicardias cuando me expongo mucho al sol.

Esto es como un círculo vicioso. Me dedico a la construcción pero como estoy mal hidratado y mal alimentado, no puedo trabajar mucho bajo el sol, entonces, si no tengo trabajo, no tengo donde vivir y como no tengo donde vivir, me encierro en el albergue para no morir de calor y no puedo trabajar.

Soy de San Luis Río Colorado, en Sonora, allá hace igual de calor que aquí [esta pequeña y desértica ciudad está separada de Mexicali por apenas unas vías del tren; en 1966 se registró la temperaturas más altas del mundo: 58,5 grados centígrados].

Cuando me vengo caminando al albergue, a eso de las 12 del día, las calles están tan solas que se pueden escuchar trabajar los aires acondicionados que hay en las paredes y en los techos de las casas. Imagino que soy un hombre que llegó a una ciudad en donde ya todos están muertos y solamente sobreviven las máquinas.

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Durante 12 horas, Adriana, permanece acostada. No tiene trabajo y si sale a buscarlo, por falta de auto y dinero para transporte público, lo hará caminando pero el calor podría matarla. Fue deportada hace unos meses de California en donde era ama de casa. Su familia sigue del otro lado de la frontera; mientras ella mira por la ventana con nostalgia.

Adriana, 46 años

De nueve de la mañana a nueve de la noche puedo permanecer en este espacio refrigerado. Fui deportada hace seis meses de San Bernardino, California, después de vivir ahí por 20 años; mis hijos se quedaron allá. Acá en México llegué con mi papá, que vive con un tío, pero como son drogadictos se pelean a cada rato. Hace unas semanas a la violencia doméstica se le agregó que me comenzaron a doler los riñones y fue cuando me decidí a venir al albergue; además de que el cuarto que me prestaron solamente tiene un ventilador que avienta aire tan caliente como la lumbre, siento que se me quema el estómago por dentro.

Cuando salga de aquí será de noche, pero mi cuarto estará tan caliente como en el día. Y como es riesgoso dormir dentro de una casa caliente sin aire acondicionado, debo beber y beber agua para no deshidratarme, entrar a la regadera a mojarme el cuerpo cada tres horas y envolverme en una sabana mojada para que el viento del abanico [ventilador] refresque un poco. Sé que puedo morir de golpe de calor y eso no lo quiero; ya solamente quedan dos meses de infierno.

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Al terminar el verano, Andrés, saldrá a la calle a juntar dinero para regresar a Jalisco. Cuando por la noche sale del albergue se va a dormir a un parque a cuatro calles de la línea fronteriza. Días atrás, mientras dormía envuelto en una sabana empapada de agua para mitigar el calor, un par de tipos le robaron sus identificaciones. Cuando quiso reclamar, de un golpe, le tumbaron un diente que se terminó tragando. Está seguro de que su diente sigue en su estómago.

Andrés, 44 años

Crucé de noche por el desierto de Mexicali hacia California; estuve 20 años viviendo en Indio, trabajando en las mudanzas hasta que me deportaron. Mi idea era caminar hasta llegar a un ladito, a Coachella. Caminé siete horas y me detuve. Llevaba agua y trataba de detenerme cuando veía algún árbol o matorrales. Caminé otro día pero los ocho galones de agua y las latas de atún se me acabaron; pensé que moriría de sed; comenzaba a alucinar que tomaba mucha agua y que era un pollo que se rostizaba. De la desesperación decidí entregarme a la patrulla fronteriza pero no veía ninguna patrulla, estaba en medio del desierto, ni los radares me detectaban. Cuando ya no podía más, porque además llevaba botas con casquillo que me iban abriendo la piel de los pies, a lo lejos vi que se levantaba un chingo de terregal.

Caminé otros 60 minutos y me di cuenta de que era la patrulla fronteriza en un entrenamiento. Un policía de origen mexicano me preguntó qué hacía ahí y le explique que quería entregarme porque ya no aguantaba más. Mi sorpresa fue que me dijo: “No te detengas, ya casi llegas [al Valle de Coachella], te falta poco, síguele”. “Mejor arréstame y aviéntame para México, ya no quiero seguir caminando, tengo mucha sed, siento que me va a explotar la cabeza”, le contesté. Al principio pensé que me lo decía para ayudarme, pero luego pensé que lo que quería era que siguiera el camino y muriera quemado por el sol.

Al final me subió a la patrulla y me dio suero y agua. Me encerraron en la cárcel cuatro días. Muy fresco todo, el aire acondicionado a todo lo que daba, hasta frío me daba. Después ya no me quería ir. Me deportaron y ahora estoy aquí en el albergue, sin trabajo, sin casa y muriendo de calor.

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