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LGBTQ

Soy cuarentón, seropositivo, poliamoroso y libre

Una visita a mi amante en Londres me recordó que uno puede elegir entre ser esclavo de los constructos sociales que pretenden dictar cómo vivir la vida o ser completamente libre. Yo elijo lo segundo.

por Jeff Leavell
27 Marzo 2017, 4:00am

Ahí estaba, en la Tate Modern de Londres, contemplando la fotografía 17 Years' Supply, de Wolfgang Tillmans con un hombre al que acabo de conocer. La imagen muestra una caja llena de botes de antirretrovirales. Pensé que me iba a echar a llorar.

Tengo 48 años, soy gay, seropositivo y practico el poliamor. Y si bien ninguno de esos términos me describe como persona, todos ellos son constructos utilizados para limitarme y definirme.

Estaba en Londres visitando a mi amante de 30 años, Noah.

Habíamos pasado la mañana en la cama de su piso en Shoreditch, viendo la tele. Él tenía la cabeza apoyada en mi estómago y yo no podía dejar de mirarlo, de contemplar su pasmosa belleza, de recrearme en cómo la luz de la habitación incidía en sus rasgos, en la forma en que su cabeza se movía en sincronía con mi respiración, en la silueta de su cuerpo bajo las mantas, entre las que se adivinaba la piel de una nalga y un pie. Todo se fusionaba en un momento casi perfecto; disfruté en silencio, extasiado por su presencia y por lo que se había creado entre nosotros, algo que trascendía cualquier convencionalismo que limitara nuestra incipiente relación.

Hundí los dedos en su cabello, sintiendo la forma de su cabeza, asombrado por el potencial de una persona que tenía toda una vida por delante, un sinfín de experiencias por vivir, infinidad de formas de crecer y cambiar.

Antes de mi visita, un amigo me preguntó si no me preocupaba el hecho de ser mucho mayor que los hombres con los que salía. Soy 18 años mayor que Noah, 17 años mayor que mi marido, Alex, y 16 años mayor que nuestro novio, Jon.

La respuesta es sencilla: sí, me preocupa. A veces me torturo con un jueguecito matemático que puse en práctica aquella mañana con Noah: cuando tenga 60 años, él tendrá 42. A mis 70, él solo tendrá 52. ¿Querrá seguir follando conmigo cuando haya perdido todo mi atractivo y no sea más que un abuelo? ¿Querrá salir a pasear o hablar conmigo, besarme y abrazarme y decirme que soy guapísimo? ¿Me seguirán amando cuando sea viejo?

Los días en que me siento especialmente cruel, también me gusta recordarme a mí mismo que tengo el VIH e imagino cómo evolucionará mi condición con la edad. ¿Podré llevar una vida normal (la medicina moderna y la ciencia parecen indicar que sí) o moriré destruido por la enfermedad, agonizando en soledad?

cuarenton, seropositivo, poliamoroso y libre

Ilustración por Petra Eriksson

Recuerdo que una vez mi abuela Irene me explicó lo extraña que es la experiencia de envejecer. En aquel momento ella tenía 91 años, pero me confesó que, por dentro, se sentía como una muchacha de 16 años. Lo único que había cambiado era su cuerpo y la forma en que la trataban los demás.

Estoy en una etapa de mi vida en la que no soy ni joven ni viejo, un periodo en que dejo atrás una experiencia y me embarco en otra. En mayo cumpliré 49 años. La heroína dominó gran parte de mi juventud. Luché contra la adicción hasta bien entrados los treinta, tratando de aferrarme a la existencia, pero esa lucha cambió cuando finalmente, ya en mis cuarenta, aprendí a aceptarme y a sentirme cómodo siendo yo mismo. Aprendí incluso a quererme. La edad me hizo más fuerte y por primera vez en mucho tiempo experimenté la felicidad. De repente, la vida era hermosa, y todo ese potencial que desperdicié durante mi juventud cobró sentido. Tenía esperanzas.

Mi juego matemático secreto es solo un constructo más, como aquellos creados para limitar mi capacidad de amar a hombres jóvenes; una forma más de ponerme trabas. Si me aman a los 48, ¿por qué no iban a hacerlo cuando tenga 78? El único motivo para pensar lo contrario es el miedo: miedo a que me abandonen, a que me dejen atrás, a que llegue ese día en el que deje de ser suficiente.

Envejeceré y mi cuerpo empezará a fallar. Las arrugas surcarán mi piel y los músculos de mi pecho perderá firmeza; la polla perderá su vigor y mi aspecto externo no se corresponderá con cómo me siento por dentro. Un día moriré.

Tengo dos opciones: puedo dejar que estas reflexiones me arrastren hacia lo más hondo o puedo elevarme, reflorecer y crecer desde dentro. Puedo hacer que la edad o mi condición de seropositivo me fortalezcan, en lugar de encorsetarme, puedo convertirme en un hombre al que amen con tanta intensidad a los 98 como a los 48.

Somos mucho más que esas etiquetas limitadoras, más que edad, constitución corporal y género. Lo único que nos define es aquello que queremos que nos defina. Soy un hombre gay de 48 años, seropositivo y poliamoroso, pero también soy mucho más que todas esas cosas.

Recuerdo aquella mañana, con la cabeza de Noah reposando en mi estómago; la forma en que la ladeó para mirarme, sonriendo, y el increíble potencial contenido en aquel instante.

Al salir de la exposición de Tillmans fui al servicio, me encerré en un cubículo y lloré. Noah estaba fuera, hablando con un amigo con el que nos habíamos encontrado. No pude controlarlo. Me sentí completamente abrumado por un sentimiento de gratitud, esperanza y pura alegría.

"Pero no me importa", recuerdo que dijo mi abuela. "Esta sensación de hacerse mayor, de saber que pronto moriré, te cambia la forma de ver el mundo y te abre los ojos a una verdad ineludible: todo tiene un sentido en la vida".

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Traducción por Mario Abad.