Cata de somníferos

Por Oliver Behrmann

Atención: Tomar más somníferos de los recomendados te puede matar. Este texto solo pretende entretener y no debe de ser interpretado como un manual de instrucciones para drogarte.

Me llamo Oliver Behrman y soy artista. Para mi último trabajo, monté una instalación con una cama, luces de neón y cinta de embalar transparente, en la que un enjambre de arañas mutantes caía desde un gigantesco nido del techo a la cama. Era un escenario terrorífico iluminado de rosa chicle. La obra giraba en torno a las pesadillas, y para la fiesta de clausura quería hacer alguna performance basada en un cuadro clásico del romanticismo: "La Pesadilla" (1781) de H. Füssli. En el cuadro aparece un íncubo, un demonio nocturno, que está sentado sobre el vientre de una joven, induciéndola así a tener pesadillas para poder entrar en sus sueños y violarla.

Yo estaría dormido en la cama, cuando la cantante y neuropsicóloga Trinidad entrase en la sala y se sentase encima de mi vientre para tocar un pequeño repertorio de sus siniestros temas. Después, el público podría hacer lo que quisiese con mi cuerpo inmóvil. Unas tijeras, maquinillas de afeitar, pinturas y tiras de cera ya estaban preparadas en una mesita de noche.

Pero para llegar a esto necesitaba algo que me dejaría dormido de verdad. Mi primera idea fue contratar a un anestesista que me podría administrar un chute intravenal que me dejaría consciente pero inmóvil durante 20 o 30 minutos. Pero tras una conversación telefónica con mi hospital local, entendí que esto no iba a ser fácil. Así que me puse a buscar por mí mismo. No me quedaba más remedio que auto-anestesiarme con una sobredosis de pastillas para dormir.

En realidad no tenía ni idea de los efectos de este tipo de medicamentos, así que pillé todo lo que se podía probar contra el insomnio, de forma legal o ilegal: té para dormir del supermercado, pastillas de la farmacia, narcóticos, hasta me hice una pócima de Láudano de adormideras salvajes del monte.

En un par de horas tenía hecho el planning del tour de los sueños para toda la semana. Empecé con lo más suave, y fui aumentando paulatinamente la dosis y combinaciones, hasta conseguir llegar a la frontera entre el sueño y el coma.

Después de una semana de dormir intensa y radicalmente, me encontraba en una posición de conocimiento privilegiado sobre los productos que te dan un chute y los que son una mierda. Aquí va una lista con los resultados de mis experimentos.

Té para dormir

Se pueden comprar en casi todos los supermercados. Yo me decidí por un paquete de InfuRelax de la marca Hornimans (2,99€ por 25 sobres). En realidad da igual la marca que compres, todos los tés para dormir son parecidos: relajan, pero no duermen, sólo es un efecto placebo. Eso si, es muy agradable tener algo caliente en el estómago antes de irte a dormir, pero tienes que levantarte también más a menudo para ir al baño a mear, lo que de alguna forma te despierta de nuevo.

Conclusión: Placebo. Sirve como sustancia introductora del sueño.

Somníferos a base de plantas (sin receta):

Se pueden comprar en todas las farmacias, parafarmacias y tiendas homeopáticas, y se presentan en forma de comprimidos para su consumo oral. Están hechas con extractos de valeriana, toronjil o pasiflora. Yo probé los comprimidos de Valeriana Forte de Kneipp porque me parecían los más potentes, la cajita cuesta alrededor de 5€ y contiene 15 comprimidos. Fue un intento simpático, te arranca algún bostezo, pero no llega a dejarte dormido, ni tragando 10 pastillas.

Conclusión: Placebo. Sirve como sustancia introductora del sueño.

Somníferos sintéticos (sin receta)

Los encuentras en cualquier farmacia y se presentan en forma de comprimidos. A mi me recomendaron Dormidina, vienen 16 comprimidos y cuesta unos los 6€. Con este medicamento fue la primera vez que me quedé tan sopa que logré dormirme, aunque para ello tuve que duplicar la dosis. Surge efecto a la media hora y dura entre tres y cuatro horas más. Durante este tiempo es fácil despertarse, pero uno se vuelve a dormir enseguida. Al despertar, se tiene un ligero dolor de cabeza.

Conclusión: Regular. Sirve para dormirse, pero no se alcanza un sueño profundo.

Somníferos bajo receta (Sedativos y Ansiolíticos)

Los puedes pillar en la farmacia si tienes la correspondiente receta, o en el armario de las medicinas de tu madre, a este grupo pertenece el famoso Valium. Yo me decidí por otro, Orfidal, en la farmacia consigues un paquete con receta por menos de 2€. Tu camello te lo venderá por el triple. Potencia sus efectos con alcohol, así que me lo tomé con un chupito de Vodka. Claro que así, también se potencian los efectos secundarios. Una pastilla funciona, pero tomando dos o tres tienes asegurado el caer KO en el sofá y no ser fácilmente despertable. Tarda entre una y dos horas en hacer efecto y, eso sí, te puedes despedir totalmente del mundo que te rodea las ocho o nueve horas siguientes. Produce una notable jaqueca al despertarte y se te quitan las ganas de hacer cualquier cosa.

Conclusión: Te tumba. Sueño profundo y duradero. Mayor efecto mezclándolo con alcohol e hipnóticos.

Somníferos bajo receta (Hipnóticos)

Los compras en la farmacia bajo receta o a camellos bien surtidos. Es lo más fuerte que puedes pillar si no trabajas en un quirófano y se dividen en dos grupos: Benzodiazepinas como Noctamid y No-Benzodiazepinas Como Stilnox. La diferencia es que a los primeros te puedes enganchar fácilmente y a los otros no tanto, pero eso a mí me daba igual, yo solamente necesitaba tomarme esas mierdas para mi actuación. El Stilnox a veces se mezcla con otras drogas esnifables por sus efectos secundarios alucinógenos. Bajo receta te dan un paquete de 30 comprimidos por menos de 3€, en el mercado negro es bastante difícil de conseguir. Para un efecto más fuerte, también se puede tomar con un chupito de algo potente, así quedas frito en 20-30 minutos. Si te despiertan en medio del sueño, tendrás alucinaciones y visión doble, lo que hará que no te vuelvas a dormir fácilmente. Además, no te acordarás de nada de lo que hagas en las siguientes 5 horas. Tomarse más de dos comprimidos, produce una resaca bastante gorda.

Conclusión: Excelente para dormirse. Sueño profundo, pero si se es despertado durante el periodo de efecto, produce alucinaciones. Mayor efecto mezclándolo con alcohol, sedativos y opiáceos. Atención: ¡Mortal en sobredosis fuertes!

Láudano (Tintura de opio)

Quien no consiga recetas, no tenga dinero, o simplemente prefiera los productos biológicos, se puede fabricar por sí mismo el somnífero por excelencia en tiempos de tu bisabuela: el láudano. El médico Paracelso inventó este brebaje a base de opio y alcohol, llegando a su máxima popularidad a comienzos del siglo XIX.

Casualmente estábamos en junio, justo el principio de la etapa de floración de la dormidera, una planta que crece de forma salvaje en algunas partes de Tenerife. Así que fui de excursión al monte en busca de opio. Sólo hay dos clases de amapolas que lo producen, y ambas crecen en la isla, pero en lugares diferentes. Mientras que en los alrededores del aeropuerto de Los Rodeos hay grandes campos con Papaver setigerum (no suele sobrepasar los 40cm de altura y su porcentaje de morfina no llega al 10%), en el noroeste crecen de forma dispersa plantas de Papaver somniferum (pueden llegar a medir metro y medio de altura y su porcentaje de morfina puede llegar al 23%).

Para fabricar el láudano, recurrí a Wikipedia, donde tenían recetas bastante precisas, así que fue muy fácil prepararlo. Hay distintas variaciones para preparar esta tintura que se diferencian por el alcohol y los ingredientes empleados. Yo escogí el Láudano de Sydenham, una especie de vino con especias y un porcentaje de opio del 10%. Una dosis normal son 30 gotas, pero como era la primera vez que preparaba este brebaje, algo debió fallar porque los efectos no eran tan intensos como esperaba, después de tomármelo estaba embriagado, pero no llegué a dormirme. Los efectos se notan a la hora y duran de 5 a 6 horas. Después produce un ligero dolor de cabeza.

Conclusión: Buena sustancia introductora del sueño, potencia el efecto de medicamentos hipnóticos. Atención: ¡Mortal en sobredosis fuertes!

Con mi cocktail de somníferos hacia la pesadilla

Después de esta exhaustiva fase de pruebas, estaba listo para la performance. La mezcla de drogas que me había preparado era ligeramente más potente que la última que había tomado tan solo 14 horas antes. Quería conseguir dormirme delante del público a eso de las 8 de la noche, así que empecé tres horas antes tomándome el primer Orfidal con un té InfuRelax.

Una hora más tarde, me tomé otra pastilla acompañada por otro té. Mientras tanto, ya habían llegado a la sala la cantante Trinidad y el médico que me iba a vigilar durante todo el proceso. Una hora antes del inicio me tomé un tercer Orfidal, esta vez con una copa de cava y 30 gotas de mi láudano casero. Me di una larga ducha caliente bebiendo una cerveza y noté como mis fuerzas empezaban a desvanecerse. Me fui tambaleando a la cama, abrí la caja de Stilnox y me tomé una pastilla y media junto a otra cerveza. El hipnótico servía para tumbarme definitivamente a la hora precisa. Diez minutos antes me tomé por seguridad la restante media pastilla con un chupito.

A las 8 de la tarde, el público entró y se sentó en círculo alrededor de mi cama. El silencio era sepulcral, mis párpados se cerraron y el médico constató que me había dormido. Entonces entró Trinidad y se sentó sobre mi vientre. Seguí durmiendo cuando empezó a tocar sus canciones, también cuando entre estas, me depilaba partes de los brazos o las piernas.

A veces tenía espasmos, y varios músculos me temblaban. El médico comprobó mis constantes vitales: el pulso, ritmo cardíaco y nivel de oxígeno en la sangre. Todo normal, concluyó; la performance podía continuar.

Mi cuerpo inmóvil primero fue mirado fijamente, después empezaron las primeras tentativas de pintarlo. Pronto, la gente se fue animando y cada vez me hacían más putadas, hasta llegar a arrojarme directamente la pintura sobre cualquier parte del cuerpo. Me depilaron el cuerpo y me arrancaron pelos con pinzas. Gracias a mi cocktail de somníferos, no notaba nada: había funcionado.

Al final, el grupo de 40 personas estaba a mí alrededor, bebiendo cava, charlando, riéndose de mi. Mi cuerpo seguía allí, torcido sobre la cama, desnudo, anestesiado y embriagado, salpicado de pintura, cubierto de garabatos, afeitado y mancillado... Como en una escena surrealista, como en una imagen de un sueño, de una auténtica pesadilla.

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