
Una barbacoa con la inscripción “Happy Holocaust” es el patio trasero de Thinghaus. Estaba custodiada por dos pastores del Cáucaso.
Jamel, una pequeña aldea en el estado norteño de Mecklenburg-Vorpommern, es un lugar de cuento de hadas nazi. Lleva atrayendo residentes de extrema derecha desde la reunificación alemana en 1990, y su residente más famoso es Steven Krüger, un empresario y político de ultraderecha a quien arrestaron hace poco por tráfico de bienes robados y posesión de un arma sin licencia. Krüger ha hecho todo lo posible por expulsar de Jamel a quienes no estuvieran de acuerdo con señalar la distancia al lugar de nacimiento de Hitler (un poste señalizador, ya retirado, informaba a los residentes de que estaban a 855 kilómetros de la localidad austríaca de Braunau am Inn), y ha concedido espacio oficial al Partido Nacional Demócrata (NPD), que ahora tiene su sede local en las instalaciones de su compañía en la cercana Grevesmühlen. Cuando decoró la sede con la bandera alemana de antes de la guerra y descubrió su logo corporativo, que muestra a un trabajador de la construcción aplastando una estrella de David, cualquier posible duda sobre sus ideas extremistas se evaporó. Rumores de niños saludando a los forasteros con un “Heil Hitler” hicieron de Jamel el centro de atención de los medios de comunicación, que con frecuencia—y con razón— señalan que las ideologías de extrema derecha no son en Alemania un fantasma del pasado sino que, sobre todo en la antigua Alemania del Este, aún prosperan.
Cuando visité la supuesta “aldea nazi” de Jamel, me sentí decepcionada. Se trata de un pequeño conjunto de ocho casas construidas a lo largo de un camino medio empedrado que se recorre en pocos minutos. De no haber sabido que más de la mitad de los 37 residentes en Jamel disfrutan pintando murales que bordean lo anticonstitucional (en Alemania es ilegal mostrar símbolos asociados al régimen nazi) y han sido acusados de participar en actos de violencia de ultraderecha, el pueblo me habría parecido idílico y pacífico.
El alcalde de Grevesmühlen, Uwe Wandel, me acompañó en mi visita. Cuando le pregunté acerca de casos de violencia en Jamel, él mencionó que, a principios de los 90, la casa de unos residentes no fascistas ardió en un incendio provocado. En los últimos tiempos, el peor crimen que ha visto el pueblo es la polución procedente del vertedero de desechos, ilegal según se dice, de la compañía de demoliciones de Krüger. Según Wandel, la gente del lugar sabe quién es el responsable de los vertidos aunque todos hayan alegado desconocimiento. Y, sin testigos, no se pueden presentar denuncias.
Wandel no tiene problemas con la existencia de fascistas, sólo con sus actividades ilegales. “No se puede resolver el problema de la extrema derecha de un día para otro. Siempre habrá gente que crea en estas ideologías”, dice. “No tengo problemas con eso. Es libertad de opinión. ¿Por qué debería contar sólo mi libertad? Mientras no quebranten la ley, pueden hacer lo que quieran”.






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