El típico souvenir ruso

Por Fernando Souza

Dejé una carrera medianamente prometedora en la televisión para cumplir un sueño bien sobado: dar la vuelta al mundo haciendo todo el autoestop posible y quedándome en casas de desconocidos. En un mes y medio crucé Europa y llegué al Círculo Polar ruso en el coche/furgoneta/camión de más de 40 personas: modelos, seminaristas, mafiosos, granjeros, banqueros, masones, militares…

Las cosas salían bien. Creía firmemente en la bondad de los desconocidos. El hippismo me tenía secuestrado, pero en un día y medio experimenté lo mejor y lo peor de Rusia.

Me quedé atrapado en una gasolinera fantasma cuando se ponía el sol: sentencia de muerte. Estaba conociendo a mi compañero de cama (el tanque de súper 95), cuando unos autoproclamados pequeños mafiosos se ofrecieron a llevarme. Al enterarse de que era español exclamaron que habían conocido a un marciano y el rescate se convirtió en una amable abducción. Pasé una agradable tarde con ellos y su colega recién salido de la cárcel por homicidio.

Como mafiosos tradicionales, eran buenos hombres de familia que temían la furia de sus esposas. Uno me llevó a su casa, donde conocí a su idílica familia. Su mujer me infló a comida y su estudioso hijo me cedió su cama. Pensaba que nada podía salir mal y que había alcanzado un nirvana mochilero.

24 horas después mi mandíbula crujía con un gancho de izquierda tremendo. Mantendría alineada la parte derecha de mi boca durante las próximas 4 horas. Había pasado las 15 anteriores haciendo autostop.

Ese día avancé 800 kilómetros. Un camionero me dejó en Petrozavodsk, una ciudad industrial-estudiantil. Eran las 2 de la mañana, pero ya había estado ahí, así que andaba relajado entre borrachos con los nudillos raspados. Rastreaba la ciudad buscando hospedaje.

No tardé en ver los feos neones de un hostal a través de un callejón estándar: oscuro, vacío y con aroma de peligro… pero si lo cruzaba me ahorraba 3 minutos de caminata.

Mi vago interno ganó y caminé hacia la luz de neón, pero di con una verja que me separaba de mi cama. Subí la valla e intenté elevar mi enorme macuto, pero alguien me increpó en la distancia. Expliqué que era un turista, no un ladrón y me acerqué a él. Pensaba que me ayudaría a franquear la verja, pero esa idea salió escupida por mi oído derecho al encajar un zurdazo en la mandíbula.

Sentí mis dientes descarrilar. Mi boca resquebrajarse. El peso de carne muerta en mi buche. No sé muy bien qué hice, probablemente balbuceé inglés e inventé mucho ruso, pero fui pacífico y conciliador, sin-sacar-la-navaja-suiza-del-bolsillo. Él sacó su móvil para llamar a sus amigos y temí que lo peor se pareciera mucho a lo mejor.

Continúe mis labores diplomáticas cual agredido agradecido. Creo que hasta le di motu proprio todo el dinero que llevaba. Guardó su teléfono, pero no estaba satisfecho y me registró. Encontró mi móvil y no lo quiso. Tenía un buffet libre de todas mis pertenencias, pero parecía saciado.

Hasta acabó pidiéndome perdón. Tuvieron que hacer mella mis bondadosos ojos herbívoros, mi noble sangre española o mis ángeles guardianes. O solo le preocupaba que supiese dónde vivía (en uno de los edificios del callejón) y quería zanjar la transacción sin mucha violencia para evitar mi denuncia a la policía.

Salí del callejón.

Me dirigí al hotel por el camino oficial. Esperaba que las recepcionistas me ofreciesen la suite presidencial al escuchar mi historia, pero ni se inmutaron. En Rusia una mandíbula rota es un rito de pasaje común.

Tras mucho joder, me comentaron que el hospital abría a las 8. Yo suponía que habría un servicio de emergencias, pero la mitad de mi barbilla se balanceaba sobre mi labio y no quería discutir más. Me sujeté la mandíbula 4 horas alternando manos y fui directo a Facebook.

A las 7:30 salí con todo lo que necesitaba escrito con mi mejor caligrafía cirílica.

El doctor usó Google Translate para comunicarse conmigo. Trajo un enorme manojo de metal. Procedió a ponerme un lacito de alambre alrededor de cada diente. Los lazos iban atados a una gruesa barra de metal que recorría mis dientes como un parachoques. Mi mandíbula se retorció en direcciones opuestas.

Para animarme pensaba en mi homie Kanye West. Él también se partió la mandíbula. Durante su convalecencia grabó esta canción, mi himno en el quirófano.

Ya han pasado 5 semanas. He tenido que reaprender las cosas más básicas. Ingiero alimentos a la desesperante velocidad de filtración entre mis dientes. Lo que no es perfectamente líquido se atasca. La comida se ha vuelto un paluego y los paluegos unos panuncas. He abrazado el loserismo valiente haciendo el Transiberiano con una batidora, papillas y pajas robadas del McDonalds. Al principio balbuceaba incomprensiblemente, así que dibujé un cómic que relataba el accidente con total objetividad. Ahora soy un ventrílocuo bastante solvente y preparo un futuro número con José Luis Moreno.

Comentar