Mundial 2018

¿Y dónde están los ultras que a todos iban a golpear?

Los ultras rusos prometieron hacer del Mundial un festival de violencia, la prensa amplificó el mensaje, pero pasadas dos semanas no ha habido incidentes. Hasta ahora.
Ultras rusos en la Eurocopa 2016. Fotografía: EPA/DANIEL DAL ZENNARO

La Eurocopa del 2016 marcó un antes y un después de cara a Rusia 2018. Los protagonistas no fueron los jugadores rusos sino sus ultras, quienes en una cantidad no mayor a 300 fueron capaces de repelir a más de 2,000 ingleses en una batalla campal que tuvo lugar en las calles de Marsella. Fue ese verano cuando los focos volvieron a encenderse ante la aparición de una nueva hegemonía en los grupos más violentos que rodean al futbol y también fue ahí donde comenzó a alimentarse la idea de que el mundo iba a atestiguar un festival de violencia en la que fuera tierra de zares y zarinas.

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A una semana de que inició el Mundial apenas se tiene registro de un par de banderas inglesas que fueron robadas en el juego contra Túnez, los marroquíes hicieron lo mismo con un par de Israel en su apoyo a Palestina dentro del estadio Luzhniki y los portugueses se hicieron de otra insignia española. El recuento no coincide con la atmósfera de violencia que la prensa y los mismos ultras habían advertido desde hace dos años.

Hace algunos meses comenzó a decirse que diez ultras (cinco de Serbia y cinco de Rusia) habían visitado Argentina para hablar con las barras bravas que viajarían en el verano. Buscaban hacer un pacto en contra de los hooligans ingleses. ¿Por qué contra los ingleses? En primer lugar por cuestiones de sucesión y jerarquía. Desde los años sesenta, cuando la prensa comenzó a dar nombre a los aficionados más violentos de Inglaterra, su fama incrementó a la par de sus actos violentos. Pocos, salvo las barras bravas de Argentina en México 1986, podían hacerles frente a los hooligans por lo que la intervención gubernamental fue necesaria.

A esto se suman dos factores determinantes: la disolución de la URSS y la disolución de Yugoslavia. Con la fragmentación de ambos Estados se generaron distintos conflictos e incrementaron las necesidades de las nuevas generaciones, justamente esas que ahora más se emocionan con Rusia en el Mundial y las que hicieron detonar la separación de Yugoslavia porque sin Tito al mando ya no había razón de que, entre otros países, Serbia y Croacia permanecieran juntos.

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Los rusos se asumen hermanos de los serbios por cuestiones históricas y políticas, y estos dos buscaron a los argentinos porque para ellos, llegó la hora de dejar olvidar el hooliganismo y abrir paso a los ultras y a las barras bravas. Los europeos aprovecharon que los sudamericanos sienten una deuda geopolítica desde el año 1982 por el conflicto de las Islas Malvinas. Pero los hooligans ingleses no viajaron solos a Rusia. Según uno de sus voceros, también hay escoceses e italianos que se unieron a ellos y en el camino encontrarán a los croatas. En resumen, de un lado tenemos a ultras de Rusia, ultras de Serbia y barra bravas argentinos, mientras que del otro la alianza es de hooligans ingleses, hooligans escoceses, tifosis italianos y ultras croatas.

Sin embargo, nada es tan fácil como parece. El modelo de seguridad planteado por Rusia para el Mundial es casi infranqueable. Hay rumores que algunas personas que tenían prohibido entrar a tierras rusas lo lograron mediante otros caminos, pero no han causado ningún estrago. Incluso los bosques parecen inseguros para pactar una pelea, ayer se canceló una, según me ha contado Alekc, un ultra del Dinamo de Moscú que conocí en una parada de autobús cuando me pidió un cigarro.

La policía rusa entrena para un eventual enfrentamiento con ultras. Fotografía: EPA-EFE/ANATOLY MALTSEV

“Si logramos pegarle a los ingleses aquí, en la Madre Rusia, será nuestra victoria”, me dice Artiom, un ultra del Zenit de San Petersburgo de no más de veinte años que después de un par de cervezas se hizo mi amigo. “Imagínate, ellos no sólo inventaron las reglas del futbol, también inventaron las peleas y si les ganamos todo el mundo sabrá que somos mejores”, agrega después de empinar dos vasos de cerveza consecutivos, mientras vemos el partido Rusia-Egipto. No parece tener cuerpo de ultra. Según la prensa de distintas partes del mundo los ultras rusos no fuman, no toman alcohol y tienen entrenamientos intentos para estar en forma.

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Piotr, que lo acompaña, tiene más pinta de ultra. Tampoco debe rebasar los veinte años pero un par de cicatrices en las manos y su gesto indiferente van más con el perfil. Además su amigo lo delata, no con mala intención sino para presumirlo. Le dice que me enseñé el tatuaje que ya le pusieron. Se niega a hacerlo y también a platicar conmigo en inglés a pesar de que su compañero me asegura que él puede hablar más fluido y que, por su molestia, entendió lo anterior. “Sólo ruso”, es lo que me da a entender y trato de aprovechar la euforia de los festejos del gol ruso para ver si puede contarme algo, pero mientras trato de formular la pregunta cae otro gol y un grupo de cinco o seis rusos empieza a gritar con mas fuerza que los demás: “¡Vamos, Rusia!”. Artiom y Piotr se unen a los festejos y después el segundo comienza a organizar una especie de slam. Algo similar a lo que pasó en Moscú durante el juego inaugural contra Arabia Saudita.

Tras la goleada del partido inaugural la calles de Moscú se convirtieron un una fiesta gigantesca al aire libre donde todos estábamos invitados. La policía en Moscú es más permisiva, casi todo mundo bebe en las calles, la única condición es no quedarse sentado en la vía pública. Después de cierta hora también se improvisan baños en callejones o entre los locales y, de vez en cuando, una bengala se divisa apenas tres o cuatro segundos antes de que la policía la extinga y deje ir al portador. Ese día, el jueves 14, los aficionados de la Babel futbolera se reunieron nuevamente en la “calle de las luces” (Nikolskaya) para celebrar la sorpresiva goleada del país anfitrión. Los bombos los silbatos, las trompetas y las palmas de distintos países se unieron para cantar “Rasia, Rasia”. Hasta ahí todo bien. Hasta que llegó un grupo de no más de 20 hombres entre 17 y 25 años al corazón del festejo. Pocos prestaron atención y prefirieron vitorear, pero sus cantos no se resumían a la religiosidad futbolera, tenían un mensaje político. “Rusia y Serbia hermanos para siempre” y “Ucrania es Rusia” fueron los que alcancé a distinguir. Rompieron un par de botellas azotándolas en el piso, dos bancas, un poste de luz e hicieron un slam donde se tiraron varios golpes entre ellos para apaciguar la violencia, pero todo parecía parte de la fiesta.

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Contrario a lo anunciado por los ultras y la prensa, la convivencia ha sido más o menos civilizada. Fotografía por el autor.

El día siguiente, el viernes 15, la escena se repitió pero con una cantidad menor de personas. Esta vez, con las banderas juntas, cantaban nuevamente “Rusia y Serbia hermanos para siempre” y “Kosovo es Serbia”. Los cánticos nuevamente pasaron desapercibidos ente la multitud que trataba de acompañar el ritmo y la preocupación fue mínima tanto por parte de la seguridad como de los turistas. Algunos parecían ultras, otros no, pero tenían el mismo discurso extremista.

“Escuché que le robaron algunas banderas y bufandas a los ingleses”, me dice Alex, el ultra con el que platiqué en la parada de autobús. Me preguntó de México al ver el broche de mi mochila. Saqué la playera de mi equipo, le mostré un par de fotos en mi celular y con no más de tres cigarros compartidos terminó presumiéndome su brazo izquierdo. Justo debajo del hombro tenía el tatuaje de los ultras y debajo el de su equipo.

En caso de desatarse un festival de violencia como el que se había vaticinado quien quedaría mal sería el gobierno ruso, encabezado por Vladimir Putin. Supondría una tremenda falta de control sobre su propia gente ante los ojos del mundo; un lujo que no pueden darse. La burbuja de tolerancia que rodea a la Copa del Mundo parece incluir a los ultras, quienes todavía no hacen la aparición prometida, incluso en lo que se muestra parece que toda relación con ellos fue detenida. No es un secreto, o al menos no debería serlo ni ignorarse, que la Asociación de Aficionados de Rusia (ARSA, por sus siglas en inglés) estaba fuertemente vinculada con la Duma y el Kremlin hasta que Vitaly Mutko, presidente de la Unión de Futbol de Rusia decidió romper todo tipo de lazos y así pudo hacer la promesa de tener un Mundial sin peleas encarnizadas ni réplicas de la Eurocopa de 2016.

“Hay a quienes no los dejan salir de su casa o que fueron visitados por gente de la policía para advertirles que deben mantener el orden”, me dijo, al final, Piotr, casi un poco desairado porque él no tiene tantos antecedentes como para recibir una visita que le recuerde un pacto tácito que parece existe de fondo. Sin embargo, con Argentina, Inglaterra, Serbia, Rusia y Croacia en juego todo puede pasar. Bastará con que alguien tire el primer golpe para recibir el contraataque. O tal vez Rusia, Putin y sus ultras ganarán defendiendo su extremismo ideológico y nacionalista demostrando la unidad y la capacidad de control que en el mundo ningún medio advirtió.