Más falso que un polvo de novela romántica

Por Javier Salas / Materia

Más del especial de ficción y otras guarradas literarias que VICE España preparó.

“Durante los últimos cuarenta años, los protagonistas de Harlequin se han besado unas 20.000 veces, compartido alrededor de 30.000 abrazos y se han dirigido al altar por lo menos 7.000 veces”, confiesa en su propia web la editorial, declarando su orgullo por ser la mayor churrería del amor escrito. Esta editorial canadiense es un gigante en un mercado gigantesco, el de la literatura rosa, que cuenta con millones de adictos a pesar de sus horripilantes portadas. Esos chulos de gimnasio de cejas depiladas, ese olor a Barón Dandy, esas damiselas de época con disfraz de los chinos, colocan cada año 160 millones de ejemplares sólo para esta firma.

Según confiesan las propias editoriales, en muchas ocasiones sus lectoras disfrutan sus libros a escondidas, avergonzadas, con las tapas forradas. Es un placer inconfesable, un atracón de chocolate a altas horas de la noche. Y como todo atracón, genera michelines. Millones de mujeres —los hombres son en torno al 5% de los lectores de estos libros— consumen un divertimento frívolo que genera cierta grasa ideológica. Depende de cada cual quemar esas grasas una vez han disfrutado del beso bajo la lluvia y la boda con perdices. Pero 500 páginas de clichés son una lluvia fina que puede acabar calando. Es lo que denuncian dos psicólogas que vienen del país de Harlequin, Canadá, para desmenuzarnos estos libros y la peculiar visión del sexo que transmiten, conscientes de que el discurso de los medios de masas marca a sus consumidores, ya sea la MTV o la novela rosa. Estos libros los leen mujeres de todas las edades, desde las más jóvenes a ancianas, según datos del sector.

Christine Cabrera y Amy Dana Ménard, de la Universidad de Otawa, hicieron un repaso exhaustivo de la sexualidad que se describe en este género, analizando los libros premiados por el gremio de autores de novela rosa durante los últimos 20 años. Ella explotó en un millón de pedazos, se titula el estudio, para poner los dientes largos desde el encabezado. “Investigaciones anteriores han demostrado que la lectura de novelas de amor tiene un impacto significativo en las expectativas y creencias de las lectoras”, explica Cabrera. De su análisis sededuce que el sexo, en las obras cumbre de la literatura rosa, dista mucho de ser un fin en sí mismo: no hay follamigos ni polvos para matar el rato o el gusanillo. El sexo es un medio, una forma de acercarse al héroe y de conocerlo íntimamente, siempre con un objetivo claro: la relación romántica, un final emocionalmente satisfactorio para las lectoras. De ahí que la cumbre de los orgasmos románticos sea aquel en que ella y él se corren a la vez, algo que sucede en un espectacular e increíble 45% de los casos.

Cabrera y Ménard ofrecen datos llamativos. Los orgasmos de los hombres se describen menos veces y siempre suceden dentro de la vagina (94%): prácticamente nunca les hacen una paja o una mamada. En cambio, los orgasmos de ellas son mucho más numerosos y surtidos, ya que también los hay orales y manuales en buena proporción. Eso sí, más de la mitad de las veces son vaginales (56%), sin mayor estímulo que el que proporciona el pene del vaquero, caballero o highlander (hay todo un subgénero dedicado a las falditas escocesas). “A veces parece”, señala el estudio, “que la pericia sexual del personaje masculino se basa en un conocimiento especial, casi mágico, sobre el sexo y su pareja”. El héroe siempre logra el disfrute de la heroína con suma facilidad: “La llevó hasta el orgasmo con la boca, los dedos, la boca de nuevo. La conocía tan bien... Era como si hubieran sido amantes toda la vida'', dice uno de los libros examinados. El hombre sabe lo que se hace, tiene recursos, nunca falla; la mujer es pasiva, se deja hacer, el cuerpo no le pide lamer a su amante, ni siquiera tocar su “espada flamígera”. “El hombre es responsable tanto de su propio orgasmo como del de su pareja”, señalan las investigadoras. Y lamentan: “Esto puede llevar a algunas lectoras a experimentar un conflicto entre sus propios deseos sexuales y los representados por las novelas románticas”.

Hay un detalle bastante descriptivo: cuando la escritora (siempre son mujeres, la web de Harlequin sólo tiene sección “Autoras”) menciona la rapidez o fugacidad del clímax, se refiere siempre al orgasmo de la protagonista, nunca del macho. “Los orgasmos precoces nunca se relacionan con personajes masculinos; la mayoría demuestra un significativo control de su orgasmo y podría retenerlo durante un largo período de tiempo (durante el cual el personaje femenino podría experimentar orgasmos múltiples)”, explica el estudio. Pocas cosas más alejadas de la realidad, en la que los hombres son en buena proporción eyaculadores precoces. “De hecho”, recuerda el estudio, “muchas mujeres manifiestan sentir vergüenza por sus dificultades para llegar el orgasmo, el segundo problema más común de las mujeres estadounidenses”. Sólo en EEUU hay unas 70 millones de lectoras anuales de novelas de amor.

En la mitad de los orgasmos se hace alusión a la vulnerabilidad o impotencia de las heroínas (''por un momento se sintió en una indefensión absoluta''). Se describen movimientos incontrolables, espasmos, temblores, estremecimientos, gritos ahogados (“curvó los dedos del pie y apretó los puños, y abrió la boca en un grito silencioso”), cegueras y sorderas ("durante un momento glorioso, quedó ciega y sorda a todo menos a sí misma y al shock aterciopelado que la convulsionaba"). Además, a las mujeres les afecta físicamente tirarse al amor de su vida: las autoras hablan de situaciones en las que sufren “dolor de cabeza propio de la resaca” o que “no podía pensar ni hablar con coherencia”. En algún caso, se describe incluso una transformación que podría desencadenar una crisis nuclear sobre una cama con dosel: “Ella lanzó un grito mientras todas las moléculas que la formaban se fragmentaron: los átomos disociados, núcleos separados, todo estalló, destrozado...''. Merece la pena detenerse en el libro al que pertenece esta peculiar descripción: Sólo mío (Nobody’s Baby but mine, de Susan Elizabeth Phillips) recibió varios premios, sin duda alguna por la originalidad de su trama: la protagonista es una física superdotada de 34 años que quiere tener un hijo y que quiere encontrar un padre inteligente. Conviene recordar en este punto que este tipo de libros generan más beneficios que la literatura de misterio y la de ciencia ficción juntas.

La conclusión más llamativa que se puede extraer de este estudio, publicado en Sexuality & Culture, es que la literatura rosa es conservadora en lo sexual y cada vez lo es más. Si algo ha cambiado a lo largo de los años es que los encuentros sexuales cada vez están más centrados en el falo. De 1989 a 1999, la media de los orgasmos provocados durante una penetración vaginal había sido del 65% (en las novelas rosas, se entiende). En la década siguiente, hasta 2009, ese tipo de orgasmos se dispararon hasta el 81% del total de los descritos, desapareciendo los disfrutados gracias al sexo oral. En la primera década del siglo XXI, cuando según todos los estudios el sexo oral se ha extendido como nunca antes, es más que un contrasentido que dejen de representarse mamadas en los libros románticos. Más allá del conservadurismo de esta industria, las investigadoras proponen otras explicaciones como que esto podría deberse a que las novelistas tratan de privilegiar el orgasmo femenino frente al masculino, en una especie de reivindicación pseudofeminista. También sugieren que estas escritoras hayan escogido proporcionar a sus lectoras una experiencia vicaria agradable, para que vivan los orgasmos en primera persona, igual que el porno POV (en el que el ángulo de la cámara invita a creer que somos los protagonistas de la escena).

Sea como fuere, se trata de experiencias sexuales muy alejadas de la realidad, tan falsas como la pornografía, y con una perspectiva muy sesgada. En ese contexto, mientras la literatura de amor se anquilosa, un fenómeno como 50 sombras de Grey parece premiar a una lectora que busca algo más, algo nuevo, en los libros que se leen con una sola mano.

¿Qué hay de cierto en esta idea? “En nuestro estudio no incluimos subgéneros de la literatura romántica, como como el paranormal, el histórico o las novelas románticos de tipo erótico. El éxito de los subgéneros que han surgido ha permitido dar al público de novela rosa tanto libros cada vez más conservadores (por ejemplo, las novelas románticas cristianas) como otras menos mainstream (por ejemplo, novelas que retratan relaciones homosexuales y eróticas)”, replica Christine Cabrera. “Así que, en cierto modo, la popularidad de las novelas románticas en general, parece haber abierto la puerta para que surjan ejemplos más diversos, lo que permitió la creación de obras como 50 sombras de Grey”, resume Cabrera.

Javier Salas escribe en la página web Materia.

 

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