Mi cerebro bipolar convierte mis pensamientos en recuerdos
Ilustraciones por Ashley Goodall
Salud

Mi cerebro bipolar convierte mis pensamientos en recuerdos

Esto me imposibilita mantener la noción del tiempo.
10.5.18

Mi cerebro siempre ha ido a toda velocidad, generando ráfagas de imágenes, ideas y medias verdades a un ritmo que escapa a mi control. De ahí que deba medicarme. De joven me diagnosticaron trastorno bipolar, y desde entonces debo vivir con ello, entre otras cosas. Siempre he sido un poco hipomaniaco y, como consecuencia, también tengo una imaginación hiperactiva. Ahora he empezado a entender cómo este trastorno tergiversa mis recuerdos y altera mi percepción de mí mismo y del tiempo.

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A veces me siento como el Coyote persiguiendo al Correcaminos, calzando unos patines con cohetes ACME y dirigiéndome a toda velocidad hacia un túnel pintado en un muro de ladrillo. Y de repente, la excitación hipomaniaca se convierte en depresión al estrellarse contra el cemento de la realidad.

Pero, al igual que el Coyote, mi problema no es salirme del precipicio, sino mirar hacia abajo.

El problema de un cerebro que solo descansa cuando está sobrecalentado y se colapsa es que la noción que tengo del tiempo está truncada. El problema de un cerebro que constantemente se inventa situaciones, viñetas y personajes es que todas esas imágenes ficticias acaban confundiéndose con la realidad. Por esa razón, el concepto que tengo de mí mismo a través de los recuerdos es ilusorio y poco fiable.

Me resulta difícil no perder de vista quién soy. Hay demasiados yoes como para llevar la cuenta. Y no me refiero tanto a personalidades divididas como a narrativas divididas. Tampoco es fácil desglosar esas narrativas, ordenarlas de forma que otra persona pueda entenderlas. Cuando era joven y más tonto de lo que soy ahora, intenté ilustrar esa “sensación” para hacérselo entender a una chica con la que salía.

Dibujé una línea recta con varias otras líneas partiendo de ella como ramificaciones, en un intento lineal y “lógico” de explicar cómo funciona la forma de pensar “normal” (o cómo yo lo imaginaba). Luego, dibujé varias líneas rectas, adyacentes unas a otras pero que no estaban conectadas. “Así es como funciona mi forma de pensar”, le dije.

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A ella no le gustó.

"Sinceramente, no sabría decirte qué he estado haciendo entre diciembre y ahora. Me veo haciendo cosas en imágenes borrosas mezcladas con ficción"

Y no la culpo. Es un concepto extraño y contradictorio, difícil de explicar, sobre todo a un amigo o tu pareja. ¿Cómo le explicas a alguien que percibes varias “verdades” que se entremezclan y coexisten de forma simultánea? ¿Que tu mente impide que estés realmente “presente” en todo momento? Unas cuantas rayas dibujadas en una servilleta no bastan.

Para mí, la situación se agravó bastante desde diciembre. Sinceramente, no sabría decirte qué he estado haciendo entre diciembre y ahora. Me veo haciendo cosas en imágenes borrosas mezcladas con ficción: asistiendo a la boda de un pariente (verdad) acompañado de una cam girl como pareja (ficción); un amigo que usa un tanque de flotación (verdad) y casi se ahoga (ficción).

Todos nos imaginamos e inventamos cosas, pero cuando lo haces a un ritmo que no puedes controlar (sin medicación), tus recuerdos (y por tanto la realidad) se asemeja más a una cadena de escenas abstractas sobre las que flota tu cabeza, un poco como en el impactante final de Twin Peaks: El regreso.

Veo en el agente Cooper esa fusión de tiempo y experiencia deformados: la quietud de encontrarse en una situación de enorme apremio pero estar atrapado en el limbo.

Naturalmente, la medicación puede ralentizar o alterar este proceso mental, pero no es una panacea. Tiene consecuencias. Cuando estoy medicado, se me corta la verborrea de cuajo. Lo malo es que, como escritor y humorista que soy, me gano la vida con esa verborrea. Tal vez las elucubraciones hipomaniacas supongan un problema, pero son lo único para lo que estoy programado y, de hecho, disfruto con ello.

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¿Qué puedo hacer, entonces? ¿Cómo puedo anclarme a la realidad cuando ni siquiera sabes cuál es? ¿Cómo consigues pararte los pies?

Akira Kurosawa por Ashley Goodall

Me vuelco en el consumo compulsivo. Intento dirigir mis síntomas maniaco-obsesivos hacia el consumo. Perderme en algo parece ser el mejor modo de frenar mis pensamientos, temperar mi imaginación y dar forma a las historias. Antes me dedicaba a actividades autodestructivas (bebida, sexo, Warhammer), pero con el tiempo he aprendido a redirigir el hambre que acompaña a la vorágine de mis pensamientos con fines más edificantes. Libros, películas, música…

Me sirven como migajas en el camino para desandar el camino que he recorrido en los densos bosques de mi mente. Así, aunque no soy capaz de recordar gran parte de lo que me ha pasado este año, sí puedo decir que he pasado los dos últimos meses viendo la filmografía completa de Akira Kurosawa que, curiosamente, trata en gran medida de la interacción entre el tiempo, la verdad y el recuerdo.

El tiempo se detiene a mi alrededor mientras se dispara en mi interior

En su obra maestra Ikiru (1952), hay un momento en que el personaje de Takeshi Shimura, Watanabe, reflexiona sobre una vida en igual medida atropellada y estática: “¿Qué he estado haciendo allí? No lo recuerdo, por mucho que lo intente. Solo recuerdo estar ocupado, e incluso entonces me aburría”.

Watanabe no guarda recuerdo de las tres décadas que perdió en su trabajo como burócrata hasta que le diagnostican un cáncer de estómago y le pronostican seis meses de vida. Arrancadas de su espejismo, el tiempo y el recuerdo de Watanabe cobran un nuevo sentido. “Qué hermoso. hace 30 años que no veía una puesta de sol”, señala mientras la contempla.

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Estar ocupado y aburrido. Mi mente se apresura a generar un estado para aplacar al otro, y en el vacío que media entre ambos extremos, y definido por uno u otro, habita mi recuerdo. Lo único que recuerdo es estar ocupado, e incluso entonces, me aburría. Me he perdido muchas puestas de sol.

La lección que da Ikiru es que una persona es lo que hace, no lo que imagina que hace; una obviedad que me resulta difícil afrontar.

A menudo me pregunto qué será lo que interrumpa mis ciclos de pensamiento hipomaniaco (espero que no sea un cáncer de estómago). Por el momento, sigo rodeado de constructos maniacos y recuerdos hundidos. El tiempo se detiene a mi alrededor mientras se dispara en mi interior. El coyote mira hacia abajo.

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Este artículo se publicó originalmente en VICE AU.