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      Vestidos para matar

      Hasta hace poco habíamos visto que las opiniones sobre los toros eran como los apéndices: todo el mundo tiene una, pero realmente no vale para mucho. Con la asistencia a las corridas cayendo en picado, parecía una simple cuestión de tiempo que la fiesta desapareciera para siempre. Echaríamos de menos ver los paquetes de los toreros, pero no especialmente a los...

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      Hasta hace poco habíamos visto que las opiniones sobre los toros eran como los apéndices: todo el mundo tiene una, pero realmente no vale para mucho. Con la asistencia a las corridas cayendo en picado, parecía una simple cuestión de tiempo que la fiesta desapareciera para siempre. Echaríamos de menos ver los paquetes de los toreros, pero no especialmente a los animales muriendo en un rito anacrónico y bárbaro.

      Venció el PP, y como decidieron que las corridas de toros fueran una de las pocas actividades culturales que merecían su apoyo, hicieron que el tema cobrara vida de nuevo. Con alegaciones de que el gobierno paga tres veces más en subvenciones a los toros que al cine y la música juntos, y con las corridas volviendo a la televisión pública, decidimos ir a Madrid.

      Allí hablamos con turistas en Las Ventas, nos bebimos un par de cañas con una activista antitaurina muy maja, y paseamos por el taller de Antonio López, el sastre que confecciona los trajes de luces para José Tomás y El Juli. Esperanza Aguirre, por desgracia, no quiso salir.

       

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